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primera parte
5. Sacrificio y representación

sacrificio. (Del Lat. sacrificium) m. Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación // m. Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino en honor de su Eterno Padre // m. Matanza de animales, especialmente para el consumo // m. Matanza de personas, especialmente en una guerra o por una determinada causa // m. Peligro o trabajo graves a que se somete una persona // m. Acción a que alguien se sujeta con gran repugnancia por consideraciones que a ello le mueven // m. Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor // m. coloq. Operación quirúrgica muy cruenta y peligrosa // del altar. m. El de la misa - representación. (Del Lat. representatio, -onis) f. Acción y efecto de representar // f. Autoridad, dignidad, categoría de la persona // f. Figura, imagen o idea que sustituye a la realidad // f. Conjunto de personas que representan a una entidad, colectividad o corporación // f. Cosa que representa otra // f. Der. Derecho de una persona a ocupar, para la sucesión en una herencia o mayorazgo, el lugar de otra persona difunta // f. Psicol. Imagen o concepto en que se hace presente a la conciencia un objeto exterior o interior // f. desus. Súplica o proposición apoyada en razones o documentos, que se dirige a un príncipe o superior.

Sacrificio no es algo muy distinto que representación. En el momento en que nace la venganza nace la evolución. Vengar a alguien implica reconocerlo como propio y diferente a uno. La venganza acomete, no espera a la razón, se nutre de nuestra violencia para saciar la ira. La más primitiva forma de justicia esconde una raíz inevitable: la violencia late en lo que vive sin dependencia ninguna de causa ni motivo. El dolor llama a la ira, al violento deseo de la destrucción, al cauce destructor de una violencia sin sentido. La violencia no tiene sentido; tampoco tiene dirección. Se dirige sólo si logramos darle cauce, darle un sentido, colocarla en una dirección más o menos voluntaria. Expresión del vínculo, expresión fenoménica de la tensión, la violencia no tiene moral.
La integridad de la comunidad está en peligro. La ira desencadena la violencia que se nutre de la venganza como Escuela, como institución capaz de darle continuidad y permanencia en un círculo violento sin fin. Existe la trampa de creer que la violencia tiene un motivo primigenio, un origen que se funda en la verdad y legitima o no su expresión según la determinación de quien la ejerce. Pero es necesario asumir que no se trata de eliminar al violento: la violencia es tan nuestra como nosotros mismos.
Ante la inminencia del peligro, ante la violencia destructiva sin freno, la comunidad se protege en la representación, en el reemplazo (13). Como expresión sublime de la Idea, el sacrifico ofrece un cauce inocuo a la violencia, una mentira que todos podamos creer y nos permita engañar a nuestra ira. Y es que la violencia es tan necesaria como inevitable, es potencia, es expresión de la inmediatez, de la impronta, de la urgencia, es detonación de un cambio que no debe esperar y que no puede hacerlo.
La víctima propiciatoria nos permite matar sin peligro de morir, nos permite destruir sin ser destruidos. Tomamos de lo existente aquello que aceptemos como propio para engañar a la violencia, pero nos aseguramos de que no sea tan propio como para sentir el dolor capaz de llamar a nuestra ira. Aquello que pongamos en la mesa sagrada, en la tabla para el ejercicio del sádico ritual, será una representación de un nosotros que protegemos depositándonos en ello, depositándonos en eso que, necesariamente, no es nosotros. Si la violencia se liberara entre nosotros, la comunidad se destruiría en una sucesión de venganzas. La representación de ese nosotros que genera nuestra ira, de ese nosotros inmediatamente objeto de la violencia que desea nuestra ira, tiene que sernos también ajena, suficientemente ajena como para que la violencia no salpique.
Lo que representa no es lo representado: necesariamente tiene que no serlo. Desde la implementación del sacrificio ritual, y con la evolución posterior, el reemplazo se extendió cada vez más, invadiendo los más diversos ámbitos de nuestra cotidianeidad. Erguido como pilar de nuestra psiquis, el sacrificio nos promete garantías a cambio de su permanencia en el terreno de la omisión. Es necesario que no seamos concientes de lo que ocurre: si descubrimos cómo opera la mentira dejamos de creerla.
La violencia es siempre legítima: no puede hacerse una moral del frío. Sentir frío no puede tener valor moral, así como no puede tenerlo la experiencia vivencial de la violencia. Tanto la interpretación de lo que llamemos frío como aquello que endilguemos a la violencia como intelectualización de ella, nos corresponde a nosotros. Podemos creer que nuestro frío tiene culpables así como podemos creer que nuestra violencia tiene propósito, pero seguramente estaremos confundiendo acción y circunstancia. El abandono de quien no tiene abrigo tendrá seguramente más de un responsable, probablemente incluyendo al friolento en mayor o menor medida, pero estaremos entonces hablando del abandono y no del frío. La tensión social que acostumbramos sentir en las sociedades que conocemos, es decir en las sociedades que hicimos y que hacemos, es un terreno en el que la violencia se manifiesta permanentemente pues es en sí su propio terreno. No podemos culpar a nadie por la violencia propia de la situación social que vivimos, sino que debemos observar las responsabilidades de cada quien ante una situación que puede ser modificada para el bienestar común. En tanto seamos parte de una situación, modificarla es algo que debemos considerar como responsabilidad propia. La representación asigna culpables y oculta responsables. El sacrificio nos enseñó a negarnos para creernos la mentira del ritual, para establecer una realidad objetiva que nos permita alejarnos de una verdad fenoménica que nos expone ante la tormentosa dificultad de transformarla. Reconocer al sacrificio, asumir la existencia y la función de la representación, implica referir las responsabilidades a nosotros mismos sin poder huir de nuestra acción como argumento. No se trata de culpar a nadie, sino de operar sobre nuestra circunstancia para transformarla.
En las sociedades violentas la violencia se vuelve lenguaje. Modificar la sociedad significa modificar el lenguaje pues ambas son en realidad una misma cosa. Las condiciones de hambre, sometimiento y explotación son fundamentos indiscutibles de la violencia porque expresan una violencia sistémica tan hondamente establecida que no se manifiesta sino a través de la reacción que produce. Responsabilizar principalmente al hambriento por la reacción violenta contra el hambre es tan perverso como un juego de niños en el que se golpea a escondidas para que la reprimenda caiga sobre el golpeado cuando reaccione. Si a la violencia propia de un sistema de explotación se le agrega la violencia resultante de golpear con reprimendas, la tensión se eleva de manera tal que será cada vez más difícil evitar el desencadenamiento de la violencia recíproca.
El reemplazo ejercido por el sacrificio para la contención de la violencia se manifiesta hoy en el condicionamiento Moral y la obediencia ante la Ley. Donde la comunidad está representada por su institucionalidad, la Ley invade a la moral. La obediencia ocupa el lugar de la decisión limitando desde arriba toda reacción posible desde abajo. Cuando la conciencia no alcanza a navegar reflexivamente la moral, la reacción aparece como quebranto de una Moral puramente represiva, y dicho quebranto será difícilmente tolerable por quien lo desencadene pues su integridad está estrechamente ligada a esa Moral. Es necesario movilizar la reflexión, la autoobservación, y el cuestionamiento de la representación como mecanismo expiatorio para involucrarnos en la decisión moral. La negación de la violencia es vana, tan vana y peligrosa como la negación de la lluvia. Es preciso asumir la violencia para darle sentido y obtener con ella la detonación de un cambio y no esconderla en nombre de una paz tan violenta como perversa que nos reduzca a la obsecuente aceptación de una Moral de sometidos. Negar la violencia mirando hacia otra parte equivale a sufrir las consecuencias de un estallido que habrá de sorprendernos mientras tratamos de convencernos de la que la paz está garantizada, y por sobre todas las cosas condenará a la violencia a manifestarse como lenguaje en la medida en que seremos incapaces de darle un cauce creativo que la desplace de su desencadenamiento intestino, lo que equivale a participar en nuestra evolución reconociendo el sacrificio.
No es la representación en tanto símbolo el problema, sino en tanto mentira que nos aleje de participar en nuestra propia realidad y nos sumerja en la confusión de representante-representado. Cuando los medios se vuelven fines perdemos toda perspectiva y la transformación se ahoga en biblioratos. Es tan peligroso como caer en la maquiavélica perversión que enseña que el fin justifica los medios. Medios y fines no han de ser entendidos como entidades diferentes si lo que se quiere es accionar desde la autogestión para la transformación autónoma de una sociedad que cada vez da muestras más contundentes de su disfunción orgánica. En la medida en que sigamos esperando la transformación desde arriba, la esperanza nos anulará vendiéndonos gato por liebre, y nosotros compraremos contentos con tal de continuar el rito de la representación.

 

 

(13) Tomo la idea de René Girard, La Violencia y lo Sagrado (5).