Tragedia

“Yo no tolero a los que quieren aprovecharse
de tanta tragedia”

Como mirándose al espejo y, quién sabe, rechazándose en la intimidad, la presidente argentina dijo públicamente no tolerar a quienes quieren aprovecharse del desastre de la estación Once. Tragedia dijo, y lo repitió un par de veces.

Escuchando una entrevista a María del Carmen Verdú[1], me puse a pensar un poco en torno a esa palabra. Porque, siguiendo la seña de Vardú, lo que ocurrió en la estación Once el miércoles pasado no fue una tragedia. En mi opinión, tiene más bien la forma de un desastre causado por una negligencia criminal en el seno de una sociedad de castas, castas que llamamos clases.

Verdú dijo, hacia el minuto 28 de la entrevista, que “una tragedia es algo que pasa y que no se puede evitar, y que causa muertes de las cuales nadie es responsable salvo la mala suerte”. En cierta manera, la tragedia es un relato acerca del destino, acerca de la fatalidad, un relato que nos cuenta cada vez cómo es que el protagonista no logra vencer los designios del destino. Si hay algo propiamente trágico, es el desenlace anticipado, algo que se sabe que fatalmente ocurrirá y que ocurre, sin que nadie pueda evitarlo.

Cuando una y otra vez machacan la idea de la tragedia uno no puede dejar de pensar que la inescrupulosidad de los principales responsables, de los más directos responsables, no tiene límite, que la hipocresía y la frialdad con la que gobernantes, funcionarios y empresarios pasan por encima de la población exuda una obscenidad atroz. Obscenidad que, dicho sea de paso, también remite a la tragedia.

Obsceno es lo que está detrás de la escena, lo que la representación trágica no debe desvelar. En otras palabras, cuando vemos la función escénica de la presidente imitando malamente una perplejidad que no siente, se ven los hilos del decorado, se ve la composición escenográfica, la muchedumbre de utilería hecha de aplausos obsecuentes a cambio de migajas que caen de la mesa del banquete. Ha sido el destino, nos dicen. Y la utilería aplaude.

El Estado Nacional, uno de los principales responsables del desastre, se constituye querellante en una causa judicial contra quién sabe quién. ¿Acusará a sus socios parasitarios? ¿Se acusará a sí mismo? Seguramente entregará a algún cómplice caído en desgracia, soltará la mano, aprovechará la volada. “Voy a tomar las decisiones que sean necesarias”, dijo la presidente. Ella tomará las decisiones por nosotros. Duerman, nos dice. Duerman el sueño de los inocentes. Nosotros, los responsables del crimen, decidiremos cómo se resolverá esta crisis. “La crisis causó 51 muertos más”, y hay quienes tienen todavía ganas de seguir durmiendo.

¿Qué es lo que todo esto tiene de trágico? Pues lo que tiene de obsceno. La tragedia no es lo que ocurrió el miércoles pasado, es lo que ocurre sistemáticamente cuando somos tan sólo el coro del despliegue escénico de protagonistas y deuteragonistas que, representándonos, se enfrentan con heroicidad a los designios del destino. Habitamos una interpretación escénica de nuestros mitos fundantes en un ejercicio clásico que ya no funciona, porque ya se ha visto el decorado. Ya nada de todo esto es verosímil, y el engaño deja paso a la complicidad.

¿Quién está dispuesto a sostener esta mentira? ¿Quién es capaz de asumir la responsabilidad de seguir sosteniendo, desde abajo y a pie, una construcción social y política en la que descaradamente nos pasan por encima, en la que se asesina, se vigila y se reprime con el mote sacrosanto de los derechos humanos en la casilla del haber? ¿Cuántos muertos más causará la crisis, cuál será nuestro próximo destino, nuestro próximo concierto, nuestro próximo avión, nuestro próximo tren?

Periodistas y militantes ya no saben cómo defender lo indefendible ni cómo acusar sin ser culpables. Atravesados por la sutil diferencia trágica, la que vuelve idénticos a los rivales, oficialistas y opositores se reparten la miserable voluntad de sacar rédito de sus responsabilidades sociales. Algo que, hay que decirlo, ha sido hasta ahora una de las cartas claves que el peronismo siempre supo jugar a la perfección. Se constituyen víctimas de su propio crimen, se yerguen representantes de sus propias víctimas. Y la contraparte indispensable para dinamizar el espectáculo acusa con alarde redentor como si fueran harina de otro costal.

Pero algún nosotros habrá. Un nosotros que se les escape, que no se deje victimizar con homicidios primero y con discursos después. No somos padecientes del destino trágico. Tampoco somos coro de su escena, ni nos conforma la indignación ante la obscenidad. Es nuestra vida la que se juega en cada tren, no la de ellos. Hay quienes pretenden que esto dure para siempre, que la escena sobreviva a la miserable obscenidad. El show debe continuar, nos dicen. ¿Continuará?