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segunda parte
8. La corrupción y el hambre.
corrupción. (Del Lat. corruptio, -onis) f. Acción
y efecto de corromper // f. Alteración o vicio en un libro o escrito
// f. Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales // f. Der.
En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica
consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas
en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores
// f. ant. Diarrea - hambre. (Del Lat. vulg. famen, -inis) // f.
Gana y necesidad de comer // f. Escasez de alimentos básicos, que
causa carestía y miseria generalizada // f. Apetito o deseo ardiente
de algo - manducar. t. comer.
Un sistema se corrompe en la medida en que su normalización
se fractura por un comportamiento antinormal cada vez más difundido.
La corrupción, en términos políticos, es a la vez
el principal enemigo y el principal aliado de todo sistema. Al mismo tiempo
que pone en crisis los fundamentos del mismo, legitima y justifica el
endurecimiento de los sistemas reguladores que operan en él con
el pretexto de evitar el caos resultante. América Latina vive,
como fiel exponente del tercermundo, una permanencia de la corrupción
que muestra su funcionalidad cuando la dosis es adecuada. En América
Latina se hace visible algo que sucede en todas partes pero que se oculta
mejor. Sin embargo, la Democracia juega con fuego, y los niveles de corrupción
llegan a veces a tales extremos que la crisis a la que exponen al sistema
es mucho mayor que la funcionalidad que operan, y es ahí donde
cunde el pánico entre los demócratas.
Si bien las condiciones vividas por la población latinoamericana
en tiempos de corrupción exacerbada son de una gravedad proporcional,
es necesario notar que el enemigo no es la corrupción sino el sistema
en sí y su paradigma. La corrupción es, en definitiva, un
rasgo decadente de algo que es imprescindible que caiga de una vez por
todas. El progresismo reformista insiste en alzar banderas anticorrupción
ofreciéndose al Pueblo como Héroes capaces de establecer
con firmeza y con honestidad la Democracia. Esta expresión política
que oscila entre la buena voluntad y la más perversa manipulación
del impulso de rebelión, expone a la sociedad a la perpetuación
de la instancia de Gobierno y se vale de todo artilugio de la basura política
para consolidar la institucionalidad liberticida.
Detrás de la corrupción aparece el miedo de los defensores
del actual sistema social que lo ven desmoronarse. Y en pleno ataque de
pánico aglutinan esfuerzos y llaman a los guardaespaldas de la
Hegemonía convencidos, en el mejor de los casos, de que harán
con el Poder lo que ha contado el mito del Buen Poder. Reestructuran la
Propaganda, juran firmeza, llaman a la Policía para que corrija
los defectos de la Escuela. Ante los primeros indicios de agitación
popular las calles se ocupan con la uniformidad armada para generar un
estado de control social cada vez más amenazante, se jura y perjura
que el orden será restablecido caiga quien caiga para poder construir
luego los espacios de la Recuperación Económica y Social,
los Medios de Formación de Masas amenazan y denuncian, y hacen
foco sobre los corruptos evidentes para no aludir a La Mentira. Desde
los discursos se usan todos los símbolos que refieran a la Patria,
al Honor y al Coraje, y se recurre a la mención de todos los próceres
de los manuales escolares. Tales los lugares comunes de los períodos
de desintegración. Y son estos períodos los que han de resultar
más estimulantes para el pueblo en tanto son perfectos catalizadores
de la autogestión y de la acción directa, a pesar de que
recae sobre él, como siempre, todo el peso de la crisis política.
Los Poderosos temen. Aún a pesar de ser dueños de las armas,
dueños del Dinero, dueños del Poder. Temen porque saben
que todo lo que son depende de un perverso consenso de parte de los sometidos
que se funda en una mentira cada vez menos mentible. En tiempos de desintegración
se ven más claramente los rostros y se logra distinguir entre quienes
y quienes. Los sectores sobornados con migajas quedan lejos del mantel
y comienzan a dudar de las promesas indulgentes. Los desposeídos
van perdiendo el miedo y la agitación comienza a producir una nueva
cultura. Los obsecuentes defienden lo indefendible ante una población
circunstancialmente menos susceptible a los espejos de colores. Es por
eso que la corrupción es doblefilo y no hay sistema que pueda dejarla
crecer sin medida como no hay sistema que no la necesite en su justa dosis.
La corrupción muestra, igual que la informática, que los
sistemas de control han entrado en una encrucijada de la que difícilmente
puedan escapar, y terminarán por ahogarse en su propio barro.
La importancia de reconocer en la corrupción un factor estimulante
para la transformación social, no puede engañarnos con el
contramito que reza: "cuanto peor mejor". Llevar al extremo
la miseria de una sociedad no nos va a permitir transformarla. No hay
hambruna capaz de fortalecer al hombre ni angustia que asegure ninguna
rebelión. Lo importante no es que haya hambre, sino que el hambre
que hay nos sirva para señalar responsabilidades y observar los
caminos posibles para el bienestar. En el mismo sentido, lo que importa
de la corrupción es el daño que genera al sistema nefasto
que humanamente hemos construido, y que señala que la Política,
en tanto administración del Poder, ejerce una influencia perversa,
destructiva y peligrosa en la sociedad.
En tiempos de corrupción exacerbada, la Ley retrocede en beneficio
de una Moral de la ventaja. La Moral toma distancia de la Ley, se alejan
nuevamente y es la Ley la que pierde terreno. La Moral establece un sólo
mandato que es el propio beneficio. Esta aparente desvinculación
no es más que la continuidad de una Moral anterior llevada hacia
el extremo. Si aceptamos que la defensa de un salario justifique la complicidad
con el explotador, si aceptamos la obediencia como soborno para alcanzar
un sagrado escalafón, si somos capaces de considerar al Policía
como trabajador asalariado y subestimar su labor de perro homicida y traidor,
no podemos sorprendernos ante la entronización del beneficio propio
que se practica con la corrupción institucional. En donde la Moral
conserve su predominio hegemónico, no habrá lugar para morales
libertarias que no sean los márgenes reprimidos de la sociedad.
Lo mismo ocurre con la Ley, pues es su consecuencia directa.
El imperio de la Ley es la institucionalización de la persecución
perpetua de las ideas libertarias. Toda Ley es represiva en el mismo sentido
en que todo Estado es terrorista. La represión y el terror son
los basamentos de toda obediencia, y se alimentan recíprocamente.
En tiempos de corrupción el monopolio del terror se desvanece así
como se relativiza la contundencia de la represión, y ambas circunstancias
operan en contra de las necesidades de predominio del Estado. La institucionalidad
cae y con ella la garantía de efectividad que ofrece a los requerimientos
del Poder, de manera que abre una puerta al desarrollo del pensamiento
libertario y cataliza toda acción concurrente en tal propósito.
Es imprescindible sacar provecho de tales períodos sin caer en
la trampa de alimentarlos a costa del deterioro y del sufrimiento del
pueblo. La trampa es peligrosa. No se trata de exacerbar la corrupción
sino de aprovecharla para identificar un sistema que se oculta detrás
de su funcionamiento normal, y, por sobre todas las cosas, se trata de
evitar comer el cebo de los Restauradores Políticos.
No es admisible que se le eche la culpa del hambre a la corrupción.
Un pueblo con hambre es un pueblo que obedece a la necesidad, y eso la
Democracia lo sabe bien. No se aceptarían las condiciones de explotación
de la vida Democrática si no existiera el hambre como amenaza y
como realidad. Las situaciones extremas que se viven por la miseria económica
suelen llevar a la obediencia a extremos impensables. Todo vale por un
plato de comida, por un techo, por un par de zapatos. Y ese todo vale
significa la insolidaridad y la falta de reparo ante otro que se ha vuelto
competencia y no hermandad. Es un todo vale que aniquila la moral, pero
nunca a la Moral. Es impresionante ver que mueran de hambre chicos pequeños
mientras los padres acongojados dan pena por TV. Es impresionante que
estos padres no hayan podido vencer el escrúpulo Moral del NO ROBARÁS,
del NO MATARÁS, aún cuando la vida de sus hijos está
en juego. Es impresionante que toda una comunidad en cuyo seno se mueren
los pibes de hambre no tenga la mínima capacidad de reacción
de alimentarlos a costa de toda Moral. El derecho de propiedad y el control
de la psiquis de los hombres han llegado a tales extremos que se produce
a veces una suerte de implosión en la que la población se
muere sin dar batalla, como si se tratara de una renuncia a los más
fundamentales impulsos vitales o, aunque más no sea, a los más
básicos instintos de supervivencia.
Y esta situación no es producto de la corrupción. Esto sucede
como consecuencia de un sistemático programa de exacción
que tiene a los comunes como alimento de los Poderosos, como ganado a
la espera del carneo. Este parasitismo vampiresco se expresa en los números
de una sociedad que ha puesto precio a todo. En un mundo donde sólo
el Dinero permite acceder a lo más básico de la supervivencia,
como la alimentación, la vestimenta, la vivienda y alguna forma
de atención sanitaria, el desempleo es condenar a esa parte de
la población a una marginalidad que, o comienza a organizarse autogestionariamente,
o cae en la más perversa miseria, y empieza a hacer casi cualquier
cosa por conseguir trabajo, es decir, por ascender a condición
de productor explotado. Y ya sabemos cuáles son los obstáculos
que habrán de entorpecer la autogestión. La represión
Legal, Moral y Política cierra caminos todo el tiempo. Y lo más
perverso del asunto es que esa desocupación es un porcentaje, una
razón necesaria para que cierren los números. Cada vez la
mano de obra es más barata. Las Leyes Progre de Protección
del Trabajador están siendo demolidas porque así lo han
querido necesario. Y todo esto no es culpa de la corrupción.
En este mundo hay gente que muere de hambre para que la desesperación
encorsetada en la Moral baje el precio del trabajo y los nuevos príncipes
de los palacios burgueses tengan más Dinero para enlodarse en los
excesos. ¿Habremos de seguir culpando por esto a la corrupción?.
La corrupción desmoraliza el homicidio, lo pone en un terreno de
explicitud obscena que exacerba toda miseria y que anula los mecanismos
institucionales de control, y entonces él más fuerte cuenta
con más fuerza. Pero, como bien decía Bakunin, nadie le
impide a los más débiles organizarse y dar la batalla. La
población organizada en comunas federadas puede alcanzar una fuerza
capaz de enfrentar a quien la somete hasta lograr la emancipación,
pero para eso es necesario destruir la Ideología, destruir la Moral,
desconocer la Ley y el Estado, destruir el Poder. Para eliminar al Poderoso
hay que destruir al Poder. Es un camino de generaciones que habrá
que comenzar ya, aprovechando los espacios marginales y la desintegración
sistémica en tiempos de corrupción.
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