La organización económica

Introducción

Uno de los asuntos más importantes de nuestra época es poder pensar nuestra época. Me refiero concretamente a poder entender lo que ocurre y poder intervenir en ello con herramientas que tengan la capacidad de cambiar las cosas. Por lo tanto, esas herramientas deberán ser algo distinto a la repetición de acciones propias de aquello que queremos cambiar. Hay momentos y momentos, y este momento se caracteriza por la ausencia de ideas capaces de aglutinar las múltiples voluntades de transformación.

Estas líneas, retomadas y corregidas de un artículo escrito en 2013 para el periódico Organización Obrera, están destinadas a aquellos que, al igual que yo y que muchos otros, buscan la manera de producir acciones para cambiar el mundo. Así de sencillo, así de complicado. Mucho más desperdigados de lo que quisiéramos, solemos quedarnos con un gustito amargo cuando intentamos activar. Muy habitualmente, buscamos espacios, o intentamos construirlos, en la búsqueda de resultados que no siempre acaban siendo satisfactorios.

¿Y entonces qué? Miles de conversaciones acaban con preguntas como esa. ¿Cómo hacemos? ¿Qué hacemos? Imagino que todos quisiéramos poder responder esas preguntas, pero la cosa no es tan fácil.

Nada puede agotarse en un texto, y yo no tengo la suerte de las Pitonisas. De modo que mi intención no es resolver satisfactoriamente esta inquietud. Por el contrario, me sentiría satisfecho por demás si estas líneas sirvieran tan sólo para comenzar algunas discusiones, algunas reflexiones y, quién sabe, aportar alguna claridad para interpelar la situación presente. Necesitamos pensar colectivamente, producir las ideas que nos sirvan como punto de comienzo de algo nuevo a construir. No porque todo lo hecho no nos sirva, no con la fantasía de inventar la rueda, sino porque no es una buena decisión esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Y porque, nos guste o no, las condiciones cuando cambian imponen la necesidad de reinventar las ideas que tengan por destino cambiar las condiciones.

En este caso me centro en la cuestión económica y en algunas condiciones fundamentales que yo pienso que han de ser necesarias para las organizaciones económicas. Pienso que organizaciones así son imprescindibles: organizaciones de carácter emancipativo que tengan la doble potencia de morigerar las injusticias del mundo económico actual y, al mismo tiempo, combatir esa injusticia de forma radical.

La cuestión económica

Quienes estamos convencidos de que la sociedad funciona mal, de que es necesario cambiar las cosas, y de que para eso es imprescindible organizarnos, nos enfrentamos a un desafío complejo. Uno de los asuntos que se nos ponen por delante a la hora de organizarnos es establecer en torno a qué clase de conflictos es preciso organizarse, cómo y para qué.

Las organizaciones que existen muchas veces se enfrentan entre sí o sencillamente se disocian cuando podrían confluir en articulaciones efectivas en virtud de la solidaridad frente a un estado de cosas cada vez más complejo.

Es fácil observar que la ansiedad por activar en ocasiones supera la identificación de los espacios adecuados. Suele ocurrir que compañeros que se acercan a un espacio u otro no logran hallar lo que están buscando, o que ciertos espacios que se abren encuentran un límite inmediato en la dificultad de establecer un campo de acción eficaz. Asimismo, existe un marasmo, una parálisis que, si bien no es tan extenso como parece, limita muy intensamente la capacidad de transformación que resulta imprescindible. Necesitamos organizarnos, y no da lo mismo de qué manera, con qué objetivos, partiendo de cuáles principios.

Es preciso que nos detengamos por un momento a pensar, lo más profundamente que se pueda, en las características de los distintos espacios de organización, para componer criterios destinados a hacer efectivas las luchas en los distintos ámbitos de conflicto. Esos ámbitos (lo político, lo económico, lo social) tienen por su naturaleza condiciones diferentes que no podemos dejar de lado.

Por ejemplo: una organización ideológica o política, destinada a producir y desarrollar ideas, a producir un pensamiento (emancipativo en nuestro caso), no tendrá las mismas condiciones ni necesidades que una organización territorial, o que una organización económica. En el primer caso, un grupo reducido de personas con ciertas afinidades es suficiente, mientras que en los otros casos es preciso contar con un volumen de gente mayor y otras características internas. En el caso de una organización territorial, la gente involucrada es la que está efectivamente en ese territorio; en el caso de una organización económica, la fuerza necesaria para producir efectos depende de una masividad y una extensión mucho mayor.

Éste es un ejemplo de mínima, quizás el más evidente de todos. La idea es ilustrar la cuestión central de este asunto: es preciso diferenciar las organizaciones según su carácter, sus perspectivas, sus aglutinantes y sus condiciones, con el propósito de lograr una articulación productiva y llegar al verdadero objetivo, que es la vinculación de todos los espacios de lucha en la confrontación con el actual estado de cosas para producir una transformación radical.

En este contexto, la importancia de organizarnos en relación a los asuntos económicos es fundamental. Las necesidades económicas, y los beneficios derivados de la organización, bastarían en sí mismos para que la sociedad humana exista. No es seguramente la única causa, quizás ni siquiera la primera, pero es importante advertir que es condición suficiente para que las personas nos avengamos a juntarnos y a coordinar, de una u otra manera, las tareas productivas y distributivas. La economía es consustancial a la sociedad en sí, y expresa de forma concreta y manifiesta no sólo la virtud de la asociación, sino también los conflictos que acarrea una asociación desigual y compulsiva.

Hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos, heterosexuales y homosexuales, vegetarianos y omnívoros, todos los recortes identitarios de la sociedad contemporánea, sin desatender los conflictos que les son propios y característicos, están atravesados de forma categórica e inevitable por los asuntos económicos. Cualquier persona humana se ve ante la necesidad de atender las necesidades de consumo. El goce vital, la experiencia existencial de la humanidad, está atravesada por las condiciones de consumo. Necesitamos consumir alimentos, vestimenta, artículos de toda índole, muchos de los cuales atienden necesidades culturales que son también fundamentales para la experiencia de vida de una humanidad a la que no le basta, ni le ha bastado jamás, con la pura satisfacción de sus necesidades fisiológicas.

A su vez, conforme la vida social se extiende en el tiempo se diversifican y complejizan los estímulos y las capacidades. Y, por lo tanto, también las necesidades. Actualmente hay ciertos elementos que pueden considerarse como necesarios cuando antes sencillamente no existían[1]Me gusta ejemplificar este asunto con un ejemplo emblemático: la refrigeración doméstica (las heladeras) es algo muy nuevo. Las primeras heladeras domésticas datan de mitad del siglo XX, aproximadamente. Antes de su aparición, a nadie se le podría ocurrir que una heladera fuera una necesidad. Actualmente, una familia que no pueda acceder a una heladera bien podría ser considerada una familia pobre.. Y es que nuestras condiciones de vida cambian a partir de lo que la misma humanidad construye y crea.

El punto, entonces, es que la cuestión económica no sólo atraviesa la experiencia de vida de cualquier persona, sino que además expresa en sí misma y condensa la estructura de los lazos sociales vigentes. Todas las desigualdades que se viven en los distintos ámbitos de la vida social se vuelcan de una u otra manera en las relaciones económicas, y esto se vuelve especialmente significativo cuando consideramos que la cantidad de tiempo de nuestras vidas que destinamos al trabajo es mucho mayor que la que destinamos a cualquier otra cosa, salvo que vivamos de los otros o nos baste individualmente reducir nuestra experiencia de vida a una precarización anacrónica.

La sociedad actual puede producir lo necesario para que todos vivamos bien. Produce, incluso, muchísimas cosas innecesarias, destinando esfuerzo colectivo y recursos de toda índole en mantener los vicios de una economía desigual y de una sociedad jerarquizada. Lo que la sociedad produce es resultado de la organización de la economía. Esta organización, más o menos espontánea, más o menos planificada, puede cambiar como de hecho ha cambiado históricamente, y es asunto de cada época intentar establecer las condiciones óptimas para la producción y el consumo.

Por eso es que atender las cuestiones económicas resulta fundamental para cualquier persona que tenga interés en la vida social, y se vuelve imprescindible para cualquier individuo con voluntad de transformar la sociedad, esté ubicado en el subconjunto que sea.

Actualmente, lo que caracteriza la estructura económica es la forma en la que el derecho de propiedad habilita el lucro sobre el trabajo ajeno en forma de renta. Esto lo veremos más adelante; lo que quiero plantear ahora, como punto de partida, es que existe en la sociedad actual un mecanismo de explotación económica de la sociedad ligado a un mecanismo de expoliación de las clases subalternas que en ocasiones pareciera esconderse detrás de cierta capacidad de consumo. En efecto, el hecho de que algunos trabajadores cuenten con un mediano poder adquisitivo no implica que no existan la explotación y la expoliación. Sin embargo, usualmente se presta a confusión y se dedica cierto esfuerzo comunicacional en sostener la idea de que la explotación es un asunto de magnitudes más o menos contrastada con alguna clase de objetividad técnica. Al mismo tiempo, es notorio que una sociedad con el grado actual de desarrollo tecnológico específicamente dispuesto en la producción de bienes, no logre o no intente siquiera mejorar la condición de vida de una enorme cantidad de personas, de poblaciones enteras que en términos económicos (seguramente también en otros términos) viven peor de lo que los siervos vivían en la edad media.

El impacto de la reconversión del sistema productivo es un asunto por demás relevante en nuestra época, toda vez que estamos viviendo un proceso históricamente muy nuevo. El sistema económico actual, por más que sea una continuidad directa del primer capitalismo y una continuidad histórica de la propiedad, presenta características y condiciones muy distintas de aquellas ante las que nuestros compañeros del siglo XIX y principios del XX han librado combate, han escrito y pensado. Si lo que queremos es modificar las injusticias del actual sistema económico, debemos asumir la responsabilidad de componer una descripción de ese sistema y una prescripción consistente de una organización económica distinta, capaz cuanto menos de decir algo más que las virtudes políticas del federalismo. Es una tarea que debemos realizar nosotros, los trabajadores, organizados activa y libremente. De lo contrario, seguiremos usando las herramientas del capitalismo para enfrentar al capitalismo, lo cual nos encierra en posiciones defensivas sin darnos la posibilidad, por demás imprescindible, de tomar la iniciativa.

La cuestión económica, entonces, tiene dos aspectos fundamentales: la descripción y la prescripción. Por una parte, es preciso hacer una lectura efectiva del mundo económico actual, explicar de forma consistente cómo es que funciona, cuáles son sus señas distintivas, sus basamentos y su fisonomía. Y, lo que es más importante, cuál es su talón de Aquiles. Para ello habremos de valernos, seguramente, de ciertos desarrollos, o de ciertos fragmentos de los desarrollos producidos por los economistas, aún cuando estén destinados en primera instancia a defender y consolidar el sistema capitalista. Esto implica que seguramente nos nos bastarán. Por otra parte, es preciso elaborar nuevas formas de organización y ensayar procesos destinados a su realización material. El hecho de que sea necesario un cambio radical de la estructura económica no significa que debamos esperar a la revolución como un mesías para luego poner en marcha modelos preconcebidos, o darnos recién en aquél futuro glorioso a la tarea de inventar otras formas de organización económica. Ni la utopía ni el espontaneísmo: lo que necesitamos es cambiar el mundo.

Una organización económica de carácter emancipativo debe asumir la responsabilidad de dar la pelea en el ámbito económico. Las respuestas económicas no pueden venir de planteos políticos, como tampoco al revés. Los aspectos políticos, así como los psicosociales, son rudimentos que complejizan la cuestión, a los que hay que poder atender y subvertir, pero no podemos confundir unos con otros. El ámbito de acción de una organización económica es, vale decirlo, la economía.

Las tesis y los modelos teóricos con los que nos manejamos habitualmente en los espacios emancipativos y revolucionarios, por más que sean relativamente muy recientes, son arcaicos. En su aspecto descriptivo fallan en ciertos aspectos sustanciales, especialmente en la medida en que hubo un siglo y medio de experiencia social, reconversión tecnológica y desarrollo teórico en el medio. Proudhon publicó Qué es la propiedad en 1840, su Sistema de las contradicciones económicas es de 1846. El Capital, de Marx, se publicó entre 1867 y 1894; La conquista del pan, de Kropotkin, es de 1892. La utilidad que encontramos en estos textos es indiscutible, especialmente en los textos de Proudhon y Kropotkin. Pero la necesidad de continuar el camino también.

Nuestros compañeros del siglo XIX nunca dudaron de que el camino revolucionario implica no sólo la confrontación y la lucha más o menos permanente, sino también la construcción ideológica autónoma. Si la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, como se ha dicho emblemáticamente en el seno de la Primera Internacional, y como lo seguimos y seguiremos sosteniendo enfáticamente, las ideas para esa emancipación tendrán que ser propias de los trabajadores, surgidas de la organización libre de trabajadores para la emancipación económica de la sociedad.

En estas líneas intentaré plantear, sin agotar en absoluto, los asuntos que considero sustanciales a la hora de pensar las organizaciones obreras de carácter emancipativo, plantear por qué han de ser organizaciones revolucionarias, identificar sus condiciones y también los asuntos principales que tenemos por delante los trabajadores, especialmente aquellos que nos organizamos para nuestra emancipación económica, que no puede ser sino la emancipación económica de la sociedad.

La desigualdad económica

A la hora de pensar la cuestión económica, la desigualdad es el primer punto en cuestión, porque es lo que nos permite afirmar que la sociedad funciona mal y que, por lo tanto, es preciso transformarla. En tal sentido, la primera cuestión que aparece en economía, por ser evidente y violenta, es la cuestión de la pobreza. ¿Por qué algunos tienen mucho y otros tienen prácticamente nada?

Actualmente la cuestión de la pobreza es una especie de sentido común, una sensibilidad que atañe a cualquiera y que nadie osaría en desmentir, al menos públicamente. Casi nadie se atrevería a decir que la pobreza no existe, o que está bien que exista, que es justo que haya gente muriéndose de hambre mientras otros viven en un grado de opulencia y lujo propio de faraones y de reyes. Sin embargo, las cuestiones que derivan en el empobrecimiento de grandes porciones de la población mundial nunca son atendidas en su justa medida, ni son correctamente identificadas. Esto no se debe a cuestiones de ignorancia: esto se debe a cuestiones de interés y, en el mejor de los casos, a cuestiones de concepto. Los sectores que discuten y deciden acerca de la economía, ya sea a nivel local, regional o mundial, están ubicados en una posición que dejaría de existir si se atendiera la cuestión real de la pobreza. No se trata simplemente de que sean buena o mala gente: se trata de que, en términos económicos, nadie construye nada en contra de sus propios intereses. Al menos no deliberadamente.

Cuando hablamos de economía el desafío está en que el interés individual se asocie al interés común, con arreglo a la justicia. Pero no son muchos los que, viviendo del trabajo ajeno, de buenas a primeras decidan tomar el toro por las astas y cambiar de cuajo su situación de privilegio. En los asuntos económicos no sirve atender las decisiones individuales, sino atender las decisiones colectivas que afectan de forma concreta y efectiva la vida social. De modo que cabe afirmar, sin demérito de ciertas singularidades virtuosas, que nunca una clase social privilegiada produjo deliberadamente transformaciones radicales en contra de sus propios intereses.

Esto significa que la conflictividad económica nos empuja a una cuestión de otra índole: quién, cómo y por qué toma las decisiones económicas de la sociedad. Esta cuestión no es estrictamente económica: es una cuestión política. ¿Quién toma las decisiones? ¿La sociedad organizada o la organización de los representantes? Dejaré este asunto pendiente: me atañe en este caso avanzar en la cuestión económica y en la importancia y caracterización de las organizaciones que asuman a la economía como su campo de acción. Después de todo, la desigualdad económica no tiene más relación con la desigualdad en la toma de decisiones que la que tiene cualquier proceso en relación a los obstáculos que encuentra para desarrollarse.

No deberíamos relacionar directa y sencillamente a la pobreza con la carencia de bienes. En un mundo carente de bienes, esa carencia podría ser un signo de igualdad[2]Insisto con las heladeras: relacionar la imposibilidad de tener una heladera con la pobreza es propio de una sociedad que tiene la capacidad de producir heladeras suficientes.. En un mundo rico, en cambio, la pobreza podría tener otra intensidad y otra fisonomía, pero seguir existiendo. De modo que hablar de pobreza es siempre un asunto de comparaciones, y lo que se está comparando es de qué manera viven los distintos sectores de la población ante las capacidades reales que esa misma población tendría en conjunto si cambiara la forma de distribuir el esfuerzo productivo y el beneficio global.

La cuestión de la desigualdad es compleja, toda vez que su solución no necesariamente implica que todos tengamos lo mismo. Esto nos lleva a establecer que la igualdad y la identidad no son la misma cosa, y este asunto, que tampoco es económico en sí, merece ser atendido lo más cuidadosamente posible para consolidar nuestro punto de partida.

Es preciso establecer que somos iguales. Esto es necesario porque todo abordaje tiene un comienzo, un sitio desde el cual se dan sucesivamente los primeros pasos y los pasos siguientes. Eso es, precisamente, un principio. Partir de la igualdad no es lo mismo que partir desde otro sitio: ¿Cómo denunciar una desigualdad si no hay una igualdad de referencia? ¿Cuál es el criterio de justicia que nos lleva a denunciar las injusticias del sistema actual?

Decir que somos iguales implica, muy precisamente, reconocer nuestras diferencias. La igualdad como punto de partida es la única forma que hallo para pensar las diferencias que existen en el mundo sin admitir que unas se impongan sobre otras, sin admitir que la diferencia legitime la desigualdad.

Tomemos por ejemplo dos compañeros de tareas: uno tiene cuatro hijos y el otro no tiene ninguno. Si la distribución del beneficio fuera en partes idénticas, uno estaría expuesto a una precariedad y el otro eventualmente a un exceso. Uno tendría menos de lo que necesita, y el otro tendría seguramente más de lo que necesita. La igualdad, en términos económicos, no está determinada por la identidad en las cantidades, sino por la efectividad ante la función misma de la economía: satisfacer las necesidades de consumo de todos y cada uno de los miembros de la comunidad. De modo que el primer paso para pensar algo tendiente a verificar la igualdad en términos económicos es que cada uno tenga lo que necesita, teniendo muy en cuenta que las necesidades económicas cambian y se ajustan a las capacidades económicas reales de la sociedad.

Pero si bien el consumo es la piedra basal de la economía, su punto de partida y a la vez su objetivo, la economía en sí no se agota en absoluto en la cuestión del consumo. También es signo de desigualdad que el esfuerzo productivo requerido para la satisfacción de las necesidades de consumo esté distribuido en la sociedad de forma asimétrica, desigual. En nuestro ejemplo de mínima: ¿pueden acaso ambos trabajadores hacer lo mismo? Quizás sí, quizás no. Lo que nos trae, nuevamente, a que lo que importa no es si ambos hacen lo mismo, sino si ambos hacen lo que pueden hacer, si ambos dan de sí todo lo que pueden dar para que el esfuerzo común redunde en la satisfacción de las necesidades de todos.

Como se verá, voy llegando a la máxima del comunismo, del verdadero comunismo, que es una cuestión económica. En efecto, aquella máxima declara: de todos según su capacidad, y a cada uno según su necesidad. Este es el principio de igualdad expresado en términos económicos, y es la expresión más sintética que existe de lo que el comunismo es.

De modo que el principio de igualdad, la igualdad establecida como un sitio desde al cual partimos y no como un modelo al cual deberíamos llegar, nos plantea un desafío exigente que consiste en interpelar cada situación particular, con sus condiciones únicas e irrepetibles, desde esa perspectiva. Esto nos lleva a crear mecanismos de intervención diferentes cada vez destinados a que las prácticas sociales, en este caso específicamente económicas, verifiquen ese principio, que sean consecuentes con él. Esto es muy diferente a la creación utópica de modelos predeterminados. Este segundo esquema, que es característico del pensamiento clásico (aquél cuyo contexto ideológico y social datamos esquemáticamente en el siglo XIX) falla en el punto en que no considera la particularidad de cada situación, sino que imagina un modelo trascendente, aplicable a todo sitio y contexto por estar basado en una supuesta objetividad científica, y cabe afirmar que la experiencia del último siglo ha mostrado que tal esquema nos resulta ineficaz.

La desigualdad económica se pone de manifiesto en la medida en que es posible afirmar que en el mundo económico actual, en la estructuración económica de nuestra sociedad, la distribución de esfuerzos y beneficios, lejos de regularse por las capacidades y las necesidades de cada cuál, se regula por la fuerza que tengan los distintos sectores para apropiarse de la riqueza social.

La pobreza entonces es la punta del iceberg de la desigualdad económica, pero no es la desigualdad en sí misma. La explotación y la expoliación no son cuestiones de magnitud sino de modos, de formas de distribución o, como contracara, de concentración de los esfuerzos en unos y de los beneficios en otros.

En el modelo clásico la explotación estaba identificada como una carga que pesa sobre los trabajadores cuando, en rigor, es una carga que pesa sobre la sociedad en su conjunto. Seguramente Proudhon ha sido la excepción, como habrá de ocurrir tantas veces, complejizando la cuestión de forma ciertamente productiva. En cualquier caso, lejos de ser un pago inferior al justo, la explotación consiste en la apropiación privada de la riqueza social, partiendo de la base de que toda producción económica es necesariamente social. En efecto, más allá de las fantasías robinsonianas que suelen aparecer en los textos económicos, toda producción humana es social porque lo que hacemos lo hacemos a partir de recursos materiales, culturales y tecnológicos que condensan, más o menos exhaustivamente, la experiencia social contemporánea e histórica.

Para producir nos valemos de caminos y herramientas, de conocimientos prácticos y teóricos, en fin, nos valemos de un gran cúmulo de recursos que, si tuviéramos que inventarlos cada vez, no podríamos siquiera imaginar la capacidad productiva que tiene la sociedad actual. Es evidente que nadie puede producir de forma aislada todo lo que constituye el consumo contemporáneo y que, aunque pudiera, no podría hacerlo sin contar con la experiencia social acumulada. Las variedades de cultivos que constituyen nuestra alimentación, por dar un ejemplo entre todos los demás, no son variedades silvestres. No me refiero a la industria de los transgénicos ni al desarrollo de las tecnologías agrarias contemporáneas, sino al desarrollo progresivo de variedades a lo largo de toda la historia humana desde la aparición de la agricultura, de forma tal que actualmente nos alimentamos de productos naturales modificados por la sociedad humana, productos cuyo carácter social no se debe solamente a la confluencia contemporánea del esfuerzo asociado, sino también a la confluencia histórica de ese esfuerzo.

De modo que la apropiación privada es siempre un robo que se ejerce sobre la sociedad en su conjunto, mientras que la posesión, regulada en función de la necesidad, es en realidad un criterio posible de justicia económica con el que debemos ser consecuentes.

A diferencia de la explotación, la expoliación sí pesa sobre la clase trabajadora, en la medida en que recae sobre las clases subalternas. La expoliación es el mecanismo por el cual la concentración de la riqueza implica que haya quienes tengan menos de lo que necesitan, mientras otros tienen más. Y recae sobre los trabajadores en la medida en que la renta sobre el capital establece un mecanismo de exacción que traslada riqueza de mano de los trabajadores a los capitalistas, en una sangría salvaje que solamente es explicable a través de un complejo sistema simbólico-social protegido por la fuerza bruta. Este es un movimiento complejo que se verifica en el aspecto sistémico de la economía. No se reduce a la relación entre patrones y trabajadores, sino que se canaliza a través de todo el entramado económico, hoy muy especialmente afectado por el sistema financiero. La renta sobre el capital implica la obtención de riqueza no en virtud del trabajo, ni mucho menos de la necesidad, sino en virtud de la propiedad.

De modo que arribamos a la afirmación más importante que se haya hecho alguna vez acerca de la desigualdad económica: la propiedad es el robo, un robo a dos bandas a través de la explotación social y la expoliación de las clases subalternas.

Somos iguales

La afirmación de que somos iguales es una afirmación axiomática. No es un asunto deducible de las condiciones materiales de vida. Por el contrario, esas condiciones, lejos de verificar la igualdad, verifican rotundamente la desigualdad. La cuestión se aclara cuando distinguimos entre lo que es y lo que existe.

La proposición de la igualdad ligada con el ser, implica que lo que existe puede cambiar. En efecto, si la existencia y el ser fueran lo mismo, la única manera de pensar que las cosas cambien implicaría concebir que algo que no es, sea. Sin embargo, ocurre que las cosas cambian. Que algo cambie significa que lo que no existe puede existir. La invención humana es fiel demostración de que aquello que no existía pudo existir. Esto marca la pauta de que las condiciones de nuestra existencia actual, que verifican la desigualdad, pueden cambiar. Y la afirmación por principios de la igualdad implica que debe hacerlo, que debemos hacerlo.

La historia de la humanidad podría abordarse a partir de los esfuerzos realizados por las sociedades humanas de todos los tiempos para inventar aquellas cosas que no existían. Tanto la producción de bienes (desde la rueda hasta la tecnología informática) pasando por todas las invenciones que constituyen nuestro mundo presente, así como las instituciones sociales, económicas o políticas, son creaciones de la humanidad destinadas a cambiar las condiciones de existencia.

De modo que afirmar que somos iguales, en el seno de una sociedad desigual, implica afirmar vigorosamente que es preciso transformar las condiciones de nuestra existencia social en virtud del principio de igualdad.

En el orden económico, nuestro punto de partida es la prescripción comunista: de todos según su capacidad, y a cada uno según su necesidad. Este principio no nos dice nada acerca de cuál será la forma práctica de crear nuevos mecanismos para la producción, distribución o consumo de bienes. Esa será siempre y cada vez nuestra tarea: investigar las formas en las que lo vigente se transforme en lo imposible, en lo que resulta imposible porque aún no existe, haciendo siempre un forzamiento de la realidad en un camino infinito. Por eso no hablo de la igualdad como horizonte o destino: no hay un lugar al cual llegar, un paraíso futuro, sino un andar eterno en la tensión entre el mundo y el principio de igualdad, entre el ser y la existencia.

La cuestión de la desigualdad económica, entonces, sólo puede afirmarse con justicia a partir de una igualdad que, en nuestro caso, es axiomática. Ésta es la principal diferencia entre el comunismo y la fe cristiana, por ejemplo, o el liberalismo capitalista. En esos otros casos, la igualdad es también reivindicada muchas veces. Está de algún modo inscripta en sus discursos legitimantes. Pero: ¿qué es lo que dicen acerca de la igualdad? En esos otros casos la igualdad se afirma ante algo: somos iguales antes dios, o ante la ley. Somos iguales en tanto ciudadanos, o en tanto fieles. En el caso del cristianismo, la igualdad de los espíritus se advierte en la misericordia divina, y será verificada en el destino final de nuestras almas. En el menos peor de los casos, se despliegan mecanismos compensatorios a través de la caridad siempre y cuando medie la aceptación de los desposeídos de la voluntad de Dios. La igualdad es cosa de Dios, y no está en manos del hombre cuestionar su voluntad.

En el discurso liberal, en cambio, la igualdad se toma como una realización mundana. Se asume que la igualdad ante la ley establece y garantiza la igualdad de oportunidades, asumiendo las desigualdades existentes como producto de las diferentes capacidades de los ciudadanos de hacer fortuna (la pura diferencia), o de las intervenciones “antinaturales” del Estado en el orden económico (la injusticia).

Por otra parte, el “populismo”, nombre contemporáneo del corporativismo[3]Me refiero aquí al corporativismo progresista, por ser el más cercano a nuestra experiencia social. Aunque a mucha gente le resulte exagerado, los populismos progresistas son herederos directos de eso que nombramos muy genéricamente como fascismo., remite a la igualdad para hablar en realidad de una igualización progresiva. Las desigualdades existentes son tramitadas a través de mecanismos compensatorios, en este caso de carácter estatal. El corporativismo piensa a la sociedad como una familia, y a la familia como una institución natural y como un cuerpo jerarquizado. De esa manera yergue al Estado como el Padre protector del pobre, pretendiendo protegerlo incluso de sí mismo. Reserva para el Estado no sólo la violencia, sino la capacidad de decisión acerca de los asuntos de una población infantilizada. Todos los organismos del cuerpo social representan los intereses de las distintas partes. Son en realidad órganos de un organismo. Y en esa representación opera el mecanismo opresor por antonomasia: hablar en nombre del otro.

Pero lo que quiero ilustrar aquí, sin distraerme demasiado en asuntos políticos, es la diferencia fundamental de partir de la igualdad como principio axiomático o utilizar a la igualdad como objetivo, como destino de una práctica moral, como justificación de procedimientos estatales o como condición real de la existencia. En nuestro caso, el principio de igualdad nos empuja a transformar la realidad, no a justificarla, y no nos promete nada más que una construcción permanente y autónoma, habitando un mundo en eterna transformación y no invocando un paraíso, sea terrenal o celestial, en el que al fin reposaremos empachados de justicia y abundancia. Quizás éste sea uno de los aspectos más notorios de la diferencia que tenemos en relación a los clásicos.

El principio de igualdad establece una posición subjetiva, una perspectiva desde la cual se observa y se interviene en cada situación particular. Si uno lograra abstraerse un segundo de las injusticias actuales, seguramente podría afirmar que la situación general de los trabajadores no es tan mala como la situación general de los esclavos. La abolición de la esclavitud, más allá de su efectiva implementación a causa de ser beneficiosa para la acumulación del capital, fue también sin dudas una lucha igualitaria en el seno de las sociedades esclavistas. Sin embargo, la nueva sociedad, ahora sin esclavos, también falla: hoy advertimos nuevas marcas de la injusticia económica, marcas que denunciamos en virtud del mismo principio por el cuál se denunciaba la esclavitud, pero inscripto en una situación diferente. Las formas prácticas de combatir las nuevas condiciones seguramente no serán las mismas que las otras porque a cada situación le corresponde una conflictividad específica. Pero, ciertamente, los principios son y serán los mismos.

Como dije más arriba, no se trata de principios morales, sino axiomáticos. Esto significa que son puntos de partida, no demandas teleológicas, vinculadas con lo que debe ser, con algún punto futuro de detención del conflicto. La igualdad no debe ser: es. La injusticia se manifiesta en que no existe, es decir, en el hecho de que algo que es verdadero, la igualdad, no se verifica en la materialidad de la situación actual.

De modo que la justicia implica una verdad, una afirmación que no se deduce de la situación, una afirmación por principios. La verdad no está en la materialidad del mundo, ya no está del lado de ninguna objetividad, sino de una subjetividad que afirma sus principios en una situación particular. Por lo tanto, la justicia no consiste en alguna clase de compensación, sino en cuánto la situación efectivamente existente se ajusta a la verdad, es decir, a la verificación de principios verdaderos en esa situación.

Todo lo anterior reviste una importancia enorme: la emancipación económica no surgirá de los saberes que acumulemos respecto de la situación actual, sino de las invenciones que hagamos en virtud de la creación de una nueva organización económica de la sociedad capaz de verificar el principio de igualdad. Y luego, seguramente, así como ocurrió con el pasaje de la esclavitud al empleo, habremos de advertir las nuevas fallas de la nueva sociedad, y será entonces nuestra tarea la misma tarea: transformar la sociedad en virtud del principio de igualdad. Siempre y cada vez, no existe plataforma de arribo, no hay situación de reposo imaginable. La transformación social no es cuestión de utópicos ni sabios; es la obra permanente de la organización humana.

Ante la necesidad del cambio social, el modelo clásico buscaba un sujeto determinado en la sociedad de su época. Entendía que el sujeto era la parte de la sociedad que, en virtud de su posición ante las contradicciones históricas del sistema económico, habría de poner el cuerpo a la revolución. Este modelo conceptual, no obstante, fue también cuestionado con firmeza. En este sentido, es muy interesante observar el eje de discusión entre Kropotkin y Malatesta, dos activistas del anarquismo dedicados a la organización del movimiento obrero revolucionario, compañeros y amigos.

Kropotkin era un fiel exponente del positivismo del siglo XIX. Siendo un científico notable y reconocido en el ambiente académico, buscaba en la naturaleza misma de los seres vivos los trazos que demostraran que el apoyo mutuo, y no la competencia, era la quintaesencia de la evolución de las especies, publicando trabajos científicos al respecto (además, por supuesto, de todos sus escritos revolucionarios). Desde esa posición, Kropotkin confiaba en cierto determinismo que habría de llevarnos a la revolución social, una tendencia natural de la humanidad hacia formas de organización más evolucionadas en virtud de la solidaridad y del apoyo mutuo.

Malatesta cuestionaba esa confianza. Afirmaba que no había ciencia alguna que pudiera explicar la voluntad de los individuos en relación al cambio social, y que era precisamente esa voluntad la fuerza determinante de los procesos revolucionarios. Esta discusión tuvo también su presencia en el socialismo de Estado, y es, en gran medida, la marca distintiva del aporte leninista en el seno del marxismo. El comienzo del siglo XX mostró que los procesos revolucionarios, incluso los procesos políticos que fueron a través del Estado y se convirtieron en él, surgieron de forma diferente a lo que los modelos teóricos proponían o a lo que muchos pensaban, y dieron en gran parte la razón a Malatesta, o a Bakunin, en el punto en que la decisión de acción revolucionaria depende más de las ideas que organicen una subjetividad específica en el cuerpo social que de las condiciones materiales[4]Esta es también una discusión compleja que lleva a cuestionar qué es eso que llamamos materialidad, lo cual podría implicar relecturas productivas de Bakunin, entre otros.. De esta forma nada está determinado, todo depende de cuál sea el cuerpo de ideas desde el cual se posicionen los involucrados en cada proceso, y de la efectividad de sus propios métodos.

Esta discusión acerca de la voluntad y del determinismo, luego de haberse desplegado el siglo XX con todo lo que implica, llega a nuestras manos en la forma de dos proposiciones fundamentales, muy ligadas entre sí:

1- La verdad, a diferencia de lo asimilado por los clásicos, tiene carácter subjetivo, es decir, no es deducible de nada y es una condición por principios. En nuestro caso, es verdadero que somos iguales y es a partir de esta verdad que pensamos y habitamos el mundo.

2- La necesidad de establecer puntos de partida de carácter axiomático (es decir, no dogmáticos o morales) capaces de aportar cohesión y consistencia a las ideas que activen la transformación social, sin subestimar la importancia que tienen al momento de crear, habitar y sostener organizaciones. La subjetividad es una construcción, no un dato de la realidad.

Las discusiones ideológicas en estos términos no son en absoluto postergables; son por el contrario el primer paso para que las organizaciones económicas emancipativas se permitan aspirar a la efectividad real del cambio en vez de asumir con cierto fatalismo una subjetividad utópica o nihilista.

Somos iguales, entonces, es el nombre de una nueva articulación de las figuras del sujeto, la verdad y la justicia, que nos habilita a denunciar las injusticias del mundo contemporáneo y nos impulsa a asumir la responsabilidad de transformarlo de forma radical.

Capitalistas y trabajadores

Hasta aquí, vengo ensayando a grandes rasgos la descripción de una mirada igualitaria sobre la cuestión económica. El principio axiomático de la igualdad denuncia la invalidez de la estructura económica vigente toda vez que nuestra situación actual no verifica precisamente ese principio. Había mencionado que la cuestión de la pobreza es un signo de la desigualdad social en el plano del consumo. Pero también que el consumo, punto de partida y destino final de la economía, es sin embargo un factor entre otros a tener en cuenta. En el plano productivo, la desigualdad se advierte cuando el esfuerzo necesario para la producción de bienes está mal repartido. Hay una forma espontánea de dar cuenta de esto, y es el hecho de que existamos los trabajadores.

Sólo podemos afirmar que existe algo cuando somos capaces de distinguir ese algo de las otras cosas. En otras palabras: sólo es posible hablar de trabajadores en la medida en que haya algo del cuerpo social que no sea trabajador.

Aquí es preciso retomar cuestiones que suelen darse por sabidas, bases de apoyo de los discursos clásicos que en realidad debemos modificar, o al menos poner en cuestión. En el seno del pensamiento revolucionario, salvo quizás en el caso de Proudhon, nos acostumbramos a considerar que el corte para establecer quién es trabajador y quién no es el salario. Trabajador, asalariado o proletario se habían vuelto sinónimos, cuando en verdad no lo son, o pueden no serlo según cómo se compongan esos conceptos. Actualmente, la categoría de trabajador se ha vuelto menos evidente que hace 100 o 150 años. El sistema productivo ha tenido una transformación fabulosa, análoga a la aparición de las máquinas de vapor en el siglo XIX. En efecto, la automatización que aquellas primeras máquinas trajeron a la economía mundial, se potenció de manera exorbitante con el desarrollo de la informática, generando nuevas condiciones de trabajo cuyas consecuencias estamos descubriendo poco a poco. Por otra parte, muchas de las tareas que antes se desarrollaban como oficios se han convertido en profesiones, cambiando así muchas cuestiones para nada menores, (como por ejemplo, nada menos que las subjetividades involucradas). Pero, en el orden propiamente económico, la vinculación del trabajador con el salario es una de las cuestiones principales.

Actualmente hay una gran cantidad de trabajadores en supuesta autonomía, es decir, sin estar empleados en relación de dependencia. Estos trabajadores, no obstante, están siendo empleados de otra manera, usados de otra forma. Se podría decir que en realidad, todo esto no es más que una estrategia de precarización, que estos trabajadores siguen siendo asalariados pero de una forma distinta cuyo objetivo es evadir las cargas laborales que los patrones se ven obligados a pagar. Pero esto sería, en realidad, enrular el rulo: si se trata de un salario precario, ¿qué es entonces propiamente el salario[5]Es perfectamente aceptable nombrar salario a la parte de la riqueza social destinada a pagar el trabajo, para diferenciarlo de la ganancia o la renta. En este esquema, trabajo y salario se vuelven sinónimos por definición. Sin embargo, esto confunde cuando entendemos salario como retribución patronal a cambio del trabajo, como, por ejemplo, en la noción gremial de lucha por las mejoras salariales. Si el salario se asocia al empleo, nos quedan afuera los trabajadores sin patrón.?

Lo que tenemos delante es la necesidad de esclarecer quiénes somos trabajadores y quiénes no, para saber si es o no correcto seguir hablando de los trabajadores, y para pensar qué es lo que pueda significar hoy una organización obrera. ¿Acaso estamos avanzando hacia la abolición del trabajo asalariado por el hecho de tener una gran parte de la población trabajando por fuera del salario?

Claramente no. Lo que se ha llamado trabajo asalariado es, en el fondo, simplemente trabajo. No toda labor es trabajo: el trabajo es la labor productiva realizada para terceros, donde el principal objetivo es obtener dinero, es decir, una tarea altamente alienada, donde el objetivo no es el producto sino la retribución. La fuerza que tenía el salario en el modelo clásico, y que aún hoy subsiste como herencia en el plano ideológico y discursivo de las organizaciones obreras, está del todo vinculada a dos modelos teóricos: la teoría económica del valor-trabajo, y la relación de la economía con la física, tomada como patrón metodológico de las ciencias sociales. En efecto, las ciencias sociales se construyeron a imagen y semejanza de la física del siglo XIX, a punto tal que el principal esfuerzo de los clásicos ha sido estructurar un andamiaje argumental propio de la física para explicar la estructura económica de la sociedad y extraer de ella las consecuencias psicosociales y políticas[6]Más adelante (fines del siglo XIX y principios del XX) la estrecha relación entre la física y la ciencia económica (y también entre la economía y la filosofía) fue reemplazada por un andamiaje matemático que dio lugar a modelos económicos sumamente complejos, expresados matemáticamente, y es uno de los aspectos de las actuales ciencias económicas que le dan una fisonomía abordable solamente por técnicos y especialistas..

La teoría valor-trabajo afirma que el valor económico está determinado por la cantidad de trabajo contenido en los productos. Más allá de las distintas consecuencias que se han ido sacando de esta afirmación, y más allá de que haya surgido de los economistas liberales, la teoría del valor-trabajo es el bastión de los pensadores revolucionarios del siglo XIX y principios del XX, especialmente gracias al andamiaje económico construido por Marx. De esta noción se extrae la conclusión de que existe un plusvalor (un valor adicional) en el trabajo materializado en mercancía que es apropiado por los capitalistas en detrimento de los trabajadores. Esta visión, que no falla completamente, sí falla parcialmente.

La premisa que implica que el valor económico es objetivamente determinable, afirmación sustancial para los pensadores clásicos del movimiento revolucionario, debería ser actualmente descartada. Esta afirmación que hago, por su complejidad y sus consecuencias, merece un desarrollo que no podría caber en este texto, y quedará para más adelante. Solamente hago mención de ella por dos motivos: 1- es necesario, para establecer la línea divisoria entre los trabajadores y los capitalistas, remitirse a alguna categoría capaz de producir ese recorte, y el salario, por ser dependiente de una concepción específica de la explotación a través de la noción de plusvalor[7]Es por demás interesante investigar la diferencia de los conceptos de plusvalor (o plusvalía) entre Proudhon (Qué es la propiedad) y Marx (El Capital), es actualmente ineficaz; 2- sirva esta sola mención, sin exponer aquí su desarrollo, para invitar a los lectores a plantearse en profundidad la cuestión del valor, toda vez que es un pilar fundamental del pensamiento económico.

Siguiendo entonces con este punto, vale decir que los trabajadores somos muchos, muchísimos más de lo que a veces consideramos. De hecho, muchos capitalistas son también trabajadores, en la medida en que desempeñan tareas en las mismas condiciones que cualquier otro trabajador, ganando a veces más, pero a veces menos (un gerente ejecutivo de una entidad financiera mediana, por ejemplo, eso que ahora está de moda llamar CEO, seguramente ganará mucho más con su salario que lo que gane un carpintero con la renta sobre el trabajo de uno o dos peones empleados en su taller).

Lo que debemos entonces precisar es a qué nos referimos con trabajadores, afirmando que la línea divisoria para establecer quién es trabajador y quién no, no está ubicada en el salario (muchos trabajadores trabajamos sin ser asalariados) ni en lo que hacemos (muchos capitalistas también trabajan): la línea divisoria está, precisamente, en lo que no hacemos. En efecto, trabajadores es una palabra que define por la negativa: somos trabajadores quienes no recibimos ingresos a través de la renta.

Esta definición no es antojadiza. Es la renta, y no el salario, la gran divisoria de aguas en el terreno económico. La renta es el lucro improductivo legitimado por el derecho de propiedad. Para ilustrarlo de otra manera: un ladrón es alguien que roba, no importa si además trabaja o no.

La propiedad no es un asunto económico, sino un asunto del derecho. Propiedad significa que alguien tiene el derecho de impedir el uso de algo a otra persona. El efecto de la propiedad en economía es la renta, que es lo que el rentista cobra por ceder temporalmente el usufructo de un bien a un tercero. El ejemplo más claro es el alquiler. Una persona es propietaria de dos casas: vive en una y alquila la otra. ¿Qué es lo que está haciendo en realidad? Le cobra a otro por cederle temporalmente el uso de algo que no necesita ni posee. En efecto, la propiedad no es lo mismo que la posesión. Nuestro propietario no puede justificar su ingreso si no es en virtud de que la sociedad y el Estado consagran su derecho a prohibirle a los demás el uso de un bien que no necesita ni posee.

En el caso de la vivienda se estaría, en principio, hablando de un bien de consumo, es decir, de un bien que está destinado a ser utilizado por alguien que lo posea con el único fin de atender su propia necesidad. En el caso de un local comercial, por ejemplo, se estaría hablando de un bien de capital, porque ese edificio será usado para fines productivos o comerciales, y no estrictamente para consumo. Pero desde el momento en que la función que tiene la segunda vivienda para el propietario es reproducir su riqueza acumulada, motivo por el cual alquila pero no vende, esa vivienda es convertida en capital. Este es uno de los aspectos característicos del capitalismo, y es que la producción económica se desliga de la acumulación de riqueza porque el capital es no solamente el cúmulo de recursos económicos destinados a la producción de bienes, sino cualquier bien que sea destinado a la obtención de renta. La renta, como factor constituyente del capital en una economía capitalista, es lo que nos permite pensar en la existencia de una clase social diferenciada, hegemónica y privilegiada, que son, precisamente, los capitalistas.

El conflicto propio del capitalismo en el terreno económico es el conflicto entre quienes lucran con la renta y quienes venden su fuerza de trabajo, es decir, entre capitalistas y trabajadores.

Es importante señalar que suele usarse una expresión por demás desacertada, que es la lucha entre “capital y trabajo”. Esta reducción, o, si se quiere, abstracción excesiva, confunde un asunto central: no hay, no podría haber, ningún conflicto con el capital que no sea su apropiación. Por fuera de la aberración capitalista, el capital es la parte de lo producido por el esfuerzo social que se destina a la producción de otros bienes, en vez de ser consumido de forma directa por la sociedad en su conjunto. La confrontación entre trabajadores y capitalistas es, en gran medida, una disputa por el capital, y solamente puede resolverse mediante la abolición de la propiedad.

Avanzando, entonces, sobre las características de una organización obrera, es importante señalar que toda organización implica una definición ideológica, aún cuando se pretenda que no. Cuando hablamos de organización obrera, es preciso identificar cuál es el carácter de esa organización. Por eso es que aquí yo me refiero a organizaciones obreras emancipativas, y no a cualquier clase de organización obrera.

Si se trata de una organización emancipativa, por más que el ámbito propio de la organización sea económico, el aglutinante no es solamente la posición específica que los individuos tengan dentro de la estructura económica de la sociedad (es decir, su condición de trabajadores) sino también la voluntad de emanciparse de esa condición que, como dije más arriba, implica la emancipación económica de la sociedad en conjunto. Importa no sólo la condición económica, sino también la posición subjetiva. De modo que ciertos trabajadores, cuya función esté directamente relacionada con la conservación de la estructura vigente, cuyos intereses estén por lo tanto enfrentados a la voluntad emancipativa de esa organización, no hallarán en ella nada útil, y viceversa.

Una organización obrera de carácter emancipativo es la expresión del vínculo asociativo de los trabajadores con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida en el plano económico al punto tal de promover la ruptura de los lazos sociales vigentes en virtud de la creación de otra forma de organizar la economía, capaz de abolir el régimen diferencial que instituye la desigualdad actual. En otras palabras, una organización obrera emancipativa habrá de aspirar aspirar, en última instancia, a la abolición del trabajo, esto es, a la abolición de la propiedad.

La identidad o la revolución

La diferencia entre trabajadores y capitalistas puede dar lugar a distintas formas de atender el conflicto. Por más que se intenten diversos mecanismos para conciliar las partes, el conflicto permanece y permanecerá en la medida en que la desigualdad subsista y haya algo del cuerpo social que afirme la igualdad como principio. La apropiación privada del capital y el acceso consecuente a la renta que divide a la sociedad en clases, es condición suficiente para afirmar, desde una subjetividad igualitaria, que la desigualdad subsiste, que la sociedad es injusta. De modo que la abolición de la propiedad sigue siendo el núcleo fundamental de un pensamiento económico emancipativo contemporáneo.

En rigor, que alguien reciba una renta no significa que no trabaje. Como dije más arriba, los capitalistas normalmente también trabajan, aunque su tarea esté centrada en la pura reproducción de su capital. Incluso es significativo señalar que muchas veces los capitalistas resuelven con su trabajo aspectos centrales de la gestión económica de las empresas, lo cuál es parte de las dificultades que se presentan cuando los trabajadores se apropian colectivamente de una empresa y deciden ponerla a funcionar. Hay mucha experiencia en este aspecto a partir de las mal llamadas “fábricas recuperadas”, y es una cuestión pendiente evaluar en profundidad el saldo económico real de aquél proceso.

Pero lo que está en juego aquí es que el grueso del ingreso que reciben los capitalistas, es decir, la cuota parte de la riqueza social de la que se apropian, proviene de una apropiación anterior, y no del trabajo realizado. En otras palabras, no es lo mismo hacer dinero trabajando, que hacer dinero mientras se trabaja. Siempre recuerdo aquél gallego que trabajaba de clarquista en una fábrica en los 90 (Grafa) y ahorraba invirtiendo en propiedades. Llevaba una vida austera, trabajaba rigurosamente, cubría horas extras y lo había hecho así durante décadas. En cuanto pudo comprar una propiedad, la rentó, y así fue acumulando un capital a costa de sacrificar su vida en función del ahorro. Lo que quiero ilustrar con esta anécdota, es que capitalista y trabajador son nombres de funciones sociales, no de individuos. En este caso, este individuo cumplía las dos funciones al mismo tiempo. Y es útil este ejemplo porque no se trata del empresario que trabaja, sino del trabajador que se capitaliza.

Es precisamente por eso que se utiliza a veces la expresión “capital y trabajo” para nombrar el conflicto sin personalizarlo. Pero, insisto, esa expresión lleva a confusión.

Desde el punto de vista del conflicto entre capitalistas y trabajadores, lo que marca la frontera, como decía más arriba, es lo que no se hace. Una persona que vive de rentas, por más que trabaje, no es un trabajador. Y es importante señalar que la renta se recibe, al menos, de tres maneras: haciendo “rendir” el capital en el mercado financiero (invirtiendo en acciones o negocios que permiten cobrar interés), alquilando propiedades, o empleando trabajadores. En los tres casos el ingreso proviene del trabajo ajeno.

Los trabajadores, entonces, no pudiendo hacer valer su capital, simplemente venden su fuerza de trabajo, vendemos nuestra capacidad física, emocional e intelectual para desempeñar las tareas necesarias para producir bienes. Esta condición no es, por supuesto, inherente al ser, sino que es condición de nuestra existencia. No hemos venido al mundo para ser trabajadores, sino que somos trabajadores porque no nos queda otra. En general, cuando queda otra, se usa esa otra. Quiero decir que es ambición extendida de muchos trabajadores dejar de serlo en cuanto puedan, montar un taller o comprar un quiosco, o invertir en propiedades, como el gallego clarquista. El esfuerzo invertido durante años, pensado como un sacrificio, se presume condición suficiente para legitimar la metamorfosis, se toma por argumento válido para comenzar una época nueva en la que la renta permita menguar el esfuerzo, en la que otro pague por su beneficio como él pagó durante tantos años el beneficio del patrón.

De aquí se vuelve evidente que la cuestión no se zanja en lo más mínimo. Ese trabajador devenido en rentista ha cambiado su suerte a costa de la suerte de otro, de manera que siempre habrá otro para la suerte de cada cuál. Esto, lejos de resolver el conflicto entre trabajadores y capitalistas, lo perpetúa, lo vuelve eterno, lo afianza más que cualquier otro mecanismo que podamos imaginar. La victoria de los capitalistas comienza en las añoranzas del obrero.

Pero, ¿qué es lo que hace el obrero, en nombre del sacrificio dedicado durante años de su vida, cuando consigue convertirse en rentista? Actúa desde su padecimiento, como si haber sufrido fuera un mérito y no una injusticia, como si una injusticia sumada a otra injusticia fuera algo distinto a dos injusticias. Y por eso señalaba, más arriba, que la justicia no es una compensación.

Cuando pensamos más allá del caso individual, se ve más claramente que actuar desde el padecimiento es sinónimo de actuar desde la identidad. Habitando una sociedad que nos impone ciertas condiciones, asumimos esas condiciones como rasgo distintivo, y salimos honrosamente y a la vez avergonzados a decirle al mundo que somos trabajadores. Asumir la identidad de trabajadores no es lo mismo que reconocer nuestra condición de trabajadores. Asumir esa identidad confluye en construir espacios de reivindicación de clase, y no espacios de lucha por la abolición de las clases. Los discursos reivindicativos de una clase no son otra cosa que la reafirmación conservadora de las condiciones de vida en una sociedad desigual.

Por el contrario, la única manera de combatir la desigualdad de una sociedad en la que algunos viven del trabajo propio y otros del trabajo ajeno, es aboliendo el trabajo, aboliendo las clases, eliminando ese andamiaje económico apuntalado en una desigualdad en la producción y una desigualdad en el consumo.

Aquí es donde arribamos a la necesidad de una transformación radical de la sociedad, cuyo nombre es revolución, como la única vía de resolución del conflicto entre trabajadores y capitalistas. Las luchas reivindicativas, por más legítimas que sean en tanto paliativos de la precarización o atenuantes de la injusticia material de la sociedad actual, no harán por sí mismas otra cosa que fijar como destino social las condiciones injustas de nuestro sistema económico.

Las organizaciones que, pretendiendo no estar afectadas por “ideologías”, interpelan a los trabajadores ofreciéndoles representación en defensa de sus intereses, convocan a negociaciones para mejorar el salario, llaman a conflictos con el único fin de obtener alguna reivindicación sindical sin poner jamás en cuestión la estructura económica de la sociedad, son organizaciones de carácter reactivo, nos guste o no. No solamente no están ajenas a identificaciones ideológicas, sino que su identificación, jamás asumida, es la conservación de la desigualdad económica. Cuando no se trata de meras estratagemas corporativas, o de negociados personales y corruptelas políticas, aún cuando el discurso sea sincero, lo que se busca es compensar la desigualdad, nunca erradicarla. Se promueve la ilusión de que existe la justicia en el pago del salario, en la retribución laboral y en la renta. Se promueve la ilusión, incluso, del ascenso social a base de mejoras fugaces y de ahorro. Lo máximo que un trabajador puede aspirar en esta clase de organizaciones es a mejorar su salario[8]Cabe señalar que una conquista salarial en un sistema capitalista solamente es efectiva en la medida en que las mismas reivindicaciones de otros gremios fracasen. El “salario real” es la capacidad de compra de un trabajador, y por lo tanto depende del costo de vida, basado a su vez en el precio de las mercancías producidas. El capitalista asume el salario como un costo que traslada prontamente a precios. Si suben todos los salarios, suben todos los precios. ¿Qué clase de estructura política sería capaz de obligar a los capitalistas a obrar de otro modo y mejorar al mismo tiempo la capacidad de consumo, sin modificar el sistema económico? ¿Qué es el aumento salarial, sino una mejora en la capacidad de consumo? y conquistar por fin, alguna vez, su preciado anhelo de cambiarse de bando, de vivir del trabajo ajeno con la renta que logre obtener de la capitalización de su padecimiento.

De modo que una organización obrera emancipativa no puede construirse sobre un discurso clasista, esto es, sobre un discurso identitario y reivindicativo, estructurado en torno al padecimiento específico de los trabajadores. Este padecimiento interviene en la organización, en su caracterización como organización económica, pero no es condición suficiente para definir su objetivo ni para establecer sus principios aglutinantes, ni para construir sus acciones, tácticas o estrategias.

Este es un asunto importante, toda vez que es el punto en el que se confunde muy a menudo, como contraparte, una organización obrera emancipativa con una organización política o especificista, es decir, con una organización cuyo aglutinante sea la confluencia ideológica profunda, como podría ser un grupo político[9]Especificismo, o a veces especifismo, es el nombre que se le dio históricamente a los grupos que, en el amplio seno de las organizaciones anarquistas, se organizaban en función de su afinidad ideológica y no en función de su condición social o económica, como las organizaciones obreras.. La confusión proviene principalmente de los hábitos institucionalistas que existen a la hora de pensar en las organizaciones. No toda organización es una institución, definida a priori y de carácter permanente. No es lo mismo pensar la organización como un recipiente que habrá de ser llenado con miembros y adherentes, que pensarla como el resultado de la asociación de los miembros que la constituyen, en consonancia con los trazos históricos que resultan de los miembros que la han constituido. Una organización expresa la dimensión colectiva de la experiencia humana, y esa dimensión no necesariamente habrá de ser pensada como una institución.

Por otra parte, la visión clásica que identifica la economía con la política, o que las vincula de forma determinante (aquella idea de que la economía es la “determinante en última instancia” de la “superestructura social”) suele confundir a tal punto los ámbitos de acción que no se advierten las diferencias necesarias entre los distintos tipos de organizaciones.

De modo que una organización obrera emancipativa, no es una organización de revolucionarios que consideran importante, o aún fundamental, la cuestión obrera. Es una organización de trabajadores que considera fundamental la emancipación económica. El aglutinante no es una identidad, sino una condición interpelada por una posición subjetiva.

En algún punto, esta confusión es lógica. Una organización emancipativa no puede ser del todo legible por la sociedad que habita. Algo siempre ha de quedar haciendo ruido. Sin embargo, debemos esforzarnos en conjurar esta clase de errores en virtud de la necesaria autonomía de las organizaciones y de la necesaria articulación entre ellas, cuando comparten el mismo carácter.

Una organización obrera emancipativa habrá de partir de una necesidad real y existente, esto es, la lucha por las mejoras de las condiciones de vida de los trabajadores (incluyendo por supuesto las mejoras salariales), sin convertirse en una organización puramente reivindicativa, determinada por intereses constituidos. Por otra parte, habrá de admitir a cualquier trabajador con voluntad emancipativa, sin convertirse en una organización especificista. Habrá de tener por objetivo la emancipación económica de la sociedad, sin pretender erguirse como sujeto revolucionario de espaldas al conjunto de la población. Habrá, por fin, de darse mecanismos internos consecuentes con el principio de igualdad, afianzando su carácter emancipativo en la consecuencia de principios, medios y fines, sin convertirse en una organización política.

Organizar la economía

Lo que vengo planteando implica un cambio en la estructura económica de la sociedad, esto es, una nueva manera de organizar la economía que sea consecuente con el principio de igualdad. Es un desafío arduo que no podemos evadir sino a costa de nuestro propio destino. ¿Quién habrá de cuestionar los intereses creados sino aquellos que somos afectados en nuestros propios intereses? La revolución no es asunto de héroes ni de santos. Sin embargo, hablar de economía es hablar de intereses, pero es, a la vez, hablar de justicia.

La justicia es, por definición, desinteresada. La búsqueda de una nueva organización económica, si no está motorizada por la justicia, no logrará más que dar vuelta la tortilla o transformar los factores que determinan la injusticia actual, la desigualdad, en factores apenas distintos. De esa manera, reproduciría el conflicto que intentamos resolver, toda vez que la cuestión económica no es una cuestión particular o individual: la dimensión social de la economía hace que no importe quién sea el trabajador y quién el capitalista; la cuestión es la injusticia del capitalismo porque es injusta cualquier sociedad dividida en clases.

Al hablar de justicia se implica una verdad, y cuando hablamos de principios hablamos de un sujeto. Lo que se está poniendo en juego es la idea de una verdad que es afirmada por un sujeto y según la cual se establece un criterio de justicia, es decir, un criterio de adecuación de los fenómenos sociales respecto de la verdad afirmada por ese sujeto. Una vez más, nos vemos en la necesidad de replantear algunos basamentos clásicos sobre los que hemos estado construyendo en los últimos 100 o 150 años.

En la versión clásica, el sujeto de la transformación social, el sujeto revolucionario, se presumía constituido en la sociedad actual, se presumía como efecto o producto de las injusticias del mundo. La idea de que la revolución estaría protagonizada por los desposeídos se vinculaba con una visión objetiva del conflicto económico, es decir, con una consecuencia necesaria de las contradicciones de intereses en la sociedad actual.

Por el contrario, lo que afirmo aquí es que la revolución implica un factor determinante que es una posición singular ante el conflicto, una posición que no está determinada por las condiciones sociales, sino por los principios de los que se parte, las ideas de justicia y verdad que sean sostenidas por el cuerpo social que promueva la transformación. En otras palabras, el sujeto revolucionario es aquél que hace la revolución, y no aquél que debería hacerla.

Para que los desposeídos dejen de ser víctimas y se conviertan en revolucionarios, es preciso que exista una construcción ideológica más que una condicionante material. Como propuse más arriba, la condición de trabajador no dice nada acerca de nuestro anhelo o acerca de la posición que los trabajadores asumimos ante la sociedad, ante la necesidad y posibilidad del cambio social, o ante la autodeterminación frente a la organización de una sociedad nueva.

La Primera Internacional había dicho ya que la emancipación de los trabajadores sería obra de los trabajadores mismos. Y hay que agregar que la emancipación está relacionada con la ruptura de los lazos vigentes; la revolución agrega, sobre el proceso emancipativo, la prescripción de una nueva forma de establecer esos lazos. Esto significa que los trabajadores, si queremos cambiar la sociedad, debemos asumir el desafío de concebir formas eficientes de organizar la economía que sean consecuentes con el principio de igualdad, o que cuanto menos sean capaces de abolir las injusticias de este mundo. O lo hacemos nosotros, o lo hacen los otros, pero toda sociedad depende de una específica organización económica. Ya conocemos el resultado de no ser nosotros quienes tomemos las riendas, pero también sabemos que trabajadores es una función, y no una identidad. El nosotros que acepte el desafío de la emancipación económica no puede plantear una nueva estratificación social sino a cambio de convertir la emancipación en un cambio de bando. Pero a la vez debe prescribir algo en relación a esa nueva estratificación.

Como respuesta a esta cuestión, se ha ensayado la idea de que las organizaciones obreras deberán gestionar la economía de la futura sociedad. Este enfoque en realidad es una trampa, voluntaria o involuntaria, en la medida en que confunde la organización social futura con la organización obrera actual, y acaba promoviendo la creación de un nuevo andamiaje social de carácter institucional que cumpla la función actual del Estado. Sea una organización sindical, una federación obrera o un partido político, quien pretenda tomar las riendas en sí de la gestión de la futura sociedad no puede evitar caer en la trampa de repetir la historia como el Gatopardo, cambiando algo para que nada cambie.

Por el contrario, hay que insistir de forma radical y sistemática en la afirmación de que las revoluciones no las hacen las organizaciones sino los pueblos, con todas las contradicciones y dificultades que implican estos procesos nunca homogéneos ni predeterminables. Esto implica que la lucha actual es en primera instancia una lucha ideológica en la que resulta imprescindible plantear las cuestiones económicas que están en juego y las formas organizativas para dar esta pelea en los dos terrenos: la resistencia y la transformación.

Organizar la economía no puede ser tarea de iluminados o sabios vanguardistas. Sólo cabe el desafío y el riesgo de abordar procesos complejos de construcción colectiva, apelando a la experiencia social acumulada, y a los saberes organizados por la academia. Pero estos saberes habrán de ser interpelados, atravesados por la función que deben cumplir en la consecuencia de los principios emancipativos. No pueden constituirse en determinantes del camino a seguir, según las prerrogativas propias de la autorización técnica. Esta es una de las principales tareas de una organización económica emancipativa: producir y ensayar nuevos dispositivos destinados a atender la cuestión económica a partir del principio de igualdad sin pretender tomar las riendas de un futuro imprevisible.

La organización de la economía no puede implicar una utopía, la creación de un modelo, la creación de una cajita de herramientas lista para usar cuando llegue el momento, sino un proceso activo y contemporáneo destinado a cambiar las condiciones actuales, aquí y ahora.

Esto nos trae nuevamente a la cuestión de los principios y el sujeto: hablamos de una construcción consecuente con los principios, y no de la “puesta en práctica” de un modelo teórico. No se trata de montar una prefabricada, sino de crear prácticas, espacios, proyectos, acciones específicas de carácter colectivo destinadas a la atención activa y autónoma de los asuntos económicos, con todas las probabilidades que esto implica de tener que cambiar de rumbo cuando el fracaso lo indique.

Por eso organizar la economía no significa gestionar la vida de los pueblos. Ninguna organización puede pretender gestionar la vida de los pueblos sino a costa de convertirse en un nuevo dispositivo estatal. Y el problema de convertirse en tal dispositivo es que en sí mismo es contrario al principio de igualdad. El Estado no es un monstruo, ni tampoco el acceso al poder es un pecado de un moralismo antagonista: ocurre que el Estado no sirve para ninguna construcción igualitaria. El Estado es en sí mismo un dispositivo destinado a la conservación del actual estado de cosas. En sus aspectos institucional, político, económico y simbólico-social, el Estado resguarda, preserva la estratificación social gestionando los intereses creados por esa misma estratificación, de forma tal que una gestión u otra podrá modificar sensiblemente la experiencia social al interior de la estructura de clases, pero jamás podrá eliminar la desigualdad instituida por esa estructura.

De modo que organizar la economía significa avanzar en la elaboración de mecanismos y prescripciones formales, incluso teóricas, destinadas a desarrollar una economía distinta de forma actual y, muy precisamente, de forma directa.

Aquí es donde la idea matriz de la emancipación de los pueblos, la acción directa, vuelve a aparecer como un protagonista permanente. La acción directa es, vale repetirlo una y mil veces, la afirmación emancipativa de la Primera Internacional cuando dice que el sujeto de la emancipación es el emancipado. Aquí es donde se pone en juego la definición subjetiva de forma determinante. La acción directa vincula al sujeto con el objeto de la acción sin intermediarios, esto es, sin representantes, pero también sin dilaciones. La acción debe dirigirse a resolver los asuntos que hay que resolver, tomando siempre el toro por las astas.

Si la cuestión económica, consustancial con cualquier forma de asociación humana, es un asunto a resolver, pues entonces habrá que establecer las nuevas condiciones para una otra economía, desarrollando sus principios, sus medios y sus fines, experimentando en la construcción actual de nuevas condiciones, nunca susceptibles de la depuración teórica, siempre expuestas a la situación en que deban prosperar, siempre tensionando el mundo que habitan para descomponer los lazos que lo organizan, siempre en función de la invención de un mundo nuevo, un mundo que luego haya que volver a cambiar en virtud de los mismos principios, pero por otros motivos.

Resistir transformando

Organizar la economía es una de las tareas de una organización económica de carácter emancipativo, es decir, el tipo de organización que tenga por objetivo combatir las injusticias actuales y no gestionarlas. Pero, a su vez, es una tarea que no puede ser asumida sino como tensor hacia la transformación revolucionaria de la sociedad.

Hablo de tensión y no de un camino recto, porque la revolución ha de tener herramientas, ideas y construcciones, pero jamás un modelo predeterminado. De modo que cabe decir que la función de una organización económica de carácter emancipativo es resistir y transformar, atenuar, morigerar y contener las injusticias del mundo económico actual, y al mismo tiempo crear las condiciones de un nuevo mundo económico.

Este doble aspecto requiere de un esfuerzo importante que consiste básicamente en crear espacios de investigación y de acción concreta donde se avance hacia mecanismos eficaces a nivel económico partiendo de la igualdad como principio y, en simultáneo, librar la batalla por mejoras en las condiciones de trabajo.

En realidad, cuando se enfoca la cuestión desde una perspectiva amplia, sea advierte que ambos aspectos son dos caras de una misma moneda. Si lo que está en juego es mejorar las condiciones de trabajo, lo que está en juego es mejorar las condiciones de vida de la población en relación a la economía. Y la única manera efectiva de lograrlo sin tener que pelear la misma conquista cada vez, como el condenado de Sísifo, es transformando la estructura económica actual al punto de abolir el trabajo. De manera que la búsqueda de cualquier experiencia disruptiva en el aspecto económico tendrá que ser, precisamente, mejorar las condiciones de la labor económica que actualmente se estructuran en relación al empleo de la fuerza productiva de la sociedad en su conjunto, pero en beneficio de una clase social privilegiada.

Acostumbrados a resistir, los trabajadores debemos asumir la responsabilidad de cambiar las reglas del juego. No es que debamos dejar de resistir, entregarnos al capitalismo con resignación, sino tomar la iniciativa, generar una inversión de las condiciones que lleve a que sean los defensores del actual régimen económico quienes resistan a la transformación, y lograr por fin que esa resistencia no prospere. Si, en cambio, nos identificamos con la resistencia, si decidimos conservar nuestra posición victimizada frente a la injusticia, habremos de conformarnos con un gremialismo que tenga por todo futuro la eterna morigeración de la injusticia (en el mejor de los casos).

La resistencia es una necesidad, no una decisión. Es consecuencia de una posición victimizada, de un padecimiento, y no de una subjetividad proactiva. Es una supervivencia. El objetivo de toda resistencia es siempre la conservación.

De modo que la resistencia ante la avanzada de los capitalistas en la generación de más y mejores recursos de control social para aumentar cada vez más el nivel de acumulación de riqueza en sus manos, es una posición que nos pone en condición conservadora. Tenemos dos opciones: o nos identificamos con la condición impuesta por la desigualdad, o nos identificamos con las consecuencias proactivas del principio de igualdad. Si tomamos el primer camino, estamos convalidando de hecho la injusticia de la que nos estamos defendiendo, y nos convertimos en partícipes necesarios de la desigualdad que denunciamos. Si, en cambio, nos identificamos con la singularidad de nuestra mirada sobre el mundo, si nos identificamos con una posición disruptiva frente a la estructura económica de la sociedad, podemos concebir una conflictividad destinada a cambiar las condiciones que estamos denunciando, a combatir la injusticia de la que nos estamos defendiendo, y podemos enfocarnos en resolver nuestros problemas sin reclamar autoridades. Cuando la víctima se asume como tal, empodera en la denuncia al victimario, se asume impotente y reclama la protección de una tutela que afianzará inevitablemente la subordinación de su persona (individual o colectiva) frente a otra, una desigualdad que se instituye de manera reivindicativa.

Una posición consecuente con el principio de igualdad imprime el sello de la acción directa, esto es, la desvictimización del sometido en el acto de un cambio de posición subjetiva. Por lo tanto, la resistencia, que es necesaria y que es condición de la sociedad actual, no puede ser nunca el núcleo de acción ni de definición de una subjetividad emancipativa, sino que debe estar contenida dentro de la acción transformadora, no como aspecto contradictorio, sino como sendero paralelo e inevitable.

En términos económicos esta diferencia en la posición subjetiva, se traduce en la exploración de un terreno económico autónomo, tan autónomo como pueda ser en el seno de un sistema económico dado. Me refiero a que la acción directa no puede reducirse a ser una guía para la confrontación con la patronal, sino que es un modelo para la interpelación de los asuntos que hay que resolver. Y el primer asunto de la economía es el consumo.

Necesitamos consumir bienes. Es a partir de la necesidad de consumo que pensamos en la producción: ¿Cómo conseguimos los bienes que necesitamos? De modo que la acción directa implica que atendamos nuestras necesidades de consumo aquí y ahora, al mismo tiempo que atendemos nuestras situaciones laborales, es decir, productivas.

Mejorar nuestra situación económica no se reduce a combatir contra la patronal en defensa del salario y de las otras reivindicaciones laborales, sino que implica también la creación de espacios y de mecanismos que activamente den respuesta a las necesidades de consumo y a la mejora en las condiciones de producción.

Si observamos las alternativas actuales a las condiciones clásicas del empleo industrial, encontramos una miríada de combinaciones, más o menos parecidas. Dese el trabajo “free lance”, característico de labores vinculadas a los servicios con cierto grado de especialización, hasta las fábricas sin patrón, donde la patronal se diluye en la nube del mercado y la cogestión política o estatal, pasando por las distintas formas de precarización laboral a través de contratos fraudulentos (monotributo) y la condición de trabajador “autónomo” (eufemismo por demás significativo) podemos advertir que cuando hablamos de crear espacios destinados a la exploración de un terreno económico autónomo, destinado a resolver, o cuanto menos atender, de forma directa las necesidades de consumo y producción, no nos estamos refiriendo a la búsqueda de alternativas existentes, sino a la invención de nuevas condiciones.

Precisamente por eso hablo de exploración, porque se trata de investigar, en el mismo acto de resolver nuestros asuntos, las formas en la que se pueda encaminar estos asuntos hacia una resolución consistente en términos colectivos.

Tenemos a favor y en nuestras manos, las bases del principio federativo como carácter formal de las organizaciones emancipativas, como concepto capaz de conciliar la autonomía con la comunión. Tenemos a favor, y en nuestras manos, la acumulación de la experiencia social en los más diversos oficios productivos, administrativos, contables o legales. Tenemos en nuestras manos las ideas de igualdad y de justicia. Estos factores dibujan la línea de largada: todo lo demás está por verse.

Articulación

Las condiciones de vida de los trabajadores nunca se redujeron a la conflictividad estrictamente laboral, esto es, a las cuestiones estrictamente vinculadas con las horas de trabajo, las condiciones de seguridad e higiene, el salario, etc. El impacto de la devastación ecológica, las malas condiciones alimentarias producidas por una agricultura irresponsable, la violencia social, los conflictos de género, etc., afectan de forma directa la vida de los trabajadores.

Somos los trabajadores quienes habitamos las poblaciones fumigadas por agrotóxicos, quienes no accedemos a los costosos alimentos producidos en condiciones adecuadas para el consumo cotidiano, quienes debemos enfrentar el acoso sexual en los lugares de trabajo, la discriminación de género volcada en la remuneración desigual por la misma tarea, etc. Una organización de trabajadores debe atender los distintos conflictos que son propios de la clase obrera en el contexto social que habita sin reproducir en su interior la fragmentación identitaria ni el régimen de las desigualdades que se instala en el seno de la sociedad actual. No obstante, el foco de acción, la tarea que le es propia, es interpelar todos estos aspectos de la vida social desde una perspectiva específicamente económica, sin olvidar por esto el hecho de que no todas las condiciones de vida de los trabajadores tienen origen, o causa suficiente, en la cuestión económica.

Ninguna organización puede atender exhaustivamente todos los distintos aspectos de la conflictividad social. En todo caso, esa organización se llamaría sociedad. La diferenciación de las distintas características de las organizaciones de distinto tipo es fundamental a la hora de confluir en la lucha social sin que un eje de conflictividad desplace a los demás. Esa diferenciación es la que permite que la más elemental solidaridad, aquella que históricamente caracteriza al federalismo, prospere entre las organizaciones de carácter emancipativo.

La única manera de vincular de forma efectiva los distintos ejes de conflicto es identificar y distinguir muy claramente las distintas tareas de cada organización, los distintos ámbitos en los que su acción se despliega. Sin diferencia no puede haber conjunción.

El principio federativo se basa en la vinculación solidaria de organizaciones estrictamente autónomas, y esto es válido tanto para las organizaciones económicas en su interior, para la construcción de federaciones a nivel local, zonal, regional o mundial, o para la interacción entre organizaciones de un mismo carácter y de distinto tipo. El federalismo es un principio de carácter formal, y su potencia consiste en concebir la igualdad sin pretender arruinar la diferencia.

Este no es un aspecto menor. Actualmente habitamos un mundo signado por la saturación del pensamiento posmoderno, y ese pensamiento, reaccionando contra las totalizaciones, acabó conformando una idea de multiplicidad basada en la multiplicidad de identidades, y una idea de igualdad confundida con la totalización y el imperio de la unidad.

La saturación del pensamiento posmoderno tiene un doble sentido: por un lado, el pensamiento posmoderno ha llegado a un límite, a un agotamiento; por el otro, el cuerpo social está embebido en ese pensamiento como una esponja empapada, o como una solución saturada al punto en que ya no queda sitio para nada más.

Hay que ver, más allá de las metáforas, que la estructura de sentidos de una época deja siempre agujeros suficientes como para comenzar a construir otros discursos, otras ideas que tengan la potencia de enfrentar esa saturación. Las ideas que den cuerpo a una subjetividad emancipativa en cada época son, por definición, ajenas al conjunto de ideas espontáneas que emergen del cuerpo social, colección ineficaz pero constatable que podemos llamar sentido común.

El sentido común no es determinable, no hay modo de completar una serie que lo describa, ni de componer un sistema que lo exprese o lo contenga: el sentido común nunca es del todo sistemático. Por eso es que aquí no me refiero al pensamiento posmoderno de la academia, con mayor o menor intención sistemática, sino de una condición de época, una serie indeterminable de ideas que condicionan las experiencias contemporáneas. De modo que me estoy refiriendo a ciertos “observables”, ciertas posiciones que aparecen de forma reiterada, ciertas maneras que se repiten de forma medianamente general para responder ante situaciones o estímulos. Quienes estamos en relación con espacios destinados a la transformación del mundo actual, o a las mil maneras de la resistencia, podemos constatar esta repetición más o menos fácilmente.

Es notorio, por ejemplo, que existe un individualismo muy característico de la sociedad contemporánea, individualismo capaz de romper incluso barreras morales sólidas y hacerse lugar sin mediar conciencia. Me refiero a cierta forma de responder ante ciertos estímulos, formas que se advierten confluyentes en una visión particular de humanidad: el individuo como relato completo de la existencia humana, disociado de otros individuos en virtud de la ausencia de un sentido trascendente (el “sinsentido” de la vida), individuo que tiene, como máxima aspiración posible, el goce de su cuerpo en el mundo “como es”. Una contraparte de esta visión, sustancialmente idéntica, es una concepción de la salud y de la naturaleza que salvan la angustia de ese sinsentido.

En este constructo habitan las nociones de justicia vinculada al derecho, la autonomía como patrón moral, la identidad como derecho primordial y la vida como principio.

Lo que intento plantear es la importancia que tiene observar que existe una dato de época que se manifiesta en la manera en la que las personas nos relacionamos con la idea de organización, y en la manera en que abordamos la cuestión social, si es que lo hacemos. Y uno de los problemas más importantes que tenemos es que las únicas reacciones más o menos extendidas a esta saturación implican un retroceso hacia formas anteriores de concebir la organización, que no en vano han sido subvertidas por la posmodernidad.

Desde los años 90 (siendo esquemático) los ejes organizadores de la cuestión social comenzaron a componerse según una visión identitaria, según la cual las ideas universalistas de los siglos XVIII y XIX, ya en decadencia desde décadas anteriores, cedieron ante la composición de nuevos principios y nuevos objetivos, de nuevas maneras de organizarse las personas según una conflictividad identificada con la excepción, con la diferencia, con la singularidad de cada experiencia de vida. Todo discurso universalista que pretendiera pensar la humanidad más allá de su determinación biológica, de la identificación con el dolor o con el goce, o de la concepción general de los “derechos humanos”, es mayoritariamente rechazada como arbitraria, hegemónica o autoritaria.

Cuando me refiero a la saturación del pensamiento posmoderno, entonces, apunto a cuestionar la forma en la que, guiados por el sentido común, abordamos, en un sentido amplio, la cuestión de la organización actualmente. Cuando no la evadimos abiertamente, la concebimos de una forma que bien puede condensarse en la palabra identidad, o retrocedemos veinte casilleros y recuperamos de la modernidad una idea de imposición totalitaria e igualizante. En definitiva, nos balanceamos en un péndulo que va de la verdad como factor objetivo, a la verdad como la pura ausencia de cualquier concepto universal.

Lo que se juega actualmente es la contradicción entre el principio igualitario y el principio identitario, en el marco de una concepción general de la verdad y la justicia. O nos organizamos en virtud de la igualdad (partiendo de ella axiomáticamente) o nos organizamos en virtud de la identidad. Este antagonismo es, en rigor, el más importante de todos las que podamos observar en las ideas actuales, y acarrean las consecuencias que intenté bocetar más arriba.

Hoy por hoy es fácil observar que los aglutinantes para la organización son las identidades que emergen del actual estado de cosas: los trabajadores (en sentido clasista), los homosexuales, los pueblos originarios, los ecologistas, etc. En definitiva, en cada caso, el punto de partida no es la afirmación de una verdad de carácter subjetivo, sino una de dos: o el resultado del actual estado de cosas, como una suerte de naturalización de los intereses constituidos, o la idea estéril de que “cada quién tiene su verdad” y debemos respetarlas todas, porque la identidad es sagrada en virtud del respeto por las diferencias. Lo máximo que podemos esperar de tales modelos es una suerte de rebelión a partir de un padecimiento o una denuncia.

Por eso es que tenemos una miríada de organizaciones normalmente desconectadas una de otras como expresión no tanto de una fragmentación, sino más bien de una desvinculación de núcleos de conflicto. Y esto es resultado inevitable de toda construcción identitaria. Por el contrario, una construcción igualitaria requiere que los distintos núcleos de conflicto se vinculen entre sí de forma solidaria y autónoma, a partir de ideas fundantes atadas a una verdad por principios: somos iguales.

Como se ha dicho, y como hay que seguir diciendo, las revoluciones las hacen los pueblos, no las organizaciones. Las organizaciones, por el contrario, han de promover una subjetividad emancipativa en la población consecuente con su propio carácter. Pensar la población no significa pensarla desorganizada: la organización es la herramienta que tienen los pueblos para atender sus asuntos, incluso los relativos a los cambios radicales, a las transformaciones profundas que impliquen procesos emancipativos.

De modo que la posibilidad de acción real que tienen las organizaciones no es confluir en un espacio común, o dejarse gobernar por estamentos centralizados a la usanza de las conducciones partidarias de las políticas marxistas o corporativas, sino articular sus actividades, sus conflictos, la atención recíproca de sus necesidades, etc., según las dinámicas federativas destinadas a garantizar un enlace solidario, garante como tal de la autonomía de las organizaciones. El desafío no es, insisto, confluir en un espacio común, sino inventar lo común en cada espacio. Por eso es imprescindible una vinculación solidaria y permanente de todas las organizaciones que partan del principio igualitario y tengan como horizonte la revolución social.

El principio federativo es fiel al principio de igualdad, es capaz de relacionar de forma coordinada a las organizaciones entre sí, sin establecer mecanismos de gobierno. La articulación entre organizaciones diferentes, según este principio, permite potenciar cada lucha sin interrumpir o entorpecer las demás, afianzar el carácter emancipativo de las organizaciones sin imponer identidades, sin obligar a cada quien a dejar de ser lo que es para poder enlazar los mecanismos y los propósitos.

De ahí que es preciso que cada organización se construya según su específico núcleo de conflicto, atendiendo por lo tanto las necesidades y condiciones que le sean propias, y articulando con las otras organizaciones que, dispuestas ante núcleos de conflicto diferentes, compartan el carácter emancipativo consecuente con el principio de igualdad.

No se trata de repetir las formas clásicas de frentes, tendencias, o confluencias programáticas, sino de enlazarse las organizaciones entre sí en virtud de un cuerpo de ideas en permanente desarrollo, y acciones eficientes de carácter solidario.

Todas las organizaciones emancipativas pueden abordar el doble desafío de la situación actual.

Por una parte, consolidar, desarrollar, investigar, promover ideas emancipativas en cada uno de los ámbitos de acción. Desarrollar a su interior prácticas y modos de relación igualitarios. Abstenerse de exigir a las demás organizaciones que consideren primordial el asunto que las convoca, y asumir la necesaria comunión de todas las luchas en la concepción de una revolución social. Mantener permanentes intercambios y acciones concretas de apoyo mutuo sin obligar identificaciones contrarias al principio igualitario.

Por otra parte, accionar de manera efectiva en los asuntos propios, dar las peleas que haya que dar para que cada una de las desigualdades del mundo cedan ante las presiones de un espíritu emancipativo eficaz.

En nuestro caso, las organizaciones económicas emancipativas, imprescindibles para combatir las condiciones de un mundo injusto, tendrán el desafío de actualizar la máxima premisa que los trabajadores supimos componer: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, o no será. Y al mismo tiempo, bregar por la inexistencia de sí mismas en virtud de una transformación radical del mundo económico según un estricto criterio de justicia. Somos iguales, razón por la cual es imprescindible abolir al renta en la investigación activa de nuevos modos de atender la producción, distribución y consumo de bienes.

hernún, octubre de 2013,
con correcciones de abril y junio de 2017.

References   [ + ]

1. Me gusta ejemplificar este asunto con un ejemplo emblemático: la refrigeración doméstica (las heladeras) es algo muy nuevo. Las primeras heladeras domésticas datan de mitad del siglo XX, aproximadamente. Antes de su aparición, a nadie se le podría ocurrir que una heladera fuera una necesidad. Actualmente, una familia que no pueda acceder a una heladera bien podría ser considerada una familia pobre.
2. Insisto con las heladeras: relacionar la imposibilidad de tener una heladera con la pobreza es propio de una sociedad que tiene la capacidad de producir heladeras suficientes.
3. Me refiero aquí al corporativismo progresista, por ser el más cercano a nuestra experiencia social. Aunque a mucha gente le resulte exagerado, los populismos progresistas son herederos directos de eso que nombramos muy genéricamente como fascismo.
4. Esta es también una discusión compleja que lleva a cuestionar qué es eso que llamamos materialidad, lo cual podría implicar relecturas productivas de Bakunin, entre otros.
5. Es perfectamente aceptable nombrar salario a la parte de la riqueza social destinada a pagar el trabajo, para diferenciarlo de la ganancia o la renta. En este esquema, trabajo y salario se vuelven sinónimos por definición. Sin embargo, esto confunde cuando entendemos salario como retribución patronal a cambio del trabajo, como, por ejemplo, en la noción gremial de lucha por las mejoras salariales. Si el salario se asocia al empleo, nos quedan afuera los trabajadores sin patrón.
6. Más adelante (fines del siglo XIX y principios del XX) la estrecha relación entre la física y la ciencia económica (y también entre la economía y la filosofía) fue reemplazada por un andamiaje matemático que dio lugar a modelos económicos sumamente complejos, expresados matemáticamente, y es uno de los aspectos de las actuales ciencias económicas que le dan una fisonomía abordable solamente por técnicos y especialistas.
7. Es por demás interesante investigar la diferencia de los conceptos de plusvalor (o plusvalía) entre Proudhon (Qué es la propiedad) y Marx (El Capital
8. Cabe señalar que una conquista salarial en un sistema capitalista solamente es efectiva en la medida en que las mismas reivindicaciones de otros gremios fracasen. El “salario real” es la capacidad de compra de un trabajador, y por lo tanto depende del costo de vida, basado a su vez en el precio de las mercancías producidas. El capitalista asume el salario como un costo que traslada prontamente a precios. Si suben todos los salarios, suben todos los precios. ¿Qué clase de estructura política sería capaz de obligar a los capitalistas a obrar de otro modo y mejorar al mismo tiempo la capacidad de consumo, sin modificar el sistema económico? ¿Qué es el aumento salarial, sino una mejora en la capacidad de consumo?
9. Especificismo, o a veces especifismo, es el nombre que se le dio históricamente a los grupos que, en el amplio seno de las organizaciones anarquistas, se organizaban en función de su afinidad ideológica y no en función de su condición social o económica, como las organizaciones obreras.