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prólogo

Este libro será el libro que odiaré mañana. Cada palabra que escribo se vuelve más y más odiosa con el paso del tiempo. Cada vez que escribo me encuentro ante la sensación de haberme metido sólo en una trampa que amenaza con el hartazgo y se impone a contrarreloj. A mitad de camino entre la justificación y el entendimiento, terminé por acusar al crecimiento por tan perversa circunstancia, y a veces, por momentos y de a ratos, me lo creo. Y es que acaso sea necesario sacarse de encima a uno mismo para empezar a ser otro mañana, y en el medio tirarse con sus sombras como bacterias para una levadura, botellas al mar que puedan servir a otros, a esos otros como uno, de los que se nutre cada uno todo el tiempo.
No seré el primero en intentar dar una lectura propia sobre ideologías libertarias y sobre la anarquía. Pero a este intento tampoco le faltan motivos y propósitos. Son épocas duras. Mientras escribo estas líneas millones de hombres y mujeres, de pibes, pibas, viejos, viejas, de etcéteras y etcéteras, están pasando hambre y sufriendo el frío en condiciones que serían impensables en una sociedad que se propusiera el bienestar común. Vivimos sometidos al chantaje de obedecer o morir, duramos sometidos a la perversa dualidad de explotar o ser explotados. Existen largos millones de personas sometiendo, muriendo para no morir, para que no vivamos. Existe una invasión del Poder como instancia vincular en todo orden de nuestra vida cotidiana. Solamente en Argentina, hay más de quince millones de habitantes bajo el umbral de la pobreza, un extraño umbral delimitado por las ecuaciones trazadas sobre un papel o desde de un teclado por técnicos expertos, por especialistas cómodamente ubicados en las modernas oficinas de los organismos internacionales. Y la única respuesta positiva a todo esto es un tejido social solidario que nunca termina de tejerse, y que habrá de caer en manos de Penélope hasta que entendamos que no debemos esperar a nadie.
Quizás, el motivo principal por el que escribo sea el hartazgo que siento ante la indiferencia, ante la pasividad con que aceptamos (debería decir con la que generalmente son aceptados) la explotación y el sometimiento. También existe otro motivo que me empuja con fuerza a escribir lo que siento y lo que pienso en torno a la anarquía, y es que no encontré lectura al respecto que me satisfaga plenamente.
Hay quienes dicen que así como es necesario aprender a leer para escribir, es necesario aprender a escribir para leer. De alguna manera, la imposibilidad de encontrar publicaciones que expresen lo que yo quería expresar me llevó a hacerlo por mí mismo, y noté que era eso en realidad, eso en sí mismo, lo que podría servir como respuesta a tanta pregunta sobre qué hacer. Tal vez, este libro sirva para decir tan sólo eso. No hay mejor respuesta: simplemente se trata de hacer aquello que queremos que suceda, participar en la realización desde la acción directa sobre la necesidad, para que el mundo sea en todo lo posible lo que creemos que debe ser. A la vez, será importante comprender que esa emancipación que se nos muestra como única alternativa verdadera, no es otra cosa que la autogestión, y eso solamente es posible si existe libertad. Hacer lo que queremos que ocurra no implica la imposición y la obediencia, sino todo lo contrario, fundamentalmente cuando esa idea de la libertad es en sí lo que deseamos que ocurra. Pero también porque es la única manera de que todo intento autogestionario tenga igual potencialidad de desarrollo, y pueda nutrirse de los intentos que lo existen como entorno. Ese es mi principal propósito.

Difundir el pensamiento libertario es algo bastante difícil. Quizás, uno de los motivos principales de tal dificultad es que el pensamiento libertario no existe. A partir de aquí, la palabra se nos vuelve dual como Mercurio: es a un tiempo nuestro principal adversario y nuestro vehículo, y se diría que es el objetivo mismo de este asunto en el que nos hemos metido. Es necesario que nuestro lenguaje literal no se reduzca al Diccionario. El Diccionario es el vademécum del idioma oficial, es decir, del lenguaje literal del Poder. Será prudente, pues, dedicarnos un rato a discutir la funcionalidad de algunas palabras, cuestionar su significación y redefinirlas, o simplemente elegir o inventar otras nuevas para señalar ideas diferentes que suelen ser expresadas con un mismo nombre. No se trata de encerrarnos en una abstracción intelectual donde todo se reduzca a una retórica masturbatoria fundada en los recursos técnicos del pensamiento y del discurso, ni de enajenarnos entregándonos al vicio circular de discutir la forma de discutir. Se trata más bien de cuestionar lo incuestionable, de sumergirnos en el idioma como forma del lenguaje. El lenguaje es en sí mismo la expresión social del hombre, de un hombre que no tiene expresión social más allá de lo que inventa de sí mismo, un hombre que no es individuo y sociedad sino a través de la propia imagen que hace de sí.
En este sentido hay palabras que han sido deliberadamente cargadas de un contenido falaz para reinterpretar y condicionar lecturas futuras y anteriores alterando su sentido primero. Un claro ejemplo de la manipulación oficial de la palabra es la voz anarquía.
Nacida del griego, podría traducirse como "sin gobierno", y se ha utilizado siempre en oposición a "jerarquía" (1). De esta manera, la asociación entre anarquía y desorden es en sí misma una trampa compleja fundada en la obviedad que asumen ciertas significaciones cuando son manipuladas por la obediencia del idioma respecto al Diccionario. No es tanto la anarquía lo que se está describiendo en tal asociación, sino una idea de orden que se nos muestra omnipresente y profundamente enraizada en nuestro idioma. Tal oposición entonces entre orden y anarquía muestra que la única forma concebible del orden para el pensamiento general lleva implícita alguna forma de jerarquía y verticalidad que garantice la obediencia y el control, al supeditar una instancia a otra.
En cuanto al desarrollo doctrinario del anarquismo es mucho lo que puede decirse, pero creo que es necesario replantear, luego de tantas y tan diversas experiencias, hasta dónde habremos de asociar la anarquía con el anarquismo. En mi opinión, la anarquía es, más que una corriente, un estado de cosas que se distingue del actual por la ausencia de jerarquía y, naturalmente, por la ausencia de Poder. Ese es, en mi opinión, el alma del pensamiento libertario: la construcción de una sociedad sin Poder.
La palabra poder es también una de las más importantes expresiones de la manipulación de la palabra. Detrás de su dualidad, la idea de potencia es entrampada por la idea de sometimiento. En este caso la polisemia es crucial, ya que en ocasiones sirve para pervertir la idea y transformarla en su plena contradicción.
Por eso puede decirse que el anarquismo es, cuando mucho, una forma ya insuficiente de pensar en un movimiento social tendiente a la anarquía como instancia, y que son el pensamiento libertario y la acción directa, entonces, los que señalan el camino hacia ella, contrario a toda sinonimia entre potencia y Poder.

Llegados a este punto, lo que queda por decir es simplemente que la perspectiva especializada que se elija para intentar comprender el "fenómeno anarquía", ya como movimiento social, ya como instancia social, ya como lo que sea, ha fracasado de antemano. La anarquía, como la jerarquía, es una idea que todo lo atraviesa y hace más a la noción de los hombres de nuestra propia existencia que a la doctrina académica sea cual fuere. No es posible hallar una idea plena del hombre separando racionalmente los elementos que supuestamente constituyen nuestra existencia. Estos elementos o aspectos existenciales del hombre no son otra cosa que la expresión de la imposibilidad de observarse a sí mismo como unidad. Como suele decirse, no hay que confundir el mapa con el territorio. El hombre es muy otra cosa que su "política", su "arte", su "economía", su "sociedad": el hombre es un fenómeno que no es susceptible a la comprensión humana. Lo que nos queda, en tal caso, es simplemente saber de nosotros un poco más cada vez y vivir en función de nuestro propio bienestar, incomprensible y negado, a mi ver, si es entendido como el aislamiento o la enajenación.

Así es que, con este propósito, por aquellos motivos y por los demás, elegí la posibilidad de contar mi forma de pensar y de vivir ante una realidad que se nos ofrece intolerante y rígida, ante una imposición que se infiltra cada vez más en nuestra cotidianeidad, de manera que perdemos más y más horizonte cada vez. Este libro es solamente eso: un intento más para ampliar ese horizonte.


hernún.
Bs. As. - Febrero de 2003

 

 

 

(1) La voz jerarquía tiene como antecedente la voz latina hierarchia, del griego hierarchía (ierarci1a), que a su vez resulta de la unión de las voces griegas hierós (ieróç), sagrado, y arkéin (arcein), ser el primero, mandar, gobernar, y fue primeramente utilizada para referirse a la estructura de gobierno de la iglesia. Luego, como es entendible, sirvió para expresar lo mismo en toda instancia. Nos servirá considerar que a su vez la palabra iglesia proviene de ekklesía (e=kklhsi1a), voz con la que se designaba la asamblea.