Absolutamente relativo

“Nadie tiene la verdad absoluta”, se dice por ahí. Si esto es así, o bien no existe la verdad, o bien no existe la verdad absoluta, o bien existe pero no la tiene nadie. En cualquier caso, sólo nos quedan enunciados relativos (puesto que absolutos no es posible). Esto, así de precario, así de sintético, es lo que llamaré relativismo, y no creo estar muy lejos de lo que se suele comprender con ese nombre. 

Esto, que parece sencillo, y que muchas veces es considerado una evidencia, tiene sus costados problemáticos que merece la pena considerar. Especialmente a la hora de pensar las cuestiones sociales, y muy especialmente si la vocación no es de carácter científico. El mundo de las ciencias tiene mal que bien sus propios recursos para lidiar con el asunto. Y tiene, especialmente, una potencia descriptiva fenomenal. Pero cuando la vocación es existencial, digamos por ahora “vital”, en el sentido en que lo que nos mueve es modificar las condiciones en las que habitamos el mundo, necesitamos avanzar hacia la prescripción, es decir, hacia alguna clase de afirmación material que tenga la potencia de cambiar las condiciones. Nos servirá, indudablemente, generar descripciones consistentes, pero no debemos confundir la consistencia de un discurso con su carácter estrictamente científico.

En ese sentido, hecha la demarcación, la cuestión del relativismo y el absolutismo se vuelve importante para revisar nuestros puntos de partida, aquellas afirmaciones primeras sobre las que apoyamos todo lo demás, y que de alguna manera servirán de referencia, incluso de orientación, para considerar nuestras intervenciones. Hay preguntas aparentemente elementales pero que resultan verdaderamente problemáticas: ¿Por qué nos enojamos? ¿Por qué asumimos e incluso denunciamos la injusticia? ¿Por qué nos rebelamos o no? Por supuesto, lector, si tu respuesta a estas preguntas fuera “porque sí”, al pedo que sigas leyendo: esto es un poquito más complicado para mí.

Una forma de abordar inicialmente al relativismo, siguiéndole el tranco, es considerar que no hay manera humana de salirse de su entorno, de las “circunstancias del yo” (aquello de “yo soy yo y mis circunstancias”), lo que ciertamente equivale a afirmar que todo pensamiento es conjugado. Tendrá conjugación histórica, psicológica, experiencial, vital: no hay lo infinitivo. En ese sentido, el Ser humano más que ser es un estar. Esta afirmación, que parece expresar bastante bien cierto relativismo, implica en rigor todo lo contrario.

Esta afirmación puede enunciarse también así: “Toda afirmación es relativa”. Pocas afirmaciones tan absolutas como esta.

Una afirmación absoluta es universal, dado que no depende de nada y, por lo tanto, es válida para todos. Una afirmación relativa es, en consecuencia, particular, válida para una parte. Luego, una afirmación singular es aquella que no logra ser capturada por ninguna parte, es huidiza, se fuga ante cualquier intento de aprehensión particular, pero no avanzaré esta vez demasiado sobre eso.

La afirmación del relativismo es paradojal, a menos que se considere que la afirmación total que realiza la frase (“Toda afirmación…”) es de un tipo diferente a las afirmaciones que refiere (las que “son relativas”). Tanto para afirmar algún absolutismo como algún relativismo, es necesaria al menos una afirmación primera, de carácter absoluto. De lo contrario, por ejemplo, deberíamos decir que algunas afirmaciones son relativas y otras no, lo cual da lugar a afirmaciones absolutas y entonces no estaríamos hablando de relativismo.

Esta cuestión de diferenciar los tipos viene de una respuesta que Bertrand Russell publicó, junto con Alfred North Whitehead , en sus Principia Mathematica, publicados entre 1910 y 1913, destinada a superar la conocida como paradoja de Russell[1]La paradoja de Russell problematiza la definición de conjunto, mostrando que el intento de definir formalmente un conjunto implica la paradoja que resulta de la inclusión de un conjunto dentro de sí mismo. Una manera habitual de expresar esa paradoja es la conocida como Paradoja del barbero: en un pueblo hay un único barbero que afeita únicamente a todos los varones del pueblo que no se afeitan a sí mismos. La pregunta es si el barbero se afeita o no: si se afeita, entonces estaría afeitando a un varón del pueblo que sí sí se afeita a sí mismo. Si no lo hace, no estaría afeitando a todos los varones que no se afeitan a sí mismos. De alguna manera, lo que Russell contesta es que el barbero vive en otro pueblo, pero esta respuesta tiene consecuencias mucho más trascendentes de lo que pudiera parecer. que abortó los intentos de componer una unificación de las teorías matemáticas a partir de la teoría de conjuntos. El intento de Russell-Whitehead fue componer esa unificación a partir de la lógica, pero luego apareció Gödel con sus teoremas de incompletitud y le dio a Russell su propia medicina, cancelando de paso toda pretensión de unificar las matemáticas en un solo cuerpo teórico.

Esta es una historia célebre del pensamiento matemático de la cual se nutrieron infinitas teorizaciones de variado tipo, muchas de ellas de dudosa consistencia. No es tan sencillo meterse en estos asuntos y extrapolarlos a otras áreas del pensamiento. No todo pensamiento es matemático[2]El impacto que estas investigaciones han tenido trascendió por completo el mundo de las matemáticas. No obstante, no pocos matemáticos y epistemólogos han llamado la atención sobre la pertinencia dudosa de muchas consecuencias extra matemáticas. Es difícil hallar una demostración de la pertinencia de los modelos matemáticos en las consecuencias que se componen, algo que se llama isomorfismo y que es una condición necesaria en el mundo científico para poder componer modelos, en este caso matemáticos. Hay varias intervenciones al respecto: una de ellas, considerablemente amigable, aparece en Gödel ∀ (para todos), Guillermo Martínez & Gustavo Piñeiro..

Existe algo que científicos y epistemólogos llaman isomorfismo. Se trata de que dos estructuras tengan la misma forma. No que dos cosas sean redondas, sino que algo del mundo, por ejemplo, pueda ser representado como un redondel, o una esfera. La esfera (un concepto matemático) es isomorfo respecto de una pelota, al punto de que nos permite trasladar el fenómeno pelota al estudio de las esferas y, en ciertas condiciones, estudiar matemáticamente su comportamiento. Cualquiera que haya visto una animación 3D tendrá una idea de lo que estoy diciendo, pero, más concretamente, cualquiera que haya medido algo alguna vez.

De modo que, intentando no repetir el error de asumir una validez no demostrada, echo mano a la teoría de tipos de Russell-Whitehead muy parcialmente. No me quiero apoyar en eso como si las matemáticas o la lógica autorizaran mi razonamiento, sino usar, aunque sea con una analogía débil, un concepto que es pertinente y que resulta vinculante respecto del problema que estoy tratando: es un error intentar incluir una afirmación en sí misma.

De modo que la afirmación “toda afirmación es relativa” no tiene por qué entrar en la órbita de su propio relativismo y merece ganar así carácter absoluto. Esto nos sirve para una cuestión fundamental que es asumir que las afirmaciones de carácter absoluto y las que tengan carácter relativo, pueden ser tratadas como afirmaciones de tipo diferente, en términos lógicos. No se trata ya de contraponer unas y otras, sino de diferenciarlas e intentar, de esa manera, no confundir unas con otras.

Una afirmación de carácter absoluto ha de tener siempre un grado de abstracción mayor que una de carácter relativo. Esto nos trae algo muy importante, y que muchas veces genera malos entendidos cuando conversamos asuntos de cierto grado de abstracción: el pasaje de lo abstracto a lo concreto puede no tener la univocidad tradicional de la causa-efecto que conocemos como la “puesta en práctica” de una teoría.

En el mundo científico, específicamente en el mundo de las ciencias fácticas, la cosa es diferente. Si se demuestra el isomorfismo necesario como para componer un modelo matemático (como es el caso de la física) las operaciones matemáticas sobre el modelo pueden “volver” al mundo físico y ser eficientes. Por ejemplo, al cortar una tabla por la mitad. El concepto de mitad es matemático, no físico. Una medida (la cantidad de centímetros de la tabla) es ya una modelización del fenómeno, implica representar numéricamente un fenómeno físico, a saber, la extensión de la tabla. Cortar una tabla por la mitad implica representar el fenómeno físico materialmente existente (la tabla y su extensión en el espacio) en un modelo matemático unidimensional en el que se representa la extensión en función de una unidad arbitraria (el metro), se opera con la magnitud resultante y se obtiene otra magnitud (la mitad) que, al ser contrastada nuevamente con el fenómeno, nos permite, ¡por fin! cortar la tabla y montar el estante donde guardar los libros de epistemología que no leeremos jamás.

Es perfectamente cierto que cotidianamente no estamos atentos a todos estos detalles, porque sería un sinvivir. Pero eso no significa que la representación matemática no exista, como tampoco implica que no la estemos usando espontáneamente, sin pensar. Cuando lo que hacemos es pensar otros asuntos más escurridizos que la tabla, la cuestión se nos pone complicada, problemática, y entonces se vuelve necesario pensar.

La elaboración abstracta de un pensamiento implica siempre, de una u otra manera, afirmaciones primeras de carácter universal. En ocasiones, esas afirmaciones implican relativamente poco, pero habitualmente, más habitualmente de lo que solemos considerar, esas afirmaciones primeras se vuelven absolutamente importantes.

En cualquier caso, lo primero que debemos considerar es que la relación de un modelo abstracto con los fenómenos que aborda, más allá de su construcción específicamente teórica, no tendrá necesariamente la fisonomía de una implementación práctica, como si se tratara de una tecnología. Sí tendrá (porque para eso pensamos) consecuencias prácticas, pero no toda consecuencia es una implementación, un calco entre el modelo universal y el fenómeno particular. Cuando no podemos garantizar isomorfismo, como es nuestro caso, hay un salto entre lo universal y lo particular que no se puede precisar de forma analógica. En estos casos, lo universal no es un modelo en sentido estricto, y ese salto es siempre una apuesta, una intervención según la cual intentamos verificar una hipótesis o, más precisamente, obtener alguna clase de resultado homogéneo con nuestra hipótesis ante un fenómeno particular que estaremos considerando como un caso, como un elemento de un conjunto, como un miembro de una serie, prescindiendo, otra vez, de algún isomorfismo. Tómense aquí, por lo tanto, todas estas nociones (hipótesis, conjunto, serie, etc.) como una analogía débil, quizás una metáfora, para eludir el tufillo científico que todo esto parece tener: no siempre el pensamiento abstracto es científico, aunque mastique algo de ciencia.

Retomando, entonces, queda en este caso establecido que las afirmaciones relativas no se desprenden de manera unívoca y causal de las afirmaciones absolutas, como hubiera sido deseable si fuéramos científicos. Esto nos obliga a reconsiderar lo que llamaré el paradigma clásico, según el cual un modelo teórico (pongamos por ejemplo la alienación) se calca sobre un fenómeno (pongamos por ejemplo tal o cual decisión de un grupo de trabajadores) para interpretar de forma unívoca y causal ese fenómeno, y colegir luego que los trabajadores que han votado a Macri lo hacen por estar alienados, por estar sus subjetividades desconectadas de su realidad material y alteradas por el discurso dominante.

En gran medida, la afirmación de que nadie tiene la verdad absoluta, que nadie tiene la vaca atada, responde cotidianamente a una frustración muy extendida ante el fracaso de ciertas experiencias sociales en las que se pretendía obtener cierto tipo de resultados prácticos en virtud de modelos teóricos producidos por otros. Y esto es importante: la confianza en la traslación de las ciencias fácticas al mundo social llevó a muchísima gente a intervenir políticamente como si supiera cómo hacerlo, como si algo del saber, conformado racionalmente en virtud del conocimiento científico, le permitiera obrar con la verdad de su lado, una verdad de carácter objetivo de la cual pudiera deducirse la acción política correcta.

Más allá de la manipulación habitual de quien se pretende portador de un saber inaccesible para otros, la estructura misma del calco entre un modelo teórico de carácter político y una acción práctica eficiente, falló. Y lo hizo también en otros órdenes de la experiencia social: falló la religión, falló la economía, falló la tradición. La reacción contra el “teoricismo” es una reacción sensata ante semejante frustración, pero arrastró consigo una especie de rebelión contra cualquier tipo de abstracción, sin vencer la ineludible carga de abstracción que arrastra toda afirmación acerca de los fenómenos del mundo. Se interpela toda abstracción como si fuera teórica, y toda teoría como si fuera un absurdo o incluso un intento de dominio por parte del presunto teórico.

Esta última composición, que podríamos resumir en la figura del teórico manipulador, es, en sí misma, una generalización, una abstracción inductiva que lleva de lo particular a lo universal. Una vez asumida la afirmación universal que dice que nadie tiene la vaca atada, sólo nos queda perseguir el ganado vaca por vaca. Como una serpiente que muerde su cola, la fuga de los universales acaba asumiendo involuntariamente otros universales en los que nos quedamos apantanados. Siempre, ante un problema particular, componemos abstracciones de algún tipo. Cuanto más conscientes seamos de la forma en que componemos esas abstracciones más capacidad tendremos de intervenir en el mundo de manera eficiente y, especialmente, de eludir los intentos perniciosos del teórico manipulador. Esta es, al menos, una hipótesis plausible.

¿Qué es, entonces, una abstracción? Por fuera del mundo científico, una abstracción es una composición medianamente consistente construida a partir de un fenómeno considerablemente inconsistente, es la búsqueda de componer sentido a partir de un problema. Las estrategias han de ser variadas, y las potencias múltiples, pero, en definitiva, intentamos que el mundo tenga sentido.

Este asunto del sentido sí que es complicado. Me atrevo a decir, para producir suspenso, que en la práctica es prácticamente abstracto.

Es curioso cómo usamos en castellano el adverbio “prácticamente”. A veces decimos: en la práctica. Pero no es lo mismo: cuando usamos la forma “en la práctica” estamos diciendo que algo es verdaderamente así; cuando usamos la forma “prácticamente” estamos diciendo que algo es “casi” de cierta manera. Prácticamente y en la práctica parecen ser antónimos.

¿Qué puede significar que algo sea “prácticamente” así? Pareciera que hay una forma verdadera a la que se arrima lo concreto. Una pelota sería prácticamente una esfera, casi una esfera. Pero en la práctica no lo es. ¿Qué es lo verdadero, la esfera o la pelota?

References   [ + ]

1. La paradoja de Russell problematiza la definición de conjunto, mostrando que el intento de definir formalmente un conjunto implica la paradoja que resulta de la inclusión de un conjunto dentro de sí mismo. Una manera habitual de expresar esa paradoja es la conocida como Paradoja del barbero: en un pueblo hay un único barbero que afeita únicamente a todos los varones del pueblo que no se afeitan a sí mismos. La pregunta es si el barbero se afeita o no: si se afeita, entonces estaría afeitando a un varón del pueblo que sí sí se afeita a sí mismo. Si no lo hace, no estaría afeitando a todos los varones que no se afeitan a sí mismos. De alguna manera, lo que Russell contesta es que el barbero vive en otro pueblo, pero esta respuesta tiene consecuencias mucho más trascendentes de lo que pudiera parecer.
2. El impacto que estas investigaciones han tenido trascendió por completo el mundo de las matemáticas. No obstante, no pocos matemáticos y epistemólogos han llamado la atención sobre la pertinencia dudosa de muchas consecuencias extra matemáticas. Es difícil hallar una demostración de la pertinencia de los modelos matemáticos en las consecuencias que se componen, algo que se llama isomorfismo y que es una condición necesaria en el mundo científico para poder componer modelos, en este caso matemáticos. Hay varias intervenciones al respecto: una de ellas, considerablemente amigable, aparece en Gödel ∀ (para todos), Guillermo Martínez & Gustavo Piñeiro.