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primera parte
4. La muerte de las ideologías
doctrina. (Del Lat. doctrina) f. Enseñanza que se da para
instrucción de alguien // f. Ciencia o sabiduría // f. Conjunto
de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas,
etc., sustentadas por una persona o grupo // f. Plática que se
hace al pueblo, explicándole la Doctrina cristiana // f. En América,
curato colativo servido por regulares // f. En América, pueblo
de indios recién convertidos, cuando todavía no se había
establecido en él parroquialidad o curato - opinión.
(Del Lat. opinio, -onis) f. Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable
// f. Fama o concepto en que se tiene a alguien o algo - pensamiento.
m. Potencia o facultad de pensar // m. Acción y efecto de pensar
// m. Idea inicial o capital de una obra cualquiera // m. Cada una de
las ideas o sentencias notables de un escrito // m. Conjunto de ideas
propias de una persona o colectividad // m. Sospecha, malicia, recelo
// m. Taberna // m. Esc. y Pint. Bosquejo de la primera idea o invención,
que forman los profesores de las bellas artes para componer una obra.
El avance neoliberal hacia finales del siglo veinte,
con su pretendida globalización, impuso una doctrina y con ella
una Idea: las ideologías han muerto. Esta frase, expresiva como
pocas de la idea del Pensamiento Único, ha sido mal rebatida por
algunos opositores al neoliberalismo pero adeptos al Poder. Al grito de
"¡No han muerto!" se ofrecieron sistemas doctrinarios
sólidos y más que sólidos: rígidos. Rígidos
como han de ser los sistemas doctrinarios. Entonces, en la falaz identidad
de doctrinas y de ideologías, en la confusión deliberada
de ideas y conceptos, las ideologías habían muerto y sobre
ellas yacía ensangrentado un puñal traidor que había
dado muerte a quien decía defender, salvando con su nombre y desde
la contracultura, a la conservación del pensamiento único.
Las ideologías habían muerto mucho antes del neoliberalismo.
En cierto sentido, puede decirse que nunca dejaron de morir y nunca han
existido sino combatidas por la hegemonía de los Pensamientos Oficiales
y de la Opinión Pública. El pensamiento único dice
más del método que del contenido, e invade al contenido
a través de la identidad recíproca de fines y medios. Cada
elaboración de ideas y aún de conceptos, merece su propio
lenguaje. La sociedad en la que vivimos ha ido acumulando Ideas deslizadas
desde arriba en reemplazo de la construcción ideológica
espontánea, de manera que la ideología se fuera transformando
poco a poco en universal doctrina, en Ideología, a base de mentira,
sobreinformación, mediatización de la cultura y planificación
del pensamiento. Al tiempo en que se sintetizaron las ideas en laboratorios
céntricos de la gran aldea, se fueron quitando de circulación
las otras ideas como billetes. Una gran identidad discursiva, curiosa
escasez de recursos, se extendió por todas partes como una epidemia,
no por haberse llegado jamás al consenso absoluto en el ámbito
ideológico (imposible, por lo demás, si la idea es espontánea,
si se resiste a la conceptualización), sino porque se ha consensuado
el Poder, y en una increíble inversión del laissez-faire,
los pueblos abandonaron sus ideas en manos de la concentración
de los Estados.
El sistema educativo, acorde a las necesidades del mercado, aplicó
con puntos y señales los dictámenes de la Política.
Históricamente, las ideas de la Escuela son las Ideas del Poder,
y por lo tanto la Escuela ejerce la reproducción Ideológica
como toda Academia. Detrás de la ficticia aspiración de
capacitación del pueblo y distribución del saber, la Escuela
hace todo lo contrario. Desde la hegemonía de la doctrina, la Ideología
oficial dista mucho de contar con la autenticidad de las ideas creadas
por cada quien en función de su experiencia, sino que obedece a
la experiencia dirigida, es decir, al experimento, a la ingeniería
del Poder, y, en el mejor de los casos, a la idiosincrasia de tal o cual
docente que, aún desde la voluntad evolucionista del progresismo,
se desempeña en un sin fin de relaciones fundadas en el Poder y
en la obediencia. Ahí radica la trampa de la Escuela. Enseñe
lo que enseñe, la Escuela forma Individuos obedientes y consustanciados
con la idea del Poder como paradigma organizador capaz de bregar por la
seguridad y el bienestar de todos los Individuos que, faltos de capacidad
de autodeterminación y autonomía, serían devorados
por la Maldad Organizada. Es el Mito del Buen Poder. Ideas como la maldad
inherente del Hombre, como la necesidad de Gobierno, de Autoridad y de
Poder, como la sinonimia entre autoridad y Poder en virtud de la capacidad,
como la polisemia del Poder y del Trabajo, como la Libertad en tanto atribuciones
individuales respecto al Derecho, como la obediencia como virtud, como
la virtud como mérito, son algunas pocas de las que resultan de
la construcción Ideológica llevada a cabo por un sistema
educativo cada vez más extendido, por una Escuela universal, a
tal punto que casi todos los individuos de esta sociedad crecemos enredados
en esa Ideología. La muerte de las ideologías es producto
de una Ideología perversa que ha usado el destierro de la diferencia
como herramienta irresistible de su hegemonía, en franca oposición
a la muerte de Dios, reemplazando la espontaneidad ideológica del
individuo en vínculo social, por la predeterminación doctrinaria
de la persona masificada.
Es importante comprender que la ideología, como conjunto más
o menos organizado, es decir, como sistema o como simple agregación
de ideas, expresa las vivencias manifiestas en los hombres
(12) como estelas; son trazos de la interacción
en ámbito de la existencia vincular. No puede haber esencia ideológica
como sí puede haber esencia doctrinaria. La Ideología, es
en ese sentido un sistema organizado, dirigido hacia el condicionamiento
de la experiencia. Nace de la conciencia cabal de que lo aprendido es
siempre distinto a lo enseñado, o al menos más abarcador.
En esto se sostiene el concepto de Currículum Oculto, que no es
otra cosa que la utilización de la experiencia para la formación
Ideológica del alumnado. Cuando esta experiencia se planea y se
dirige, esperando controlar sus variantes internas para obtener un resultado
esperado, es transformada en experimento, e inmediatamente la ideología
es transformada en doctrina. Sería innecesaria la Ideología
si con la doctrina bastara: el Poder necesita de la Idea para ocupar el
espacio de la idea. Desde la perspectiva de la persona, desde ese abajo
vulnerable, la doctrina es aprehendida, y por eso no deja de ser ideología.
Casi de forma mecánica, el Poder ha subsistido históricamente
gracias a la práctica sistemática de la representación,
es decir, gracias a la colocación de una cosa en lugar de otra.
No deja de ser un sacrificio. En vez de trocar una víctima susceptible
de venganza por una víctima propiciatoria, el trueque pasa por
colocar en un sitio algo que, siendo funcional al Poder, a su supervivencia
y a su crecimiento, calme la sed que el espacio vacío genera. Existiendo
la violencia como pulsión incontenible, sirve el sacrificio para
darle un cause predeterminado, predecible, contenido en las alternativas
internas de la comunidad conformada como esté. La sed de violencia
se calmará después del sacrificio, pero no tardará
en resurgir y será nuevamente necesario el reemplazo, el símbolo:
una cosa en lugar otra.
Las ideologías han muerto, pero nacen nuevamente cada día.
Nacen porque es la experiencia quien las pare. Aún no ha sido tal
el control del Poder sobre los hombres como para que sea posible la Certeza.
Aún existe lugar para la espontaneidad, para el deseo genuino,
para el desenfreno. La experiencia misma del sometimiento genera un terreno
fértil para el nacimiento de la ideología cuando existen
fisuras y el sistema no es perfecto. Poco espacio queda. Y queda cada
vez menos. Por eso es indispensable que cada grieta, cada quiebre de un
sistema social endurecido, sea aprovechado y vivido para la ruptura ideológica,
pues sólo en la ruptura es posible la recuperación de la
pregunta.
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