Sobre la experiencia argentina y la nueva crisis mundial

Cuando en diciembre de 2001 la agitación social en Buenos Aires colmó las calles con la desprolijidad social y política de la revuelta los fundamentos eran de lo más diversos y, muchas veces, contrapuestos. Sin embargo había un rasgo característico: la crisis financiera.

El techo de la especulación característica del paroxismo liberal de los noventa redundó en un estallido. El fulminante de arriba detonó la explosión de abajo. Entre otras cosas lo que hubo fue una reactivación política luego de diez años de letargo, reactivación que tuvo una clave fundamental que se ha vuelto inaugural: sin representación y sin partidos. Que se vayan todos fue el nombre de algo que parecía no tener sentido o, a lo sumo, tener demasiados. Sin embargo la recolección de las experiencias sociales y políticas de la época da cuenta de un germen que vino a señalar un comienzo. Lo político no fue la institución de las asambleas o la apropiación de fábricas o la creación de espacios económicos gestionados por agrupaciones no gubernamentales, sino de algún modo todo eso, es decir: la voz pública de los barrios, la decisión colectiva en la gestión obrera de algunas industrias, la autonomía económica de organizaciones barriales, etc. Hubo entonces un signo que fue el de asumir la responsabilidad del encuentro, de la discusión y de la decisión colectiva.

Es redundante afirmar que todo eso fue un chispazo fugaz y en ocasiones sólo perceptible a la distancia y con el tiempo. Lo que sí vale la pena afirmar es que esa experiencia ha dejado varias huellas que ahora se vuelven decisivas. La respuesta inmediata de las corporaciones y del gobierno nacional ante la crisis financiera internacional que estamos viendo ahora, todavía más como espectáculo que como realidad, varía entre la paranoia, la negación y la complicidad pusilánime. Por un lado el gobierno afirma, como lo hace también con la experiencia de 2001, que la casa está en orden y aquí no pasó nada. Ahí se anotan también las voces cómplices del proyecto kirchnerista y sus socios más o menos directos. Por otra parte algunos sectores de la prensa y ciertos analistas económicos disparan que la crisis mundial es un grave peligro para el ciudadano común que pronto perderá su empleo y sus ahorros (porque todos los ciudadanos comunes, para el análisis de los analistas, tiene empleo y ahorros). Ellos reclaman liderazgo político y asimilan, también como los otros, lo político a lo económico a través del Estado. Por otra parte, las corporaciones obreras ponen freno a la perversión de su discurso de reactivación del salario y a sus miserables reivindicaciones tradicionales para dejar muy en claro que la vida de la sociedad depende de la conciliación de clases y de la bonanza con la que el mundo de la ruleta bursátil abastezca al empresariado industrial. La mesa de enlace de negociantes agropecuarios hace un paro de seis días en un momento políticamente muy inadecuado para sus propios intereses, haciéndonos saber que sus márgenes de ganancia están en riesgo y que el Estado Nacional debe salir a su rescate de forma más o menos urgente, a imagen y semejanza del gobierno de Estados Unidos con sus socios banqueros.

Si volvemos la mirada sobre aquellos tiempos agitados del torpemente bautizado argentinazo, podremos recordar las múltiples voces que avisaban al mundo europeo y estadounidense que lo que observaran aquí les resultaría útil en breve. Eran voces que nombraban, con los sordos gritos de la calle, que el hilo se corta por lo más delgado, pero se corta. Se estaba anticipando que la impávida estructura del muro Wall Street tenía los días contados. No era la solidaridad explícita de Hebe de Bonafini con el “socialismo revolucionario” de Al Qaeda, sino una percepción más o menos generalizada de que algo de la continuidad se estaba rompiendo.

Cuando Geroge Bush dice que ahora está convencido de que la intervención estatal en el mercado financiero es necesaria, se viene a desplomar un discurso que se ha vuelto insostenible. En un punto no ha cambiado nada: el discurso del liberalismo y del fanatismo neoliberal nunca fue más allá de cierta intelectualidad o de la genuflexión obsecuente de una gran masa del pueblo. A nadie se le ocurriría pensar que los grandes concentradores de la riqueza mundial estarían dispuestos a perder un centavo en un asunto de principios. Pero, sin embargo, hay algo que está cambiando. ¿Qué hubiera pasado en 2001 si hubiera habido un 2001 antes? ¿Qué hubiera pasado si la experiencia de la restauración política después de la revuelta hubiera estado viva en la memoria de quienes activamos aquella situación un poco más de lo que minoritariamente estuvo? Probablemente hubiera pasado algo parecido a lo que pasaría si la población mundial reaccionara ante la crisis financiera internacional afirmando sus propias decisiones sobre los mismos principios políticos dando cuenta de las huellas que han dejado las experiencias de Seattle, de Génova, de Buenos Aires o del Alto, por ejemplo. Probablemente hubiera pasado algo parecido a lo que se puede producir si en vez de seguir mirando a la política como pura gestión económica asumimos la decisión de forma colectiva, presentes y no representados, afirmando que algo efectivamente se rompió y que no estamos dispuestos a emparchar obsesivamente una estructura rota. Probablemente hubiera ocurrido que la autonomía de la población hubiera durado más y se hubiera afianzado sobre mecanismo renovados de acción política que no se desdibujen tan fácilmente con la reaparición del financiamiento estatal y las promesas bonachonas del padrinazgo centralista de gobiernos, partidos, organismos y organizaciones.

Pienso que es momento de lanzar de nuevo el grito que en su momento fue muy rápidamente ahogado por la reactivación de los discursos y las prácticas tradicionales de la representación delegativa y de la pasividad victimizada de una sociedad que no supo dar cuenta de la ruptura que ocurrió.

Seguramente habrá más de una consecuencia aquí abajo. La crisis financiera redundará muy probablemente en una detención global de las economías que producirá desempleo y recesión en muchas partes del mundo. Esto, como siempre, habrá de golpear más fuerte a unos que a otros. La avanzada xenofóbica europea será cada vez más fuerte, la complicidad de las corporaciones sindicales será cada vez más pronunciada en todas partes, la dificultad para acceder a un techo y a los alimentos será mayor. Al menos por un rato. La única vía de respuesta social ante semejante panorama que no pase por la victimización colectiva, la caridad y la espera pasiva a que los Estados se recuperen de la hazaña rescatista, será política. Dependerá las capacidades colectivas de construir una política efectiva, esto es, una dinámica decisional colectiva que logre sustraerse a la representación, abandone toda pretensión de restauración paternalista, de iluminaciones vanguardistas y de liderazgos, y viabilice formas sociales y económicas en las que inscriba su marca. No podrá ser sino a través de la autonomía del pensamiento político, esto es, revirtiendo aquel error de suponer en la reacción de las víctimas una acción política emancipativa y sosteniendo la distancia entre lo económico y lo político. No podrá ser sino a través de un nuevo pensamiento de la situación que no pretenda tomar de su descripción las respuestas necesarias. Se vuelve indispensable la afirmación de principios que atraviesen todas las formas del encuentro y nos den la oportunidad de activar aquella ruptura que hace siete años marcó un grieta en Buenos Aires.

Nombremos la igualdad, nombremos la presentación, nombremos la libertad. Nombremos un universal que no implique la negación de las particularidades pero que no encierre en reivindicaciones locales el grito libertario de todos y cualquiera. Activemos en cada rincón del mundo los principios políticos que se han inscripto con el comienzo del siglo desde la efervescencia del encuentro a distancia de cualquier mecanismo centralizador, lejos, bien lejos, de las formas estatales, de los partidos y de los sindicatos. Apostemos por las formas de organización que se desprendan de tales principios, ya sea revitalizando la federación y las agrupaciones, ya sea inventando lo que todavía no existe.

Asumamos colectivamente que las decisiones son nuestras marcando el ritmo en la calle, en los barrios, en las fábricas, en las plazas, en todas partes. Hagamos una apuesta: lo que vendrá tendrá que ser lo que queremos ser.

10 de Octubre 2008.