Gato por liebre


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Ayer, 13 de septiembre, por la noche, varias multitudes se manifestaron en distintos puntos de Argentina con un masivo cacerolazo. La convocatoria, lanzada desde las sombras de ese mundo paralelo al que nos vamos acostumbrando de a poco, y que nombramos ambiguamente como redes sociales, tuvo un éxito rotundo.

Las consignas eran difusas. En el sitio argentinosindignados.com[1] se demarcan cuatro ejes para decir “basta”, casi parafraseando al zapatismo en México. Inseguridad, corrupción, corte de libertades y mentiras, son los ejes que luego se desarrollan en frases como látigos que se enumeran cuando explican “por qué nos movilizamos”. Entre ellos, se puede leer, por ejemplo, “No podés negociar tu vivienda de la manera que se te antoje, pues ellos te dirán en qué moneda lo debés hacer”, “No somos libres de salir del país, pues hay que pedir permiso para que te den unos pocos dólares como si fuéramos criminales” o “La Presidente abusa de la Cadena Nacional, cual Estado totalitario”. Y el listado se remata con la convocatoria: “El nivel de corrupción de sus funcionarios es el más alto que se tenga memoria. Por todo esto, “¡¡¡BASTA!!! Movilización Nacional el día JUEVES 13 de Septiembre ¡¡ EN TODOS LOS PUEBLOS Y CIUDADES DEL PAÍS !!!!”

El recurso del cacerolazo muestra cómo es que se incorporan a la normalidad ciertos episodios que han sido excepcionales cuando aparecieron. Hay una evidente remembranza de las puebladas de 2001 y sus secuelas de 2002, pero completamente sesgadas en los cacerolazos, que fueron tan sólo una de entre las múltiples formas de protesta y confrontación. Esta remembranza acaba consiguiendo reemplazar lo nuevo con lo viejo, lo disruptivo con lo conservador. Las acciones de protesta cargan con una simbología que acaba pesando más que los argumentos, las consignas o cualquiera atisbo de prescripción.

Es imprescindible poner las cosas en contexto. Una falta absoluta de análisis crítico de la experiencia de 2001 limita drásticamente la capacidad de pensar lo que está sucediendo hoy. Lo mismo pasó en 2001, cuando los saqueos de 1989 habían quedado “baneados” en la oscuridad del olvido. Como factor común, encontramos que, entre los principales catalizadores de cada uno de los procesos, se hallan los medios masivos de información. Alguna vez será necesario investigar exhaustivamente la influencia de los medios en cada proceso, pero un simple repaso memorioso basta para advertir que, tanto en 1989, como en 2001 y ahora, los medios intervienen pretendiendo asepsia, catalizan los procesos, agitando cada una de las consignas durante el tiempo inmediato anterior, en al cobertura simultánea y en el análisis posterior. Sirva como botón de muestra el titular de urgente24.com, del 11 de septiembre[2]: “Explosivo video antes de la protesta del jueves 13/09”. En esta nota se republica un video de propaganda, publicado en youtube.com, en el que un muchacho en calzones camina en torno al monumento de la Plaza de Mayo argumentando en contra de la “diktadura”.

Uno de los ejes de la crítica “oficialmente opositora” es, precisamente, referirse al actual gobierno como una dictadura a causa de sus disposiciones de control comercial. Y se anota con k, como referencia ya trillada al apellido gobernante desde 2003. La k, antiguamente utilizada, quién sabe por qué, por algunos anarquistas y algunos “antisistema”, se ha convertido en Argentina en una marca lingüística del oficialismo kirchnerista, usada por propios y ajenos. Esta injustificada acusación de dictadura, ante un gobierno que todavía es democrático, y que sólo puede argumentarse con el imaginario de una democracia destinada exclusivamente a defender el libremercado, es notoriamente divulgada en todos los medios de información[3]

Actualmente, a diferencia de otros tiempos, existe en Argentina una polarización exasperante en la propiedad de los medios masivos de información, y en los discursos que estos logran imprimir en la población. Dos grandes grupos se enfrentan entre sí como corporaciones. Por una parte, los medios y productoras de contenidos enteramente oficialistas se disciplinan bajo las directivas políticas de la estructura gobernante, incluso marcando, a veces de forma sutil y a veces no tanto, las diferencias internas de esa estructura. Por otra parte, los medios y productoras opositores hacen lo propio, pero para el otro lado, como si tan sólo hubiera dos. Todo está partido en dos y desaparecen ciertos pequeños recursos que antes existían.

Es notorio, por ejemplo, que es poco menos que imposible dar con cifras más o menos expresivas de la cantidad de gente movilizada. Mientras que el oficialismo ignoró casi por completo la transmisión de los cacerolazos, medios como La nación, de una amplia trayectoria reaccionaria y antipopular, promocionaba en cobertura simultánea unas 200.000 personas “según datos extraoficiales”[4]. Lo mismo ocurre en todos los órdenes como, por ejemplo, la inflación. Mientras que las cifras de organismos privados siempre han estado sesgadas por intereses particulares,  el instituto nacional de estadísticas y censos, el INDEC, ha perdido totalmente la confiabilidad, dado que una de las más discutidas y a su vez sostenidas acciones del gobierno kirchnerista, ha sido la intervención de ese organismo a través de distintos mecanismos políticos, administrativos y mafiosos, según fuera para ellos conveniente. Los mismos trabajadores del INDEC han declarado una y mil veces que el organismo estaba siendo convertido en un instrumento de propaganda, perdiendo así toda fiabilidad. Por otra parte, oficialistas y opositores mienten descaradamente, tergiversan y se van volviendo magos de la edición audiovisual, extrayendo de cualquier recorte el discurso político en cuestión.

En este contexto, mientras que los medios oficialistas agitaban novedades grandilocuentes y se autocomplacían en análisis narcisistas y críticas mordaces a los otros medios, los opositores agitaban una y mil veces los ejes de la nueva oposición: limitaciones al uso de moneda extranjera, inflación, inseguridad (en el sentido de violencia delincuencial), y cercenamiento de los derechos civiles. Mientras que la coordinadora contra la represión policial e institucional, CORREPI[5], denuncia la sistemática violencia represiva del Estado, con un total documentado de casi 2000 muertos en los últimos 9 años (período de gobierno kirchnerista), los reclamos por derechos civiles se obsesiona con asuntos relacionados a la libertad comercial.

Es importante visibilizar otro mundo en este contexto, un mundo que es omitido en todas las comunicaciones masivas, en muchos casos incluyendo las “redes sociales”, que queda fuera de los procesos doctrinarios o catalíticos. Se trata de una multiplicidad de conflictos sociales diseminados en todo el territorio, que van desde los conflictos gremiales petroleros o docentes en la zona más austral del país, hasta las resistencias populares a las avanzadas de los negocios internacionales de la megaminería, en toda la zona cordillerana, pasando por los reclamos de los habitantes de zonas agropecuarias permanentemente fumigadas por pesticidas, los Qom asesinados en el Chaco, los militantes perseguidos o asesinados en acciones oficiales violentamente represivas, los pobres disciplinados a punta de pistola y homicidio en los barrios “marginales”, o los diversos conflictos gremiales reprimidos, en primera instancia, por las corporaciones sindicales.

En este contexto, el recorte de la convocatoria, que nada tuvo de espontánea, se define claramente como una protesta liberal, capitalista, que solamente quiere avanzar hacia el imaginario liberal del “american way of life”. Un imaginario, hay que decirlo, que no se condice con ninguna realidad de aquí o de allá. Se trata de presionar las acciones nacionalistas del gobierno hacia un modelo propiamente neoliberal, monetarista, fundamentalmente financiero. Desregular la moneda, liberalizar las aduanas, pero reforzar la seguridad. Más policía, menos control comercial. El reclamo está enteramente ordenado en la ya clásica figura del neoliberalismo (si se me permite el oxímoron) que reduce la función del Estado a la represión de la población civil disidente, a la garantía de la buena salud de la moneda y al rescate de las corporaciones financieras en caso de necesidad. Reducción del gasto público y protección para los “ciudadanos libres”, en franca competencia desigual.

Si bien la convocatoria se extiende a todo lo que pueda ser disidente en relación al gobierno nacional (nadie menciona siquiera los gobiernos provinciales), la presión de la propaganda se concentra en estos puntos, y acaba reduciendo la amplitud de la convocatoria a una mera excusa para hacer masa en la protesta evocando erráticas figuras como “el pueblo” o la nación” para inventar ocasionalmente una unidad que de hecho no existe, y que ni siquiera se propone como resultado de la movilización.

De manera que esta manifestación de ayer, que será promocionada con insistencia por opositores y bastardeada, con igual insistencia, por oficialistas (ya no la pueden obviar, es un elefante en la cocina) no debe ser equiparada con la ruptura política de 2001, como se pretende. Hay puntos en común, y puntos en diferencia. Ambos eventos tienen en común la función de los medios masivos, la no espontaneidad de la convocatoria, la manipulación de la población en jugadas de tablero, la movilización masiva de amplios sectores de la clase media, las reivindicaciones liberales, etc. Tienen, no obstante, como diferencia, la participación masiva de sectores de clase baja, el conflictivo entrecruzamiento de clases, las coexistencia de reivindicaciones francamente opuestas, la reacción ante una década de marasmo, etc. Pero, y principalmente, no hay nada visible que se toque con el punto fuerte de 2001, que se expresa en las consecuencias anteriores y posteriores, en el desarrollo asambleario, en los clubes de trueque, en organizaciones territoriales, en definitiva, en todo lo que ocurrió en tanto exceso, por fuera de lo esperado y, especialmente, por fuera de lo previsible.

Hay una gran diferencia entre ambas cosas: en 2001 no había habido un 2001. Hoy los cacerolazos son un mecanismo de manipulación simbólica que remite a una “época de gloria” de la movilización popular, que se nombra como fantasma aterrador (crisis, desborde, pánico institucional) y como triunfo (“el pueblo volteó al gobierno”). Aquél mito decembrino viene hoy a jugar del lado de la conservación, del lado de la reacción neoliberal contra un modelo corporativo de desarrollo local. Es una tenaza exasperante, en la que la población más comprometida con las bestialidades de unos y de otros, los que son cotidianamente expuestos al hambre, a la alienación de los salarios más bajos, a problemas de vivienda más relacionados con la asfixia del alquiler que con las limitaciones nominales de la venta, a la represión, a la humillación y a la violencia ecológica, no están interviniendo sino como alambre.

También es significativa la influencia del 15M en todo esto. Extrañamente, los cacerolazos como forma de protesta, han dado la vuelta al mundo, y vuelven a nosotros ya deslucidos, gastados, acomodados como traje viejo y asociados a la figura del “indignado”. Ya no son lo que eran, ni lo pueden ser. Han tomado la parte por el todo, confunden lo que ha sido el proceso disruptivo de 2001 con el símbolo de las cacerolas, y la referencia a los indignados no hace sino visibilizar que el recorte de protesta cívica, en defensa del “capitalismo sano” y de la democracia representativa, recorte que se ha convertido en la “versión oficial” de aquella movilización, viene a quitarle a 2001 lo que tuvo de confrontación y exceso, para dejar solamente un gesto de protesta de gente bien vestida, según Estela de Carlotto[6], presidente de Abuelas de Plaza de Mayo devenida operadora de la propaganda kirchnerista.

La masividad de la manifestación de ayer sólo puede ser relativizada por una voluntad explícita fundada en los intereses políticos y económicos de la estructura de gobierno. Ellos, que se legitiman numéricamente cuando ganan, se legitiman moralmente cuando pierden. Es el típico “ganador moral” que los porteños supimos conseguir. Hoy acusan a los manifestantes de “acomodados”. Ayer, sin decir nada de acomodamientos, se glorificaban con un 54% electoral. ¿Cuántos hubo ayer movilizados que formaban parte de aquél 54%? La fantasía kirchnerista no se sostiene, sino montada sobre la fantasía neoliberal. Así es como, en cierta medida,  la movilización en contra de kirchner no deja de ser a favor del kirchnerismo, dibuja en los registros el enemigo perfecto del populismo corporativo: el (neo)liberalismo parlamentarista y financiero.

En cualquier caso, parece inaugurarse un proceso de desestabilización que difícilmente pueda acabar en una desestabilización profunda del gobierno, pero que bien puede forzar ciertas nuevas alianzas y acomodamientos cuyo alcance es imposible predecir. El desafío de nosotros es esclarecer cuáles son los verdaderos ejes de confrontación, cuáles los principios que nos mueven, cuáles nuestros propios modos de organización, cuáles nuestros propios territorios. Es imprescindible no comprar gato por liebre ni aceptar reduccionismos maniqueos que acaban siempre fijando estructuras ya conocidas. Somos un nosotros errático ¿A qué le decimos basta y a qué le decimos sí?


[4] http://www.lanacion.com.ar/1508166-comenzaron-los-cacerolazos-en-varias-ciudades-del-pais. urgente24.com habla de 1 millón de manifestantes en todo el país, http://www.urgente24.com/204715-revienta-la-plaza-con-el-cacerolazo-contra-cristina?page=1, mientras que la patética cobertura del periódico oficialista Página 12 habla de “unas miles de personas” y se aboca a denigrar la protesta con una serie de trilladas manipulaciones: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-203365-2012-09-14.html

[6] http://www.perfil.com/contenidos/2012/09/14/noticia_0012.html