El sueño de los justos

Las absoluciones del caso judicial que se conoce con el nombre de la víctima, Marita Verón, generaron una indignación masiva. Otra vez la indignación.

Increíblemente, cuando todo el mundo considera que existe una compleja red de connivencias, responsabilidades y complicidades de las autoridades con la red de trata, se le pide a las autoridades que resuelvan algo condenando a un grupo de acusados. El grueso de la indignación adviene porque quienes son considerados culpables no se condenan a sí mismos.

Increíblemente seguimos esperando un milagro: el milagro de que la sociedad no sea lo que es. De manera análoga a la mujer golpeada que disculpa a su agresor, desde abajo aceptamos los llantos de la hipocresía de los poderosos, aceptamos sus disculpas y promesas para que nos vuelvan a pegar. Cada vez que le pedimos algo a las autoridades, le rezamos a una divinidad civil para que se ponga de nuestro lado.

¿Qué hubiera significado un fallo condenatorio? ¿Estaríamos diciendo “hay justicia”?

El problema con las instituciones gubernamentales no es la corrupción, sino su normal funcionamiento. La injusticia no radica en que esas personas no hayan sido condenadas, la injusticia radica en que haya esclavitud sexual, en que una estructura social patriarcal, montada sobre el usufructo y la propiedad y amparada en la delegación representativa, habilite a que una persona sea tratada como mercancía. Y no una, miles. Personas recontadas como esclavas, mujeres, niñas. Ser mujer en esta sociedad es de por sí un factor de riesgo.

La explotación sexual es tan sólo una forma especialmente cruel y anacrónica de explotar a la gente para el beneficio comercial. La gravedad de sus consecuencias no cambia su razón de ser, y esa distancia, la distancia entre su motivo y sus consecuencias, es lo que magnifica la aberración de la que estamos hablando. Lo que ocurre con la esclavitud sexual es lo que ocurre con la estratificación clasista de la sociedad, pero en un extremo que horroriza la moral de cualquiera. Si nos ponemos a mirar qué es lo que pasa, en vez de mirar a quién culpar, veremos que no hay solución que no consista en transformar la sociedad desde sus raíces, y que no hay nada parecido a eso que llaman dignidad en la vida social así como la estamos haciendo.

Si alguien compra ropa barata en la salada, ¿no se le ocurre pensar de dónde viene? ¿Nunca oyó hablar de los talleres de esclavos? Si alguien va a una wiskería a “pasar un buen momento”, ¿no sabe que existe la trata? ¿No advierte que él es responsable? Si alguien pide represión para su seguridad, ¿no sabe lo que es el sistema carcelario? ¿No piensa por qué existe ese otro ahí, arremangado en su mierda, buscando en su basura, o jugándose la cabeza por quitarle un televisor?

No somos inocentes. Y cuanto más gritamos el grito victimado en reclamo a las autoridades para que “hagan algo de una vez”, más y más nos alejamos de cualquier inocencia. La sociedad duerme el sueño de los justos, sin cargo de conciencia, mientras esconde en sus entrañas una bestia creciendo. Ese sueño de los justos es una injusticia en sí. ¿Acaso alguien puede abstraerse de toda responsabilidad social?

La gracia de la autoridad es su función expiatoria, es el chivo expiatorio de las culpas colectivas. Las atribuciones que gozan son aceptadas desde abajo, legitimadas, porque son la moneda de cambio de las culpas liberadas. No nos importa la justicia sino el castigo. No nos importa la igualdad, sino tener a quién echarle la culpa por las desigualdades del mundo.

La justicia no es la injusticia acumulada, la represalia, el maltrato ejercido contra el maltratador. La justicia es que no exista el primer maltrato. Lo que debemos encontrar es la forma en la que la sociedad logre evitar la esclavitud, la trata, la mercantilización de las personas. Pero, antes de evitarla o mientras tanto, es preciso detenerla. El punto es accionar contra los sitios donde habita la injusticia, y en ese sentido es mucho más coherente atentar contra los puteríos que reclamarle justicia al sistema judicial.

En muchas ocasiones, los trabajadores nos pensamos lejos de la sociedad, pero somos la sociedad. Cada vez que un compañero arrima a un puterío, arrima a uno de los nodos de esta red de trata como parte responsable, como parte necesaria para que esto siga sucediendo. Es mucho más sensato impedir que esto se repita que buscar justicia en manos de los jueces.

Sin clientes no hay trata, sin legitimidad no hay autoridad. Nosotros somos la sociedad, y de nosotros ha de hallarse, por lo tanto, la salida de este mundo miserable. En un mundo con esclavitud y con miseria, con la ruina social de la expoliación y el desamparo, en un mundo que de la sociedad sólo ha conseguido la injusticia, la sociedad sigue durmiendo el sueño de los justos. Una contradicción fabulosa que será preciso resolver, a menos que nos sirva de algo echar las culpas a los jueces para poder seguir confiando en ellos.