Pari Passu

La pasividad al palo y la imaginación al poder.

Disparador: un comentario de Pedro Cahn acerca de la situación general del sistema de salud argentino ante la pandemia de Covid-19: «Le pido a la gente que se imagine cómo habría sido la situación si hubiéramos tenido que enfrentar esta crisis sin un Ministerio de Salud.»[1]https://www.pagina12.com.ar/257595-coronavirus-la-cuarentena-va-a-cambiar-de-fase?fbclid=IwAR3dwOv5gCzd9nYCsyt17omiC2to5IJBFaR_LwlOtbwWIsPmdofCGsaEdAM

El comentario es un evidente palazo al gobierno de Macri que, entre otras reducciones, el año antepasado[2]5 de septiembre de 2018 reemplazó el ministerio de salud por una secretaría de salud del ministerio de desarrollo social, que fue renombrado como ministerio de salud y desarrollo social. Esta fusión de ministerios o degradación del ministerio de salud a una mísera secretaría, según quién lo describa, podría haber sido insignificante si la gestión guardara eficiencia. En ocasiones, la carga simbólica en asuntos administrativos está sobredimensionada. Pero detrás habrá que ver: es posible que un ministerio a nivel nacional sea más eficiente en casos de emergencia por tener menos limitaciones burocráticas y más facilidades presupuestarias. Pero, en rigor, no es éste el asunto que me interesa ahora. Después de todo, con o sin ministerios, las derivas del sistema de salud en Argentina condujeron a una situación definitivamente reprochable. Pero, ¿reprochable a quién?

No me importa Cahn. En lo que sigue no hay ninguna intención de mi parte de cuestionar lo que hace ni de asignarle intenciones, razones, intereses, nada. Sólo me importa la frase y un alcance que posiblemente (seguramente) ni él ni el periodista hayan pretendido darle. Pero lo tiene. 

Como un fogonazo, al leer la frase de Cahn me lastimó la idea de que tenga sentido. En esa frase hay una referencia tácita. La frase dice algo que no menciona, nombra una foto que ya fue vista, apela a la imagen del desastre y la carga de sentido.

Quiero explicar a qué me refiero con esto porque le encuentro una importancia trascendente. Cahn nos pide que imaginemos. Tenemos entonces, como elemento necesario, la imagen. Esto es parecido a los relatos alegóricos con los que nos han ilustrado tradicionalmente más de una moraleja. Una alegoría es una forma de comunicar una idea más o menos sofisticada con frases o relatos que sean más comprensibles. Es una forma de ilustrar una idea, como las ilustraciones en offset que acompañaban los relatos de antes. Alguien escribió en wikipedia que una alegoría pretende dar una imagen a lo que no tiene imagen, es un gesto pedagógico que funciona parecido a como funcionan los ejemplos, pero sin la correspondencia lógica de una explicación sino con la correspondencia formal de una metáfora o una analogía, es decir, con la carga simbólica de un relato.

El mecanismo funciona cuando ciertas formas legibles, particulares y relativamente sencillas, permiten comunicar un concepto que emerge como una interpretación sin tener que explicar las inferencias. La potencia simbólica de una alegoría consiste precisamente en que el sentido emerge de manera evidente, no hacen falta explicaciones. Si el mecanismo funciona, de la alegoría resulta una afirmación que se obtiene como interpretación necesaria de una imagen.

En la frase de Cahn encontramos el movimiento inverso: nos da el concepto y nos pide que le pongamos la imagen, nos pide que imaginemos. Es un movimiento retórico por demás habitual, que seguramente tenga un nombre que yo desconozco. En definitiva, él no nos da la imagen de la imaginación, eso nos lo deja a nosotros; él nos da la interpretación de esa imagen, que no es poco.

Esto es algo que solamente puede ocurrir si la persona que enuncia supone que la imagen ya existe en el interlocutor. Cahn nos pide que imaginemos algo que él ya sabe más o menos cómo es, y sabe también que nosotros lo sabemos. Sin importar la voluntad buena o mala, lo que hay es una especie de trampa cómplice, como si se tratara de un truco que un ilusionista lanza a un público que ha pactado en secreto suspender la incredulidad durante el rato que dure la escena. Una frase como esta debería completarse con el guiño de un ojo.

Pero no basta con que el interlocutor tenga ya la imagen de la imaginación, sino que además esa imagen debe existir con la suficiente claridad como para que las interpretaciones posibles converjan en el sentido particular que la persona que enuncia le quiere dar al concepto. La imagen hace que la afirmación emerja de forma necesaria, espontánea, “natural”, y entonces la interpretación resulta evidente.

En otras palabras, Cahn nos pide que imaginemos algo para valorizar su afirmación tácita. La «ausencia de ministerio» es un significante vacío que cada uno de nosotros llenará con su propia imagen del horror. La afirmación de Cahn podría enunciarse así: si no se hubiera reconvertido la secretaría en ministerio, esto hubiera sido un desastre. Pero, dicho así, no tiene el mismo impacto. Básicamente esta afirmación no está suficientemente enlazada a la afectación que produce la presentación de la imagen mental, esa potencia que la idea gana respecto del concepto. Cuando Cahn nos dice «Le pido a la gente que se imagine» nos empuja a una situación que es difícil de sortear. Es poco menos que inevitable que imaginemos algo a partir de ahí. La palabra, traída de la imagen acústica, acaba siendo una alucinación. Lanzada la sugestión de quien nos pide que imaginemos, lo que sigue es la imagen que nos propone, sorteando las barreras que la racionalidad dispone para interpretar el discurso al que estemos expuestos.

De otra manera, uno podría preguntarle por qué, de qué modo interpreta que la ausencia de un ministerio sería un desastre, de qué forma un ministerio funciona a diferencia de una secretaría; podría uno pedirle que nos explique, finalmente, la relación causal que implica entre la existencia de un ministerio por un lado, y la salvación que nos sugiere respecto del desastre que supone, por el otro. Pero no. El punto de Pedro Cahn es apelar a una interpretación evidente y valorar así de forma automática su afirmación sin más explicaciones.

Lo que nosotros debemos imaginar, a pedido del doctor, es precisamente el desastre, y cada quién le pondrá su imagen. Estamos en una época en la que afirmar que cada quién tiene su propia imagen de las cosas es una verdad de Perogrullo. Pero es importante advertir aquí que la gracia del cuento es que cualquiera sea esa imagen, cualquiera sea su grado de singularidad, el recurso funciona porque todas confluyen en un mismo punto. Podemos no estar de acuerdo con lo que Cahn implica, pero todos, o prácticamente todos, entendemos lo que nos está diciendo: si no fuera por el ministerio esto sería un desastre.

Se nos pide que imaginemos el horror, aquello que no es pensable, ponderable, aquello que detiene toda razón en la paralización del pensamiento. Si no fuera por el ministerio… imaginate. Ni hace falta que te diga: un desastre. La muerte, los siete infiernos del Dante, el horror de los cadáveres transportados por el ejército italiano, quemándose en las calles de Guayaquil, el horror de nuestros abuelos muriendo de peste amontonados en pasillos de hospital, etc. Menos mal que hay un ministerio.

Recurrir al horror para obligar una conducta es un recurso más antiguo que el viento. Es, básicamente, una amenaza. El capitalismo se justifica con el horror de los gobiernos marxistas, el marxismo se justifica con el horror de los gobiernos capitalistas, la democracia con la dictadura, el liberalismo con el nazismo, el feminismo con los asesinatos, el anarquismo con la represión y la nave va. Los argumentos sobran. Muerte. Violencia. La palabra vale más que mil imágenes porque las imágenes ya están, solamente hay que traerlas.

Esto no siempre es una extorsión. Habitualmente es tan sólo una carencia de argumentos, un hábito maldito, el facilismo del efecto inmediato de la afectación pasiva. No hay que subestimar las virtudes de la protección simbólica de las afirmaciones evidentes. No, al menos, si uno quiere cambiar las cosas que están mal. Es un dilema ético: hacer lo que está bien o hacer lo más seguro. Esos términos no siempre coinciden. Y este dilema es infinitamente más importante en los momentos bobos, en las discusiones cotidianas que aparentan ser al pedo, porque es ahí donde se configuran los “modos de pensar”. «Con la leche templada y en cada canción», dice el poeta. En los momentos excepcionales, en cambio, una de dos: o hacemos algo que nunca hubiéramos pensado, que jamás hubiéramos imaginado, o hacemos aquello que venimos imaginando y pensando cotidianamente, en los momentos bobos. Nada podemos hacer para anticiparnos a la sorpresa de lo que jamás imaginamos, pero mucho podemos hacer con la gotita cotidiana que configura lentamente nuestro imaginario.

Dicho de otra manera: ¿de dónde salen las imágenes que imaginamos cuando nos lo pide el doctor? ¿Hay algo singular ahí? ¿Somos víctimas de la imagen o victimarios de la imaginación?

Estamos aquí, sencillamente o no, en el umbral magnífico de la estructura simbólico-social y ante el pliegue sobre el que se dobla la sutil unicidad de nuestra propia existencia. Es un territorio magnífico que nos permite hablar en plural para nombrar la singularidad. “Tú eres único”, diría algún gurú marquetinero. Y es marquetinero porque eso, efectivamente, se le puede decir a cualquiera.

De la estructura simbólico-social exuda nuestro imaginario como simulacro de una imagen particular. Estamos ante la tremenda intuición de aquello que nos pone todo el tiempo entre la espada de la singularidad y la pared de la pertenencia. Formamos parte del mundo que formamos. Puede que sea un retruécano, pero no es una paradoja. La imagen es una proyección que tiene su forma repetida, su tamaño diferente y su error inevitable.

No sabemos muy bien cómo funciona el sentido. Puede ser entretenido representarlo con la idea de un campo, como si fuera el campo magnético pero más bien como un campo de Higgs. Y una partícula imaginaria bien torpe, como si fuera una pelotita, que se choca con ese campo y acaba produciendo un chispazo, ese destello que Nietzsche suponía entre dos espadas. Pero no hay voluntades aquí: hay la singularidad como excepción de una continuidad en el seno de la cual existe. Lo imaginario es un enlace infinito de términos que acaban conectando una experiencia singular con un sentido común. En definitiva, la existencia es el nombre de la dependencia del lenguaje que nos vuelve humanos, demasiado humanos. Y el lenguaje es siempre una serie infinita de magnitudes discretas en tensión con una continuidad indiscernible.

Un trauma es un agujero en la serie del sentido que adviene a partir de una experiencia que no hemos podido significar oportunamente. Muerte, violencia. Horror. Y esto también se construye. Sustraer de forma permanente y sistemática ciertas complejidades de nuestra comunicación confluye en la fabricación de modelos del horror, simbólicamente conectados con lo traumático. Sin Estado hay descomposición social: o bien el anarquismo representado como el caos, o bien el neoliberalismo que es el nombre del mal. O la contraparte: el Estado en manos de los políticos son la corrupción y el totalitarismo. El populismo es Hitler y el neoliberalismo es Videla. ¿De dónde viene todo esto? Viene, en primera instancia, de asumir que nada puede ser pensado en Hitler o en Videla.

No nos apuremos: siempre hay algo que no se puede discutir. No todo está en el orden de las voluntades maléficas. Siempre hay eso evidente que nos refugia, en última instancia, del primer abismo. Y sobre eso se compone, pasito a paso, nuestro imaginario, aquél que no es el singular de cada quien, sino el común, el de todos nosotros. Y es que hay un imaginario de todos nosotros, así como hay un nosotros que se puede recortar, precisamente, en el imaginario. Nosotros somos lo que imaginamos en común, no porque seamos lo que se nos canta, como nos vende el gurú, sino porque somos dependientes de la imagen. Y esto no es un asunto de gobiernos malos, ni de gobiernos buenos, ni de la posmodernidad o de la intoxicación publicitaria. Somos seres lingüísticos. Somos, por lo tanto, seres dependientes del lenguaje. El ser humano no es simplemente un ser vivo, sino un ser que existe. Y, nos guste o no, existir es también imaginar.

La imaginación ganó un prestigio descomunal con el romanticismo, y con el expresionismo ha ganado, quizás, su mejor medalla. Por fin la imaginación individual se ató a la idea de singularidad y esta, convertida en la quintaesencia de la humanidad, se reclamó a sí misma libre de toda opresión social. Hablamos de occidente, sí, de nuestro mundo. Nosotros, individuos libres, nos rebelamos rompiendo las cadenas simbólicas que la sociedad nos impone. Quitemos el plural: soy yo y mi propiedad. Yo cojo como quiero, como como quiero, hago lo que quiero y quiero lo que quiero. Soy mi cosplay, soy la imagen que hago de mí. Es la imaginación la que da vuelo a las ideas, y no la helada formalidad que la tradición, la ciencia y la industria imprimen a la vida misma con ferocidad luctuosa. La irreverencia de la idea libre de cualquier ancla es la única que tiene la potencia de cambiar el mundo. Es preciso atreverse a imaginar. Yo sólo creería en un dios que sepa bailar: la cultura es la opresión de la vida, la vida es excepción y novedad. Todo sistema social oprime en la regularidad. Pidamos lo imposible, la imaginación al poder.

¿Tiene la imaginación la potencia de la novedad? ¿La imaginación trae lo nuevo? Si es así, ¿por qué el doctor nos pide que imaginemos? ¿Qué puede significar entonces nuestra frase, nuestra excusa?

Indudablemente cuando Pedro Cahn nos pide que imaginemos la situación sin un ministerio no está hablando de lo mismo que los estudiantes parisinos pintaron en las paredes del mayo francés. No hay Nietzsche, no hay dioses que bailen ni mierda: quiere que nos imaginemos el horror de la pandemia con Macri en el poder. Quiere que visualicemos y habitemos el trauma detrás de la palabra neoliberalismo. No estamos aquí ante la imaginación al poder sino ante el poder de la imagen. Y esto nos obliga a repensar la fanfarria del mayo francés, si es que alguna vez la pensamos. ¿Qué imagen tenemos del poder? El arte, y entonces la poesía, tiene una potencia de un orden muy distinto al orden político. Confundir arte y política es uno de los problemas más severos que tenemos en la sociedad actual. Pero sigamos viaje.

¿Qué es lo que le daba sentido a las paredes de los estudiantes parisinos? La imaginación, romantizada por el individualismo moderno, impacta en la política posmoderna como la posibilidad de lo imposible. Defender la imaginación era defender la novedad, y no lo imaginario. Aquí hay un quiebre del que no podemos desentendernos.

La frase que nos convoca tiene sentido porque las imágenes del mundo a las que apela la persona que enuncia ya están ahí. Son imágenes comunes, producidas por un conglomerado de discursos, entre los que hallamos los discursos paranoides de los medios de comunicación ensalsados con los muertos europeos y las premoniciones del desastre. Ese horror no es una novedad propia de la imaginación romántica, sino una continuidad manifiesta del imaginario psicosocial en cuyo seno la frase tiene sentido.

Como en todas las medianeras en las que se tocan lo particular con lo singular, en lo imaginario hay un patio de cada lado. Cada uno de nosotros tendrá una imagen más o menos singular del horror, pero hay un horror común y es ese el que nos propone Pedro Cahn: el horror de la acefalía, el horror sin padre.

¿Y qué si imaginamos otra cosa? En tal caso la frase no tiene sentido o, al menos, no tiene el sentido que tiene para Pedro Cahn. La imaginación que nos propone la persona que enuncia es la reproducción de una imagen, y no su producción. Nos propone que tomemos la imagen que hay y la hagamos presente para completar el sentido fragmentado que nos ofrece en su alegoría inversa. Si acaso recurriéramos a la producción de una imagen nueva quizás el mecanismo no fuera tan eficiente.

Y llegamos al punto, entonces, en el que la figura del observador pasivo de una realidad en la que no interviene acaba conformándose como la pieza que faltaba en el rompecabezas. El interlocutor de la frase de Cahn es un ciudadano que vive en la urgencia de una situación dada y es expuesto a dos versiones del mundo que el enunciado le ofrece sin más chance. La falacia del doctor consiste en suponer que hay un mundo con dos versiones: con ministerio y sin ministerio. Todo lo demás no cambia. 

Y entonces: ¿te imaginás todo esto sin ministerio? Prestá atención: todo esto así como está, con una administración pública deficiente que otorga a una cosa que se llama ministerio más recursos y más capacidad de acción que a otra cosa que se llama secretaría, y que, en cualquier caso, subordina el lazo social a las decisiones circunstanciales de un pequeño conjunto de funcionarios en posición de gobierno, en el seno de un mundo que administra los recursos en virtud del beneficio privado y dispone de instituciones con altísimo grado de burocratización en reemplazo de la asociatividad solidaria o de cualquier otra forma de organizar el beneficio común. Pues bien: para darle sentido a la frase de Cahn es preciso un enorme listado de asuncinoes anteriores que van desde alguna manera de imaginar la gestión del Estado hasta alguna concepción de humanidad o, para exagerar un poco menos, algún pensamiento político. La gracia de la retórica es insertar esas asunciones como premisas tácitas de una afirmación que se autoriza sin la necesidad de argumentar un carajo.

Pero es imprescindible reprimir la tentación de echarle la culpa a Pedro Cahn, a Alberto Fernandez, a Bill Gates, o a cualquier figura imaginaria de la sinarquía internacional, la masonería y los hombres detrás de la cortina. Es preciso entender que hay por sobre todo y antes que nada una posición pasiva como moneda de cambio para comprar la imagen de seguridad que nos da la subordinación al mundo como es. La urgencia de las cosas como son, el imperio de los hechos, la dictadura de la realidad: la pasividad es responsabilidad del pasivo.

¿Quién no achicó una discusión alguna vez exigiendo a su adversario que asuma la realidad tal y como es? Si fuera cierta la tensión entre principio de realidad y principio de deseo, habría que tener presente que no se trata de que uno venza sobre el otro, sino de acertar en el sentido de oportunidad. El punto es que la frase de este asunto ilustra de forma pertinente un mecanismo por el cual quedamos atados a la aceptación del mundo como es, y nos advierte que sólo hay dos versiones posibles. Desaparece nuestra posición activa. Se nos pide la imaginación, sí, pero la imaginación más corta y subordinada que hay, la imaginación de lo ya imaginado, de las imágenes que existen, la imaginación de que no se puede imaginar otra cosa.

¿Te imaginás tu vida sin mí? Le dice el machirulo a la sometida. Sí, contesta horrorizada. Pero no me lo quiero imaginar.

References   [ + ]

1. https://www.pagina12.com.ar/257595-coronavirus-la-cuarentena-va-a-cambiar-de-fase?fbclid=IwAR3dwOv5gCzd9nYCsyt17omiC2to5IJBFaR_LwlOtbwWIsPmdofCGsaEdAM
2. 5 de septiembre de 2018