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primera parte
2. La incandescencia

capacidad. (Del Lat. capacitas, -atis) // f. Propiedad de una cosa de contener otras dentro de ciertos límites // f. Aptitud, talento, cualidad que dispone a alguien para el buen ejercicio de algo // f. Fís. volumen // f. desus. Oportunidad, lugar o medio para ejecutar algo - incandescente. (De incandescere, ponerse candente) // Adj. Dicho generalmente de un metal: Enrojecido o blanqueado por la acción del calor - libertad. (Del Lat. libertas, -atis) // f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos // f. Estado o condición de quien no es esclavo // f. Estado de quien no está preso // f. Falta de sujeción y subordinación // f. Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres // f. Prerrogativa, privilegio, licencia // f. Condición de las personas no obligadas por su estado al cumplimiento de ciertos deberes // f. Contravención desenfrenada de las leyes y buenas costumbres // f. Licencia u osada familiaridad // f. Exención de etiquetas // f. Desembarazo, franqueza // f. Facilidad, soltura, disposición natural para hacer algo con destreza - libertinaje. m. Desenfreno - libérrimo, ma. a. Superlativo de libre.

Me atrevo a decir que las capacidades comunes gozan de mayor potencia que la suma de las capacidades individuales. Me atrevo a decirlo porque lo he observado recurrentemente en los distintos órdenes de la experiencia cotidiana, y porque lo he vivido en la práctica concreta. Ya sea en lo más banal de lo habitual o sea en la mágica singularidad de la excepción, los encuentros entre comunes siempre se me han ofrecido como la más plena expresión de las capacidades de los hombres. Desde el fuego de Heráclito como expresión del cambio permanente hasta aquí, podemos considerar la incandescencia sostenida entre dos brasas como la más pura expresión de la interrelación y del vínculo.
Si en algo se diferencian la existencia y el ser es en la relación que los une. La mutabilidad permanente de lo que existe no es otra cosa que la expresión del ser para quienes sólo tenemos ojos existentes. Es como la tan usada analogía del insecto bidimensional
(5) que sería incapaz como tal de comprender, y aún de imaginar, la continuidad del anillo que corta transversalmente el plano de su existencia. Este extraño insecto de dos dimensiones observa dos manchas circulares discontinuas, completamente ajenas la una de la otra, y tal vez sólo comparables por su forma y su tamaño. Desconocería completamente que ambas manchas son la misma, que están unidas hasta la perfecta identidad en ese anillo tridimensional al que jamás podrá observar como tal. Nuestro extraño insecto, sin embargo, si lo permitiera su mente, podría concebir que ese plano en el que su percepción navega no es el único plano de la verdad, que aquello que ocurre y observa tiene formas y matices que jamás podrá ver, y que en definitiva tendrá que acostumbrarse a la interdependencia de dos objetos aparentes aceptando su identidad subyacente sin poderla conocer jamás.
Desde nuestra propia realidad, los hombres no podemos conocerlo todo puesto que somos algo de ese todo y padecemos entonces esa fundamental incapacidad de observarnos desde afuera, como pide la Razón para todo Conocimiento. Pero podemos adecuarnos y acostumbrarnos a considerar que la realidad que vivimos se nos muestra fraccionada y discontinua sin que eso sea en lo fundamental una verdad. La identidad subyacente de todo lo que existe es en sí mismo el ser. No creo que sea posible imaginarlo, no creo que haya mente capaz de contenerlo, pero sí de considerarlo. La interacción vincular de todo lo que existe es expresión de aquello que subyace como identidad integradora de todas las partes. Y es por eso que es el vínculo y no la esencia el que nos habla de las cosas.
El pensamiento tradicional de la Europa occidental se fue desarrollando en torno a la idea de la esencia que es la matriz de la idea de átomo. La búsqueda del ser indivisible e inmutable, junto con la idea de Razón y de Conocimiento como fuentes exclusivas del saber, nos ha llevado por un derrotero que, pasando por la Ciencia, nos trajo hasta una visión mecanicista del mundo que nos privó de la consideración de la dinámica y del cambio, de la interrelación y del vínculo, y nos contaminó con la idea elemental, es decir, con la idea de que dentro de la cosa se oculta su esencia, y que su constitución no es otra que la colocación funcional de partes pequeñas, divisibles a su vez como mamuschkas hasta el límite último de lo que no tiene división: el átomo (6).
La expansión de este pensamiento es el reflejo de un pensamiento expansivo (7). Es un pensamiento tendiente a la infinita expansión de lo que es considerado bueno, guiado por la idea de que si algo es bueno, más de lo mismo es mejor. Detrás de esta fatal condición se oculta la esencia como idea sustrato, como puntapié de la autodestrucción. Si consideramos que la cosa es porque la cosa tiene (8), es decir, porque en la cosa está su esencia de cosa, concentramos nuestra observación en aquello que la caracterice como tal desde adentro y por sí mismo, y dejamos de considerar (o no llegamos nunca a hacerlo) que lo que caracteriza a la cosa no es sino su situación, es decir, la red de interrelaciones que la vinculen con lo que no es cosa, que la contrasten con aquello que no es lo que ella es. La cosa, pues, es la tal vez infinita red vincular que la señala como fenómeno y la coloca en un lugar entre pasado y futuro, más aquí o más allá, más así o más de otra manera. Es esa red vincular la que la identifica, es decir, la que la señala como idéntica a sí misma y distinta a ninguna otra cosa, y la distingue aún de cualquier otra vez de ella misma, de cualquier otro modo de ella. En definitiva, decir que la identifica equivale a decir que la sitúa, que es esa ubicación respecto a lo circundante lo que la caracteriza.
La perdurabilidad de las características de una cosa no es signo de la esencia que en ella subyace, sino de la función que desempeña en ese tramado existencial. No hablo de funciones en un sentido místico, me refiero más bien a una suerte de expresión temporal de la utilidad; no a un determinismo de cualquier clase, sino a una recurrencia en modo. En todo caso, los antecedentes temporales de las cosas condicionan su futura existencia como continuidad de lo que existe. La perspectiva circunstancial, es decir, la situación desde la que parte una cosa es inmediatamente su pasado y confluirá en su momento posterior como un vector más en esta infinita interrelación vincular.
Llegados a este punto, ciertas contradicciones aparentes entre falsos opuestos comienzan a desvanecerse en el terreno de la incertidumbre. Es el caso de la contradicción entre sociedad e individuo: no hay respuesta certera ante la pregunta de si el individuo hace a la sociedad o la sociedad hace al individuo. Y es que esta es una contradicción entre dos ópticas parciales de un fenómeno inabarcable en su plenitud desde la condición humana, y no una contradicción de la condición humana. El "ser" humano, el hombre, los hombres, somos individuos y sociedad a la vez, y son ambas dimensiones causa y consecuencia al mismo tiempo.
Por todo esto resulta necesario, desde mi punto de vista, reconsiderar ciertas ideas y nociones fundamentales sobre las que habremos de pararnos luego para hablar de la sociedad y de su necesaria transformación, como es el caso, ni más ni menos, el de la idea de libertad.
La libertad no puede entenderse como un individualismo tal que eliminara las limitantes externas eliminando el vínculo social. La expresión que reza "tu libertad termina donde empieza la libertad de los demás", esconde la idea perversa de que la libertad de cada cual es tropiezo para otro en ejercicio de la suya propia. Esta idea de la libertad responde a una de entre dos lecturas: 1- la libertad es el conjunto de derechos concedidos al individuo o a un grupo de individuos por el Poder a través de la Ley, 2- la libertad es el desenvolvimiento pleno de las capacidades individuales de cada cual, incluyendo la capacidad de someter.
En el primer caso, habrá que discutir ampliamente las implicancias de la Ley y su función como herramienta de control de la población (volveré sobre eso más tarde). De todas formas, aún dejando por un momento este punto de lado, al señalar la libertad como una concesión externa en la que el individuo participa en tanto participe (como súbdito o como soberano) de la Ley y solamente en función de ella, reduce la idea a una mera circunstancia se diría coyuntural, en la que todo depende de la situación en la que se esté respecto del Poder, y la asocia entonces directamente con él.
El segundo caso incurre en el fundamental error de creer ciegamente en el Individuo como átomo constitutivo del ser social. La atomización como paradigma, propia de la matriz mecanicista del pensamiento occidental, lleva a (y viene de) la suposición de que la realidad es un conjunto de unidades esenciales, indivisibles, cuyas características sumadas entre sí conformarán las características del ser que las contenga como partes. El todo como suma de las partes. La existencia esencial.
En oposición a esta forma de interpretar la existencia, y fundada en la experiencia directa, nace la idea de la existencia vincular, es decir, la idea que niega a la esencia en virtud del vínculo, de la referencia, de la interacción. Ya no se trata de un ser individual que existe independientemente del entorno, de un ser cuyas características responden a la esencia constitutiva que lo identifica. Se trata de una circunstancia existencial en la que las distintas expresiones del ser interactúan entre sí ofreciendo la red de referencias que harán de cada individuo una forma perceptible de la verdad. Luego, tengamos por verdad no ya un absoluto universal, sino una parcialidad relativa al hecho, a lo manifiesto, más allá de la capacidad de entendimiento que podamos tener los hombres respecto de ella. El fenómeno es verdad, y habrá de ser vivido como instancia por cada individuo y cada sociedad.
En este sentido, el individuo (9)no tiene capacidades intrínsecas, sino potencialidades resultantes de la interrelación. El individuo sin referente social no existe de la misma forma que no existe sociedad sin individuos: son expresiones de la imposibilidad de guardar un recipiente dentro de sí mismo. Lo que caracteriza a la sociedad es el lenguaje. El lenguaje es la sociedad y es el individuo porque es la relación vincular del hombre con el hombre. Todo intento de incluir dentro de un "ser social" un "ser individual" o todo viceversa es agua entre los dedos. Si algo nos exige la consideración de la existencia vincular es la aceptación de nuestras limitaciones cognitivas. Esto no invalida el desafío permanente, ni mucho menos, sino que ofrece la consideración de la circunstancia en la que estamos involucrados y expone así nuestro saber como condición. Conocer el universo nos sacaría fuera de él, nos prohibiría la transformación en él sucedida con el simple e inmediato acto cognitivo. Y en todo caso, hasta ahora, eso no parece suceder. Por el contrario, el mero acto es alteración, es movimiento y por lo tanto es generación de una nueva instancia. La dinamia propia de la interacción vincular hace de nuestra existencia un tránsito sin meta y nos propone como regalo la experiencia permanente.
La idea del expansionismo asociado a la libertad va de la mano de la idea del sometimiento como expresión de la potencia, lo que equivale a considerar a la potencia como sinónimo del Poder, y entonces al Poder como fundamento de la libertad. En este punto, la confusión entre poder y Poder arrastra la expansión como ideal de libertad, de manera que todo aquello que detenga una expansión indefinida, absoluta y eterna, atentará contra la libertad misma. Por eso mi libertad deberá detenerse cuando se encuentre con la tuya; deberá hacerlo porque tiende a expandirse tan indefinidamente que acabaría destruyéndolo todo. La libertad, aquí, necesita contención, límite, tope que prevea todo tipo de excesos. Pero, ¿De qué manera puede imaginarse una libertad limitada, circunscripta a alguna clase de corral de lo adecuado, obediente a cualquier clase de límite o frontera que señale desde la imposición la diferencia entre un yo libérrimo y un nosotros de correccional?
Siguiendo la idea de la existencia vincular, la auténtica libertad es expresión de los hombres en el desarrollo de todas sus capacidades, de sus potencialidades hasta el extremo, y ese extremo estará dado por la absoluta libertad de todos los demás, de esos otros que ya no son peligro y competencia, sino fundamento verdadero y soporte de una libertad que sólo siendo común es propia. La existencia vincular alerta sobre la expansión ilimitada como forma del suicidio pues en el extremo absoluto del sometimiento quien somete pierde espejo, pierde su reflejo y sin imagen no existe. La libertad asesinada de un otro sometido, en mayor o menor medida, es la misma libertad que supuestamente está siendo reivindicada con la expansión. Y es que la libertad no pertenece tanto al individuo como a la circunstancia, pues es condición del vínculo y no de la esencia. La libertad del otro es también la mía porque yo soy también el otro, existo a través suyo así como él existe por mi espejo.
Desprenderse de la idea del absoluto esencial, de la verdad como absolutismo, escondida detrás de la forma aparente, refugiada en la individualidad del átomo en su carácter de elemento indivisible, resulta extremadamente arduo si se considera el peso que la historia del pensamiento ejerce sobre la conciencia de los hombres. Peso que no es otra cosa que su antecedente directo: la conciencia es producto del devenir histórico como la experiencia es la fundición de la idea. Y así como la idea condiciona la experiencia futura, la conciencia social, quiero decir, la forma y grado de la conciencia de una sociedad en un momento histórico dado, condiciona su memoria porque afecta a su interpretación. Los ojos de una sociedad miran con un cristal forjado en la conciencia.
El pensamiento racional afecta en Occidente tal vez más que en otras partes la conciencia en modo. Tendemos a entender conciencia como lucidez provista por el uso de la razón en su expresión más pura: la lógica aristotélica. El rudimento, la herramienta, la técnica como fin en sí mismo, o cuando menos como garantía; no deja de ser una burocracia del alma. La experiencia se encuentra encorsetada de antemano por la Razón que la vigila: hemos querido reemplazar la experiencia por el experimento. Pero, tal vez así, hemos alcanzado un punto de exageración que nos permite observar que la experiencia no es susceptible al control. De hecho, el desarrollo de un experimento es en sí mismo una experiencia que habrá de matizarse con todo lo que penetre en la conciencia como instancia, es decir, como aquello que hace a la lucidez sin que lo veamos pasar. Y es que, justamente, ha fracasado el experimento en ese macabro reemplazo pretendido. Ha fracasado porque primó la existencia vincular, porque si bien hemos logrado controlar mayormente los resultados del experimento controlando todos sus elementos constitutivos, ese control constituye en sí mismo la experiencia. De esta manera, en la imposición del experimento se aprende tal vez más de imposición que de aquello que se pretendía inculcar con el experimento. Esto es algo que la Escuela ahora conoce muy bien. Sólo se aprende por la experiencia, de modo que la experiencia del aprendizaje es a la vez su contenido. La indeterminable red de relaciones vinculares en la instancia de aprendizaje hacen de la genuina enseñanza tan sólo un ofrecimiento, una propuesta para la experiencia común, y no una imposición de planes y propósitos que intenten reemplazarla por un experimento teledirigido.
De ahí que la potencia como capacidad no deba relacionarse con el Poder, sino con un poder que es verbo, y que ya debería abandonar su infinitivo. El Poder y su palabra, quedan entonces confinados al espacio del sometimiento, de la explotación y del lenguaje histórico que expresa a la sociedad en sí mismo porque es en sí mismo la sociedad, es el vínculo en el que se funda la interacción de hombres con hombres. Y en el abandono de la idea de Poder como relación natural por asuntos de la fuerza y la potencia, por supuestos instintos de expansión, se torna imprescindible el fundamental cuestionamiento del lenguaje, su exceso hasta el error deliberado, para hacer andar los pasos, ya que el camino se hace al andar.

 

 

(5) Tomo el ejemplo de Fritjof Capra, El Tao de la Física (4).

(6) A-tomo del griego, in-dividuo del latín.

(7) En una de las correcciones del libro, una de los invalorables aportes me hizo notar que esta idea de expansión indefinida y destructora es la que se ajusta al cáncer desde el punto de vista de la medicina alopática (también llamada tradicional desde un rotundo cientificismo etnocéntrico). Esto se toca con la idea de que las enfermedades o trastornos físicos y psíquicos se corresponden, de una u otra manera, con las condiciones culturales de una sociedad y de una época.

(8) Una de las acepciones de la palabra Propiedad la vincula a las características de una cosa, de manera que las propiedades de la cosa determinan sus características. Esto refuerza la idea generalizada de que la cosa es recipiente de una esencia que le otorga identidad.

(9) Sigo usando la palabra individuo porque expresa esa condición de indivisibilidad que constituye, desde mi punto de vista, la mejor forma de considerar la integridad. Un brazo no es un hombre tanto como un hombre no es la humanidad. Así pues, transportándonos un poco, la humanidad es también, en cierta forma, un individuo, caracterizado en el orden de la existencia vincular y no en el orden esencial de sus átomos constitutivos. Quiero decir que no tomo lo individual en tanto esencia, sino en tanto integridad.