Vote no-vote

Voto blanco, nulo y no-voto: del número representativo a la acción directa.

Desde la implementación del “voto positivo” como voto efectivo por un candidato, se invierte la lógica legitimadora: el número no es el signo de una  legitimación sino el fundamento de una legitimidad. El candidato es más o menos legítimo no en función del número de votantes que votaron por él, sino por el valor de un índice que se determina excluyendo a los números que no indiquen legitimidad. No por el apoyo que tuvo en cantidad de votantes, sino por este nuevo número que daría cuenta del apoyo. Esto modifica la estrategia de aquellos que intenten hacer visible algo en torno al evento eleccionario apoyándose en los votos “no positivos”. Antes que nada hay que distinguir las diferencias al interior de esta “negatividad”. Quizás la más tradicional diferencia entre voto en blanco y las demás opciones (impugnar o no votar) es la crítica sistémica. En esta línea, el voto en blanco implica una aceptación de las reglas de juego (la acción delegativa, numérica, representativa) pero en disconformidad con aquellos que irán a ejercerla. También fue utilizada históricamente como demostración de fuerza de partidos proscriptos o como agenciamiento del descontento como votos propios por alguna agrupación. No hay aquí ninguna crítica al proceso eleccionario en sí. Por otro lado impugnar o no votar pueden conllevar un trasfondo ideológico confrontativo con la delegación, la legitimación (del reduccionismo numérico, no de un candidato) y la representación. Desde el punto de vista emancipativo la segunda opción marca una distancia con respecto al Estado. Pero en cualquiera de estos casos existe una “positividad” con respecto a la elección como dispositivo, ya que actúa en relación a ella, en tanto el no-voto se proponga como “campaña”. ¿cuál sería el propósito de esta manifestación negativa? La visibilización a través del impacto del número. Es por eso que se ocultan las cifras detrás del nuevo índice “voto positivo”, consecuencia directa del abstencionismo que rodeó el acontecimiento 2001. Ahora, ¿de qué manera puede dar cuenta el no-voto de su componente ideológica, ya que hay históricamente un ausentismo que ronda el 20% y eso no se ve reflejado en movimientos sociales acordes al número de personas que esto implica? ¿cómo se visibiliza un número de ausencias que se atan a las presencias indeseadas y se desvanecen en el conjunto de los “votos no positivos”? Para que el número de no-voto ideológico se evidencie debe tener una magnitud suficiente para contrastar con un mar indefinido, un piso incierto dentro del 20% presente en las últimas elecciones. Deberíamos hablar de una variación que implicaría una cantidad de personas construyendo a distancia del Estado que difícilmente necesitaría manifestarse en elecciones para visibilizarse. Por otro lado, seguiríamos trabajando sobre el número: número que representa, número de no-voto agenciado. Seguimos dentro de la lógica del número.

Por lo antedicho pienso que la única positividad asignable a la participación en el evento eleccionario es que da igual lo que se vote siempre que dé lugar a la discusión sobre el sentido de la votación en sí, al debate sobre cuestiones de fondo desconociendo el valor real del voto, desnudando su función de parodia, denunciando tanto el personalismo presidencialista que se ha reconstruido en estos últimos años, que permite suponer a los “votantes positivos” que el poder ejecutivo determina todos los demás poderes, como la reconstrucción de esta máquina de poder que permitiría a su poseedor hacer y deshacer a su antojo.

Hay una estrategia de control de los cuerpos a través del control de las voluntades cuya metodología es el estado de emergencia, que se utiliza como recurso para evadir conflictos de fondo. Dentro de esta lógica lo único positivo que puede hacerse es denunciarla, el resto es por afuera. Para esto no basta un gesto eleccionario (de hecho sobra), hay que establecer una presencia, fundar un afuera de la representación, aún de la representación como negatividad o como ausencia. La distancia del Estado se llama acción directa.

Con esto lo que quiero plantear es que hay que salir de la medida y actuar desde el problema, que lo relevante es actuar desconociendo los dispositivos de legitimación de la transferencia, positivarse  en la construcción de procesos a distancia del Estado, en compulsa con el sustrato que le da sentido, dando cuenta de aquello que ocurrió disruptivamente en 2001 y que se a intentado sepultar por todos los medios.