Lo público y la lógica del miedo

A raíz de las descabelladas represiones que tuvieron lugar en la ciudad de Tigre[1] en noviembre y en febrero, la discusión acerca del espacio público tomó en esta ciudad un tono especialmente conflictivo y movilizador. Se trata de una discusión que transgrede cualquier localía y se extiende por todas las ciudades del mundo. De hecho, no es en absoluto una nueva discusión, sino que es un aspecto fundamental de las acciones y de las reflexiones sociales y políticas desde hace mucho tiempo.

En Argentina la explosión social de diciembre 2001 marcó a fuego las formas del control social. Una de las marcas de aquella explosión fue precisamente el encuentro colectivo de vecinos en las plazas y en las calles. Cada quien con sus motivos decidió salir del mundo privado y dar un paso activo hacia lo público tras la convicción, más o menos razonada, de que la única vía válida para la acción social o política es precisamente el encuentro de comunes. La reacción desde el poder, cuando la operación de desestabilización se le fue de las manos, consistió en sacar a la calle las fuerzas de seguridad y establecer una presencia amenazante y violenta durante los años siguientes. Al mismo tiempo se fijó en el asfalto un vallado frente a la casa de gobierno y se instaló otro vallado permanente en la Plaza de Mayo que la parte en dos. Pronto el gobierno progresista de la Ciudad de Buenos Aires comenzó un enrejado progresivo de todas las plazas de la ciudad que todavía continúa.

El mensaje es claro: el espacio público está gobernado, es del gobierno, y será defendido violentamente. Este segundo predicado lo señaló con elocuencia el gobierno de Duhalde con el asesinato de Kosteki y Santillán, dos militantes de la zona sur del conurbano bonaerense. El encubrimiento de los responsables por parte de todo el aparato político-legal del Estado acompañó la sentencia.

A partir de ese momento la impunidad policial y las mafias locales profundizaron el dominio sobre el espacio público, dejando muy en claro que la operación de reconstrucción institucional consistía, principalmente, en aniquilar un proceso de movilización generalizada que hincó en la población e inauguró un nuevo presente.

Desde aquel proceso decembrino la situación política en Argentina cambió de forma radical. Hubo tres modos de accionar ante el encuentro colectivo: 1- desde el Poder, con todo el aparato simbólico y gestor de la función estatal destinado a destruirlo, y un sector del empresariado neoliberal manipulando reactivamente 2- desde la Impotencia, con todo el aparato representativo de las organizaciones peronistas y marxistas orientado a cooptarlo, y 3- desde la potencia, con una forma inaugural de la presentación colectiva de la población en los espacios públicos, que se dispuso a afirmar la ruptura sin hallar ninguna clase de uniformidad en la consideración de sus efectos.

Los años siguientes a la muerte anunciada de las asambleas barriales fueron años de reafirmación de los procesos de institucionalización, y también de una consecuente y esperable desmovilización general, que produjo a su vez la frustración de muchísimas personas y la esperable recuperación de la normalidad. Sin embargo la huella que dejó aquella ruptura está visible en la paulatina recuperación de la actividad pública de la población y en la cada vez más extendida convicción de que la respuesta política ante los conflictos colectivos no puede conducirse a través del Poder o la Impotencia.

Así es que la situación actual está atravesada por la lógica del miedo. Se trata de una ambivalencia muy clara: dar miedo y tener miedo. Es una lógica del encierro en la ciudad privatizada y a la vez de la represión desmedida; lógica del hambre y la exclusión, y a la vez de la paranoia estructural de una arquitectura urbana refugiada en muros, vallas y alambrados; es la tecnología del panóptico con cámaras de vigilancia y mil vigilantes, y a la vez la doctrina de la inseguridad sembrando enemistades. Cuando la estructura se rompe aparece el miedo a lo otro como una rabia volcánica que sube desde adentro y vomita un fuego irracional sobre la diferencia.

Los ensimismados al Poder temen, furiosamente temen, están terriblemente asustados. Y asustados producen terror. Son monos con navaja, idiotas adiestrados en el manejo monopólico de la violencia organizada. El terror se vuelca en vasos colmados de esperanza y se derrama. La esperanza, esa hija maldita de la pasividad, adormeció los instintos de rebelión en la renovación del plazo fijo entregado ciegamente a los representantes. Los esperanzados de la democracia ahora están desesperados. Temen a los robos y ahora temen al encierro, temen a los pobres y a la represión, y miran a su alrededor buscando nueva representación encontrándola en el tropezón de la misma piedra. En los aires urbanos del siglo XXI se respira miedo. Miedo a la crisis financiera, miedo al desempleo, miedo a la caída del segundo muro que había prometido consumo y prosperidad. Pobre Fausto: la lógica del miedo es la madre del desastre.

Los mecanismos del dominio sobre la población, a través de la disciplina y del encierro, son resabios de una cultura que se está viendo superada por el despliegue de nuevas tecnologías. Son las tecnologías de control a cielo abierto. Al tiempo que se encarcela rabiosamente en virtud de aquel resabio, se despliegan cámaras de vigilancia en todas las esquinas, y las formas institucionales del Estado van dejando paso al modelo privado de la gestión policial. Las corporaciones sindicales sirven de fuerzas de choque al empresariado industrial, mientras que la alteración de las normas constitutivas de la gestión pública en manos del Estado se ha vuelto habitual en desmedro del imaginario institucional, y en promoción de una nueva clase de sociedad privada. Ante semejante mutación, el progresismo, tan conservador como siempre, pretende aferrarse al modelo estatal y fortalecer la institucionalidad cívica. Los antiguos defensores del populismo estatal pretenden estar luchando contra una oligarquía al uso, compuesta por un imaginario de principios del siglo XX, mientras que los conservadores, siempre más atentos a lo novedoso, se suman a la nueva gestión del Poder y abandonan progresivamente la institucionalidad estatal. Son grandes empresarios que gestionan como tales una sociedad de la que siempre han sido propietarios.

Lo público, entonces, está siendo desgarrado por la doble tensión de la gestión social. Entre lo privado y lo estatal, lo espacial y lo simbólico del espacio público se está configurando de un modo espeluznante. Ya se ha vuelto criminal ir a la plaza con los niños, realizar espectáculos en los barrios, jugar a la pelota en el parque. De hecho, la parquización abandonó la gramilla a favor del pavimento, distribuye senderos serpenteantes interrumpiendo cualquier espacio útil para el encuentro, y destina los parques al estar individual o al tránsito de paso. Han llegado al punto de diseñar ingeniosos dispositivos para que nadie pueda recostarse en los asientos, y para que nadie pueda correr al aire libre sin verse obligado a zigzaguear entre los árboles o los postes de iluminación. Y ni hablar de reunirse los vecinos: más de tres en una esquina es asociación ilícita. Hay un toque de queda cada noche en cada plaza cuando se cierran sus puertas de hierro. Y esto es literal.

Cuando aparecen, entonces, los artistas en las calles, la represión está legitimada. Es fácil, y es casi inevitable, reprimir a la población cuando no está representada. Y este es un punto crucial: se está reprimiendo la presencia. Cuando media alguna clase de organización que se adecue a las formas de la gubernamentalidad, las posibilidades de represión disminuyen ampliamente. El gobierno sabe negociar con representaciones, pero no puede hacer nada con la presencia. Insisto: le teme. La presencia es en sí lo que revoluciona cualquier situación gobernada. El gobierno recuenta, necesita ver subconjuntos incluidos en su forma de ser, partes de sí mismo a las que luego habrá de combatir o cooptar, a las que usará con cualquiera de sus herramientas. Pero ante una presencia que excede sus bordes, que no está incluida en la gobernabilidad, que no forma parte de ella, lo gubernamental, aterrado, destruye y aniquila.

¿Qué es, entonces, lo público?

El público admira, observa, repudia o aplaude. El público es un aparato de pasividad que se vuelca sobra alguna multitud para contar una multiplicidad y nombrarla de una vez. Lo público, en cambio, es aquello que atañe a lo múltiple sin cuenta. Algunos intentan contarlo como pueblo, otros como ciudadanía, otros como sociedad. Se dice: “la sociedad demanda tal cosa”, o “el pueblo se pronunció en las elecciones”, o “la ciudadanía reclama seguridad”. Son distintas formas, con sutilezas políticas diferentes pero iguales resultados, que se usan para arruinar lo múltiple, indecidible, que sustenta lo universal de la experiencia social humana. Detrás de estas expresiones subsiste un tratamiento totalitario de lo universal que lo convierte en Todo. El Todo pretende no tener fisuras, es lo Uno que se cierra sobre sí y delimita internamente lo posible, pretendiendo cancelar cualquier marca de inconsistencia, cualquier fuga, cualquier falta o cualquier exceso. En otras palabras, es la fijación de lo existente dentro de una situación.

La represión aterroriza y totaliza. La resistencia a la represión compone nuevamente una figura representable con la que lo gubernamental sabe lidiar. Es necesario superar la reacción y aventurar una construcción propositiva, una acción que no se deje controlar por la unificación del miedo, por la resistencia funcional.

Por eso, cuando se proclama el uso público del espacio público se prescribe una idea política. La redundancia señala la ausencia de una figura totalizante. Lo público no forma parte, no admite ser contado ni como pueblo ni como ciudadanía ni como otra cosa que nada, es una nada capaz de transgredir los límites funcionales de la regulación gubernamental. No hay gobierno posible sobre aquella cosa que está pero no existe.

En estos términos, existir significa ser representable. Políticamente la representación es aquella operación que incluye lo que hay dentro de las condiciones del ser político. En una sociedad gubernamentalizada, el ser político es un ser gobernable y potencialmente capaz de gobernar. Aquello que se sustrae a la representación se sustrae también a la gobernabilidad, a la lógica del dominio y del poder. Cuando lo público hace uso de un espacio, inventa un espacio público, esto es, un espacio que se sustrae de todo dominio. Se abandona así la fijación pasiva de una parte de la situación y adviene una forma de la acción colectiva que excede la estructura política vigente. Por eso lo público no es asunto de artesanos o de artistas, no es asunto de funcionarios ni de residentes, no es asunto de Tigre o Barcelona. Es asunto de una multiplicidad indecidible que se corporiza de cualquier manera pero se subjetiva de una sola: es fiel a la ruptura estructural producida por la presentación de lo público en lo público.

A partir de aquí la idea que circula en la población es la idea del hábitat, esto es, el territorio que una población habita. De una forma tautológica, se define la población según el hábitat y viceversa. El punto definitivamente concreto de todo esto, es que la idea del uso público del espacio público implica que cualquiera puede usar el espacio público. No hace falta la autorización porque es imposible la autoridad. Sea para pasear, para producir arte, para comerciar, o para lo que sea, el uso público apuesta a la regulación colectiva de la vida urbana por parte de los que se ven directamente afectados en ello. Quienes dan el cuerpo en esta idea operan una decisión. Lo que nos importa es, precisamente, que la idea circule en esa multiplicidad que no tendrá los límites particulares de la representación, sino la extensión infinita de quien accione de forma consecuente.

El uso público del espacio público requiere y prescribe la activación de lo público. Si no es a través de la presentación desgobernada, de la presentación ingobernable, estaremos hablando del uso popular, o del uso ciudadano, es decir, estaremos hablando de la configuración de una parte que pronto se convertirá en una forma remendada de la gobernabilidad. La nueva situación demanda acciones fieles a la novedad que irrumpió en 2001 señalando que algo terminó. En cualquier caso, habrá que ver qué es lo hacemos empezar.

Somos cualquiera. Artistas, madres, tíos, ecologistas, vecinos, artesanos, no importa. Somos lo incontable, las mil formas de una idea sin dueño.


[1] Nota del futuro: este texto fue escrito meses después de que la policía reprimiera un festival familiar en protesta por el desalojo de artesanos en la ciudad de Tigre. La represión se desató durante un espectáculo de títeres para niños, golpeando violentamente a los presentes y deteniendo a 9 de ellos de ellos.