Gato por liebre

Ayer, 13 de septiembre, por la noche, varias multitudes se manifestaron en distintos puntos de Argentina con un masivo cacerolazo. La convocatoria, lanzada desde las sombras de ese mundo paralelo al que nos vamos acostumbrando de a poco, y que nombramos ambiguamente como redes sociales, tuvo un éxito rotundo. El recurso del cacerolazo muestra cómo es que se incorporan a la normalidad ciertos episodios que han sido excepcionales cuando aparecieron. Esta remembranza acaba consiguiendo reemplazar lo nuevo con lo viejo, lo disruptivo con lo conservador.
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Por qué 2001 no fue un fracaso

La primera lectura más o menos generalizada, en el seno de las organizaciones de carácter emancipativo, e incluso en tantas opiniones de café, es que todo terminará en la nada. “Como en 2001”, se repite una y otra vez. Encuentro dos formas generalizadas de referirse a 2001: como un fracaso, o como una crisis. Sin embargo, somos varios los que sostenemos que allí ocurrió otra cosa, otra cosa que se ubica en el punto ciego de las miradas tradicionales de las políticas hegemónicas y revolucionarias, otra cosa que no sólo no terminó en nada, sino que aún no terminó. Esto recién empieza.
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Lo público y la lógica del miedo

A raíz de las descabelladas represiones que tuvieron lugar en la ciudad de Tigre[1] en noviembre y en febrero, la discusión acerca del espacio público tomó en esta ciudad un tono especialmente conflictivo y movilizador. Se trata de una discusión que transgrede cualquier localía y se extiende por todas las ciudades del mundo. De hecho, no es en absoluto una nueva discusión, sino que es un aspecto fundamental de las acciones y de las reflexiones sociales y políticas desde hace mucho tiempo. En Argentina la explosión social de diciembre 2001 marcó a fuego las formas del control social. Una de las marcas de aquella explosión fue precisamente el encuentro colectivo de vecinos en las plazas y en las calles. Cada…