El Hombre Ganado II: La retirada del suelo existencial del hombre

Naturaleza y artificio, el cielo de Truman

En este artículo no trato de establecer valores y disvalores desde una perspectiva naturalista de la ecología. No los hallo en lo natural, lo artificial, ni lo industrial en sí mismos, sino que planteo que hay una voluntad hegemónica que opera geopolíticamente, desde lógicas de dominación, a través de la cancelación de lo natural como lo otro, siempre excediendo, de lo humano. Pretendo presentar otra manera de abarcar el pensamiento y la acción ecologista, en tanto relación entre lo propio de lo natural y lo propio de lo humano, y trazar líneas que fundamenten y extiendan la problemática de los emprendimientos territoriales que llamamos countries y barrios cerrados, en especial los polderizados[1], más allá de sus devastadoras implicancias ambientales. Siguiendo la línea de “El hombre ganado”, intento ahondar en una perspectiva de lo ecológico que no se reduzca a los daños producidos en la fauna y la flora, sino a la relevancia del pensamiento de lo natural para el desarrollo humano en tanto tensión creativa y potencia emancipadora. Esta operatoria de dominación poblacional y territorial, soportada en la ambición inmobiliaria y en políticas del miedo, que desarrollan estos emprendimientos, requieren que la discusión se mantenga siempre dentro de los carriles de reclamos y litigios entre identidades y sacralidades contrapuestas, lo que les permita reducir el conflicto a la administración del impacto ambiental y de los lugares asignados a cada una de las partes.

Los barrios cerrados y countries componen un dispositivo de control reproductivo a través del establecimiento ficcionario de entornos naturalizados, que dispongan un modelo de mundo (capitalista, liberal, delegativo, religioso) como contexto cultural “natural”, y que condicione el pensamiento del hombre desde su propia generación. La manipulación del entorno es la manipulación del contexto en el que se piensa, pero es también la fijación de una plataforma que distribuye cuerpos y palabras, naturalizando un modo como si fuera el único modo. Como en “The Truman Show”, lo que constituye el aparato de control es la ausencia de la pregunta, y esto se logra naturalizando entornos y arquitecturas que contengan lógicas y referencias y que, por estar por debajo, no son fácilmente visibles para quien está inmerso en ellas. Si algo debe ser naturalizado es porque no es natural, pero esto nos obliga a establecer un marco que determine qué es natural y qué es artificial, es decir, cuál es el borde de lo propiamente humano. En el vínculo entre lo humano y su entorno natural, desde una perspectiva emancipativa, nace la posibilidad de un pensamiento ecológico emancipativo, una recuperación de lo otro del hombre con el hombre, de su incertidumbre, de la posibilidad de lo nuevo, de la ruptura de las lógicas de dominación.

Entonces, ¿qué es “natural”? Por lo pronto, implica algo que se sustrae de lo propiamente humano, que lo excede; hay algo natural en un árbol más allá de que haya sido plantado por el hombre. Pero la acción de plantar es un hecho cultural. “Cuidar la naturaleza” es un hecho cultural. Hay algo de lo humano que va más allá de lo natural y algo de lo natural que va más allá de lo humano. Asumo lo natural como todo aquello que cumple la función de territorio en el que acciona lo propio del hombre, que es lo artificial. Hay una naturalidad en tanto dinámicas y una artificialidad en tanto lógicas con las que operar en esas dinámicas. Lo artificial disloca la disposición natural de los cuerpos, los cambia de lugar, les asigna lugares nuevos. Lo natural es el “lugar” mismo en el que nosotros ocurrimos. El hombre mira lo natural desde el artificio; no deja de ser natural, pero percibe lo natural como un afuera con el que dialoga; lo natural es un afuera-del-hombre-con-el-hombre, pero con el hombre siempre excediendo y siempre excedido, es decir que hay algo de lo humano que no puede ser emplazado naturalmente, y algo de lo natural que se sustrae del hombre y que éste intenta acorralar por medio del artificio. Lo artificial tensa la relación del hombre con su entorno hacia el control, no se conforma con el lugar que le es asignado sino que pretende definir su propio lugar. Lo artificial es la efectuación de esta rebeldía que exede la asignación natural.  Lo creativo en el hombre se nutre del encuentro entre estos dos excesos.

Si se asumen lógicas de dominación, la tensión introducida por lo artificial halla su paroxismo en la cancelación de toda novedad, se vuelve sobre sí “naturalizándose”, cancela su rebeldía proponiéndose fuera de sí, como lugar asignado, “como si fuera” la imagen de lo natural.  Ya no es el polo de tensión que abre un borde creativo, sino la ilusión de lo seguro, una gigantografía de la extensión; la bóveda celeste que se desencanta con la embestida de Truman[2]. Imagen y semejanza.

El destierro

El suelo[3], como aquello donde el hombre crece, vive y se desarrolla, en sentido literal y en sentido conceptual, es retirado y reemplazado por un dispositivo de naturalización que funciona a nivel sensible y estético, como marco, como entorno; controla el lugar desde/en/contra el que se piensa. Define un punto de vista que, por general y cotidiano, se “naturaliza”; fija la vara de referencia, ya sea para establecer este punto de vista como para disponer la crítica en este terreno. Impone una muda prisión ocular, actúa por mera ubicación en un entorno dado. No es la construcción de un sustrato mediado por lo cultural, sino la destrucción del sustrato natural (en el sentido de no intervenido por el hombre o intervenido desde la multiplicidad, ese “afuera con el que dialoga”) y su sustitución por un sustrato de industria[4], hecho en serie y aplicado masivamente; la estandarización del entorno implica la estandarización de las personas que habrán de habitarlo, ya para ser adecuadas al entorno, ya por ser entorno (estandarizado) ellas mismas.

Se retira el suelo natural (afuera-del-hombre-con-el-hombre) y se lo reemplaza por una ficción construida en función de una lógica de la dominación (afuera-desde-el-Hombre), por una arbitrariedad en la producción de sentidos, una representación escenificada de un particular modelo de Hombre (con mayúscula, un así del hombre) en cuyo interior debe ser forzado el hombre en su diversidad. Un exterior simulado por un interior puesto afuera.

De esta manera, el hombre será para sí mismo una construcción forzada por este interior puesto afuera, o al menos una suerte de fijación ontológica (es así el ser del hombre; una construcción puesta como lo propio de la existencia del hombre); una teología liberal del destierro. Teología, en tanto establece una lógica y analiza los modos de aplicación de dicha lógica de dominación referidos a la omnipresencia, el control y el poder absolutos, que define como previos y externos, al fijarlos como punto de partida y como entorno. Esto es en un doble orden: es literalmente un entorno de vigilancia omnipresente, previa y externa a sus habitantes, y pretende ser, también, el modo posible, o al menos inevitable, de “construir”. Es resultado de una voluntad proyectada como un orden sagrado (el forzamiento del Uno[5] proyectado como condición original). Liberal, porque su sustento y su sustrato son la concepción esencialista del individuo, legitimadora de la dominación en función del mérito reflejado en el éxito dentro de la lógica de la propiedad y el mercado. Del destierro, porque es ocupacional, desplazadora y fijadora de entornos, un complemento de la alienación psíquica a través de la “extranjerización” de los cuerpos disonantes y/o disidentes, y el emplazamiento dentro de la ficción de los cuerpos pasivos y de los cómplices. Pero también porque re-emplaza la voluntad, fija sus lógicas y las dispone en un terreno. No es ya el territorio contra el que opera el artificio, sino una imagen artificial presentada como si fuera territorio. Es puro artificio obturando, es una ficción que se presenta como natural; es terreno, no territorio. No es extensión dinámica, sino delimitación operacional. Un forzamiento que nos invita a desplegar nuestro propio confinamiento.

Ganado

El entorno artificial es una transición de la pastura al feedlot, un canibalismo que se alimenta del consumo de los cuerpos a través de su confinamiento en una situación geográfica controlada aún en sus dinámicas sobre el suelo. “Consumo de los cuerpos” establece un doble sentido: consume los cuerpos que consumen, pero a la vez los consume porque consumen; el consumir de los cuerpos es lo que los hace consumibles. El consumo garantiza la concentración y el retro establecimiento de lo establecido. Justifica, anestesia y legitima. El consumo consuma. La plenitud de lo adquisitivo es adquirir hasta el agotamiento. El consumo de la ficción da sentido a la ficción, es su condición de posibilidad, y exije la escenificación cotidiana de su escenificación del engorde.

Lo que se constituye es una ficción naturalizada, e incluso llega a ser natural que lo natural sea una ficción: está la ciudad, donde la naturaleza es desplazada y se convierte en una narración; el campo, donde la naturaleza es doblegada y se esgrime como un rival; el barrio cerrado, country o ciudad-pueblo, donde la naturaleza es ficcionada y se presenta como un interior dislocado. Lo de afuera está ahora entre paréntesis, pero entre uno que cierra y otro que abre.

Sacar al hombre del Hombre; al afuera, de la ficción; al vínculo, de la devoración de los cuerpos; al orden, de la obediencia; al cuidado, de la privación; al otro, de la amenaza; y al mérito, de la capacidad de consumo, parecen ser piedras de toque para pensar contra el hombre ganado, como el hombre a devorar y como resultante del derecho que pesa sobre los hombres de ser adquiridos por otros. Lo que hay aquí es un litigio de orden ideológico entre emancipación y dominación. Hay la denuncia de un extenso y profundo dispositivo territorial de dominación que actúa constructivamente por debajo de la violencia y ante el cual son impotentes planteos de lo ecológico como naturalismo y de lo social como identitario. De nada sirve oponer una sacralidad a otra. Los planteos ecologistas y políticos deberían consistir en cómo consensuar e implementar las tensiones entre artificio y naturaleza desde una perspectiva emancipativa, es decir, y en primera instancia, de ruptura y deconstrucción de la doble lógica del hombre ganado.

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NOTAS

[1] El término “polderizado” se refiere a técnicas de desecación de suelos anegados o anegables por medio de terraplenes, drenado y, en el caso que referimos, rellenado, a fin de ganar altura. Esta técnica “supone una demanda extensiva de suelo sobre áreas de gran valor patrimonial y fragilidad ambiental, como los humedales de la cuenca baja del Río Luján”,  “Urbanizaciones cerradas polderizadas en la cuenca baja del río Luján: Aproximaciones al dimensionamiento del fenómeno”, Silvina Fernández, Claudia Kochanowsky, Alejandra Sgroi. http://www.geograficando.fahce.unlp.edu.ar/article/view/GEOv06n06a08

[2] Extraigo esta imagen de la película “The Truman Show”, que recomiendo.

[3] El suelo es, en su doble dimensión, física y simbólica, la superficie sobre/en/contra la que opera   su existencia el hombre; es lo natural en tanto superficie, el paño en el que juega sus cartas.

[4] Uso industria para referir la estandarización expansiva que busca dar cohesión y alcance a esta operación artificial sustitutiva, cuya efectividad depende en su capacidad de expansión y clonación.

[5] No uno posible, como totalización o agrupación, sino Uno absoluto, sin exterior.