Los medios en el medio vs. la fuerza débil

Ahí donde haya un emprendimiento de mega-minería, habrá una movilización popular. Esto no es nuevo. En rigor, hace años que las poblaciones andinas, aisladas de los medios masivos nacionales e internacionales, vienen sosteniendo una resistencia que, en ocasiones, ha tenido aspectos épicos.

Lo que resulta llamativo, es que las noticias nos llegan de la mano de Clarín, TN, Canal 13, Radio Mitre, etc. No es que antes no hubieran hecho noticias con todo esto. Canal 13 ha hecho anteriormente informes sobre Andalgalá[1], por ejemplo, en febrero de 2010, cuando se produjeron los primeros actos de resistencia popular. Tienen, ciertamente, un interés ubicado en el conflicto andino. Pero lo importante aquí es que hay un costado político en esto que no tenemos que dejar de considerar, y que consiste en mediar en la divulgación de los procesos, operar en su desarrollo y ganar una posición de Poder que consiste en regular la trascendencia del conflicto respecto de su propia localización.

No hace falta ser anciano para recordar cómo funcionó la prensa en los tiempos de desestabilización. En Argentina, tenemos un proceso de esos con tal frecuencia que una memoria corta alcanza y sobra. Mi memoria me remonta en primera instancia a tres momentos que recuerdo muy claramente: año ‘89, con el proceso de derrocamiento de Alfonsín, luego en 2001, del que ya escribimos bastante, y en 2008 con el conflicto por las retenciones. En todos los casos, el Grupo Clarín intervino antes y durante los conflictos agitando movilizaciones con un discurso populista de indignación y dramatismo, y un sostenido tono nacionalista.

El otro día volví a ver a Julio Bazán[2] haciéndose el corresponsal de guerra, mostrando con dramatismo y en manga de camisa la represión de Andalgalá. Coincidentemente, escucho Radio Mitre y no hay programa que no diga algo al respecto, y cada uno de los conductores (Nelson Castro, Samuel “Chiche” Gelblung, Jorge Lanata y Ernesto Tenembaum) interviene cuestionando la situación con una perspectiva que si fuera uno marciano le resultaría quizás simpática o, al menos, progre. Y entonces uno, que no es marciano, se atenta por la coincidencia.

Ocurre que la comunicación de los conflictos locales, algo que es crucial para sostener las luchas, para atravesar con ellas la barrera cotidiana de aislamiento comunicacional y administrativo, para dar cuenta de la universalidad de los procesos de conflictividad (cuando la hay), depende de soportes informativos. Y esa dependencia, como el sueño de la razón, cría monstruos. Evidentemente, la fuerza de las luchas populares depende de la resonancia que puedan tener en el cuerpo social más allá de la contundencia local, más allá de la fuerza con la que las personas y las organizaciones sostengan el conflicto en situación. El problema es cuando los buitres agitan la tormenta para usar la genuina resistencia popular en contra de un gobierno.

Hoy jugamos a ser red en el partido que disputan el kirchnerismo a través de Spolsky, Gvirtz y similares, y su socio antagonista, a través de La Nación, Perfil o el grupo Clarín. Cada tanto, algún mal saque de los contendientes se nos viene encima y nos comemos un pelotazo. Y entonces resulta que el otro grita y cobra. Aparecemos como víctimas de las aventuras napoleónicas o jacobinas del kirchnerismo, o víctimas del complot desestabilizador y golpista de “la opo y la corpo”. Aparecemos y desaparecemos, aparecemos víctimas, desaparecidos, aparecemos como la excusa de un patrón informativo destinado a sacar provecho comercial y político-gestor de cualquier circunstancia de inestabilidad social.

Todo esto la sabemos bien, ya está claro. El punto es cómo afecta la intervención del Grupo Clarín y de los otros medios hegemónicos (incluyendo, en primera instancia, a los medios oficialistas, que son mayoría) en un proceso como el de la oposición activa de los pueblos andinos a la avanzada de la mega-minería.

Escuchaba el otro día a Héctor Laplace, dirigente de la Asociación Obrera Minera Argentina, haciendo loas a los emprendimientos mineros, desatendiendo, por supuesto, la situación de los obreros de las mineras, el impacto ínfimo que tienen semejantes emprendimientos en la actividad económica local, etc., etc. Era escuchar, una vez más, un dirigente sindical hablando bien del gobierno y las empresas. Es notorio cómo es que la pelea material de las poblaciones se traslada a la virtualidad informativa de páginas, pantallas y parlantes. Pero lo más grave no es precisamente eso, sino su inversa: cómo es que la partida de ajedrez que se juega en la vitrualidad se vuelca sobre la materialidad de los conflictos locales, situados en la periferia y traídos de pronto al centro de la escena como si de turismo de aventuras se tratase.

Paralelamente, estamos todavía masticando la avanzada de los estados y de los controles corporativos sobre el uso habitual de internet. En plena vigencia de la potencia informativa de internet, resulta que los derechos de autor de las grandes corporaciones son argumento suficiente para que se intervenga sobre el contenido y, especialmente, sobre su divulgación a través de enlaces y de buscadores. Por un lado, un partido de a dos entre modelos hegemónicos especulares. Por el otro, intentos de control sobre la divulgación autónoma y libre de información alternativa (alternativa a esas hegemonías).

El punto, entonces, es alertarnos y persistir. Seamos conscientes de que lo que diga Clarín, aún cuando nos conviene, es mentira. Pero lo que constituye la mentira es la estructura del relato, no necesariamente el episodio que se usa como excusa. Cuando Clarín dice “no se descarta una protesta masiva”[3], me pregunto, ¿cuándo sí se descarta? ¿Qué significa semejante afirmación? Pues, sencillamente, que se convoca a la agitación. Poco a poco se va prendiendo una mecha en un terreno explosivo, como pasó en los otros casos que arriba mencioné. ¿Y quién pondría el cuerpo que explote? ¿Julio Bazán?

Un paso apresurado en un proceso como el actual puede ser el aventón a la derrota que las corporaciones trasnacionales quisieran darnos amigablemente. Cuando no se puede detener un proceso, la forma de neutralizarlo es apresurar los plazos y generar errores operativos. Para eso sirven y se usan los sapos y los medios. Como un juego a dos bandas, Clarín saldría gustoso del asunto si lograra a un tiempo neutralizar los procesos populares de oposición activa frente la mega-minería y darle un cachetazo al gobierno afectando su imagen nac & pop y uno sus negocios más importantes.

Pero, una y mil veces, ladran Sancho. Cuando hacen la fantochada del minero Antonio[4], o cuando mandan a bravuconear a correveydiles como Héctor Laplace, no sólo muestran la hilacha los guionistas y los productores, sino que se advierte que no pueden enfrentar las acciones populares cuando estas se constituyen a partir de la organización, la solidaridad y la claridad en relación al eje del conflicto. No les conviene simplemente reprimir y exterminar. Todavía es demasiado caro. La puesta en marcha de la ley antiterrorista necesita de una campaña de prensa. Por eso circularon acusaciones de “terrorismo”, pusieron en marcha la palabra mágica molotov, y soltaron los allanamientos[5]. Por un lado, se hostiga a la población, se amedrenta y se reprime. Pero, por otro, se aumenta la tensión, se va separando la paja del trigo, y se desmoviliza a los menos convencidos. Esta tensión, por otra parte, destinada históricamente a legitimar represiones, viene acompañada de la reciente modificación de la ley antiterrorista que tiene gustito a pan recién horneado para estos cuervos que aguardan el instante de debilidad. Y es precisamente esa debilidad la que intentan construir con las escenitas del minero Antonio y el representante sindical.

Las operaciones de campaña marcan claramente que tienen un problema, y tienen que salir a resolverlo. Y la ofensiva de Clarín lo aprovecha y lo constata. El problema que tienen es que las poblaciones ya no son tan pasivas como en otros tiempos, como cuando, tentados de salir del desempleo, aceptaron con pasividad la instauración de las actuales mineras. Por otra parte, ya no están tan aisladas y existe la claridad de que se está luchando por cosas importantes. La forma de resolver el problema tiene distintas fases. La primera es desmovilizar con amedrentamiento, criminalización y propaganda. La segunda dependerá de lo que ocurra en la primera, pero es esperable que consista en una represión aún más feroz, quizás más selectiva. Los negocios que están en juego en la región andina son infinitamente más importantes que las poblaciones que resisten, de manera que no hay motivo alguno para no exterminar esas poblaciones. Si son capaces de envenenar el agua de medio continente y hacer polvo montañas enteras, no estamos hablando de gente a la que le tiemble el pulso. Lo único que puede detener un proceso aún peor es la solidaridad activa, en cada rincón del planeta, de la gente de a pie, de las poblaciones del mundo, de forma que el costo aumente cada vez más. Nos guste o no nos guste, para ellos esto es un asunto de negocios.

Para nosotros es distinto. Nosotros luchamos por la tierra, por la vida colectiva de poblaciones enteras, luchamos por la emancipación política, social y económica, por las generaciones actuales y futuras, etc. Cada lucha está dispuesta en una situación y crea un mundo en su decisión de hacerse presente. Cada lucha toca, en su proceso emancipativo, en su hacer cuerpo y alzar la voz, el nervio de la universalidad igualitaria. Esa es la fuerza diferencial que tenemos frente a la fuerza militar y mediática que tienen ellos. Es, si se quiere, una fuerza débil que solamente puede marcar la diferencia si se pone en marcha con acciones concretas, con organización, descentralización y eficacia.

Nuestro rumbo es claro: la emancipación de los pueblos a través de la justicia social, política y económica. No somos las víctimas que muestran Clarín o La Nación. No somos los terroristas que arguyen las leyes, ni los necios que retrata el Gobierno. Somos lo incontable haciendo cuerpo en la acción colectiva ante la avanzada de las corporaciones trasnacionales sobre las poblaciones del mundo.

 


[2] para quienes tengan la suerte de no saber quién es, se trata del notero estrella del noticiero de Canal 13 y de TN, canal de noticias, ambos del Grupo Clarín, un eterno “enviado especial” obsecuente que dedica su vida a hacer un sucio trabajo de manipulación y amarillismo.