Pandemonio

“Siempre hay quien quisiera ser distinto

Nadie está conforme con lo que le tocó”

Mariana, Silvio Rodríguez.

Estamos encerrados y la gente aplaude. Esta imagen no se le hubiera ocurrido al peor de los distópicos. Tiendo a detestar a las personas porque amo a la humanidad, o al menos a su faceta más sublime. Y me repito entonces, autocompasivo: es lo que hay.

En momentos de excepción, cuando lo normal se interrumpe, aparece lo común como si fuera un tótem, o más bien como si fuera un instrumento, una herramienta que sirve para un propósito miserable y patético. Aparece Dios, aparece el himno, la nación, la fantasía de que algo nos protegerá, que algo cubrirá nuestra existencia leve y frágil con el manto protector de la unidad. Aplaudimos al aire como si rezáramos a los dioses, como si les entregáramos la víctima para su consuelo, sobornamos al destino dándole por un instante lo que suponemos que le gusta.

Qué pequeña que es incluso nuestra vanidad, qué miserable. Ahora somos Uno en la desgracia, ahora somos Uno en la admiración subordinada del héroe magnífico y magnánime, heroico sirviente que arriesga su vida para cuidarnos a nosotros, larvas inútiles que aplaudimos desde nuestro balcón con rejas. Y entonces, casi automáticamente, somos Uno en la protesta, en el castigo del culpable, en el berretín ilustrado de derechos e injusticias declamadas como si fuera verdaderamente eso lo que estamos gritando pero no, gritamos la demanda de un sentido en medio de la frustración y el desconcierto. Y lo gritamos también desde la mugre de la calle de tierra, desde el barrio encuarentenado con milicos dándonos de comer, desde abajo de la autopista de los permisos de circulación para  milicos, periodistas, chamuyeros, virólogos, políticos y repartidores de mercancía en bicicleta.

O desde la cárcel. Una fanfarria de ladrones e inocentes, de violadores y violados, de mercenarios, de estafadores, de víctimas y de pobres, de vivos y de bobos, hacinados con o sin condena, reclaman atenuantes, refugio administrativo para escaparle al virus. Desde afuera que se pudran. Nosotros somos la democracia, ustedes la escoria cuyo castigo nos consagra una vez más. Al enemigo ni justicia.

Queremos un culpable, sí. Siempre queremos un culpable. Somos incapaces de aceptar que las circunstancias que vivimos son resultado de una indiscernible mezcla de nuestra propia responsabilidad con una irreprochable circunstancia existencial que nos excede por completo. Una mezcla de azar y de albedrío, una insoportable levedad. Si tan sólo nos hiciéramos cargo capaz inventábamos alguna cosa, no sé, la solidaridad, por ejemplo, o la respuesta común a la existencia común. ¿La ética quizás, quizás la empatía? Pero no, esas son cosas de griegos, que bastante hijos de puta eran también, hay que decirlo. No perdamos la oportunidad de aprovechar una buena crisis: hagamos catarsis y traigamos un culpable, alguno. Matemos al cordero, sangremos a la virgen. Quitemos ese corazón al enemigo y entreguémoslo al Huitzilopochtli que más nos guste. Uno está a la altura de sus enemigos, dicen. Entonces busquemos bien, no sea cuestión de medirnos con enemigos poca cosa. Atrevámonos, imaginemos.

Los ecologistas acusarán los desastres ecológicos. Los liberales le reprocharán al Estado. Los estatistas le reprocharán al mercado, y los comunistas al capitalismo. Las feministas acusarán al machismo, los cristianos al pecado original. Los anarquistas acusaremos a la policía, a la patronal, al Estado, al capitalismo, al patriarcado y al marxismo. A las feministas no porque nos corren por izquierda. Y una cosa es que nos caguemos en la izquierda, y otra que nos dejemos pisar el poncho. Pronto aceleremos aventuras intelectuales anticipando lo que vendrá, imaginemos mundos apocalípticos, y deglutamos consejos y quejas como si fueran consuelo. ¿Consuelo de qué? ¿Qué nos pasa?

Con o sin excepciones, vivimos el mismo mundo de ayer y de mañana, a menos que decidamos algo esta vez, cosa que sería más extraña que siete pandemias. ¿Cómo no sería trágica la historia de los pobres ante el virus y la cuarentena si era trágica cuando la gripe nos chupaba un huevo? ¿Cómo no iba a empeorar la vida doméstica si ya era una meridiana estupidez sanguinaria y morbosa? ¿Cómo no iba a ser un desconcierto el mundo vírico de la nueva paranoia si ya venía siendo tan desconcertante como puede serlo un mundo social que se tropieza con sí mismo, con su propia mezquindad sobre la que está compuesto? Ya teníamos un mundo de mierda, no le echemos la culpa a un par de proteínas y de lípidos, ni hagamos de cuenta que los héroes nos limpian de culpa y cargo. Vamos a seguir teniendo un mundo de mierda hasta que cambiemos el mundo. Ya está bien de protestas y de indignaciones. Nos venimos lavando las manos mucho tiempo antes de que llegara la epidemia.

¿Cómo se lava las manos la gente que no tiene agua corriente? Se han preguntado en estos días. Y la respuesta es simple: igual que ayer. Igual que antes de ayer. Igual que mañana, cuando la sensiblería novelesca de tilingos que buscan contención emocional se haya desvanecido en la recuperación de una normalidad perversa en la que la descomposición social se justifica sobre el derecho individual, la distribución de roles y, nunca olvidarlo, la sacrosanta propiedad. Siempre es bueno que alguien tenga la culpa, sí. Alguien otro, ¿verdad? La patria es el otro, es ese otro al cual echarle la culpa y con el que sabemos justificar la existencia de un nosotros. El otro es el enemigo perfecto para la justificación de la patria. Es, de hecho, indispensable. Sin ese otro no hay patria ni culpa que explique por qué somos tan profundamente imbéciles. Cantemos el himno cada vez que nos despeine el viento, cantemos el himno y acusemos a alguien.

¿A quién acusaremos cuando triunfe el amor? Que alguien haga algo. ¿Dónde está el Estado? Ahora el Estado está presente, dicen, y la razón que tienen. El Estado es dueño de su propia ausencia. Esa quizás sea su magia principal. Y en el medio la rebelión se reduce a la protesta como una reducción química, como una simplificación. Demanda, petición, ruego, súplica y resignación. Siempre es bueno que alguien tenga la culpa. La única diferencia entre un pobre y un rico es que el rico viene ganando la pulseada de la desigualdad. Bastaría dar vuelta la tortilla para que la escena se repita una y mil veces.

Aplaudamos, pues, y lavémonos las manos. Pero aplaudamos de verdad, aplaudamos como quien recibe a la comparsa. Ahí viene, está llegando el corso de nosotros mismos. Los demonios todos han venido por fin a vernos a los ojos. Recibámoslos como merecen. Después de todo, ¿qué sería de nosotros sin ellos, qué sería de nosotros sin nosotros mismos?