Notas (amargas) acerca de las tomas universitarias

El ministerio de Educación se compromete a establecer el mecanismo financiero necesario con la Universidad de Buenos Aires, para construir la 3era etapa de la sede de Santiago del Estero de la Facultad de Ciencias Sociales, cuya parte no inferior al %30 del total será licitada durante el mes de enero del 2011.
El cumplimiento de este compromiso queda supeditado al levantamiento de la ocupación de todos los espacios tomados.

Acta del acuerdo negociado entre las autoridades de la FUBA con las autoridades del Gobierno Nacional http://www.uba.ar/comunicacion/noticia.php?id=2718

Hoy leí en página/12 la crónica más macanuda que puede escribir un periódico oficialista respecto de una rebelión estudiantil. Es curioso ver cómo es que la energía del “estudiantado organizado”, tomando violentamente el palacete del ministerio, pasa sin penas ni glorias y triunfa obteniendo la grandiosa conquista de la promesa de algún funcionario.

Ironías aparte, es interesante observar que las tomas universitarias, más grandilocuentes que horizontales, han obtenido como conquista la promesa de licitación de un 30% de lo que estaba proyectado para construir un futuro edificio que alguna vez se hará (o no), con la promesa adjunta (negociada en FILO) de que se le dará prioridad a la educación gratuita. Dos promesas como toda conquista, ¿o es que hay algo más?

Cuando escucho hablar de “los estudiantes”, se me revuelve el estómago. No porque me moleste la organización estudiantil, ni mucho menos. Lo que me molesta es la persistencia en la lógica aplastante de la representación política. ¿Acaso las agrupaciones del PTS, del PO o sus simulacros al uso son los estudiantes? ¿Acaso las asambleas son algo más que rudimentarias escenas de entrenamiento militante donde decenas o incluso centenas de personas ven pasar las horas desde las 7 de la tarde hasta las 2 de la mañana para que un reducido grupo de militantes trasnochados acabe tomando decisiones cuando todo el mundo se fue o se durmió?

Es claro que muchísima gente está encontrándose por primera vez con los artificios de las listas de oradores, las mociones de orden, los presidentes de mesa y esas cuestiones destinadas a robar de la muchedumbre alguna supuesta legitimidad que les permita decir “somos vos”, como dice canal 9. Esto es bueno (digo, lo de encontrarse por primera vez con esta escena). Es bueno porque va dejando dos cosas: la experiencia de la agitación, por un lado, y la experiencia del manoseo, por otro. El problema es que mucha gente saca de esa combinación explosiva solamente frustración, y de esto sabemos bastante quienes nos fumamos centros de estudiantes, reuniones militantes varias y asambleas de toda calaña simplemente porque tenemos más de 25 años, tuvimos alguna primera vez en este embrollo, y vencimos de alguna manera nuestra propia frustración. De hecho, esta clase de manoseo y aparateo asambleario no es propiedad de las organizaciones estudiantiles ni de las agrupaciones de izquierda.

Es frustrante abordar una asamblea con la ilusión de que se puede realizar ahí algo del encuentro entre compañeros para organizar actos de lucha y movimientos reivindicativos, con la ilusión de ser escuchados y de escuchar algo más que trillados discursos militantes, y salir sacando cuentas de que nunca hubo un sitio donde dejar una marca de propia cepa, un puto sitio donde hacer cuerpo para organizar las luchas, un puto sitio donde ensamblar anhelos comunes para el bienestar colectivo.

Las organizaciones juveniles de los partidos políticos de izquierda (y de los otros, aunque el marxismo hizo escuela), intentando cosechar en la agitación proto-cuadros capaces de agregarse a sus filas, convocan a la frustración y fijan los esquemas representativos en el imaginario colectivo al punto de romper todo lo que no les sea útil. Es historia vieja. Juegan las cartas de las dicotomías que pretenden obligar a dividir aguas entre la “gente comprometida” (los que se fuman sus operaciones y les dan el número sobre el cual legitimarse) y “los corderos” (los que les chupa un huevo cualquier cosa que los quite de su obediencia debida al decurso normal de los acontecimientos). Una y mil veces se opacan las presencias diversas, tantas veces disidentes, que son al fin y al cabo las únicas que pueden marcar la diferencia en la repetición, traer la novedad de nuevas formas de acción, de nuevos mecanismos para las experiencias emancipativas.

Atenazados por la bipolaridad de izquierdas y derechas, los recipientes de la prédica militante se vuelven espejos vacíos que solamente sirven para hacer masa. Una masa, por cierto, insignificante sin la lupa de las grandilocuencias y las mediatizaciones. ¿Quién no se frustraría en tal situación?

La conquista de estas tomas es básicamente posicionamiento de marca. Las organizaciones analizan estrategias y logros, pescando en río revuelto, que nada tienen que ver con alguna clase de expresión colectiva, por pequeña que pudiera ser, sino con fórmulas unitarias de la manipulación social que nada tienen de diferente respecto a las corporaciones políticas hegemónicas, salvo las piezas simbólicas que usen para “ganarse a la gente”.

No obstante, insisto, la experiencia puede ser muy buena, si se usa para pensar. Es una situación que se puede pensar, que es necesario pensar. La disyuntiva no puede ser fumarse la manipulación o dormir en el encierro de la individualidad autómata. Ha de haber algo por decir, algo por hacer que se sustraiga a semejante oscuridad. Y ese algo que ha de haber, es un algo que inventar, y que precisamente cabe como decisión, como ruptura, frente a las intentonas bipolares.

Quienes queremos romper al continuidad de las lógicas de la representación y de las diversas formas del dominio, quienes queremos atender los asuntos cotidianos desde la autonomía, la autogestión y la acción directa, aplaudiremos seguramente mil tomas universitarias, mil acciones contra el ministerio, mil movilizaciones del estudiantado en atención de sus asuntos sin delegar en dirigentes y sin abastecer a las autoridades de la legitimación simbólica que tienen los reclamos.

¿Reclamar la atención de funcionarios que suelten dos promesas es lo único que puede hacer el estudiantado? ¿Ése es el techo de la organización colectiva, de la rebelión estudiantil?

Es necesario prender fuego el ambiente académico (en sentido figurado, si quieren) para avanzar en el sentido de la producción y no en el de la reacción adoctrinada y trascendente. Hay diez millones de asuntos fundamentales para romper en las universidades que van mucho más allá de las “condiciones edilicias” (sin que estas “condiciones” dejen de ser importantes), de las tramoyas de cogobierno, o del posicionamiento de marca frente a la espantosa Franja Morada (estas otras no son importantes en absoluto). El punto es que el fuego volcánico de la rebelión estudiantil está siendo usado para prender un cigarro mientras se negocian tableros bizantinos. Así ese fuego se apaga, porque se vuelve fatuo fácilmente.

Esta experiencia puede servir, pero habrá que pensarla. Pensarla implica en gran medida contradecirla, ponerla en cuestión, interpelarla. Es por demás deseable que los estudiantes que se vieron movilizados por esta experiencia no se queden con los cantos de sirena de las organizaciones que inflan su pelaje dando vivas a una victoria que sin sus pavoneos se reduce a una negociación más en mesa chica, entre autoridades de aquí y de allá, donde se paga con desmovilización la ocasional ventaja de un recurso discursivo fiel a las estratagemas de la representación política.

En la medida en que nos dejemos representar, en cualquier ámbito que nos toque habitar, estaremos conspirando en contra de nuestra presentación, la de cualquiera. Y los efectos de tal conspiración son precisamente éstos: volvernos negociables, piezas de ajedrez, peones para otros.

Elegir o decidir: ésta es nuestra verdadera disyuntiva.