Que se vayan todos: Buenos Aires 2017

Desde el estallido social de diciembre de 2001, atravesando un proceso excepcional durante 2002 y 2003, con muy diversas experiencias que pusieron en evidencia el quiebre que en el pensamiento político inauguró el nuevo siglo, algunos hemos intentado recoger aquél exceso que desbordó por completo las expectativas y previsiones de aquél diciembre.

Ese exceso es la marca más importante de un nuevo horizonte para el pensamiento político y, por lo tanto, para las nuevas condiciones de organización de los espacios emancipativos, de aquellos espacios que no se resignen a un menosmalismo sino que apuesten por un cambio radical de los lazos sociales que en la actualidad regulan un mundo miserable, desigual y, especialmente, insostenible.

Hace ya 16 años que se instaló el grito fundacional de la nueva época: “Que se vayan todos”. Ese grito no tuvo aquella vez forma ni sentido colectivo sobre el que apoyarse. Como nombre de un exceso, no tenía detrás un sentido común. Como ya he puesto en otros textos, algunos significaron esa consigna como un “que se vayan estos”, otros como un “que vengan otros”, pero otros, algunos de nosotros, lo gritamos muy literalmente: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, como una revocación en acto de la frase constitucional que reza que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, frase evocada en la cámara de diputados por Elisa Carrió precisamente esta tarde, 18 de diciembre de 2017.

Más allá de las interpretaciones, no había en 2001 un pensamiento medianamente extendido y consistente que soportara el grito, ni había organizaciones capaces de ponerle el cuerpo sin retrotraer la novedad a lógicas tradicionales según las cuales ninguna forma de cohesión social era viable por fuera del Estado.

Muchas experiencias hemos tenido en todos estos años, más o menos consecuentes con el grito fundacional, con diversa suerte y con distintas características. Son el signo de un proceso largo en el que avanzamos a tanteos, investigando acciones y estrategias que nos permitan avanzar. A prueba y error: no puede ser de otra manera. No es posible ni esperable hallar en un proceso así una hegemonía ideológica y operativa que pueda establecer un rumbo claro y una agrupabilidad totalizante, como se pretendía en otros tiempos. No se puede meter la pasta adentro del pomo: cuando un sentido se rompe, no es posible recomponerlo nuevamente. La política representativa ha sido herida de muerte, y las consecuencias de esa herida son indescifrables de antemano, están por completo ligadas a lo que construyamos después. Los tiempos, no obstante, son largos y también indeterminados.

Esta lectura de 2001 como marca de un acontecimiento que afirmó, con el grito Que se vayan todos, la muerte de la política de representación, el acontecimiento inaugural de un nuevo pensamiento político, no nos dice nada acerca de cómo avanzar, sino apenas (y ya es mucho) nos dice algo acerca de ciertas condiciones que son propias de un pensamiento emancipativo actual, situado en este presente, capaz de interpelar radicalmente las condiciones de este mundo desigual, de este ahora, de este aquí: no en abstracto. Sin embargo, en ocasiones esta mirada se confunde con el elogio de una época, como si se estuvieran evocando hechos memorables que añoramos con cierto romanticismo, apelando a la heroicidad de quienes han puesto el cuerpo, como si evocáramos alguna fiesta en la que todo fuera prometedor, desatendiendo el hambre y los muertos, la precariedad, la devastación social para la concentración económica.

Es imprescindible distinguir el exceso ante una operación de la operación en sí misma, es imprescindible distinguir la excepción respecto de los hechos concretos en cuyo seno se advierte.

Desde el mes de diciembre de 2001, y durante más de un año, una operación política destinada a voltear un gobierno fue desbordada por la reacción general que una población, considerablemente adormecida hasta el momento, sostuvo de manera masiva y abierta. El signo más claro fue la desobediencia colectiva al estado de sitio establecido por el gobierno el día 19. Inmediatamente después, las calles se inundaron de gente de una manera no solamente imprevista, sino claramente desbordante de las capacidades que las organizaciones activas de la época podían controlar.

Durante los dos años de gobierno de De La Rúa, es decir, de la Alianza, una férrea oposición presionó al gobierno para que hiciera aquello que estaba llamado a hacer: salir de la convertibilidad, devaluar, y habilitar un proceso de reconstrucción económica y política. Durante los dos años de gobierno, hubo una presión creciente de sectores industriales y de corporaciones mediáticas que, conforme el gobierno de De La Rúa profundizó las políticas anteriores en vez de modificar el rumbo, lanzaron una campaña persistente de desestabilización que se coronó con los saqueos del verano, a imagen y semejanza de lo ocurrido en 1989.

Nunca los saqueos han sido acciones populares de rebelión. Por el contrario, han sido operaciones montadas sobre la rebelión popular, el hambre y la desesperación, operaciones políticas gestionadas por el control territorial de las fuerzas de represión del Estado y de los punteros partidarios. En 2001, la juntura de punteros y patotas futboleras al comando de políticos, accionando sobre zonas liberadas por la policía, lanzaron la operación “saqueos”, pretendiendo abrir y cerrar una canilla de pueblo en acto como ocurrió en 1989. Lo propio de 2001, lo que marca la novedad y la potencia emancipativa de aquél acontecimiento, es que no pudieron cerrar la canilla sino mucho tiempo después, matando gente y recomponiendo la situación desde la perspectiva del Estado. Una vez activada la operación, la población excedió por completo lo esperado, y transformó la destitución en una crisis institucional histórica.

Es importante tener una lectura amplia de aquella experiencia para no confundir una cosa con otra. Lo que estamos viviendo ahora es un proceso destituyente, otra vez. Siempre esta clase de procesos se realizan a partir de situaciones concretas y legítimas: el gobierno está pegando un manotazo salvaje sobre el salario y las asignaciones, está robando abiertamente a los pobres para garantizar el clima de negocios de los sectores concentrados de la economía nacional e internacional. Es lógico, y en cierto punto deseable, que se prenda fuego todo en una sociedad que profundiza la expoliación de las clases subalternas en un proceso de reconversión de la matriz productiva al servicio de la concentración de riqueza en las clases dominantes. El problema está en que la rebelión no está soportada sobre ninguna capacidad popular de organizar la economía y la vida social sin caer nuevamente en otra estructura de gobierno que venga a liquidar la movilización, como lo hizo Duhalde, para habilitar otra estructura que venga a gestionar la pobreza y la concentración capitalista, como hicieron los Kirchner.

Esta clase de procesos la hemos vivido ya varias veces. Sabemos que mientras nosotros, las clases subalternas, los pobres, los trabajadores, los que tenemos ideas contrarias a la pura continuidad de la devastación capitalista, ponemos los muertos, ellos, los descansados, los propietarios, los acumuladores, negocian gentilezas y conservan su privilegio. No es lo mismo jugarse la cabeza en una confrontación con perspectivas reales que hacerlo como piezas de tablero de una confrontación política de sectores privilegiados que, para medirse entre ellos, nos usan a nosotros.

En este sentido, repetir 2001 es una idea equivocada. Lo único repetible de 2001 es aquello que 2001 tuvo de nefasto. Lo propiamente nuevo de 2001, aquello que reivindicamos desde aquella vez,  es precisamente lo que excede la cuestión y es, por lo tanto y en tanto exceso, irrepetible. Aquello que fue un exceso, y el exceso en sí mismo, es precisamente lo que debemos afianzar en las nuevas concepciones políticas y en las nuevas perspectivas de organización. No se trata de repetir el acto, sino de afianzar aquellas novedades.

Hacer asambleas públicas en los barrios, habilitar el encuentro entre comunes para abordar los asuntos comunes, desobedecer un estado de sitio, rechazar de plano cualquier forma de representación política y rechazar de plano la gestión del Estado, apelar a la solidaridad e indagar la inventiva popular para generar condiciones diferentes de sociabilidad, ligadas a una descomposición de la estructura social vigente, no pueden ser ya parte de un exceso sino que solamente pueden ser parte de las nuevas condiciones de organización popular. Suponer que una rebelión ahora, confrontando con gomeras la represión del Estado, traerá consigo alguna clase de consolidación de estos elementos no tiene asiento en ninguna perspectiva sensata, y la apuesta por un exceso impredecible no debería pagarse con la exposición de quienes le ponen el cuerpo a la resistencia.

Una mirada igualitaria que active hacia invenciones situadas que descompongan los lazos vigentes, es propia ahora no de la rebelión, sino de la organización social. Una activación de estas características, tomando cuerpo progresivamente en la sociedad, traerá seguramente una rebelión, inevitablemente, pero ligada a una capacidad colectiva inmediatamente posterior a la rebelión. La rebelión es esencial, como lo es resistir la represión y confrontar cuando nos toque, pero esto es distinto a buscar la confrontación como si trajera automáticamente las capacidades que no tenemos.

Dicho de otra manera: ¿Qué esperamos que ocurra si vencemos? Si confrontamos las fuerzas policiales y volteamos su conducción política, si impedimos que avance el plan de exacción económica del gobierno de Macri y arruinamos sus anhelos de gobernabilidad: ¿Qué esperamos que ocurra?

No debemos dejarnos arrastrar por el hartazgo y la bronca. La mejor forma de arruinar un proceso es apurarlo, y eso lo saben bien quienes controlan o pretenden controlar las iniciativas populares.

Actualmente las únicas estructuras capaces de obtener algún beneficio ante la caída del gobierno de Macri, es decir, de Cambiemos, es cierto sector del peronismo ligado al kirchnerismo y al frente renovador. Ni siquiera los envalentonados trotskistas que han ganado más en la legislatura que en la calle tienen alguna chance que no sea meter algún diputado más.

En este contexto, lo nuestro es tomar la calle, frenar iniciativas criminales de exacción popular, detener los procesos de flexibilización y robo, pero por sobre todas las cosas avanzar en la organización obrera y en las organizaciones territoriales que puedan dar alguna vez respuesta a las crisis institucionales, respuestas distintas al recambio dirigencial y a la recomposición política de los mismos personajes y sectores. Lo nuestro es crear las condiciones ideológicas y materiales para que podamos sobrevivir a una ruptura sistémica que resulta indispensable.

Pensar a 2001 como un acontecimiento, y consolidar sus consecuencias, implica algo mucho más complejo y exigente que retomar los mecanismos que le dieron lugar. Si no queremos servir de carne de cañón para avanzadas dirigenciales, tenemos que crear los espacios y conformarlos con perspectivas a una efectividad que en este momento no existe. No podemos confiar en estructuras políticas clásicas que desde las alturas de los mecanismos representativos ofrecen distintas alternativas de un mismo veneno. No habrá gabinete ni legislatura que pueda resolver las condiciones de la miseria y la desigualdad. No hay, de hecho, mayores alternativas dentro del capitalismo que puedan hacer algo más que pan para hoy, hambre para mañana. No podemos jugarnos la vida en semejante menosmalismo.

Pensar que el afano deliberado que el gobierno despliega sobre las clases subalternas es responsabilidad única del gobierno, suponer que estamos gobernados por un rejunte de chorros sin más, es no ver que hay un sistema económico soportado en una tenaza simbólico-social con sus propias condiciones políticas. Es como suponer que el kirchnerismo fue solamente un rejunte de corruptos. No es la corrupción, no es el liberalismo, no es ni Keynes, ni Hayek, ni Lavagna ni Cavallo, ni Kicillof ni Dujovne: es capitalismo.

Mientras escribo estas líneas, los diputados hacen su ritual con discursos heroicos que no habrán de frenar ni la ley que se resiste, ni las leyes que la complementan. La sesión del jueves pasado no fue detenida por la resistencia popular: fue boicoteada por un manojo de diputados haciendo un acting payasesco montado sobre la resistencia popular, de la misma manera que a De La Rúa no lo volteó la rebelión sino una maniobra política haciendo uso de la rebelión, de un estallido tan legítimo como el que podría venir ahora y que han fogoneado abiertamente, como lo están haciendo ahora. ¿Acaso no insisten con el helicóptero desde hace ya dos años?

Por supuesto que el gobierno, como todo gobierno, anuncia destituciones para ponerse en víctima, para justificar su hacer o deshacer, para consolidar la idea de que sin ellos hay caos, que son ellos o el horror, etc. Y es que la destitución es peligrosa para quien abona la institucionalidad. Para nosotros, en cambio, el problema no es la destitución, sino la restitución. El problema de la caída de los gobiernos consiste en que no tenemos aún manera de evitar que luego vengan otros. Y, además, que se caen arriba nuestro.

Hubo unos 80 detenidos, aproximadamente, entre el jueves y hoy. Ellos, los representantes, siguen con su camisa planchada y sus jubilaciones garantizadas, obscenamente superiores a las que gestionan. Ellos festejaron el jueves su victoria en el parlamento abrazándose unos con otros en una estampa escatológica, mientras que los gases y las balas cargaron sobre quienes le pusieron el cuerpo a su despliegue.

Por eso es que nuestro desafío está en encontrar las estrategias efectivas para horadar y combatir el sistema democrático-capitalista, y no tal o cual gobierno en particular. En esa diferencia se nos juega muchísimo. Cuando no hallamos los mecanismos propios que puedan resistir al tiempo que construir aquello que nos sostenga en la caída, quedamos entregados a un juego perverso que juega con nosotros.

Cabe preguntarnos si una huelga general y sostenida hubiera sido más efectiva que una confrontación abierta coordinada con los diputados, pero no hemos podido todavía generar la organización que la lleve a cabo. Cabe preguntarnos si una reacción contra los gobiernos provinciales, coordinada en los distintos territorios y antes de llegar el proyecto a comisión, hubiera podido impactar más notoriamente en los puntos sensibles de la estructura que enfrentamos. Pero no hemos podido todavía generar la organización que la ponga en marcha. La confrontación, mientras tanto, es un recurso que cuando se desconecta de la efectividad que le da sentido se diluye en una gestualidad ineficaz, en el mejor de los casos. Y, siempre, el hilo se corta por lo más delgado.

Quizás me apresure en suponer lo que vendrá, quizás me exceda en un análisis anticipando, pero es imprescindible arriesgar errores distintos, y esta es una situación que huele a repetido. Que se vayan todos implica que las lecturas de contexto y las perspectivas estratégicas dejen de estar en manos de conducciones políticas que miran siempre desde la colina distante. Implica, también, estar dispuestos a sostener nuestra propia vida colectiva cuando no haya Estado a quien reclamarle nada. Es hora de que nosotros asumamos el desafío de ser efectivos en las transformaciones radicales. No hay pureza ni heroísmo en el camino: hay la urgencia de los plazos largos.