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primera parte
3. La Idea de la idea es la idea de la Ideología

idea. (Del Lat. idea, y este del Gr. idea, forma, apariencia) f. Primero y más obvio de los actos del entendimiento, que se limita al simple conocimiento de algo // f. Imagen o representación que del objeto percibido queda en la mente // f. Conocimiento puro, racional, debido a las naturales condiciones de nuestro entendimiento - concepto. (Del Lat. conceptus) m. Idea que concibe o forma el entendimiento // m. Pensamiento expresado con palabras // m. Opinión, juicio, formar concepto // fr. Determinar algo en la mente después de examinadas las circunstancias - ideología. (Del Gr. idea, idea, y -logía) f. Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas // f. Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. - bautismo. (Del Gr. baptizein, baptizein, bautizar) El primer sacramento de la iglesia con el cual se nos da el ser de gracia y el carácter de cristianos // Sacramento que se da derramando agua bendita sobre la cabeza, pronunciando ciertas palabras sacramentales y que, según la doctrina de la Iglesia, borra el pecado original, uniéndonos espiritualmente con Jesucristo // bautismo de las campanas. Ceremonia de ponerlas un nombre y de consagrarlas al oficio divino.

La idea se aleja del concepto. Se aleja porque alguna vez estuvo cerca. Es natural, según creo, que el lenguaje evolucione junto con la penetración del pensamiento del hombre en las circunstancias que lo implican. En cierta medida, el hombre ha ido evolucionando, y evolucionar no es otra cosa que transitar desde un estado más elemental y concreto hacia otro más complejo y abstracto. Con esto estoy queriendo decir también que no le endilgaría nunca un carácter moral a la evolución. Podría pensarse que tanto el desarrollo y el expansionismo desmedidos como la capacidad de abstracción del pensamiento y la amplitud del universo sensible del hombre, son productos resultantes de la evolución, y resultaría difícil categorizar de bueno o malo todos o muchos de esos fenómenos.
Conceptos e ideas son partícipes entonces del mundo simbólico en la medida en que constituyen tal vez los pilares de la abstracción. En cierta medida, los hombres hemos buscado separarlos. Y lo bien que hemos hecho. La identificación de aspectos diferentes de la realidad es parte de ese tránsito hacia la abstracción, fundada siempre en la experiencia. Como ese asunto de que los esquimales distinguen una gama de colores blancos enorme y diversa comparada con la más exigente diversidad de blancos de nuestra carta habitual de colores, en la que incluimos muy sueltos de cuerpo más de un gris insolente.
De la misma forma que Poder y potencia han sido confundidos alguna vez naturalmente, es decir, por haberse confundido en un origen común, idea y concepto nacen del sacrificio, del pensamiento simbólico parido por el reemplazo de una víctima por otra, de un objeto por otro. Volveré sobre esto después. Lo que me interesa ahora es distinguir nuevamente entre un origen común y una deliberada indiferenciación o confusión de palabras tendiente a dominar el pensamiento general a partir de la imposición de una Ideología de laboratorio producida para la perpetuación del Poder como instancia social. En el vademécum ese que llamamos Diccionario, descendiente de la fascinación enciclopédica, encontramos un enmarañado intento de resolver un problema sin resolución posible. El idioma sólo puede dar definiciones en la medida en que las palabras expresen conceptos.
Un concepto existe allí donde un lenguaje es capaz de definir. Sin definición no hay concepto. De hecho, ciertos conceptos tienen definiciones arbitrarias en tanto responden a una convención sobre la cual habrá de construirse la Doctrina capaz de definir los conceptos subsiguientes para darles un ordenamiento más o menos lógico. Las ideas, en cambio, existen allí donde el lenguaje refiere, señala, induce a la reproducción de una experiencia instalada en el alma como idea. La certeza ligada al concepto, su lealtad inalterable, no tiene lugar en la idea. La idea no puede dar certeza fundamentalmente porque no nace para ella. El concepto, en cambio, sí. El concepto busca en la abstracción del intelecto la fiel reproducción de un método que obligue a la realidad a ser certera, que la disminuya a una función del pensamiento previsible, anticipable. El Concepto es una forma del Control que los hombres buscamos desde hace siglos sobre la naturaleza a través del sometimiento.
La idea nace de la experiencia como imagen mental de la misma, no sólo intelectual. El intelecto es tan sólo un aspecto de la mente; la mente es otra cosa. La mente expresa cierta capacidad de autoorganización que nos permite desarrollarnos orgánicamente. La imagen construida en occidente según la cual todo lo que pasa en el cuerpo responde al gobierno del cerebro, y es ponderable científicamente, es tan falaz como la pretendida naturalidad del Poder, y responde a una interpretación mítica del universo. Todo el organismo sabe lo que debe hacer para vivir. Lo sabe aún sin conocerlo, es propio de la mente. No es necesario continuar con la sinonimia de palabras tales como saber y conocer, mente e intelecto, o erudición y sabiduría, a menos que se pretenda alimentar la confusión que permita controlar el pensamiento general y hacerlo invasor de la conciencia. La mente expresa esa autonomía, esa capacidad de autorregulación.
Dicen que el Verbo Divino es la imagen del control que se ejerce sobre todas las cosas a través del nombre. Nombrar ayuda a controlar porque implica una identificación de aquello que es nombrado; es el anonimato la forma primera de la impunidad. Quien puede nombrarse a sí mismo ejerce sobre sí una capacidad de autodesignación que lo desliga del nombre dado por otro, escondiéndose así de su control. Algo es nada si no tiene nombre. Por eso bautizar es dar nombre al niño: desde ese momento Dios controlará su alma. Bautizar es ofrecer al niño para que Dios le dé su Gracia.
Nombrar es mencionar al tiempo que es denominar, es decir, dar nombre. El nombre encierra en sí la imagen de aquello que se invocará cuando se lo mencione. El "hágase la luz" nos habla no tanto de la mención como sí de la denominación, de la imposición al universo de una manifestación a través del nombre, de una entidad que nace por antojo de quien sabe que es dueño del Poder, el "todopoderoso", de quien habremos de cuidarnos muy bien de no denominar pues no es atribución de nada ni de nadie ejercer sobre Él ninguna clase de Poder. Él no tiene nombre; todos nosotros sí. Y el "hágase la luz" es también indicación de idea, pues el nombre es posterior a la Idea Divina. Él sabía lo que quería en mundo, lo sabía y por eso lo nombró. La idea de la luz ha sido previa a la mención, y luego ésta, anterior a su existencia, de manera que la idea fue condición de una futura realidad y el nombre vehículo hacia ella.
La Idea Divina es idea sin antecedente. Dios no necesitó la experiencia propia que funde la idea. Desde este punto de vista la divinidad es una respuesta perfecta para la imposición Ideológica. Todo puede preguntarse hasta ahí. Dios es el límite de toda interrogación. No queda muy claro si asumimos lo dado como una creación y por eso apelamos a una Voluntad, o si asumimos lo dado como una Creación porque apelamos a una voluntad. En todo caso la divinidad es un mito que da por natural una vasija cognitiva que amolda todo contenido en una construcción ideológica fundamental de la que no logramos escapar. Ya sea por Voluntad Divina o por Ley Natural, lo dado se nos muestra regular y asequible desde la fe o el intelecto. Nos acostumbramos a la idea de que detrás de lo manifiesto existe una Ley o una Voluntad, absolutas ambas, que arrastrarán luego una noción de causa y efecto que signará nuestra conciencia. Esa otredad que hace a lo manifiesto nos trajo hasta la idea de que lo que vemos no es lo que es, sino que responde siempre a algo subyacente que contiene la Certeza. Desde esta perspectiva, si conocemos la Ley Natural o la Voluntad Divina conocemos el funcionamiento de las cosas y con él nuestra acción puede fundarse en la Certeza.
En este sentido, ante una expresión divina del Poder en aparente retroceso, el lugar sagrado de Absoluto Incuestionable, es ocupado por la Ciencia. La lógica (10) de nuestra existencia está inmersa en la palabra. La palabra contiene al conocimiento porque es la matriz de nuestro pensamiento, y en la medida en que nuestro pensamiento se amolde a la Ley del universo, se adecue a la Lógica, será entonces virtuoso portador de la Certeza. Y ante tal rotunda expresión de la Verdad, la palabra es vehículo de precisión a través del Concepto. El Concepto indica una fidelidad de la palabra respecto a la Ley. La Definición de la palabra le da la precisión que exige la Certeza. En el terreno de la masividad letrada, es el Diccionario, en tanto expresión del Idioma Oficial (que es, a su vez, el oficial del lenguaje) quien denomina, quien da nombre y define a la entidad conceptualizando a la palabra. La ruptura con un orden taxonómico de la palabra, con una botánica del pensamiento, abre como alternativa la denominación común. Es necesario "hacernos la idea" de que la palabra es aquello que queramos hacer con ella, en tanto depende de la instancia en la que participemos y no de un vademécum del buen obediente, que expresa la dictadura de la Verdad, lo Cierto, la Certeza. La objetividad del Idioma no es aquello que nos salva del caos gracias al entendimiento: es la negación de la experiencia nueva a través de la palabra dirigida.
No alcanza el verbo para que la realidad se verifique, se haga verdad, sino que es inevitable la idea para que eso suceda. No porque la idea sea condición inherente de un mundo hijo del Padre, que ha de ser llamado Dios o Idea o Natura o Ley (11), sino porque la acción de los hombres sobre su propia instancia es reflejo ideológico de la propia experiencia, y así condición de la futura circunstancia. A medida que la evolución nos lleva hacia una abstracción mayor, la idea comienza a ser terreno material para los hombres. En este sentido, las ideas alcanzan un grado de manifestación, de concreción, que le ha sido históricamente negado pues costaba comprender que la fuerza que empuja no es distinta que el objeto empujado.
La mente expresa entonces aquella autonomía, es decir, esa capacidad de autoorganización, que no requiere de dioses ni gobiernos. Pero sólo en la medida en que la mente no sea víctima de la Razón, siempre que no sea confundida con el intelecto. Y es que hay aspectos físicos, diría biológicos de la mente, aspectos psíquicos, aspectos anímicos, aspectos intelectuales. No sirve ya desmenuzar analíticamente los aspectos de la mente pues no se trata de una disección: intentamos desprender la idea del concepto.
La sensación de frío producirá seguramente algunas respuestas mentales. La idea que se tenga del frío, acompañará la reacción que uno tenga hacia la sensación interpretada como frío y nombrada como tal. Es posible que medie un engaño, que nos hayan tendido una trampa y que la sensación que nosotros llamamos frío no se condiga con la baja excitación molecular del aire o de la sustancia con la que estemos en contacto. Pero la idea que tengamos del frío promocionará igualmente una reacción mental, y sacudiremos nuestro cuerpo en un escalofrío que sirva para generar autónomamente, en la medida posible, el calor que nos hace falta. En algún grado, la sensación "frío" no se corresponderá con el concepto de "frío", pero sí con la idea. Y es que el concepto "frío" es muy estricto, tanto como lo es cualquier concepto. Pero no por eso la idea será equivocada: en la idea no puede haber error porque en la idea no hay norma. Tal vez la historia personal de cada quien, que no será otra cosa que la historia social de un conjunto expresada en una manera puntual, empujará desde la experiencia hacia una u otra idea respecto de un algo que a esta altura seguramente tenga un concepto asociado. Las experiencias futuras lo acercarán o alejarán de tales ideas según sean interpretadas por quien las viva. La idea como imagen mental fluctúa, cambia sin depender de la convención ni del axioma. Por eso la idea no es segura, por eso son vagas las ideas y fieles los conceptos: porque la certeza no puede tolerar de las ideas su subjetividad.
Ante las necesidades de control en un mundo cada vez más condicionado por las abstracciones, el Poder depende de la idea y del concepto. Depende al punto que confunde ambas palabras, las sinonimiza, para poder dar a la idea la gobernabilidad del concepto, su objetividad, su dependencia del Diccionario, y para poder darle al concepto la potencia de la idea. Y entonces apelará a la Ciencia y a la Escuela, como antes apelaba (y a veces también todavía) a la Religión y a la Liturgia. El absolutismo de la Fe es reemplazado por el absolutismo de la Verdad. La heteronomía del Verbo Divino es reemplazada por la del Diccionario Oficial de la lengua. Ante la agonía divina, la reencarnación en la Ciencia.
Pero lo que opera sobre las acciones de los hombres, lo que dispara su accionar, son las ideas, y no los conceptos. Las ideas están directamente vinculadas a la experiencia en un ida y vuelta, es decir van desde y hacia la experiencia. El concepto, en cambio, es independiente de la experiencia porque la ha reemplazado por el experimento. Por eso, la idea no puede morir, pero debe ser confundible con el concepto para garantizarle cierto mínimo éxito a las intenciones del Poder. Para ello, sin poder matar a las ideas, han intentado matar a las ideologías confundiéndolas, nuevamente, con las doctrinas.
Las doctrinas cargan con la garantía debida a la certeza. Son dependientes del método para asegurarse un correcto tratamiento organizativo de conceptos en un universo encerrado por axiomas. La exactitud lógica tiene un correlato directo en la doctrina siendo que, partiendo de axiomas dados como tales por ciertos de antemano, y utilizando correctamente los métodos propios de la doctrina, el resultado del tratamiento será de seguro doctrinariamente correcto. Para la determinación de la obediencia se apelará como axioma a la Fe o a la Razón, a la Revelación o al Experimento, habitualmente a la "Naturaleza".
Las ideologías, en cambio, operan sobre las ideas con mayor o menor éxito organizativo, con mayor o menor intención de organizar. Huyen de la Certeza por no conceptualizar a las ideas, para no volverlas concepto, y se manifiestan como expresión de la absoluta subjetividad. No habrá dos ideologías exactamente iguales, porque en ello radica la identidad, pero sí las habrá más o menos similares, o más o menos contrapuestas. La muerte de las ideologías ha sido resultado del avance tecnológico de la doctrina por sobre ellas. No acepto la idea de que dicha muerte sea producto del vaciamiento de contenido del pensamiento humano, sino que se le ha dado forma y contenido de laboratorio, reemplazando la experiencia por el experimento, valiéndose de la Escuela, aplicando la política de correccional a las ideas tachadas de incorrectas en la medida en que se apartaran del rigor de los conceptos ofrecido a la certeza.
Pero, como dije más arriba, la experiencia no pudo ser completamente desplazada, ni ha sido tan perfecto el aparato de inoculación Ideológica como para impedir que de entre sus grietas surjan como musgo ideologías disidentes, gritos de libertad que niegan la tiranía del concepto y el adoctrinamiento de la ideología.

 

 

(10) Lógica, del griego Logos (logoç). La traducción latina de la palabra logos es verbum, que nos llega al castellano como verbo. Verbo es sinónimo de palabra, aunque en este caso reduce su significación a vocablo (vocabulum). Pero tanto en logos como en verbum hay implicada una significación más compleja. En arjé én o lógoç (En arjé én o lógos), In principio erat Verbum, En el principio era la palabra. Para nuestra cultura, heredada del mundo helénico, la palabra contiene al logos en referencia al ser, y a través de él es expresión del saber. Después de todo, palabra viene de parábola, que es una forma de enseñar (mostrar), y el hecho de que se la confine al mundo del vocablo es todo un signo de la importancia que adquiere el vocabulario, y con él el diccionario. Desde Aristóteles y su lógica aristotélica, el saber siguió el camino del conocimiento, es decir de la Razón, y se despega progresivamente, según mi opinión, del genuino saber, confinando la mente al intelecto.

(11) Cuanto mayor es la multiplicidad de nombres, menos nombre es cada cual. No dar importancia al nombre que se elija para mencionar a Dios es en definitiva no nombrarlo nunca por no contradecirlo, para que no se enoje. Como se dice en la "new age", "lo que importa no es el nombre", sino aceptar irreflexivamente las atribuciones que tiene Dios y obedecerlas sin chistar.