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segunda parte
6. Del Estado, la Ley, la Propiedad y el Dinero

estado. (Del Lat. status) m. Situación en que se encuentra alguien o algo, y en especial cada uno de sus sucesivos modos de ser o estar // m. Cada uno de los estamentos en que se dividía el cuerpo social; como el eclesiástico, el de nobles, el de plebeyos, etc. // m. Clase o condición a la cual está sujeta la vida de cada uno // m. Conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano // m. En el régimen federal, porción de territorio cuyos habitantes se rigen por leyes propias, aunque estén sometidos en ciertos asuntos a las decisiones de un gobierno común // m. desus. Casa de comidas algo menos plebeya que el bodegón // m. ant. Séquito, corte, acompañamiento - ley. (Del Lat. lex, legis) f. Regla y norma constante e invariable de las cosas, nacida de la causa primera o de las cualidades y condiciones de las mismas // f. Cada una de las relaciones existentes entre los diversos elementos que intervienen en un fenómeno // f. Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados // f. En el régimen constitucional, disposición votada por las Cortes y sancionada por el jefe del Estado // f. Religión, culto a la Divinidad // f. Lealtad, fidelidad, amor // f. Cantidad de metal contenida en una mena - propiedad. (De propriedad) f. Derecho o facultad de poseer alguien algo y poder disponer de ello dentro de los límites legales // f. Cosa que es objeto del dominio, sobre todo si es inmueble o raíz // f. Atributo o cualidad esencial de alguien o algo // f. Defecto contrario a la pobreza religiosa, en que incurre el profeso que usa una cosa como propia - dinero. (Del Lat. denarius) m. Moneda corriente // m. Hacienda, fortuna // m. Econ. Medio de cambio de curso legal.

El huevo y la gallina son lugar común para expresar aquellos círculos sin fin en los que nos enredamos tantas veces preguntándonos qué es lo que vino antes, es decir, qué es antecedente y qué es consecuente. Mi actitud ante la disyuntiva de la gallina y el huevo nunca fue más que irreverente desprecio o placer gastronómico, hasta que una conversación que tuve alguna vez me dejó pensando. Era posible resolver el dilema, que era en realidad una mala forma de expresar una sensación. La gallina para ser gallina, tuvo que haber nacido de un huevo. Y ese huevo pudo haber sido puesto por un tiranosaurius rex, si hiciera falta, pero con la mala suerte de que le salió gallina. Claro que no quisiera estar en su lugar, pobre tiranosaurius, ante tremenda sorpresa. Lo cierto es que detrás del presunto dilema se esconde una confusión que es importante esclarecer. No es lo mismo preguntarse por el origen de algo que preguntarse por su antecedente necesario. El origen del huevo acaso sea un misterio eterno, o que al menos dure todo el tiempo que dure la pregunta. No ha quedado indicio de aquel desafortunado ovíparo que encontró una extraña cosa en su progenie que luego el hombre denominará gallina. Yo no creo que haya manera de responder completamente aquellas preguntas del origen porque las creo falaces, ya que apelan a una noción del tiempo lineal, consecuente, con fin y principio, es decir, con cualidades humanas que yo no le endilgaría. Así como nos hemos acostumbrado a perseguir la mínima parte de la materia buscando descubrir en ella los secretos de su esencia, nos hemos acostumbrado a perseguir el instante primigenio para encontrar en él el origen de las cosas, que es al tiempo como el átomo a la materia. Son dos aspectos fácilmente observables de un mismo paradigma atomizador. En esa perspectiva la existencia reposa en una esencialidad fundamentalmente contradictoria con la idea del vínculo existencial.
Por eso insisto en que las preguntas genéticas deberían encuadrarse en el orden de los antecedentes necesarios, es decir, de aquellas instancias o experiencias que están incluidas en un fenómeno, que forman parte de él, sin esperar mayores precisiones al respecto. Tales precisiones podrán venir luego como han ido apareciendo, a modo de descubrimientos, tantos aspectos de una realidad masivamente consensuada que hoy consideramos precisiones. Pero no podemos apelar a la Certeza, pues caeríamos nuevamente en la trampa de la Ciencia. Difícilmente modifique mi dieta conocer el nombre del tiranosaurius ignoto. Igualmente difícil es, creo yo, que la respuesta, por demás inalcanzable, respecto del origen de las cosas modifique mi relación con ellas. Sí, en cambio, lo hará saber cuál fue el antecedente necesario para su existencia como señal de un vínculo histórico, como rudimento para la descripción de un entorno que hace a su existencia expresada también en el tiempo, es decir, como transcurso, como proceso o desarrollo (14).

Puede parecer fácil confundirse con la idea del Estado como manifestación de lo común en el plano administrativo y organizacional de la sociedad, es decir como expresión del ser social en tanto administrador de consorcio. Pero basta con observar su evolución, sus antecedentes y su función histórica para advertir que lejos de ejercer esa clase de representación, el Estado es una etapa más en el desarrollo evolutivo del Poder. Y es importante, en ese sentido, observar la evolución de la Propiedad y su relación con el Dinero. Los liberaloides economicistas que afloraron como cucarachas en estos últimos años suelen cercenar los planteamientos en torno a estos temas proponiendo que la discusión debe centrarse en el "aquí y ahora" en vez de profundizar la contextualización histórica. Si bien estoy convencido de que mi única realidad es el presente, no creo prudente desconsiderar la resignificación que antecedente y consecuente puedan producir en el fenómeno como influyentes vínculos existenciales. Descartar la discusión en torno al por qué y al para qué de la Propiedad y del Dinero equivale a esconder la cabeza en un agujero pretendiendo así estar a salvo de todo peligro.
Con la aparición de la moneda comienza un derrotero de la representación que nos lleva del primitivo intercambio de mercancías hasta la instauración de una nueva Religión, tal vez heredera de la Ciencia, que acusa a la solidaridad con el dedo del Mercado. El Dinero nace del reemplazo de la mercancía de intercambio estableciendo una abstracción del valor que da lugar al Poder Adquisitivo. Esta forma del Poder se expresa en la adquisición, es decir, en la apropiación a través del Dinero, de bienes de toda índole, sean de consumo, sean de producción, e incluso de la capacidad de trabajo y de la tierra. El Dinero entonces reemplaza el "haber llegado primero" como mecanismo para la Propiedad de la tierra y al garrote como instrumento de apropiación de las cosas y de los súbditos. Así comienza una nueva etapa en el desarrollo social, que llegará hasta un presente signado por el Dinero, divinidad moderna capaz de condicionar el comportamiento social de manera enloquecedora y llegando a extremos inimaginables. Hoy por hoy vivimos plenamente acostumbrados a la idea de que el Dinero tiene valor, que las cosas valen lo que cuestan, y que la reproducción del Dinero nada tiene que ver con la explotación social. A través de la remuneración del trabajo, legitima la apropiación particular de los bienes de una sociedad, desatendiendo el hecho de que son producto de toda la evolución de la cultura y del trabajo productivo. En una sociedad que no advierte la relación directa entre el lujo y el hambre, entre la explotación del sector productivo por parte del sector improductivo y el goce del privilegio y el consumo, el Dinero desempeña un papel primordial ocultando detrás suyo una realidad moralmente insostenible, si es que se reconocen valores tales como la libertad, la equidad, la fraternidad y el bienestar común. Y es mayor aún la perversión cuando estos valores son utilizados "nominalmente" como fundamento de la Doctrina Política actual, heredera del Iluminismo Occidental del siglo dieciocho. En nombre de tales valores se defienden instancias claramente contradictorias con ellos, como son la Propiedad Privada, el Dinero, el Estado, la Ley y la Religión.
El Estado expresa la continuidad de la Autoridad, en tanto verticalidad fundada en fuerza. En la Grecia de los últimos cinco siglos antes del cero de nuestra regla del tiempo, se sucedieron distintas formas de Gobierno que culminaron en la tan afamada democracia ateniense. Es el comienzo de la Política y de la mentira, aunque no necesariamente porque los griegos mintieran. Desde un aquí como futuro, decir que la democracia griega, a través de la asamblea, expresaba la participación de los comunes en asuntos de la administración, es un error que más que error debiera considerarse como voluntad deliberada de manipular lo histórico para legitimar la estructura política actual. El órgano social que transfiere a la democracia la supuesta virtud de ser el más sublime hecho político en cuanto a la participación popular, es la asamblea. La raíz etimológica (15) de la palabra nos habla de la exclusión. Y esto no nos importaría si no fuera que, como en tantas otras ocasiones con los antiguos griegos, la palabra ekklesia (asamblea) es la más fiel expresión de lo que sucedía. En la ekklesia participaban los individuos considerados importantes, los Libres, los que no eran ni esclavos, ni extranjeros, ni mujeres.
Pasaron veinticinco siglos desde aquella máxima expresión de la democracia hasta que los esclavos y los extranjeros, o al menos sus herederos históricos, recibieran el beneficio de optar entre una u otra Oligarquía (16). Y luego hicieron falta decenas de años para que las mujeres fueran consideradas casi iguales a los esclavos devenidos en asalariados o jornaleros. En tren de establecer antecedentes históricos, es preciso señalar que la abolición de la esclavitud vino de la mano de la institución del salario y del jornal cuando la nueva sociedad, revolucionada por las máquinas industriales (o, en realidad, por quienes se apropiaron de dichas máquinas), se reorganizó de otra manera para seguir haciendo lo mismo. De hecho resulta mucho más rentable, desde la revolución industrial, tener asalariados o jornaleros en vez de esclavos, a quienes era necesario garantizarles la subsistencia y a quienes, si se morían, había que reemplazar con la compra de otros. Y es recién en el siglo veinte que estos neoesclavos, y que las mujeres, acceden a la pantomima de la participación a través del Sufragio Universal.
Pero volvamos a la ekklesia y a los griegos. Fue también en aquella lejana época que la Ley Humana comienza a separarse de las leyes Físicas o Naturales. La palabra griega nomos hace referencia a la Ley del hombre, a la convención, a diferencia de la palabra physis que se refiere a las Leyes de la naturaleza. La relación entre estas palabras dio lugar a enormes especulaciones filosófico-políticas desde aquella época hasta la modernidad, estableciéndose diferentes interpretaciones sobre la correspondencia o no que una tendría de la otra.
En cualquier caso, la Ley fue siempre un instrumento para la obediencia. Sea fundada en la naturaleza o en la convención, se ha recurrido invariablemente a ella para establecer un control sobre el comportamiento de los ciudadanos y, también, de los esclavos, de los extranjeros y de las mujeres. Según la Ley fuera sancionada por un Déspota (17), por una Oligarquía, por una Ekklesia Aristocrática o Democrática, por un Señor Feudal o por la Jerarquía Religiosa, cambiaron su expresión y su alcance. Pero siempre, invariablemente, regularon el comportamiento social e individual, en mayor o en menor grado.
Esto no quiere decir que se haya podido garantizar la obediencia. Ya desde los sofistas, e incluso algunas escuelas fundadas por discípulos de Sócrates (18), la desobediencia respecto de la Ley Humana, del nomos, se manifestó tan invariablemente como la misma Ley (19). No inventamos ni siquiera eso. Y es que la libertad es tan vieja como el Poder, y las tensiones entre la libertad y el dominio, más allá de las ideas que se les asocien, son tanto o más ancestrales que la misma lucha de clases.
Así fuimos llegando (o cayendo, o avanzando, o retrocediendo, ustedes dirán) hasta el establecimiento del Estado Moderno. El Absolutismo Monárquico aparece a mediados del primer milenio de lo que llaman nuestra era. Viene a resolver los conflictos de Poder generados por la Poliarquía que lo antecedió, cuando los distintos estados (el clero, la nobleza y los feudos) no lograban establecer una clara hegemonía. A partir del siglo diecisiete este Absolutismo obtuvo un sostén teórico en manos de Grandes Pensadores que le dieron forma incipiente a la Doctrina del Estado. Claro que, así como Hobbes glorificó el sometimiento considerando al Estado como garante de la seguridad de los hombres a través de un Pacto Social irrenunciable firmado por los súbditos, fundamentando así al Absolutismo (nadie nunca dijo conocer a ningún súbdito que haya firmado ese Pacto), también Rousseau abrió el camino hacia la justificación del Estado Democrático que, si bien partiendo de bases en algunos casos opuestas a las de Hobbes, coincide con él en lo referente a su Contrato Social (que tampoco nunca nadie firmó), que es la fundición moderna de la mecánica representativa.
Con todo lo que tuviera de excluyente la ekklesia (20) griega, los que fueran considerados capaces de participar por su condición de "Libres", lo hacían sin intermediación ni representación, y aún cuando se sostuvieran modelos políticos mixtos o Aristocráticos, nunca se recurrió a la representación como justificativo sino a la capacidad de los miembros y la operatividad del sistema, ya sea en función de valores considerados por ellos absolutos como la Justicia, o en función de la supervivencia de la sociedad amenazada militarmente por los persas o los espartanos. De esta manera, aún sosteniendo modelos de organización social fundados en el Poder y reproductores de éste, los fundamentos gozaban de una honestidad que, aunque profundamente cuestionables desde acá, nunca confundieron la representación política con la participación de los politikós (todos los ciudadanos, en tanto miembros de la polis, eran considerados politikós). En la ekklesia, todos los miembros estaban presentes y participaban por igual en las decisiones.
La aventura justificadora de Rousseau llegó a situaciones cuanto menos peculiares. Tanto él como Hobbes consideraban al Estado como la pérdida del estado natural del hombre. Hobbes imaginaba al hombre como naturalmente malo, e imaginaba su estado natural como un estado de guerra donde todo era justo, aún el homicidio. De esta forma cualquiera podía dar muerte a cualquiera, y solamente el Estado, a través del Pacto Social, podía garantizar la seguridad de todos. Pero Rousseau consideraba que el hombre era naturalmente bueno, y esa bondad inherente se había perdido con la corrupción generada por la aparición de la Propiedad Privada. Creo que nadie podría contestar cómo pudo haber aparecido esa clase de corrupción entre hombres naturalmente (nótese que naturalmente opera como oscuro sinónimo de esencialmente) buenos, ni cómo pudo haber aparecido una instancia protectora de la seguridad de todos, como el Estado de Hobbes, entre hombres malos. Claro que Hobbes, personificando al Estado como un Leviatán, asume cierta maldad en su criatura, pero le endilga una calidad de garante de valores que él considera buenos.
Pero más allá de estas peculiaridades, lo interesante en el planteo de Rousseau es que, desde su justificación del Estado, termina por legitimar la protección y el resguardo de lo que él mismo ha considerado como el factor corruptor del hombre, es decir, la Propiedad Privada (y lo bien que hacía en considerarlo así). En ambos casos la Ley es tomada por expresión, más o menos directa, de la Voluntad General, cuyo imperio sería entonces el garante de la integridad social a través del Estado.
La herencia de Rousseau es apreciable en las secuelas de una Revolución Francesa portadora de una extraña combinación de fracaso y triunfo. Ha dado lugar, a pesar de la derrota efectiva, a la construcción de una burguesía cada vez más conservadora, que ha fabricado en sus laboratorios Ideológicos un Estado Democrático sintético, una Idea de Estado tendiente a justificarlo. Como ejemplo están las declaraciones de Derechos Humanos, en las que se describen las más fundamentales atribuciones que tendrá la Ley sobre los individuos. Desde la Asamblea francesa del siglo dieciocho hasta la Asamblea de la ONU del el siglo veinte, la coherencia no se pierde: el imperio de la Ley en manos del Estado es quien otorga Derechos, y es también quien puede revocarlos. Todas las declaraciones de Derechos Humanos confinan las libertades del hombre (en el plural libertades hay implicada una asociación ideológica al Derecho) a las voluntades de la Ley.
La Ley está hecha para ser obedecida y solamente tiene razón de ser a través de la obediencia. Los demócratas actuales defienden la Ley en tanto sostienen que ha de regular tanto el comportamiento de los comunes como el de los gobernantes, que, por más que se quiera enroscar el pensamiento hasta el hartazgo, no son "ciudadanos comunes". Lo que yo no alcanzo a comprender es por qué aquellos que legislan lo harán en contra de su propio antojo o de su propio beneficio.
Abrazados todavía a la idea de que el Estado es el Monarca, asumimos sin mucha conciencia que su descendencia republicana, el Poder Ejecutivo, es el Gobierno, y que las cámaras supervisarán su desempeño como guardianes del interés popular, limitando sus excesos y recordándole su función de mandatario del electorado. Esto tiene también su antecedente político y su fundamento Ideológico. En este caso es la revolución liberal inglesa de 1688, y su gran justificador fue Locke, el Padre del liberalismo moderno. En aquella ocasión las cámaras de los Señores avanzaron efectivamente sobre el control y acotamiento de las facultades gubernativas de la Monarquía. El detalle en cuestión es que, nuevamente, estos Señores nunca fueron comunes sino Ciudadanos Libres habilitados como tales por la Propiedad sobre las tierras que labraban los comunes, siguiendo la peor de las tradiciones de la democracia griega más de veinte siglos después. La participación popular en los Estados Republicanos, incluidas las Monarquías Republicanas europeas y los Estados Democráticos, se limita a la participación electoral en los comicios, aparecida recién en el siglo veinte con el Sufragio Universal y la incorporación de los padrones femeninos (nótese que aún las restricciones sobre la participación de los extranjeros en los comicios los excluye también de esta pantomima).
En las actuales Democracias, la participación política está muy bien organizada de manera que las decisiones de gobierno sean privilegio de unos pocos. Y de hecho así debe ser. Aún cuando se aumentara los miembros de la asamblea hasta alcanzar la mayoría de la población (cosa de por sí descabellada si seguimos pensando en poblaciones tan sobredimensionadas como las actuales) siempre que se hable de gobierno se habla de opresión y de exclusión. El Gobierno es algo que se ejerce sobre algo, de manera que se vuelve inevitable la constitución de un segmento poblacional que no gobierne y que sea gobernado, lo que yo llamaría el pueblo o noGobierno.
Pero ¿cuál es la función del Estado si no es la de brindar seguridad a los hombres malos desnaturalizados ni expresar la Voluntad General a través de la Ley? La función del Estado es, mal que le pese a Rousseau, proteger la Propiedad Privada.
La propiedad sobre la tierra tiene, por lo menos, la misma edad que el sedentarismo y que la agricultura. Apropiarse de la tierra implicaba establecerse en ella, y para la defensa de esa propiedad era necesaria alguna clase de organización social. Sin entrar en discusión sobre la eventual existencia de un comunismo primitivo o no, podemos considerar que esas primeras organizaciones sociales han ido evolucionando hacia lo que somos ahora. No me resultaría extraño que dichas sociedades comenzaran a organizarse de forma vertical a partir de un Jefe o un grupo de Jefes que establecieran las normas que habrían de regir el comportamiento de todos. Esa regulación normal, ese nomos aún no separable tal vez de la physis, evolucionó también junto al lenguaje y se ligó en el tránsito a la palabra. La sabiduría implicada en la administración y en la defensa, así como en la perdurabilidad del Poder, es condición necesaria para la supervivencia de aquellas sociedades. De otra manera no habrían sobrevivido o, lo que es tal vez más adecuado, podemos decir que, justamente por eso, han sobrevivido solamente las más capaces. Esta capacidad es inseparable de un saber que conocimos privativo de las clases o castas dominantes. La palabra nos llega, nuevamente a través de los antiguos griegos, inseparable del saber. El mito fue el instrumento capaz de darle a estas sociedades la continuidad en la descendencia, sirviendo para construir identidad o redundando en ella. Esta identidad mítica lleva consigo una normativa propia asumida como Ley Natural, es decir, como una obediencia primaria a lo que habría de vivirse como Verdad manifiesta y única. El mito no separa nomos de Physis. Lo humano y lo divino se relacionaban de tal manera que la interpretación de una naturaleza vertical a la que solamente podía obedecerse, que ganaba por la fuerza a una humanidad impotente, se manifestaba en una normativa religiosa y social indiferentes que formaron parte de la ideología común. La vida era como la contaba el mito, y la función social de cada individuo se asumía a través de él como parte de esa naturalidad incuestionable, aún sin haberse desarrollado todavía, quizás, la conciencia individual, al menos como la consideramos ahora.
Es duro pensar que tal vez esta última condición sea la única que significativamente ha cambiado desde aquella época.
De cualquier manera, la palabra, oral en el mito, escrita después, refleja el saber de una comunidad y la transmisión del mismo a generaciones futuras, y condensa sobre sí la expresión más integral de la cultura que la produce. No digo que no haya aspecto de la cultura o del lenguaje que quede fuera de la órbita de la palabra. De hecho, las representaciones míticas contaban con una carga estética y gestual que formaban parte de lo que se representaba porque participaban de la instancia de comunicación y hacían a la vivencia madre de la idea. Así los miedos y las alegrías, las fealdades y bellezas, los valores sinnúmero, eran vivenciados por la comunidad a través del mito como quien aprende actualmente de la experiencia más que del discurso. Y es que aquella transmisión carecía de las pretensiones actuales de precisión, simplemente porque aún no se había producido el desmembramiento del saber que dio lugar al conocimiento, y por lo tanto no se había establecido aún la confusión que padecemos. No es que en esos tiempos hubiera más claridad, sino que había menos elementos. De hecho aún no existía tal noción; aún los elementos no existían.
De esta forma la normativa de la organización social, y con ella la Propiedad, fue transportada hacia el futuro como parte de una ideología que todavía no la separaba de la Physis. La Jefatura y la Propiedad habrían de estar ligadas entre sí a través de un sometimiento tomado por natural por Jefes y comunes. De hecho la etimología de la palabra Poder nos remonta a poti, palabra indoeuropea que significa "Jefe", de la cual deriva la palabra griega despotes. Quiero decir que el Poder existía en tanto condición de superioridad relativa de un Jefe garante y protector de la Propiedad, más allá de si ésta fuera considerada común o privada. En realidad, si asumimos que la conciencia evolucionó desde una masificación totémica hacia una individualidad creciente, es factible suponer que aquella propiedad sólo podía ser común. Pero, en cualquier caso, el sometimiento en manos de un garrote primitivo, haya aparecido antes o después, terminó por privar de la propiedad al débil, y por establecer desde la fuerza un futuro Derecho de Propiedad, heredado a través de la organización social fundada en Ley.
La institución de la Polis aparece en una sociedad que claramente distinguía entre Libres y esclavos, y que establecía fundamentalmente esta distinción a partir de una herencia familiar que regía tanto para la ciudadanía (o la pertenencia a la Polis) como para la Propiedad. Los demos eran habitados por politikós habilitados como tales para la participación en la ekklesia y por esclavos, extranjeros y mujeres que, ya se ha dicho, no lo estaban. De esta forma la institucionalidad bregaba por los intereses de los propietarios y así cumplía la función de gendarme de la Propiedad. Quiero decir que aún en esa democracia ateniense convertida en mito de la modernidad, la interdependencia entre la institucionalidad del Poder y la Propiedad se manifiesta a tal punto que la desmitifica en tanto expresión de alguna clase de garantía de libertad.
Cuando la moderna burguesía, fortalecida por la acumulación de Dinero, avanza sobre los espacios de Poder ante una nobleza ya más débil, recupera de los antiguos griegos la Idea de Estado como defensor de los intereses populares, sólo que sucede que la Idea de Pueblo estaba confinada a esa burguesía que excluía como antaño a los productores todavía esclavos. Pero el desarrollo industrial necesita de una formación del obrero industrial mayor que la que requería un esclavo en los tiempos de la producción feudal. Así es cómo el desarrollo de la industria y la masificación de la Escuela traen aparejado, indeseablemente para los burgueses, un desarrollo paralelo de una clase social históricamente oprimida, un estrato que pronto comenzó, como en su tiempo la burguesía, a tener la fuerza suficiente como para generar conflictos y ganar terreno en un tablero regido por la Ley.
Acceder a la legislación significó para la burguesía acceder al Poder. Las revoluciones burguesas redundaron en un mayor desarrollo de la Ley Positiva, es decir, de la Ley escrita por hombres en función de establecer una suerte de objetividad obsecuente al Poder que la sancione. Pronto el imperio de la Ley, como en el ideal aristotélico, reemplazó al poder Despótico, pero únicamente lo reemplazó en tanto cambió la mano que la firma, puesto que, de una forma o de otra, la Ley siempre acompañó al Poder en toda instancia de Gobierno, y solamente se estableció, con el Estado de Derecho, una institucionalidad legislativa que garantice la igualdad a todos los Ciudadanos Libres en la nueva organización social. Esta igualdad, claro está, compete solamente a estos nuevos Libres, los Libres de la nueva Propiedad, los individuos que gozan del derecho de apropiarse, Dinero en mano, de los bienes de una comunidad que ha heredado las secuelas del robo, de aquel primer robo hecho a garrote y luego protegido, a lo largo del tiempo, por el Estado y por la Ley.

 

 

(14) Apelo recurrentemente a la etimología cuando pienso a las palabras. La etimología es una interpretación histórica de la palabra que observa y analiza su desarrollo a lo largo del tiempo. Lo que busco en esa proyección es una serie de antecedentes como recurso interpretativo, pero jamás me atrevería a decir que la significación de las palabras puede establecerse con Certeza a raíz de su pasado. Los antecedentes nos permiten contextualizar e interpretar. El resto va por nuestra cuenta.

(15) En cuanto a la etimología de la palabra ekklesía (ekklhsía) encontré dos versiones. Una propone el prefijo ek (ek) que es el antecedente de nuestro ex, afuera, fuera de, y kléio (kléio) que significa cerrar. Otra propone el mismo prefijo pero seguido de kaleo (kaleo) que significa llamar. La segunda es la que vi más veces. En cualquier caso estamos hablando de exclusión o, en todo caso, de admisión restringida, que en este sentido es lo mismo. Si luego asociamos esto con hierarchía (ierarcía), entenderemos un poco más, creo yo, la función social de las iglesias.

(16) Oligarquía = gobierno de pocos.

(17) Despotes, palabra griega que derivará en déspota, viene de poti, voz indoeuropea que significa jefe, que será a su vez la que también dará origen, nada más ni nada menos, que a la palabra Poder.

(18) Sócrates fue Legalmente asesinado por decisión de la Asamblea. En vez de huir hacia el exilio prefirió quedarse y enfrentar la condena, convencido de que el destino de una sociedad cuyos miembros no respetaran las Leyes nunca podría ser provechoso.

(19) Sofistas y Cínicos consideraban que las leyes de la naturaleza primaban sobre las leyes del hombre. Según Alcidamas, un sofista, "la divinidad ha creado libres a todos los hombres; la naturaleza no ha hecho a nadie esclavo". Los sofistas atacaban al Estado en tanto convención humana, y sostenían que sus Leyes eran instrumentos de sometimiento en manos de una Oligarquía que sojuzgaba a la mayoría. Los Cínicos (escuela fundada por Antístenes, discípulo de Sócrates, y a la que perteneció Diógenes) consideraban que las leyes del hombre carecían completamente de valor, y sostenían que los hombres debían vivir según sus propios impulsos, acordes a las leyes de la naturaleza. También los Cerenaicos avisaban de la contradicción entre phisis y nomos y asignaban valor a la primera en detrimento de la segunda, pero, a diferencia de los anteriores, no asumían ninguna clase de compromiso político.

(20) Encontré una buena reseña histórica de la Democracia en un artículo del mismísimo Mariano Grondona (6) que, a pesar de ser uno de los más lamentables defensores de nuestra Democracia, de la Iglesia y del Estado, es un tipo que leyó bastante, y los datos que ofrece, algunas veces, gozan de la credibilidad que le falta a su opinión. Dice en este sentido: "No se olvide por otra parte que la democracia de los atenienses sólo beneficiaba a los ciudadanos. En tiempos de Pericles se dispuso que podrían serlo solamente los hijos de los atenienses por parte de padre y de madre. Fuera de este círculo dorado quedaban las mujeres, los esclavos y los extranjeros o metecos. Si se incluye este dato, habría que decir que Atenas fue una democracia en cierta forma limitada: entre unos 200.000 habitantes, tenía alrededor de 38.000 ciudadanos. Eso sí: cada uno de éstos compartía plenamente el poder con los demás ciudadanos, aunque fuera tan pobre como los remeros de la poderosa flota gracias a la cual Atenas dominaba el mar Egeo". Excelente definición de Oligarquía.