24 de marzo

Nací en 1974. Un mes y algunos días después murió Perón. Dos años más tarde un golpe militar anticipó el cambio de gobierno que prometía desplazar las políticas gubernamentales hacia posiciones menos dóciles al neoliberalismo que se imponía en todo el mundo occidental por distintas vías. En América Latina, nombre que el imperio francés dio a esta región del mundo, la forma fue la dictadura militar.

De aquella experiencia extrema nacieron nuevas categorías que hoy suenan ya bastardeadas por usos y desusos. Nombres como “desaparecidos”, “terrorismo de Estado” o “Derechos Humanos” pasaron a ser parte de un vocabulario con el que aprendí a hablar y con el que empecé a pensar. La mayor parte de mi generación creció amenazada. Los primeros años, amenazada por la dictadura, pero pronto amenazada por ese fantasma con el cual se justificó casi cualquier cosa a través de un espejo perverso. La sola imaginación de la Dictadura gobernó con el terror gran parte de mi vida, como la de tantos otros desde los años 80.

Me acuerdo cuando me fueron explicando por qué se hablaba de terrorismo de Estado.  Era necesario distinguir un terrorismo de otro. Debo admitir que nunca lo entendí muy bien hasta que empecé a creer que el Estado era lo que Hobbes decía: el mal menor que protege al ciudadano de su propio mister Hyde. Pero luego comprendí mejor: había que defender al Estado de su propio terrorismo. Y es que tanto el pesimismo de Hobbes, como el optimismo demócrata de Rousseau afirmaban, antagónicos pero no tanto, que el Estado era una necesidad para que la sociedad pueda sobrevivir ante sí misma.

Si uno piensa lo que el terrorismo es, concluye fácilmente con el apotegma que se reza tantas veces, muchas veces sin pensar: todo Estado es terrorista. Desde el momento en que el terrorismo es un accionar deliberado destinado a producir terror, el ejercicio sistemático de la amenaza sobre la que se construye el Estado es el terrorismo por antonomasia. Lo más habitual (pero nunca casual) es confundir terrorismo con atentado. Un atentado puede estar destinado a destruir algo o alguien, pero no necesariamente destinado a producir terror. Por eso hay atentados terroristas, porque hay otros que no lo son. Sin embargo, cuando se intenta adoctrinar a las poblaciones del mundo con la comidilla de que sin Estado lo que hay es la violencia intestina de todos contra todos, puede no haber atentado, pero lo que hay, indudablemente, es terrorismo. Y, paralelamente, toda acción que, con violencia o sin ella, pretenda torcer la voluntad de los gobiernos, es nombrada, ya en el texto legal, terrorismo.

El 24 de marzo, que se ha vuelto feriado como recurso comercial y demagógico, es la fecha en la que en Argentina se conmemora el golpe de Estado de 1976. Se mantiene viva la memoria, nos dicen. Pero es curioso, porque es una memoria fechada, contorneada. En Argentina, las prácticas de persecución, tortura y desaparición, que llegaron a su punto cúlmine en el Proceso de Reorganización Nacional, son anteriores a ese proceso y, con matices muy significativos, son también posteriores. Intentamos que esos matices no desaparezcan con las avanzadas cada vez más represivas y autojustificadas que se advierten en las tan famosas leyes antiterroristas. ¿Existe diferencia, acaso, entre la sanción de una ley que habilite al Estado a cancelar los derechos declarados por él mismo, y la cancelación “de facto” de esos mismos derechos por parte del Estado?

Las leyes antiterroristas, que, como bien señala CORREPI, no son una novedad, sino una parte de la estrategia de gobierno de los Kirchner desde que asumieron, abren una ventana de posibilidades a futuro. Se guardan el as en la manga de cubrirse con leyes para futuras eventuales operaciones represivas. Pero, especialmente, amenazan, asustan, producen terror. Lo mismo ocurre cuando se nos dice todo el tiempo que estamos vigilados, cuando nos infiltran en las organizaciones, cuando nos filman en las calles o en el trabajo. ¿Acaso alguien imagina que pueden vigilarnos a todos todo el tiempo? Ese absoluto, que es materialmente imposible, es efectivo en la medida en que el miedo que produce el posible castigo genera una represión interna. Paraliza. Aterroriza.

Identificar el terrorismo de Estado con la dictadura es una mentira que solamente puede ser creída si se admite el relato perverso de que el Estado es necesario para protegernos de nosotros mismos. Es una mentira equivalente a la de nombrar “la” dictadura, como si hubiera habido sólo una. Ambas mentiras confluyen, silenciosa pero sistemáticamente, en la figura del feriado del 24 de Marzo.

El “Gobierno de los Derechos Humanos”, vendiéndose a sí mismo como la alternativa al terrorismo de Estado es, de hecho, terrorista. El principal eje discursivo con el que este gobierno gana cierta legitimidad en alguna militancia y en ciertos sectores de la población, es amenazar a la población con el fantasma de la Dictadura. El kirchnerismo necesita a la Dictadura más que el neoliberalismo, que logró imponerse durante más de diez años sobre la fantasía constitucional. Esto no equivale a decir que nos da lo mismo este gobierno o aquél. No da lo mismo, pero tampoco nos sirve. Y, en todo caso, también es terrorista.

El 24 de Marzo conmemoramos, pues, dos episodios del sainete argentino: el día en que tomó el poder la junta militar para inaugurar el Proceso, y el modo en que el corporativismo contemporáneo utiliza el símbolo aquél para afianzar, les guste o no a los progresistas, el terrorismo más fijo y estructural que conocemos: la figura política del Estado moderno. En el medio, la complicidad de organizaciones históricas que se han dejado engañar por cantos de sirenas, o que han traicionado a militantes y organizaciones que apoyaron con el cuerpo y la razón sus luchas históricas.

Hoy nos dicen que existe una reparación histórica, que lo otro de lo que hay es lo que ya hubo, que endurecer la represión y ajustar la economía es necesario para evitar que el terror regrese. Es el más trillado decir de los perversos: yo, victimario, te estoy protegiendo.