Querer querer y poder poder

El lunes 1 de octubre en Rosario, precisamente en Ovidio Lagos y 3 de Febrero (zona céntrica) ocurrió un desalojo, a causa de la “usurpación” (ocupación) de una vivienda vacía por parte de artistas que realizaban actividades a modo de centro cultural.
  Los protagonistas de esta historia, que es una repetición más de la misma historia, fueron (como no puede ser de otra manera) los ciudadanos de un Rosario que tiene y puede y los de un Rosario que no puede ni tiene nada, “o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual”, citando al poeta.
  Como un rayo, la zona fue sitiada por policías (gendarmes de la Propiedad) armados hasta los dientes, como si de una guerra se tratara, y al mejor estilo de un Robocop que ya se ha vuelto un símbolo estético de las “fuerzas”.
  Meses atrás fueron detenidos, desnudados, insultados y golpeados. “Apremios ilegales”. Existen apremios legales.
  El caso despertó emociones encontradas en toda la zona.

Por un lado, un aire de “se hizo justicia” pareció descargar por fin la tensión de los rostros de quienes sentían la amenaza del fantasma de la posible repetición de la invasión. Un fantasma, tan real en los cuerpos, como el sentimiento de cualquier amenaza.

Otros veían el episodio, claramente indignados, con el ceño fruncido y la cabeza moviéndose de lado a lado como quien desaprueba una aberración.

Pero aclaremos, porque hay Indignados e Indignados.

Esta indignación se relaciona con el Mito del Trabajo y la Dignidad que conlleva.

Bajo esta forma ya es habitual oír acerca de cierta construcción de un sistema de clasificación social que hoy, en pleno siglo XXI relega al artista a la figura de escoria social, no muy alejada de la figura del paria o del delincuente (marginal, claro está).

Esto es comprensible, si uno lo mide con la vara del bendito Progreso, que sólo reconoce al que, pese a las humillaciones de no poder, y al padecimiento de no tener, insiste acercarse a la palanca de la Máquina soportando Dignamente las vejaciones y desaprobaciones de quien autoriza lo que es Digno y lo que no lo es.

Qué le vamos a hacer, siempre miramos para arriba.

Pero volvamos al “se hizo Justicia”. Como con las indignaciones, también hay Justicias y Justicias. Pero la similitud de los términos se rompe cuando irrumpe el concepto de la Igualdad.
  Esta Justicia que “se hizo” (nótese la despersonalización) no está ligada a la idea de Igualdad. Esta justicia Es, siempre que defienda el derecho a la Propiedad. Está enmarcada, claro, en un sistema que establece la desigualdad como norma. Un sistema que estructura las relaciones sociales de forma tal, que se naturalice la concentración de la riqueza y el acceso (particular) a la Propiedad. Así este robo (el de la Propiedad) no es un robo, es Natural (con todo lo de evolucionista que acarree el término).

Los indignados de la Propiedad no pueden, o no quieren, ver la relación directa entre el tener y el no tener. Entonces uno no puede menos que asombrarse y desconocer al sentido común que grita que en un mundo donde hay gente sin techo, hay casas vacías. Pero parece que está bien que así sea (como dijo Dios). Que así sea, implica que no PUEDA ser de otra manera. Tanto es así que hasta es Legal.

Es raro, porque otra gente, otra gran cantidad de gente que aún no mencioné, estaba en desacuerdo con el brutal desalojo. Entonces queda una pregunta en nuestras caras de imbéciles: ¿Qué pasa cuando la voluntad general no es la Voluntad de la Ley?

En realidad…no es tan raro, si uno alumbra el asunto desde el costado no visible, el que no se muestra abiertamente.

No es tan raro si uno cae en la cuenta de que la Ley siempre fue un instrumento para ejercer la obediencia, estableciendo un control sobre el comportamiento social (e individual). Este control es tan duro como la desobediencia lo exija. Incluso cualquiera puede concluir que una manada de Robocops alrededor de cinco o seis artistas desarmados, además de ser una cobardía, es una exageración.

La Ley es esa herramienta que se utiliza para la preservación de la Propiedad, una Propiedad robada y apropiada, desde el vamos.

Hablemos de legitimidad:

Luego de la apropiación de los bienes comunes (y de esta forma, ateniéndonos a los términos usados por los Dueños, ilegítima), se debió construír un aparato que garantice la Propiedad y la preserve. Cualquier semejanza con el Gobierno y su excusa preferida, el Estado, no es obra de nuestra imaginación.

Por eso las cosas Valen. En realidad las cosas no valen un carajo, pero bueno, concedámoslo por un momento.

Qué poderoso es Don Dinero, decía Quevedo. Es poderoso porque la abstracción del valor de las cosas (hoy los seres humanos también somos Cosas) dio lugar, con el tiempo y esto de andar intercambiándonos mercancía, al Poder Adquisitivo.

El que no tiene, no puede, por más que ciertas fabulaciones de quienes machacan con eso del mismo punto de partida para Todos (y Todas, como se dice ahora) sean tan irreales como el valor real del Dinero.

Y si partiéramos de un punto, ¿dónde se supone que deberíamos llegar? Deberíamos llegar al Éxito.

El Éxito. Esa figura construida desde las alturas y fomentada en un mundo (y un país, con esto del Nacionalismo recalcitrante) cada vez más exitista (y elitista). No importa más nada, nada más que el éxito y su agente, el Exitoso.

El Exitoso, ese hombre, lobo de los hombres, maniquí del modelo del bendito Progreso, a quien le es autorizado hacer harina a los demás para amasar fortuna.

Sin ir más lejos, Cristina Fernandez de Kirchner dijo a los niños mimados de esa autoridad del Saber (en ningún medio se cuestionó la Autoridad del Saber) que es Harvard, que sus riquezas abismales fueron producto de una “carrera” exitosa como abogada. Ahora ella es una exitosa, pero presidenta. Le bastó con correrse de casillero.

Lo vimos por Televisión. La misma televisión que banalizó con la velocidad vertiginosa de imágenes una atrás de otra, el caso de la “usurpación” de la casa de una señora que vive en Roma y que no quiere que nadie ocupe su casa vacía. Eso es una suposición mía, pues nunca sabré qué piensa esa señora.

En fin, en el encuentro con autoconvocados de la manifestación del 1 de Octubre, en Ovidio Lagos y 3 de Febrero, en Rosario, en la zona céntrica, junto con otros desalojados de algún lugar de este Juego de la Vida que tiene sus reglas ya escritas, di a parar con otros encuentros, encuentros personales que me mueven a escribir estas líneas, para canalizar la ira, para dejar asentadas ideas, para dejar la Marca:

Encuentro una alianza cínica entre la Propiedad, el Dinero, la Ley, el Gobierno y el Estado, y la consecuente apropiación (ilegítima) de los bienes de la sociedad.

Encuentro junto con esta forma ilegítima de apropiación la creación e imposición sistemática de una Moral que intenta inmovilizar al desposeído con los grilletes del Mito de la Honradez y la Dignidad.

Encuentro que los que no tienen, deben justificar ante los Jueces de la Propiedad sus miserias al estar enlazados simbólicamente (y nunca de manera arbitraria) con la figura del criminal (marginal). A ambos les cae el peso de la Ley, llegado el caso, con todo su rigor.

Encuentro cierto grado de complicidad entre el Estado Nacional y Provincial, aunque cambien de color las banderas, al estructurar de la misma manera, desde el Poder, este modelo de organización social que naturaliza la concentración de la riqueza, y ejercer de la misma forma el monopolio de la violencia cuando deben hacerlo.

Encuentro desigual la repartición de la Propiedad cuando veo gente sin casa y casas vacías a las que no pueden, ni podrán acceder jamás.

Encuentro injusta esta apropiación y repartición, entendiendo yo a la justicia como la verificación del principio de Igualdad.

Pero también, y a pesar de todo, encuentro en estos tiempos, grietas, donde se han puesto en cuestión algunos operadores generadores de la desigualdad social, como la Propiedad y el Poder (y sus aliados Don Dinero y el sitema representativo).

Es necesario que a partir de esas grietas afiancemos IDEAS, pero ideas EMANCIPATIVAS que nos permitan actuar, desde la ruptura de este círculo sin fin que nos reduce al eterno desposeído.

No dejemos que nos desaparezcan.