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tercera parte
15. Que se vayan todos: Buenos Aires
2002
asamblea. (Del fr. assemblée) f. Reunión numerosa
de personas para discutir determinadas cuestiones y adoptar decisiones
sobre ellas // f. Órgano político constituido por numerosas
personas que asumen total o parcialmente el poder legislativo // f. Reunión
que en situaciones especiales asume todos los poderes // f. Reunión
de los miembros de una colectividad numerosa // f. Mil. Reunión
numerosa de tropas para su instrucción o para entrar en campaña
// f. Mil. Toque para que la tropa se una y forme en sus cuerpos respectivos
y lugares determinados - notable. (Del Lat. notabilis) Adj. Digno
de nota, atención o cuidado // Adj. Calificación usada en
los establecimientos de enseñanza, inferior al sobresaliente y
superior al aprobado // m. pl. Personas principales en una localidad o
en una colectividad - escenario. (Del Lat. scenarium) m. Parte
del teatro construida y dispuesta convenientemente para que en ella se
puedan colocar las decoraciones y representar las obras dramáticas
o cualquier otro espectáculo teatral // m. Lugar en que ocurre
o se desarrolla un suceso // m. Conjunto de circunstancias que rodean
a una persona o un suceso - popular. (Del Lat. popularis) Adj.
Perteneciente o relativo al pueblo // Adj. Que es peculiar del pueblo
o procede de él // Adj. Propio de las clases sociales menos favorecidas
// Adj. Que está al alcance de los menos dotados económica
o culturalmente - panorama. (De pan- y el Gr. grama,
grama, vista) m. Paisaje muy dilatado que se contempla desde un punto
de observación // m. Aspecto de conjunto de una cuestión
// m. En los teatros, gran tela de superficie plana, de color uniforme
o con pinturas, situada al fondo de la escena, que, adecuadamente iluminada,
da la sensación del cielo natural o de amplitud ambiental - ir.
(Del lat. ire) intr. Moverse de un lugar hacia otro apartado de quien
usa el verbo ir y de quien ejecuta el movimiento.
(Mientras escribo estas líneas una comisión
de Notables de la Economía Internacional regresa a sus madrigueras
luego de invadir suelo argentino para "asesorar técnicamente"
al Gobierno local en lo que hace a la administración económica
del país. Es un caso estereotipado del escenario social en el que
intentamos danzar. A veces me pregunto por qué se notan los notables,
y entonces la respuesta se cae de maduro)
Luego de la cadena de renuncias producida entre diciembre
de 2001 y enero de 2002, el Gobierno argentino manejó una chalupa
en maremotos. La reacción masiva de distintos sectores de una sociedad
desentendida, sorprendió en las vísperas de la sospechosa
calma chicha que se vive ahora en Buenos Aires. La movilización
de muchedumbres golpeando cacerolas en los barrios pitucos de la Reina
del Plata ya no acompaña sincrónicamente a los piquetes
de sobrevivientes empobrecidos de los alrededores de Bs. As, ni se cruza
en las esquinas con saqueadores trasnochados que han perdido el micro
de regreso. Cada expresión del descontento y del oportunismo ha
vuelto a su lugar y, en algunos casos, ha recuperado la lucha con todas
sus miserias, volviendo a confinarse al espacio inmediato de su volumen
real. Como perros que empinan los pelos de la nuca, cada quien intentó
aumentar su tamaño como amenaza para intimidar a un adversario
de quien ahora se espera caridad. Antes de su virtual desaparición,
las Asambleas Populares, reducidas a leves estelas luego de lo que pasó,
pavonearon un disfraz de autocrítica progre como renovado intento
de fabricar masividad. Sólo quedan algunas pocas y despobladas
Asambleas que no alcanzan a cubrir con miembros la superficie que cubren
sus banderas.
De los cantos y consignas inyectadas en las movilizaciones del verano
porteño 2002, prevaleció el ya famoso y emblemático
"¡Que se vayan todos!". Las razones sobran. Hay quienes
insisten en que expresa la voluntad general del Pueblo respecto de la
renovación absoluta de sus Representantes. Otros dicen que reclama
una renovación parcial de los mismos, separándolos entre
buenos y malos según se los acuse de corruptos o no, de tiranos
o no, de buenos Patriotas o no, etc. Otros consideran que expresa la necesidad
de que sea eliminada la Clase Dirigente y que ocupen su lugar las Asambleas
Populares, o los Dirigentes Populares salidos de la misma masa. Otros
consideran que se debe al reclamo popular de un Gobierno responsable y
capaz y que está impregnado de la lógica ingenuidad del
Ciudadano Común. Todas las interpretaciones coinciden en fundar
tal expresión en una bronca generalizada y en una reacción
frontal contra las actuales representaciones.
La componente mediática de todas las interpretaciones anteriores
es fundamental. La intención oculta detrás de cada una es
la de acomodar el fenómeno social vivido en una construcción
Doctrinaria a modo de fundamento o demostración. La Ideología
como premisa convierte las ideas en preconceptos de manera que genera
toda una vasta producción de hipótesis tomadas como Ley
y que operan como sustrato de la planificación, de manera que alcanzarán
los hechos futuros como antecedente, logrando nuevamente la hegemonía
doctrinaria implantada por la Ideología. Esto sucede hoy gracias
a la penetración social que alcanzan los Medios de Formación
de Masas; de otra manera no hubiese sido posible inocular pensamiento
tan pronto.
Es preciso señalar que no puede hacerse de la consigna una interpretación
masiva de lo sucedido pues lo sucedido no tuvo más aglutinante
que el hartazgo en mayor medida, y la prosecución de algún
que otro propósito en medida menor. De esta forma, la diversidad
de motivos para el hartazgo y de propósitos a realizar es indeterminable.
Una de las particularidades de la situación es que la gran mayoría
tuvo motivos sobrados para la reacción, aún cuando dichos
motivos hayan sido contradictorios. Esta última salvedad es importantísima.
Entre los varios miles de manifestantes de los cacerolazos, así
como entre los piqueteros y los saqueadores, la diversidad de motivos
alcanzó en ocasiones la contradicción. Unos querían
empleo, aumento de salarios, mayor cantidad de planes trabajar y la administración
de los mismos. Otros querían mayores beneficios de rentabilidad
para sus depósitos bancarios. Otros intentaban preservar la institucionalidad
para el normal desempeño del sistema financiero, otros reclamaban
simplemente sus dólares. Otros pedían comida, otros tomaban
la comida que hubiera en las góndolas y en los estantes. Otros
honraban la fidelidad prometida a los punteros y agradecían los
favores recibidos. Otros ganaban su Dinero, reconociendo la autoridad
del que paga, y trabajaron obedeciendo. Otros reaccionaron en defensa
del Pueblo, otros defendieron los Derechos Civiles de libre tránsito
y expresión colectiva. Mientras que unos exigían un Gobierno
fuerte capaz de garantizar el Derecho de Propiedad consagrado en la Constitución,
otros exigían un Gobierno fuerte capaz de garantizar la abolición
de la Propiedad Privada. Pero quizás lo más importante sea
considerar que no han sido pocos los que fueron sin saber por qué,
empujados por un hartazgo sin nombre, y que tal vez hayan sido incluso
la mayoría que dio el tinte de espontaneidad que tuvo aquella circunstancia.
Pasados el 19 y 20 de diciembre, la agitación disminuyó.
Se había obtenido como recompensa la renuncia de los cargos más
fuertemente simbólicos del Gobierno: primero renunció el
Ministro de Economía, y luego, al otro día, el Presidente
de la Nación, y con él todo el plantel del llamado Poder
Ejecutivo. La facción política que estaba gobernando se
había derrumbado, y la arrogancia de militantes y obedientes asignaba
a la "Lucha Popular" el mérito de haber producido dicho
derrumbe. Nuevamente la miopía gobernó a la mirada para
deslumbrarse y no ver. En medio de una repetición histórica
de los mecanismos institucionales para el Golpe de Estado millares de
manifestantes desavisados probaban en sus rumias el gustito de una victoria
siempre ajena. De ese selecto aunque heterogéneo conjunto de militantes
y obedientes afloró la convocatoria para las Asambleas Populares.
Si bien cada barrio ha buscado sus propios objetivos con distinta suerte,
la operatoria tradicional de las estructuras políticas copó
las asambleas e impuso en ellas la organización que acabó
por destruirlas. Sólo algunas han sobrevivido y actualmente se
observa que, salvo pocas excepciones, las asambleas son una extensión
de los locales partidarios.
Las asambleas barriales son una excelente posibilidad en tanto no vuelvan
a confundirse con "Asambleas Populares". La institucionalización
de las asambleas las destruyó una vez, pero las mató tan
mal que todavía puede replantearse el juego. En tanto las asambleas
se manifiesten como una instancia de encuentro entre vecinos para la deliberación
y la elaboración de ideas en torno a los conflictos que aquejan
directamente a los barrios, sin toma de decisiones y sin delegación
de ningún tipo, es posible buscar en ellas un espacio vincular
que active la autogestión barrial y componga o recomponga un cierto
tejido social integrador y solidario que se organice en total anarquía.
Pero si las asambleas vuelven a o insisten en convertirse en instituciones
de representación, con capacidad de tomar decisiones, concentrándose
en la ejecución y diseño de planes de acción, jerarquizándose
mediante delegados en la estructuración centralizada de organigramas
verticales, como fueran por ejemplo las "Asambleas de Asambleas"
o la "Asamblea Nacional", no podrán sino establecerse
como constructoras de una alternativa interna del Poder, y no tardarán
en entroncarse en torno a Ideas como la de Poder Popular o Contrapoder,
y que no son sino el éxtasis del gatopardismo.
La realidad actual en Buenos Aires (41)
tiene una doble cara. Por un lado la desintegración social, el
hambre, la explotación y la falta de perspectivas de crecimiento
hacia el bienestar se juntan con tantas otras pesas en una gran mochila
opresiva que los porteños llevamos como lastre. Pero la ruptura
generada desde diciembre en la prolija calma establecida durante los años
del menemato (42), da cierto estímulo
cuando establecen la incertidumbre. Mirando hacia adelante, es difícil
tener precisiones sobre lo que pueda pasar. Esto agranda el horizonte,
sobre todo si se tiene en cuenta que el paroxismo alcanzado por el pensamiento
único ha dado como resultado una masividad perfectamente controlable
y dispuesta a soportar cualquier grado de sometimiento con tal de no exponerse
a las angustias de la autodeterminación. Claro que esto no puede
asumirse nunca como sinónimo de la idea ya estereotipada con la
frase "cuanto peor, mejor". Se trata de considerar la realidad
que nos afecta y apostar a los espacios que la incertidumbre ofrece para
la autogestión, y no esperar que del hambre y de la miseria, en
todo su macabro sentido, nazca alguna clase de Revolución. La transformación
es cotidiana y primitiva en lo que tenga de genuina. No debemos apuntar
a la cabeza del monumento: para derrumbarlo es necesario privarlo de soporte.
Para eso basta, en una primera instancia, con desplazarse de manera que
las estructuras de opresión no puedan seguir apoyándose
en los hombros de nadie.
La construcción de espacios no institucionales para el desarrollo
de actividades autogestionarias es actualmente una necesidad prioritaria
en Buenos Aires. De nada servirán las asambleas, ni los piquetes
(43), ni ningún tipo de acción si no
nace de la autogestión y si no se ofrece a ella. La anarquía
sólo puede sustentarse con el trabajo mancomunado para la satisfacción
de las necesidades y placeres de la comunidad. En tanto la gestión
siga estando en manos de representantes, mientras siga primando la heterogestión
como idea fundadora de la conciencia social, no podrá hablarse
nunca de equidad ni de anarquía, es decir que no podrá hablarse
nunca de libertad.
La reacción popular ante la institucionalidad actual no debe manipularse
ni tampoco sobreestimarse pensando que está ideológicamente
resuelta. Precisamente ese aspecto, su irresolución, es quizás
el más importante de todos. La reflexión y el replanteo
habrán de ocupar un lugar preponderante en la discusión
y en la construcción de una nueva corriente ideológica que
se funde en la destrucción de la Ideología. Esta corriente
puede aglutinar aquellas ideas comunes que expresen la importancia de
abandonar el modelo social presente, es decir, el de las sociedades fundadas
en el Poder. El grito será entonces tan literal como parece, como
asusta a quienes solamente esperan de este momento una vacante en los
sillones del Gobierno. El grito es visceral, está latiendo en nuestro
vientre desde la más inmemorial de las épocas, forma parte
de una idea que tarda demasiado en hacerse conciente. Esto no puede confundirse
con una premonición determinista: no hay garantías de su
realización. Sólo puede tenerse como puntapié inicial
de un nuevo modo para la vida social que adecuará sus formas a
un devenir activo y autogestionario. Basta de representación, basta
de Gobiernos. Sin Dios ni Amo, sea pues, ¡Que se vayan todos!.
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