segunda parte
6. Del Estado, la Ley, la Propiedad y el Dinero
estado. (Del Lat. status) m. Situación en que se encuentra
alguien o algo, y en especial cada uno de sus sucesivos modos de ser o
estar // m. Cada uno de los estamentos en que se dividía el cuerpo
social; como el eclesiástico, el de nobles, el de plebeyos, etc.
// m. Clase o condición a la cual está sujeta la vida de
cada uno // m. Conjunto de los órganos de gobierno de un país
soberano // m. En el régimen federal, porción de territorio
cuyos habitantes se rigen por leyes propias, aunque estén sometidos
en ciertos asuntos a las decisiones de un gobierno común // m.
desus. Casa de comidas algo menos plebeya que el bodegón // m.
ant. Séquito, corte, acompañamiento - ley. (Del Lat.
lex, legis) f. Regla y norma constante e invariable de las cosas, nacida
de la causa primera o de las cualidades y condiciones de las mismas //
f. Cada una de las relaciones existentes entre los diversos elementos
que intervienen en un fenómeno // f. Precepto dictado por la autoridad
competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la
justicia y para el bien de los gobernados // f. En el régimen constitucional,
disposición votada por las Cortes y sancionada por el jefe del
Estado // f. Religión, culto a la Divinidad // f. Lealtad, fidelidad,
amor // f. Cantidad de metal contenida en una mena - propiedad.
(De propriedad) f. Derecho o facultad de poseer alguien algo y poder disponer
de ello dentro de los límites legales // f. Cosa que es objeto
del dominio, sobre todo si es inmueble o raíz // f. Atributo o
cualidad esencial de alguien o algo // f. Defecto contrario a la pobreza
religiosa, en que incurre el profeso que usa una cosa como propia - dinero.
(Del Lat. denarius) m. Moneda corriente // m. Hacienda, fortuna // m.
Econ. Medio de cambio de curso legal.
El huevo y la gallina son lugar común para expresar
aquellos círculos sin fin en los que nos enredamos tantas veces
preguntándonos qué es lo que vino antes, es decir, qué
es antecedente y qué es consecuente. Mi actitud ante la disyuntiva
de la gallina y el huevo nunca fue más que irreverente desprecio
o placer gastronómico, hasta que una conversación que tuve
alguna vez me dejó pensando. Era posible resolver el dilema, que
era en realidad una mala forma de expresar una sensación. La gallina
para ser gallina, tuvo que haber nacido de un huevo. Y ese huevo pudo
haber sido puesto por un tiranosaurius rex, si hiciera falta, pero con
la mala suerte de que le salió gallina. Claro que no quisiera estar
en su lugar, pobre tiranosaurius, ante tremenda sorpresa. Lo cierto es
que detrás del presunto dilema se esconde una confusión
que es importante esclarecer. No es lo mismo preguntarse por el origen
de algo que preguntarse por su antecedente necesario. El origen del huevo
acaso sea un misterio eterno, o que al menos dure todo el tiempo que dure
la pregunta. No ha quedado indicio de aquel desafortunado ovíparo
que encontró una extraña cosa en su progenie que luego el
hombre denominará gallina. Yo no creo que haya manera de responder
completamente aquellas preguntas del origen porque las creo falaces, ya
que apelan a una noción del tiempo lineal, consecuente, con fin
y principio, es decir, con cualidades humanas que yo no le endilgaría.
Así como nos hemos acostumbrado a perseguir la mínima parte
de la materia buscando descubrir en ella los secretos de su esencia, nos
hemos acostumbrado a perseguir el instante primigenio para encontrar en
él el origen de las cosas, que es al tiempo como el átomo
a la materia. Son dos aspectos fácilmente observables de un mismo
paradigma atomizador. En esa perspectiva la existencia reposa en una esencialidad
fundamentalmente contradictoria con la idea del vínculo existencial.
Por eso insisto en que las preguntas genéticas deberían
encuadrarse en el orden de los antecedentes necesarios, es decir, de aquellas
instancias o experiencias que están incluidas en un fenómeno,
que forman parte de él, sin esperar mayores precisiones al respecto.
Tales precisiones podrán venir luego como han ido apareciendo,
a modo de descubrimientos, tantos aspectos de una realidad masivamente
consensuada que hoy consideramos precisiones. Pero no podemos apelar a
la Certeza, pues caeríamos nuevamente en la trampa de la Ciencia.
Difícilmente modifique mi dieta conocer el nombre del tiranosaurius
ignoto. Igualmente difícil es, creo yo, que la respuesta, por demás
inalcanzable, respecto del origen de las cosas modifique mi relación
con ellas. Sí, en cambio, lo hará saber cuál fue
el antecedente necesario para su existencia como señal de un vínculo
histórico, como rudimento para la descripción de un entorno
que hace a su existencia expresada también en el tiempo, es decir,
como transcurso, como proceso o desarrollo (14).
Puede parecer fácil confundirse con la idea
del Estado como manifestación de lo común en el plano administrativo
y organizacional de la sociedad, es decir como expresión del ser
social en tanto administrador de consorcio. Pero basta con observar su
evolución, sus antecedentes y su función histórica
para advertir que lejos de ejercer esa clase de representación,
el Estado es una etapa más en el desarrollo evolutivo del Poder.
Y es importante, en ese sentido, observar la evolución de la Propiedad
y su relación con el Dinero. Los liberaloides economicistas que
afloraron como cucarachas en estos últimos años suelen cercenar
los planteamientos en torno a estos temas proponiendo que la discusión
debe centrarse en el "aquí y ahora" en vez de profundizar
la contextualización histórica. Si bien estoy convencido
de que mi única realidad es el presente, no creo prudente desconsiderar
la resignificación que antecedente y consecuente puedan producir
en el fenómeno como influyentes vínculos existenciales.
Descartar la discusión en torno al por qué y al para qué
de la Propiedad y del Dinero equivale a esconder la cabeza en un agujero
pretendiendo así estar a salvo de todo peligro.
Con la aparición de la moneda comienza un derrotero de la representación
que nos lleva del primitivo intercambio de mercancías hasta la
instauración de una nueva Religión, tal vez heredera de
la Ciencia, que acusa a la solidaridad con el dedo del Mercado. El Dinero
nace del reemplazo de la mercancía de intercambio estableciendo
una abstracción del valor que da lugar al Poder Adquisitivo. Esta
forma del Poder se expresa en la adquisición, es decir, en la apropiación
a través del Dinero, de bienes de toda índole, sean de consumo,
sean de producción, e incluso de la capacidad de trabajo y de la
tierra. El Dinero entonces reemplaza el "haber llegado primero"
como mecanismo para la Propiedad de la tierra y al garrote como instrumento
de apropiación de las cosas y de los súbditos. Así
comienza una nueva etapa en el desarrollo social, que llegará hasta
un presente signado por el Dinero, divinidad moderna capaz de condicionar
el comportamiento social de manera enloquecedora y llegando a extremos
inimaginables. Hoy por hoy vivimos plenamente acostumbrados a la idea
de que el Dinero tiene valor, que las cosas valen lo que cuestan, y que
la reproducción del Dinero nada tiene que ver con la explotación
social. A través de la remuneración del trabajo, legitima
la apropiación particular de los bienes de una sociedad, desatendiendo
el hecho de que son producto de toda la evolución de la cultura
y del trabajo productivo. En una sociedad que no advierte la relación
directa entre el lujo y el hambre, entre la explotación del sector
productivo por parte del sector improductivo y el goce del privilegio
y el consumo, el Dinero desempeña un papel primordial ocultando
detrás suyo una realidad moralmente insostenible, si es que se
reconocen valores tales como la libertad, la equidad, la fraternidad y
el bienestar común. Y es mayor aún la perversión
cuando estos valores son utilizados "nominalmente" como fundamento
de la Doctrina Política actual, heredera del Iluminismo Occidental
del siglo dieciocho. En nombre de tales valores se defienden instancias
claramente contradictorias con ellos, como son la Propiedad Privada, el
Dinero, el Estado, la Ley y la Religión.
El Estado expresa la continuidad de la Autoridad, en tanto verticalidad
fundada en fuerza. En la Grecia de los últimos cinco siglos antes
del cero de nuestra regla del tiempo, se sucedieron distintas formas de
Gobierno que culminaron en la tan afamada democracia ateniense. Es el
comienzo de la Política y de la mentira, aunque no necesariamente
porque los griegos mintieran. Desde un aquí como futuro, decir
que la democracia griega, a través de la asamblea, expresaba la
participación de los comunes en asuntos de la administración,
es un error que más que error debiera considerarse como voluntad
deliberada de manipular lo histórico para legitimar la estructura
política actual. El órgano social que transfiere a la democracia
la supuesta virtud de ser el más sublime hecho político
en cuanto a la participación popular, es la asamblea. La raíz
etimológica (15) de la palabra
nos habla de la exclusión. Y esto no nos importaría si no
fuera que, como en tantas otras ocasiones con los antiguos griegos, la
palabra ekklesia (asamblea) es la más fiel expresión de
lo que sucedía. En la ekklesia participaban los individuos considerados
importantes, los Libres, los que no eran ni esclavos, ni extranjeros,
ni mujeres.
Pasaron veinticinco siglos desde aquella máxima expresión
de la democracia hasta que los esclavos y los extranjeros, o al menos
sus herederos históricos, recibieran el beneficio de optar entre
una u otra Oligarquía (16).
Y luego hicieron falta decenas de años para que las mujeres fueran
consideradas casi iguales a los esclavos devenidos en asalariados o jornaleros.
En tren de establecer antecedentes históricos, es preciso señalar
que la abolición de la esclavitud vino de la mano de la institución
del salario y del jornal cuando la nueva sociedad, revolucionada por las
máquinas industriales (o, en realidad, por quienes se apropiaron
de dichas máquinas), se reorganizó de otra manera para seguir
haciendo lo mismo. De hecho resulta mucho más rentable, desde la
revolución industrial, tener asalariados o jornaleros en vez de
esclavos, a quienes era necesario garantizarles la subsistencia y a quienes,
si se morían, había que reemplazar con la compra de otros.
Y es recién en el siglo veinte que estos neoesclavos, y que las
mujeres, acceden a la pantomima de la participación a través
del Sufragio Universal.
Pero volvamos a la ekklesia y a los griegos. Fue también en aquella
lejana época que la Ley Humana comienza a separarse de las leyes
Físicas o Naturales. La palabra griega nomos hace referencia a
la Ley del hombre, a la convención, a diferencia de la palabra
physis que se refiere a las Leyes de la naturaleza. La relación
entre estas palabras dio lugar a enormes especulaciones filosófico-políticas
desde aquella época hasta la modernidad, estableciéndose
diferentes interpretaciones sobre la correspondencia o no que una tendría
de la otra.
En cualquier caso, la Ley fue siempre un instrumento para la obediencia.
Sea fundada en la naturaleza o en la convención, se ha recurrido
invariablemente a ella para establecer un control sobre el comportamiento
de los ciudadanos y, también, de los esclavos, de los extranjeros
y de las mujeres. Según la Ley fuera sancionada por un Déspota
(17), por una Oligarquía, por una Ekklesia Aristocrática
o Democrática, por un Señor Feudal o por la Jerarquía
Religiosa, cambiaron su expresión y su alcance. Pero siempre, invariablemente,
regularon el comportamiento social e individual, en mayor o en menor grado.
Esto no quiere decir que se haya podido garantizar la obediencia. Ya desde
los sofistas, e incluso algunas escuelas fundadas por discípulos
de Sócrates (18), la desobediencia
respecto de la Ley Humana, del nomos, se manifestó tan invariablemente
como la misma Ley (19). No inventamos
ni siquiera eso. Y es que la libertad es tan vieja como el Poder, y las
tensiones entre la libertad y el dominio, más allá de las
ideas que se les asocien, son tanto o más ancestrales que la misma
lucha de clases.
Así fuimos llegando (o cayendo, o avanzando, o retrocediendo, ustedes
dirán) hasta el establecimiento del Estado Moderno. El Absolutismo
Monárquico aparece a mediados del primer milenio de lo que llaman
nuestra era. Viene a resolver los conflictos de Poder generados por la
Poliarquía que lo antecedió, cuando los distintos estados
(el clero, la nobleza y los feudos) no lograban establecer una clara hegemonía.
A partir del siglo diecisiete este Absolutismo obtuvo un sostén
teórico en manos de Grandes Pensadores que le dieron forma incipiente
a la Doctrina del Estado. Claro que, así como Hobbes glorificó
el sometimiento considerando al Estado como garante de la seguridad de
los hombres a través de un Pacto Social irrenunciable firmado por
los súbditos, fundamentando así al Absolutismo (nadie nunca
dijo conocer a ningún súbdito que haya firmado ese Pacto),
también Rousseau abrió el camino hacia la justificación
del Estado Democrático que, si bien partiendo de bases en algunos
casos opuestas a las de Hobbes, coincide con él en lo referente
a su Contrato Social (que tampoco nunca nadie firmó), que es la
fundición moderna de la mecánica representativa.
Con todo lo que tuviera de excluyente la ekklesia (20)
griega, los que fueran considerados capaces de participar por su condición
de "Libres", lo hacían sin intermediación ni representación,
y aún cuando se sostuvieran modelos políticos mixtos o Aristocráticos,
nunca se recurrió a la representación como justificativo
sino a la capacidad de los miembros y la operatividad del sistema, ya
sea en función de valores considerados por ellos absolutos como
la Justicia, o en función de la supervivencia de la sociedad amenazada
militarmente por los persas o los espartanos. De esta manera, aún
sosteniendo modelos de organización social fundados en el Poder
y reproductores de éste, los fundamentos gozaban de una honestidad
que, aunque profundamente cuestionables desde acá, nunca confundieron
la representación política con la participación de
los politikós (todos los ciudadanos, en tanto miembros de la polis,
eran considerados politikós). En la ekklesia, todos los miembros
estaban presentes y participaban por igual en las decisiones.
La aventura justificadora de Rousseau llegó a situaciones cuanto
menos peculiares. Tanto él como Hobbes consideraban al Estado como
la pérdida del estado natural del hombre. Hobbes imaginaba al hombre
como naturalmente malo, e imaginaba su estado natural como un estado de
guerra donde todo era justo, aún el homicidio. De esta forma cualquiera
podía dar muerte a cualquiera, y solamente el Estado, a través
del Pacto Social, podía garantizar la seguridad de todos. Pero
Rousseau consideraba que el hombre era naturalmente bueno, y esa bondad
inherente se había perdido con la corrupción generada por
la aparición de la Propiedad Privada. Creo que nadie podría
contestar cómo pudo haber aparecido esa clase de corrupción
entre hombres naturalmente (nótese que naturalmente opera como
oscuro sinónimo de esencialmente) buenos, ni cómo pudo haber
aparecido una instancia protectora de la seguridad de todos, como el Estado
de Hobbes, entre hombres malos. Claro que Hobbes, personificando al Estado
como un Leviatán, asume cierta maldad en su criatura, pero le endilga
una calidad de garante de valores que él considera buenos.
Pero más allá de estas peculiaridades, lo interesante en
el planteo de Rousseau es que, desde su justificación del Estado,
termina por legitimar la protección y el resguardo de lo que él
mismo ha considerado como el factor corruptor del hombre, es decir, la
Propiedad Privada (y lo bien que hacía en considerarlo así).
En ambos casos la Ley es tomada por expresión, más o menos
directa, de la Voluntad General, cuyo imperio sería entonces el
garante de la integridad social a través del Estado.
La herencia de Rousseau es apreciable en las secuelas de una Revolución
Francesa portadora de una extraña combinación de fracaso
y triunfo. Ha dado lugar, a pesar de la derrota efectiva, a la construcción
de una burguesía cada vez más conservadora, que ha fabricado
en sus laboratorios Ideológicos un Estado Democrático sintético,
una Idea de Estado tendiente a justificarlo. Como ejemplo están
las declaraciones de Derechos Humanos, en las que se describen las más
fundamentales atribuciones que tendrá la Ley sobre los individuos.
Desde la Asamblea francesa del siglo dieciocho hasta la Asamblea de la
ONU del el siglo veinte, la coherencia no se pierde: el imperio de la
Ley en manos del Estado es quien otorga Derechos, y es también
quien puede revocarlos. Todas las declaraciones de Derechos Humanos confinan
las libertades del hombre (en el plural libertades hay implicada una asociación
ideológica al Derecho) a las voluntades de la Ley.
La Ley está hecha para ser obedecida y solamente tiene razón
de ser a través de la obediencia. Los demócratas actuales
defienden la Ley en tanto sostienen que ha de regular tanto el comportamiento
de los comunes como el de los gobernantes, que, por más que se
quiera enroscar el pensamiento hasta el hartazgo, no son "ciudadanos
comunes". Lo que yo no alcanzo a comprender es por qué aquellos
que legislan lo harán en contra de su propio antojo o de su propio
beneficio.
Abrazados todavía a la idea de que el Estado es el Monarca, asumimos
sin mucha conciencia que su descendencia republicana, el Poder Ejecutivo,
es el Gobierno, y que las cámaras supervisarán su desempeño
como guardianes del interés popular, limitando sus excesos y recordándole
su función de mandatario del electorado. Esto tiene también
su antecedente político y su fundamento Ideológico. En este
caso es la revolución liberal inglesa de 1688, y su gran justificador
fue Locke, el Padre del liberalismo moderno. En aquella ocasión
las cámaras de los Señores avanzaron efectivamente sobre
el control y acotamiento de las facultades gubernativas de la Monarquía.
El detalle en cuestión es que, nuevamente, estos Señores
nunca fueron comunes sino Ciudadanos Libres habilitados como tales por
la Propiedad sobre las tierras que labraban los comunes, siguiendo la
peor de las tradiciones de la democracia griega más de veinte siglos
después. La participación popular en los Estados Republicanos,
incluidas las Monarquías Republicanas europeas y los Estados Democráticos,
se limita a la participación electoral en los comicios, aparecida
recién en el siglo veinte con el Sufragio Universal y la incorporación
de los padrones femeninos (nótese que aún las restricciones
sobre la participación de los extranjeros en los comicios los excluye
también de esta pantomima).
En las actuales Democracias, la participación política está
muy bien organizada de manera que las decisiones de gobierno sean privilegio
de unos pocos. Y de hecho así debe ser. Aún cuando se aumentara
los miembros de la asamblea hasta alcanzar la mayoría de la población
(cosa de por sí descabellada si seguimos pensando en poblaciones
tan sobredimensionadas como las actuales) siempre que se hable de gobierno
se habla de opresión y de exclusión. El Gobierno es algo
que se ejerce sobre algo, de manera que se vuelve inevitable la constitución
de un segmento poblacional que no gobierne y que sea gobernado, lo que
yo llamaría el pueblo o noGobierno.
Pero ¿cuál es la función del Estado si no es la de
brindar seguridad a los hombres malos desnaturalizados ni expresar la
Voluntad General a través de la Ley? La función del Estado
es, mal que le pese a Rousseau, proteger la Propiedad Privada.
La propiedad sobre la tierra tiene, por lo menos, la misma edad que el
sedentarismo y que la agricultura. Apropiarse de la tierra implicaba establecerse
en ella, y para la defensa de esa propiedad era necesaria alguna clase
de organización social. Sin entrar en discusión sobre la
eventual existencia de un comunismo primitivo o no, podemos considerar
que esas primeras organizaciones sociales han ido evolucionando hacia
lo que somos ahora. No me resultaría extraño que dichas
sociedades comenzaran a organizarse de forma vertical a partir de un Jefe
o un grupo de Jefes que establecieran las normas que habrían de
regir el comportamiento de todos. Esa regulación normal, ese nomos
aún no separable tal vez de la physis, evolucionó también
junto al lenguaje y se ligó en el tránsito a la palabra.
La sabiduría implicada en la administración y en la defensa,
así como en la perdurabilidad del Poder, es condición necesaria
para la supervivencia de aquellas sociedades. De otra manera no habrían
sobrevivido o, lo que es tal vez más adecuado, podemos decir que,
justamente por eso, han sobrevivido solamente las más capaces.
Esta capacidad es inseparable de un saber que conocimos privativo de las
clases o castas dominantes. La palabra nos llega, nuevamente a través
de los antiguos griegos, inseparable del saber. El mito fue el instrumento
capaz de darle a estas sociedades la continuidad en la descendencia, sirviendo
para construir identidad o redundando en ella. Esta identidad mítica
lleva consigo una normativa propia asumida como Ley Natural, es decir,
como una obediencia primaria a lo que habría de vivirse como Verdad
manifiesta y única. El mito no separa nomos de Physis. Lo humano
y lo divino se relacionaban de tal manera que la interpretación
de una naturaleza vertical a la que solamente podía obedecerse,
que ganaba por la fuerza a una humanidad impotente, se manifestaba en
una normativa religiosa y social indiferentes que formaron parte de la
ideología común. La vida era como la contaba el mito, y
la función social de cada individuo se asumía a través
de él como parte de esa naturalidad incuestionable, aún
sin haberse desarrollado todavía, quizás, la conciencia
individual, al menos como la consideramos ahora.
Es duro pensar que tal vez esta última condición sea la
única que significativamente ha cambiado desde aquella época.
De cualquier manera, la palabra, oral en el mito, escrita después,
refleja el saber de una comunidad y la transmisión del mismo a
generaciones futuras, y condensa sobre sí la expresión más
integral de la cultura que la produce. No digo que no haya aspecto de
la cultura o del lenguaje que quede fuera de la órbita de la palabra.
De hecho, las representaciones míticas contaban con una carga estética
y gestual que formaban parte de lo que se representaba porque participaban
de la instancia de comunicación y hacían a la vivencia madre
de la idea. Así los miedos y las alegrías, las fealdades
y bellezas, los valores sinnúmero, eran vivenciados por la comunidad
a través del mito como quien aprende actualmente de la experiencia
más que del discurso. Y es que aquella transmisión carecía
de las pretensiones actuales de precisión, simplemente porque aún
no se había producido el desmembramiento del saber que dio lugar
al conocimiento, y por lo tanto no se había establecido aún
la confusión que padecemos. No es que en esos tiempos hubiera más
claridad, sino que había menos elementos. De hecho aún no
existía tal noción; aún los elementos no existían.
De esta forma la normativa de la organización social, y con ella
la Propiedad, fue transportada hacia el futuro como parte de una ideología
que todavía no la separaba de la Physis. La Jefatura y la Propiedad
habrían de estar ligadas entre sí a través de un
sometimiento tomado por natural por Jefes y comunes. De hecho la etimología
de la palabra Poder nos remonta a poti, palabra indoeuropea que significa
"Jefe", de la cual deriva la palabra griega despotes. Quiero
decir que el Poder existía en tanto condición de superioridad
relativa de un Jefe garante y protector de la Propiedad, más allá
de si ésta fuera considerada común o privada. En realidad,
si asumimos que la conciencia evolucionó desde una masificación
totémica hacia una individualidad creciente, es factible suponer
que aquella propiedad sólo podía ser común. Pero,
en cualquier caso, el sometimiento en manos de un garrote primitivo, haya
aparecido antes o después, terminó por privar de la propiedad
al débil, y por establecer desde la fuerza un futuro Derecho de
Propiedad, heredado a través de la organización social fundada
en Ley.
La institución de la Polis aparece en una sociedad que claramente
distinguía entre Libres y esclavos, y que establecía fundamentalmente
esta distinción a partir de una herencia familiar que regía
tanto para la ciudadanía (o la pertenencia a la Polis) como para
la Propiedad. Los demos eran habitados por politikós habilitados
como tales para la participación en la ekklesia y por esclavos,
extranjeros y mujeres que, ya se ha dicho, no lo estaban. De esta forma
la institucionalidad bregaba por los intereses de los propietarios y así
cumplía la función de gendarme de la Propiedad. Quiero decir
que aún en esa democracia ateniense convertida en mito de la modernidad,
la interdependencia entre la institucionalidad del Poder y la Propiedad
se manifiesta a tal punto que la desmitifica en tanto expresión
de alguna clase de garantía de libertad.
Cuando la moderna burguesía, fortalecida por la acumulación
de Dinero, avanza sobre los espacios de Poder ante una nobleza ya más
débil, recupera de los antiguos griegos la Idea de Estado como
defensor de los intereses populares, sólo que sucede que la Idea
de Pueblo estaba confinada a esa burguesía que excluía como
antaño a los productores todavía esclavos. Pero el desarrollo
industrial necesita de una formación del obrero industrial mayor
que la que requería un esclavo en los tiempos de la producción
feudal. Así es cómo el desarrollo de la industria y la masificación
de la Escuela traen aparejado, indeseablemente para los burgueses, un
desarrollo paralelo de una clase social históricamente oprimida,
un estrato que pronto comenzó, como en su tiempo la burguesía,
a tener la fuerza suficiente como para generar conflictos y ganar terreno
en un tablero regido por la Ley.
Acceder a la legislación significó para la burguesía
acceder al Poder. Las revoluciones burguesas redundaron en un mayor desarrollo
de la Ley Positiva, es decir, de la Ley escrita por hombres en función
de establecer una suerte de objetividad obsecuente al Poder que la sancione.
Pronto el imperio de la Ley, como en el ideal aristotélico, reemplazó
al poder Despótico, pero únicamente lo reemplazó
en tanto cambió la mano que la firma, puesto que, de una forma
o de otra, la Ley siempre acompañó al Poder en toda instancia
de Gobierno, y solamente se estableció, con el Estado de Derecho,
una institucionalidad legislativa que garantice la igualdad a todos los
Ciudadanos Libres en la nueva organización social. Esta igualdad,
claro está, compete solamente a estos nuevos Libres, los Libres
de la nueva Propiedad, los individuos que gozan del derecho de apropiarse,
Dinero en mano, de los bienes de una comunidad que ha heredado las secuelas
del robo, de aquel primer robo hecho a garrote y luego protegido, a lo
largo del tiempo, por el Estado y por la Ley.
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