Ni Dos ni Tres: un ensayo de otra coyuntura

El hombre se hace deudor de los demás de diversas maneras, según su excelencia y los diversos beneficios de ellos recibidos. Bajo ambos aspectos ocupa el primer lugar Dios, pues es lo más excelente, y es el primer principio de nuestro ser y de nuestro gobierno. En segundo lugar, el principio de nuestro ser y de nuestro gobierno son los padres y la patria, por los cuales y en la cual nacemos y somos nutridos. Y por consiguiente, después de Dios, el hombre es máximamente deudor de los padres y de la patria. Por lo cual, así como a la religión corresponde dar culto a Dios, así, en un segundo lugar, corresponde a la piedad dar culto a los padres y a la patria. [1]
Alfredo De Angeli es el ícono indiscutido que emerge de esta generación de luchadores del interior […] Un líder natural, campechano y mediático, que es modelo para muchos humildes. Y fuente de espanto para algunos poderosos. [2]
El dirigente entrerriano es el espejo en el que todos quieren verse. [3]

El conflicto que se dio en los primeros meses del año en relación a la resolución 125 del Ministerio de Economía, la de las famosas retenciones, abrió un panorama político enteramente dispuesto en las viejas lógicas de la gestión de intereses de las partes del estado. No obstante, desde una posición que persiga la invención de una nueva política de emancipación, aparece la pregunta acerca de cómo intervenir no en la vieja política, sino en la situación, y, claro está, en virtud de una ruptura. En otras palabras, ¿puede intervenir ante este conflicto una política emancipativa? ¿Tiene algo para decir?

Yo pienso que sí, aunque es un camino delicado. Discutir si las retenciones, si el PJ, si Cobos o no Cobos, no es asunto nuestro. Pero algo pasó, y eso que pasó tiene la capacidad de exponer las formas en las que se configuraron distintos sujetos en relación al acontecimiento político de diciembre 2001, sujetos que nombran o refieren distintos episodios fundacionales, aún de forma implícita, y asumen ante ellos distintas posiciones. No me detendré aquí en la consideración exhaustiva de aquel acontecimiento. En ese sentido sólo haré referencia a lo que opera de forma significativa en función de este análisis particular.

Intentaré en lo que sigue poner en juego ciertos criterios para el análisis coyuntural que tratan de romper la hegemonía del pensamiento político de la gestión de intereses. En los siete puntos que usaré para ensayar esta cuestión trataré de dar cuenta de los asuntos que afectan principalmente al cambio de ruta que propongo, como son la cuestión del sujeto y del cuerpo, la distribución de algunas ideas en el imaginario social que afectan las decisiones colectivas condicionándolas en virtud de la delegación, la manera en que se inscriben estas condiciones en la coyuntura actual y, primeramente, qué es eso que llamamos coyuntura.

1: Articulación y coyuntura

Pensar una coyuntura política es pensar cómo se articula un cuerpo de ideas. En el tradicional imaginario militante de los movimientos sociales y políticos autodeclarados populares la articulación cumple una función importante. Articular significa componer una asociación más o menos circunstancial entre movimientos que van por caminos más o menos diferentes y que, ante las demandas particulares de una coyuntura, ordenan entre sí los movimientos. Movimientos que ordenan movimientos.

Detrás de esta idea de articulación hay una idea de cuerpo. Un cuerpo es un conjunto de partes vinculadas entre sí, y esos vínculos se inscriben en las coyunturas. Articulación y Coyuntura son sinónimos. Podemos decir que un pensamiento de la coyuntura es un pensamiento acerca de cómo se articulan las partes de un cuerpo. Si un cuerpo tiene partes, la ley que las vincula, aquello que las enlaza en tanto partes de un cuerpo, aparece en la forma en la que éstas se articulan. Lo que busca, entonces, un análisis coyuntural es precisamente la descripción de cuáles son esas partes y cómo es que se articulan. Esto viene a decir algo acerca de cómo es que un cuerpo se mueve. Detrás de la articulación de movimientos hay entonces la idea de cuerpos que forman parte de un cuerpo. Los Movimientos son cuerpos que se mueven según su articulación con otros Movimientos.

Como la palabra Revolución, la palabra movimiento sirve para nombrar el efecto de una acción y, a la vez, la causa de ese efecto. Aparece aquí la figura de un sujeto colectivo que es capaz de mover algo en el entorno. En este contexto, Movimiento es sujeto y efecto de la acción del sujeto. Es un problema que tenemos con los nombres y los verbos. Un sujeto, para complicarlo todo un poco más, viene a ser un efecto de la sujeción y al mismo tiempo lo único que podría sujetar algo. Y así, la articulación: el efecto de la acción de articular y a la vez la misma acción.

Alrededor de la palabra coyuntura puse en juego otras cuatro: articulación, movimiento, sujeto y revolución. ¿cómo operan hoy, después de la casi perfecta dispersión de los sentidos del fin del siglo de la posmodernidad, estas fuentes inagotables del imaginario militante?

Un Movimiento social no es el movimiento de la sociedad, sino una parte de esa sociedad que pretende mover al cuerpo social hacia un estado diferente. Para esto se organiza y predispone su acción en virtud de dos lugares: 1- el lugar donde está (coyuntura) y 2- el lugar al que quiere llegar. Cómo es que se articula un cuerpo y cómo debería articularse. Claro que, si bien la meta es siempre una producción subjetiva que es decidida sin una relación estricta con lo real (pero en dependencia de ello), el punto de partida no es menos relativo, siendo que ninguna objetividad puede ser soportada por un discurso subjetivo. En este punto debemos ser estrictos con la consideración de los alcances de la subjetividad. Por más tecnicismos que afloren y por más sentidos comunes que se puedan usar, un pensamiento de la coyuntura es siempre una fijación subjetiva de formas y de dimensiones, de bordes, de abismos. Es la descripción particular (subjetiva) del cuerpo que se integra. En otras palabras, un pensamiento de la coyuntura es siempre una decisión. Lo que viene a darle gravedad y anclaje a esta cuestión es quién toma esa decisión, es decir, cuál es la descripción que se asume para analizar el cuerpo. La decisión de una coyuntura, entonces, es la decisión de cuál es el cuerpo del que se trata. Una descripción coyuntural de una situación implica la idea de un cuerpo que se articula de esa particular manera descripta.

Analizar la coyuntura de una situación política implica analizar la forma en la que se articulan las ideas de esa situación, y pensar, en consecuencia, cuáles son esas ideas. Un cuerpo político es un cuerpo de ideas en relación a la forma en que se da en la situación social la dinámica de las decisiones colectivas. Para que exista un pensamiento político es necesario que exista la posibilidad de interrupción de la continuidad de las formas vigentes. Esto implica pensar la coyuntura en virtud de su falla. La mera descripción de una coyuntura política no implica un pensamiento político, sino que es necesario intervenir nombrando las interrupciones que han dado lugar a la situación actual en virtud de otras futuras interrupciones. Es precisamente en esas intervenciones donde un cuerpo se subjetiva a partir de la decisión de una coyuntura.

Nombrar un acontecimiento implica decidir que una novedad vino a interrumpir la continuidad de la situación y que, por lo tanto, pertenece a esa situación. Decir, por ejemplo, que en el seno de la explosión social de diciembre de 2001 hubo una novedad política implica decir que la normalidad política de la sociedad argentina se interrumpió en 2001. Esto obliga un pensamiento de la coyuntura política que será diferente a la decisión coyuntural de quien afirme que esa interrupción nunca existió. Una política emancipativa que se declare por tanto fiel a un acontecimiento y se disponga a la ruptura de la estructura de sentidos vigente abre la posibilidad de pensar la coyuntura con otras herramientas que las que gobiernan el pensamiento político de la situación. Una otra política, entonces, obliga un otro análisis coyuntural montado sobre un cuerpo de ideas que se sustraiga de la normalidad política de la situación actual. No está claro que este intento logre inscribirse en semejante pretensión, pero confío en que sea, al menos, un aporte consistente.

2: Sujeto

Entre la objetividad y la subjetividad un pensamiento de otra coyuntura nos obliga a una aproximación de un pensamiento del sujeto en política. Poner a la política del lado de lo subjetivo, en virtud de retirarla del saber de la situación, abre la pregunta de qué es eso que llamamos sujeto.

Quisiera ubicar, entonces, dos formas canónicas para pensar al sujeto: 1- el sujeto como resultado de la estructura vigente, esto es, el sujeto sujetado que no puede sino ser pura reproducción de la estructura que subjetiva, y 2- el sujeto como forma autónoma y potencia disruptiva dentro de una situación más o menos ligado, en tanto elemento de la sociedad, a cierta sustancialidad que lo vuelve anterior e impredecible respecto a la estructura.

Estas dos formas se han vuelto insuficientes. Por un lado, pensar al sujeto como resultado de la estructura en la que se halla inscripto cancela cualquier novedad ligado a él en la medida en que solamente puede reproducir lo que está dado. Por el otro, pensar la sociedad como resultado del enlace entre sujetos que no deben nada a la estructura de la situación deja completamente de lado los condicionantes estructurales. Por un lado desaparece la subjetividad, por el otro desaparece la objetividad, y con ella todo pensamiento de la situación y su estructura.

En mi opinión la distancia entre objetividad y subjetividad es decidible en virtud de la disrupción. Esto significa que, mientras que la continuidad de la estructura de la situación (en nuestro caso política) está del lado de la objetividad, es precisamente la subjetividad la forma de la interrupción y la ruptura. De un lado los saberes que gobiernan la situación, del otro el pensamiento. De un lado la elección y las opciones posibles, del otro la decisión y la apuesta. Algo decidible en una situación es algo que puede decidirse a partir de lo dado en situación, esto es, una elección que no depende estrictamente de una intervención del sujeto. Esta otra clase de intervención se da, en cambio, a partir de un indecidible. Un sujeto emancipativo aparece cuando una decisión afirma nuevas condiciones que no resultan de la repetición propia de la estructura sino que se abren como una novedad.

El sujeto, entonces, adviene ante el indecidible que se abre en una situación a partir de la inconsistencia de la estructura. Donde aparece una decisión ante ese indecidible, ante esa novedad que excede las condiciones de posibilidad de la estructura, ante esa falta de elementos en la estructura para dar cuenta de la novedad, aparece el sujeto, los sujetos, según se dispongan en relación a ese indecidible.

Pongamos por ejemplo el ejemplo que nos toca. Si efectivamente afirmo que en diciembre de 2001 hubo un acontecimiento político en Argentina, es porque en el seno de ese cimbronazo social advino una novedad política que obligó la constitución de nuevos sujetos. Pienso precisamente esa novedad como un indecidible que obliga como tal a la decisión. Una decisión es necesaria tanto para afirmar esa novedad como para negarla o para incorporarla en los discursos previos a su irrupción. En todo caso, según se asuma una posición u otra en relación al acontecimiento, se dará lugar a nuevas subjetividades soportadas en sujetos activos, reactivos u oscuros.

Estas tres categorías del sujeto, que tomo del pensamiento de Badiou sin obligarme a una fidelidad exhaustiva en relación a él, son, en mi opinión, perfectamente adecuados para pensar una coyuntura política en los términos de otra política de emancipación. Es necesario abandonar la idea de completitud en relación al sujeto. Esta idea era fundamental para la vieja tenaza: o el sujeto era completamente sujetado por la estructura portadora del lenguaje, o el sujeto era completamente autónomo y capaz como tal de accionar desde alguna clase de exterioridad sobre las condiciones de la situación. El desafío es, entonces, pensar, a distancia de cualquier reproductivismo y de cualquier voluntarismo, la existencia de un sujeto que adviene a instancias de la decisión que lo funda y constituye.

En este punto es imprescindible pensar al sujeto en situación. Si se trata de una situación política el sujeto tendrá que ser pensado no como un sujeto social, sino en su seno. Un sujeto político no puede ser identificado con un cuerpo social, sino que debe ser pensado como la disposición de un cuerpo de ideas que, en el seno de un cuerpo social, se disponga activo, reactivo u oscuro. Esta disposición es decisiva: es precisamente la decisión que, obligada por un indecidible, subjetiva un cuerpo.

Sin embargo, la idea de sujeto actualmente promovida por la estructura cultural y política es muy diferente. Un sujeto político para la vieja política (para la actual política de gestión) es una estructura entera que resulta de las condiciones vigentes en virtud de intereses particulares. Los sujetos son las partes de la situación que accionan en ella, y su acción está conducida por la misma situación que los define interesados. Y es precisamente en esa definición en la que intervienen los mecanismos miméticos que soportan toda delegación.

Cuando Badiou afirma que el Estado es el estado de la situación ubica al dispositivo estatal en la función de la metaestructura. Esta función no es exclusiva del Estado, sino que toda situación tiene su estado y el Estado, en tanto dispositivo político de gestión, es, en nuestra situación política, la forma local de la metaestructura. El punto es que, en el orden de la subjetivación y, por lo tanto, en el orden de las decisiones, el Estado es una figura que trasciende la estructura gubernamental de la sociedad y aparece inmiscuido en las formas simbólicas que organizan el imaginario social. Quisiera, entonces, discernir entre tres figuras fundamentales: 1- el estado de la situación (metaestructura), 2- la institución Estado, dispositivo de gestión que opera en diversos sentidos de la experiencia social, y 3- los Estados en un sentido subjetivo, esto es, las formas que en el imaginario social se internaliza la figura del Estado soportada en composiciones más o menos diversas. Tomo, entonces, la tercera figura. Me refiero a las construcciones imaginarias que se dan en virtud de una hegemonía de la producción simbólica por parte de las estructuras de control que se disponen a través del Estado y de los Estados de una microfísica de la dominación. Trataré de aclarar este punto.

Hay una arista de la figura del Estado que tiene una gravitación enorme, y es la que lo presenta ligado a las formas simbólicas parentales de la órbita familiar. Ya los psicólogos lo han presentado de diversas formas desde los orígenes, al menos, del psicoanálisis. El asunto es que, en lo político, la relación que puede unir al Estado con las formas parentales nos dice algo acerca de las dinámicas decisionales. Hay un primer punto clave que es la transferencia identitaria del sujeto. Es importante afirmar que, tomado el sujeto como efecto de una decisión, la delegación de esa decisión cumple una función identitaria. Se trata de una variable declarada con el valor de otra. Delegar la decisión implica claudicar la invención de una subjetividad en virtud de la apropiación ilusoria de la identidad del Otro. Ese Otro mayúsculo es quien tiene en sus manos, ante la mirada del sujeto, la sentencia existencial de la asignación identitaria. Es en su reflejo en donde cabe la corroboración de la consistencia pretendida de la estructura del sujeto, aquella ilusión de identificar al sujeto con la completitud de lo Uno como requisito existencial. Es la idea previa a la deconstrucción del siglo XX que obliga a pensar, en virtud de lo Uno como condición del ser, la forma entera del sujeto como requisito existencial. Esta supervivencia contemporánea de la idea de completitud hace del sujeto aquello que es capaz de hacer, lo ubica como causa de lo que acontece y eso que acontece nace de las mismas condiciones de lo que hay. No hay acontecimiento en tanto interrupción, sino que la novedad resulta de las condiciones vigentes. Esta idea presenta la impotencia del pensamiento del marxismo y del anarquismo, en sus versiones clásicas de los siglos XIX y XX, en relación a toda posibilidad actual de invención política.

Los Estados de una microfísica de la dominación, entonces, son aquellos que gobiernan el imaginario social en virtud de una pretensión de consistencia del sujeto como aquello que es capaz de hacer. En estos términos, lo que hace a la existencia de un sujeto es la capacidad de acción que, en nuestra política de gestión, en esta especie de antipolítica, se llama Poder. La pasión extática que genera el poderoso nace de la transferencia existencial que experimenta el súbdito en relación a la identificación que opera a través de la representación. Este mecanismo inyecta en las subjetividades de “abajo” las formas existenciales de “arriba”. Este mecanismo se llama liderazgo.

La delegación identitaria es fundamental a la hora de pensar las coyunturas políticas. Aún en el seno de la política de gestión, no es tan sencillo como analizar los intereses económicos en juego en un tablero de ajedrez (y esto ya es bastante complicado), sino que se vuelve necesario pensar las formas en que los intereses económicos son a veces postergados, enfatizados o mentidos para dar lugar a aquello que necesita la economía para ser importante, esto es, la existencia misma del sujeto interesado. Esta existencia es lo que la conciencia de clase venía a producir en tanto para sí del sujeto. Los discursos identitarios de los totalitarismos gravitan en torno a esto, y es por eso que pensar una acción política o social sin dar lugar al liderazgo y a la representación ha sido históricamente tan difícil y tan caro para quienes lo han intentado, a la vez que se vuelve imprescindible actualmente. Y es por eso también que los discursos totalitarios arrastran un tonelaje aterrador de subjetividades hacia la defensa de posiciones dependientes y delegativas.

3: (x≠1) = 2

El análisis tradicional de las coyunturas políticas intenta acomodar a una distribución maniquea las formas en que se expresan las distintas posiciones ante un conflicto particular. Así es como sobrevive, todavía, la categorización de izquierdas y derechas [4]. Ante la crisis, la bipolaridad es perfectamente útil para los totalitarismos, posiblemente en un sentido muy amplio. Totalizar las formas críticas en una situación política sirve para reafirmar la transferencia identitaria y reducir a contraposiciones pares cualquier multiplicidad indecidible. Si la legitimidad se afirma en las izquierdas, toda posición crítica es acusada como expresión de las derechas, y viceversa. El mundo de la oficialidad ideológica impuso, desde la revolución rusa, dos mundos que aparecían hegemónicos. El mundo capitalista occidental se veía amenazado por la aparición del movimiento obrero, por el virus comunista, que era identificado con la Unión Soviética en virtud de su forma estatal y militar. Fue precisamente esa bipolaridad la que atenazó las expresiones emancipativas pretendiendo forzar a la militancia a ubicarse en una u otra posición. La debilidad relativa del occidente capitalista se vio forzada a su vez a fabricar una tercera posición para detener el impulso revolucionario pretendiendo hallar una síntesis que preservara los privilegios de clase, y pronto tuvo que resolver el problema en el que se había metido. A la distancia puede verse que los populismos nacionalistas aparecieron como un mecanismo de control sobre la avanzada del internacionalismo obrero en sus distintas formas, apropiándose de los discursos revolucionarios y forzando cesiones políticas, sociales y económicas capaces de legitimarlo.

Presentando así, a grandes rasgos, a los populismos nacionalistas, es importante no reducir el análisis de su aparición y despliegue a una estrategia del Capitalismo, como si todo hubiera estado controlado por un sujeto entero, de nombre Capitalismo, capaz de reemplazar toda subjetividad militante. Es importante señalar que la militancia de aquellos populismos afirmó su identidad en la composición de una subjetividad que tenía las condiciones necesarias para liderar las políticas emancipativas de la época. No hubiera sido posible seducir sin perfumes, y fueron precisamente esas concesiones las que complicaron el esquema. Un líder está ubicado en una posición dual: pertenece y no pertenece, al mismo tiempo, al cuerpo social que representa. Tiene de diferencia lo necesario como para soportar la proyección, y tiene de mismidad lo suficiente como para soportar la identificación.

En Argentina, y en función de lo que busco en este artículo, el ejemplo más significativo es el peronismo. Tengamos en cuenta que el peronismo gana poder en el marco de una estructura militar especialmente ocupada en detener el crecimiento del pensamiento revolucionario de la primera mitad del siglo XX. Su herencia política, a nivel nacional, se ordena en una cadena de nombres propios: San Martín, Rosas, Yrigyoyen. Estos nombres dicen algo acerca de la verticalidad de la estructura de Poder, de la unión de las ideas de Patria y de Liberación, y, sobre todo, de la idea de Nación. Lo único que podía operar como antídoto del imaginario del movimiento obrero de la época era un discurso que, conteniendo los nombres del reclamo, lograra trasladar el significante proletariado internacionalista al significante trabajadores de la Nación. Este nacionalismo funcionó, como tantísimas cosas dentro del peronismo, como un juego a dos puntas: mientras neutralizaba la lucha clasista internacional atrapándola dentro de una conciliación de clases al interior de la familia argentina, operaba también como capitalizador del espacio abierto por el conflicto de los dos bloques luego de la derrota del eje. La tercera posición, que heredaba a su vez una estratégica neutralidad ante la segunda guerra, se configuraba como la colección de aquello que escapaba tanto al discurso del capitalismo liberal como al discurso soviético.

Juan Perón supo hacer carrera política dentro de la estructura militar, hasta llegar a capitalizar las riendas que le daba su función ministerial. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión consagró su empresa con la pueblada del ‘45, inaugurando también la bancada bicéfala de su base popular, esto es, la sabia enjunta de aparato y devoción. No tardó en afirmar su poder en los sindicatos dividiendo aguas, juntando mayoría y eliminando minorías. El movimiento obrero había perdido la consistencia ideológica de sus comienzos e iba en busca de la unidad corporativa, y fue precisamente el peronismo el que aprovechó los beneficios de semejante situación.

La cooptación de la CGT significó para el peronismo el control del movimiento obrero, toda vez que sirvió de aparato político sindical para hacer frente a toda disidencia. Fue a su vez la manera en que logró construir suficiente Poder como para forzar a la oligarquía agropecuaria a aceptar su empoderamiento, y, a fuerza de concesiones recíprocas, logró encaminar la resistencia popular hacia un modelo netamente burgués y nacionalista. En ese movimiento amplio una masa importante de militantes revolucionarios vería unas décadas después la posibilidad de avanzar hacia la revolución social en virtud de un análisis coyuntural que a nivel nacional e internacional demandaba alianzas estratégicas. Ese fue el Movimiento que, adentro del Movimiento, quiso forzar una posición que la estructura de poder dentro del peronismo no estaba dispuesta a asumir. El punto que se vuelve ahora decisivo es por qué esa ilusión revolucionaria tuvo en el peronismo un lugar preferencial. Creo que es evidente que la complejidad de este asunto excede por todos los costados la capacidad de este artículo, de modo que intentaré avanzar en una dirección bastante definida. Me refiero concretamente a la composición simbólica de ese misticismo peronista que ha logrado sobrevivir hasta el presente a pesar de las traiciones, las persecuciones, los fracasos y el genocidio, incluso alimentándose de todo eso, y que suele subestimarse en relación a otras causas que parecieran gozar del status de condiciones objetivas. La impronta subjetiva del misticismo peronista acaba siendo en la actualidad tan relevante como desatendida.

Es notable cómo el peronismo supo apropiarse de los discursos de mayor arraigue popular en su época y cómo hizo propias ciertas expresiones de los sectores obreros que combatió. Significantes como compañero o descamisado, por ejemplo, han quedado desde la irrupción del peronismo enquistadas en su mística. La tremenda capacidad discursiva del peronismo hizo lenguaje y se afirmó ideológicamente no en el terreno de la racionalidad política, sino en el del imaginario social y, muy particularmente, en el imaginario militante. Una solemnidad de impronta religiosa compartió escenario con un aire campechano y secular de tierra adentro, mientras que las figuras masculina y femenina del ritual fortalecieron la pata familiar del corporativismo. El peronismo, como una gran familia, contuvo en su interior todos los conflictos fraternales en nombre de la fuerza que da la unión del clan. No hay nada mejor para un peronista que otro peronista [5]. El discurso de unión en el que se afirma la conciliación de clases en virtud de la identidad nacional supo valerse de la tercera posición, y la consigna ni yanquis ni marxistas acabó siendo mucho más real que la promesa de la patria socialista.

Hoy se habla aquí y allá de la forja de una nueva derecha. Algunos la acusan a los sectores agropecuarios que se oponen a las políticas de acumulación del gobierno kirchnerista; otros, más lúcidos, dan cuenta de la pertenencia de la disputa a la interioridad de una derecha que incluye a las claras al mismo gobierno y a su oposición. Pero en muchos casos sobrevive, junto con el maniqueísmo derecha-izquierda, la composición simbólica de aquella subjetividad emancipativa y militante que se da a la emancipación a través de los líderes de la estructura política que se afirman como sujetos de la revolución. Esa composición atenta peligrosamente contra la proposición de una ruptura radical en el terreno político, y esa representación, que soporta a su vez la representación estrictamente política, tiene la dudosa virtud de anular los pensamientos mucho más allá del peronismo y de la tradicional militancia revolucionaria. Se opera con ella una delegación irracional cuyo desmontaje llevará muchos más años y mucho más esfuerzo que cualquier táctica de lucha. Y lo que es mucho más grave: es indispensable.

La tercera posición es una operación que resulta de la lógica del Dos en sentido dialéctico. El paso siguiente a la polarización maniquea es la composición de un sujeto completo que aglutine todo lo que queda por fuera y se muestre como soporte de la síntesis que reclama la dialéctica. Esto acaba cancelando la multiplicidad que declara la inconsistencia de los cuerpos nombrados en la polarización, e inaugura un segundo estado dialéctico, esto es, la nueva polarización que ordena en oposición a ese nuevo movimiento. Así es como todo lo que se opusiera al peronismo se contó en el nuevo número Dos, el Gorilismo. Nada por fuera, nada incontable, nada de inconsistencia. Es un movimiento que en dos pasos niega cualquier aparición por fuera de la lógica vigente. El peronismo, en nombre de la revolución, apareció como el sujeto reactivo de los acontecimientos que dieron lugar a la aparición del proletariado internacional como sujeto activo. Nombró la existencia de la lucha obrera, pero la condujo dentro de la lógica representativa de la estructura simbólica del capitalismo nacional. El primero de Mayo dejó de ser un día de huelga: se instituyó como feriado.

4: Populismo, peronismo, misticismo

Cierta miopía política ha hecho descartar de cuajo, en nombre de algún materialismo, la importancia de las formas en uso de las funciones simbólicas constitutivas de la estructura ideológica dominante en una situación. Pero no es sencillo dar cuenta de los intereses económicos que puedan causar la circunstancial preferencia electoral, por ejemplo, de una mujer antes que un hombre para gobernar un país, o la tan afamada importancia de eso que llaman carisma [6]. La figura de Cristina Fernández (de Kirchner) usa del imaginario social la feminidad formal que la burguesía necesita, al tiempo que la figura divisoria de aguas de Eva Duarte (de Perón) es referida en cada gesto prolijamente estudiado y calcado por la presidenta. El pasado 17 de junio hubo dos discursos antes del partido de fútbol de Argentina vs. Brasil. El primero fue el de Néstor Kirchner, en representación del Partido Justicialista que preside, en el que mostró el estereotipo canchero y sobrador que pretende dar cuenta del Poder que le sobra y convida. El segundo, el de Cristina Fernández (de Kirchner), en representación del gobierno que ella preside y, a la vez, en representación autoproclamada de las víctimas del bestial bombardeo a la Plaza de Mayo del ‘55. Al día siguiente la Plaza de Mayo fue ocupada por un acto peronista que, como siempre supo hacer el peronismo, puso a disposición de su partido todos los recursos del gobierno nacional, transmisión en cadena incluida. En este último discurso fue notable la performance presidencial en su despliegue histriónico [7]. Comenzó con un tono melancólico y sensible que progresivamente fue ganando fuerza y firmeza para terminar afirmadísimo y severo. Entonó la musicalidad que ya sabe de memoria y que aprendió de las viejas grabaciones en las que Eva Duarte (de Perón) peronizó los matrimonios de la Patria y argentinizó la idea de que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer. Pero, sobre todo, que los intereses de Perón son los sentimientos del pueblo [8].

La figura de Cristina Fernández (de Kirchner) se nutre del anhelo revolucionario que supo neutralizar la figura de Evita conduciéndolo adentro del peronismo. Hasta el día de hoy la figura de Evita es intocable en el seno de los “movimientos populares” como referente de mujer luchadora y militante popular revolucionaria, y es fácil retomar desde ahí la conducta maniquea de gorilismo vs. peronismo en virtud de la manipulación consciente, hábil y efectiva del imaginario colectivo que supo desplegar Perón y que Evita vino a dignificar. Tanto es así que una de las formas de cuestionar la figura de Cristina es afirmar que no es Evita, que «Evita hay una sola», a los gritos proclamando que «no rompan más las bolas». En la intención de pegar la figura de Cristina con la de Isabel, Evita queda intacta en su figura mítica, y es en esa figura donde se despiertan de su largo sueño las ilusiones militantes del populismo nacional.

Ahora bien: ¿esto implica que la militancia toda, que sus cuadros dirigentes, que los referentes del llamado peronismo de izquierdas o peronismo revolucionario, son fieles devotos de esta religiosidad pagana? Más o menos. El despliegue místico del peronismo funciona porque es funcional, aparente verdad de Perogrullo que en realidad significa: no puede desvirtuarse algo que no existe. La funcionalidad del aparato simbólico del peronismo es útil porque en el imaginario social subsiste la función de un liderazgo en nombre del padre, la creencia en la “legitimidad”, y la disposición delegativa. La reproducción de las condiciones simbólicas de una sociedad, insisto, es mucho más cara de lo que suele ser considerado y es parte fundamental de la coyuntura en la medida en que afecta, muchas veces de forma decisiva, las decisiones de la población, y, particularmente, porque neutraliza el pensamiento en virtud de ciertos saberes que aparecen, a la luz de los misticismos, como verdades reveladas. Es la parte oscura de toda pasión. Y en este orden opera también la reivindicación de las víctimas, el mito del héroe, la evocación de los mártires, etc., etc., etc. Las banderas con la estampa ruda del rostro combatiente del Che Guevara flamean frente al escenario que detrás de las eternas vallas de la Plaza de Mayo [9] montó el gobierno que asegura las condiciones sociales que necesita la burguesía industrial y financiera (nacional e internacional) a la que pertenece, de la misma forma que estructuras tan distintas como el MTL o la Falange Española supieron y saben usar la bandera rojinegra, histórica bandera anarquista. El problema de las banderas, y esto lo sabe muy bien el populismo, es que las levanta cualquiera.

La mística y la manipulación de los efectos de la producción simbólica son fundamentales en la estrategia de Poder que caracteriza a los totalitarismos populistas. La conducción de masas adoctrinadas opera principalmente en la resignificación de las formas simbólicas vigentes. Es relativamente simple: se trata, como dije antes, de cambiar el valor de las variables. Para eso es necesario contar con la disposición colectiva ante la afectación de los estímulos sensibles. Por eso es que todas las dirigencias confluyen en la restauración de los discursos legitimantes en los momentos críticos. Un ejemplo importante fue el proceso de restauración de la representación política desplegado inmediatamente después de la agitación social de 2001, de cuyas sombras surgió el modelo kirchnerista. De aquella agitación hasta la actual recomposición política del Estado hubo un esforzado tránsito que consistió en recopilar del imaginario social las piezas claves para la resignificación. ¿Qué sucedería con la paternidad si se abandonara la obediencia al padre? ¿Cómo adoctrinar a quienes no son susceptibles a los dogmas?

En palabras de Juan Perón [10]: «Lo importante en las doctrinas es inculcarlas, vale decir, que no es suficiente conocer la doctrina: lo fundamental es sentirla, y lo más importante es amarla.» Pero hay una diferencia entre un sentimiento y una composición simbólica que, montada en él, sirva de timón. Entonces dice: «Tampoco es suficiente tener el sentimiento, sino que es menester tener una mística, que es la verdadera fuerza motriz que impulsa a la realización y al sacrificio para esa realización.». En efecto, la mística, en el seno de la construcción política de los populismos, y en particular en el caso que nos toca, el peronismo, aparece como una pieza fundamental de la estrategia explícitamente señalada por la doctrina y, como veremos, dirigida no sólo al control de las masas, sino también a la cooptación de masas cuya dirección es otra que la que manda la doctrina.

Una mística es un cuerpo de símbolos y afectos que atraviesan las voluntades subjetivas más allá de la razón. Los misterios son, precisamente, del orden místico, y se caracterizan por su inasibilidad por parte del raciocinio. Ante la revelación de las verdades de una mística todo se vuelve una cuestión de fe, de esperanza y de confianza en las figuras que se enaltecen como depositarias excluyentes de esa fe. El punto es que solamente la fe puede forzar las decisiones colectivas en una situación cuando ésta es gobernada por un misticismo cuya manipulación se logra con razonamiento artero. No se trata de invalidar la pasión en virtud de algún racionalismo, sino dar cuenta de la efectividad que tiene la combinación de ambas cuando aparecen dispuestas estratégicamente dentro de una doctrina cuyo fin es el dominio de la población masificada.

Cito otro fragmento crucial del mismo texto [11]:

«Yo siempre cito un ejemplo que fue el que para mí significó más experiencia en toda la parte de la conducción política que yo he encarado. Cuando fui a la Secretaría de Trabajo y Previsión, en 1944, […] Comencé a conversar con los hombres, a ver cómo pensaban, cómo sentían, qué querían, qué no querían, qué impresión tenían del gobierno, cómo interpretaban ellos el momento argentino, cuáles eran sus aspiraciones y cuáles eran las quejas del pasado. Fui recibiendo paulatinamente, como mediante una antena muy sensible, toda esa inquietud popular. Después que percibí eso, hice yo una apreciación de situación propia, para ver qué era lo que resumía o cristalizaba todo ese proceso de inducción, diremos, de la masa. Llegué a una conclusión y comencé una prédica, […] sobre qué era lo que había que hacer. Lo que había que hacer era parte de lo que ellos querían y parte de lo que quería yo. Quizás alguna vez no les satisfacía del todo lo que yo quería; pero, en cambio, les satisfacía todo lo que ellos querían y que yo había interpretado y se los decía. Algunos, cuando yo pronuncié los primeros discursos en la Secretaría de Trabajo y Previsión, dijeron: “Éste es un comunista”. Y yo les hablaba un poco en comunismo. ¿Por qué? Porque si les hubiera hablado otro idioma en el primer discurso me hubieran tirado el primer naranjazo… Porque ellos eran hombres que llegaban con cuarenta años de marxismo y con dirigentes comunistas. Lo que yo quería era agradarles un poco a ellos, pero los que me interesaban eran los otros, los que estaban en frente, los que yo deseaba sacarles. Los dirigentes comunistas me traían a la gente para hacerme ver a mí que estaban respaldados por una masa. Yo los recibía y les hacía creer que creía eso. Pero lo que yo quería era sacarles la masa y dejarlos sin masa.»

Es claro aquí que el relevamiento de la situación y el uso de la resistencia popular para la construcción de un movimiento adoctrinado, vertical, nacionalista y corporativo fue siempre una estrategia peronista, en la que muchos socialistas, en sentido amplio, entraron en nombre de alianzas estratégicas y pretendiendo ganar la pulseada. El punto es que esa estrategia estuvo montada, desde el principio, en la inducción popular de una mística que se afirmara en las formas simbólicas ya existentes para luego abastecerlas. Ese es, precisamente, el motivo por el cual las funciones simbólicas funcionales a las estructuras reactivas no pueden ser descuidadas. No es de otra forma que el Kirchnerismo neutralizó a los movimientos de desocupados y cooptó mayoritariamente al progresismo seguidor de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, por ejemplo, o que convoca al terror ubicándose ante el conflicto de las retenciones móviles como el abanderado de la democracia amenazada por un golpismo incipiente. Ya Perón y Evita habían hecho la mitad del trabajo construyendo aquella mística que fácilmente resucita hoy cuando la restauración retoma las formas de la institucionalidad y deja un hueco para que el populismo nuevamente ilusione a militantes para «ganar masa». El maternalismo de Cristina evoca a una Eva que nunca fue, y reproduce la peor parte en un snobismo escalofriante y efectivo.

También es ese el mecanismo con el cual distintos vectores de la tradición militante interrumpieron el desmadre sugerido en 2001 por un vacío en la legitimación institucional, y asamblearon la reacción desconcertada para invadirla luego con el montaje de nuevos viejos aparatos. «Es el juego político natural», había dicho El Pocho, «es lógico».

Pero no es el Kirchnerismo el único sector que sabe manipular simbologías, a pesar de ser, posiblemente, uno de los más sabios al respecto. Precisamente de los cacerolazos y de los piquetes se retoma la identificación popular que se pretende en las organizaciones agrarias que intentan algo más que discutir las retenciones. Es curioso cómo el único recurso que tuvo una buena parte de la población desocupada, subproducto menemista de los años ’90, para hacerse sentir en la sociedad interrumpiendo el curso normal del aparato productivo y saliendo literalmente a la calle y a la ruta, poniéndose al paso de los otros y asegurándose que no habría forma de no verlos, es usado ahora por un sector de recursos abultados para impactar en la gobernabilidad del Kirchnerismo y forzar así las negociaciones entre dos sectores diferentes aunque no necesariamente antagónicos de la burguesía nacional. Disparan contra Buenos Aires, que es donde se ven las cosas argentinas. Saben usar los temores de la clase media: desabastecimiento, inflación e inestabilidad institucional. Son capaces de agregar tensión cotidiana a una ciudad que con poco más estalla encerrándola bajo una humareda espeluznante con sólo disponer sus campos para la quema. Cadenas de emails, anuncios en la prensa y llamadas anónimas a teléfonos celulares publicitaron la espontaneidad que se dijo luego de un dispositivo fácilmente organizable si se sabe leer el imaginario social y se cuenta con dinero para mover el aparato.

Se inventó un sujeto que se nombra El Campo y que representa no a ciertos grupos  económicos, sino a las afectaciones colectivas en relación al campesino (en un sentido romántico y burgués), al alimento, al pluralismo, a la normalidad, al heroísmo, a la rebelión del débil. Este nuevo sujeto aglutina de pronto a toda o casi toda la oposición representable, y, más que en ningún otro momento desde el peronismo de Perón, se inscribe la coyuntura en un frente a frente de kirchneristas y antikirchneristas. Este esquema maniqueo que le dio a Néstor Kirchner los pocos votos del 2003, se despliega ahora de una forma mucho más dramática (en el sentido amplio de dramaturgia y dramatismo) y mucho más rotunda. Ese novedoso y sugestivo sujeto sirve de partenaire para que la política siga sujeta a las figuras simbólicas forjadas por el populismo y siga sujeta a la gestión representativa envuelta en lo económico, a la delegación compulsiva y a la mística fascinación de la impotencia. La impotencia, decía Savater en otros tiempos, es el poder visto desde abajo. Y la fascinación fascina; es una parte importante del contagio de las místicas. Ahora es de un lado o del otro, es decir, del mismo único lado en el que los socios se pelean por un rato por asuntos de billeteras y de hegemonías, en una escena más de la política de la gestión.

La coyuntura actual, entonces, no está dada solamente por los sectores económicos que se pelean. El gobierno kirchnerista sabe que su fuerza reside en las reservas que tiene a su disposición (recordemos que dispone también del privilegio de reasignar el presupuesto sin depender de la transa parlamentaria) y en el dominio de una buena parte de la población que la operación acertada sobre la composición simbólica del imaginario social le da para afianzar su legitimidad y su aparato político. Por otra parte distintos sectores que ante la acumulación de poder del Kirchnerismo se saben débiles confluyen en otra alianza estratégica que los ubique mejor en el tablero. Y la política sigue siendo, entonces, un asunto delegativo en el que la población no está presente, sino representada por la fuerza y en virtud de la aceptación pasiva de las condiciones impuestas. Los discursos resuenan en las significaciones internalizadas y no hay aún la convicción suficiente, en términos generales, acerca de la importancia que tienen esas convicciones como para que la política arribe al orden de lo subjetivo y se disponga en ruptura del orden vigente, interrumpa su continuidad y se oriente a la invención de nuevas condiciones de posibilidad. La decisión que está en la coyuntura la tienen los decididores, los que objetivan la subjetividad y la disponen como realidad. Estos agentes de verificación de las imposibilidades prácticas dirigen los movimientos posibles y concretos, los deciden con los hilos que toman, precisamente por las coyunturas, a la marioneta que somos ávidos de escena. Por eso se hace urgente ver los hilos, esa forma de la obscenidad que arruine por principio la efectividad de la representación.

5: El cuerpo y el sujeto

Aquí aparece, evidentemente, la fatal pregunta del cómo. ¿Cómo pensar un sujeto político activo que afirme la ruptura de las condiciones hegemónicas en virtud de alguna novedad?
La relación entre cuerpo y sujeto es estrecha. Ya el psicoanálisis ordena esa relación en la subjetivación misma, al sostener con Freud que el yo es desde el principio un ser corpóreo. El registro del cuerpo en las primeras fases de la subjetivación y la internalización de ese registro se vuelven fundacionales en la composición de esa estructura siempre excedida que llamamos sujeto. El cuerpo, entonces, que encontramos fundacional para la imaginación del sujeto es algo que, en el orden político, fue siempre un asunto altamente controversial. Desde el corporativismo hasta los individualismos, pasando por las distintas formas de organización, múltiples figuras dieron forma a la delimitación corpórea de la acción política, siempre a imagen y semejanza de la idea de sujeto que activara la situación. Partido, sindicato, federación, grupo, individuo, frente, movimiento, etc.: los hacedores de cualquier política han tenido siempre una forma corpórea que los volviera capaces de hacer, que los hiciera materialmente efectivos.

No hay pensamiento posible del cuerpo o del sujeto que no sea un pensamiento del cuerpo y del sujeto. Pero también es importante afirmar que la conjunción solamente es posible de la diferencia. Cuerpo y sujeto no son lo mismo. En lo que respecta a las luchas emancipativas del proletariado como consecuencia de la revolución francesa y de la subjetivación política y social del proletariado, pienso que hubo dos formas de pensar la corporeidad de ese sujeto revolucionario que tuvieron intenso protagonismo: el partido y la federación. En términos organizativos, la lucha por el comunismo estaba partida en dos, y las diferencias alcanzaron una importancia tremenda. Una diferencia más importante, consistió en buscar la vía de la centralización representativa como vehículo y herramienta de transición, por un lado, y la vía de una horizontalidad orgánica que respondiera a las formas ideológicas de la época, en sentido amplio, por el otro. Cuando hago referencia a las formas ideológicas de la época, intento ubicar en la modernidad del siglo XIX y principios del XX el imaginario que habría de condicionar las ideas de sujeto y cuerpo frente a la tensión entre lo Uno y lo múltiple. No había nada de escisión ni de incompletitud en la idea de sujeto de la modernidad, sino, por el contrario, una totalización unitaria que todavía subsiste a pesar de todo.

El punto, más allá de los revisionismos, es que la distancia entre federación y partido es la distancia entre centralismo y horizontalidad como estrategias organizativas, esto es, como soporte material del sujeto. Pero el cuerpo es para el sujeto la condición misma de su subjetividad. Esta es una manera de pensar las limitaciones de la forma partido frente a la emancipación política y, en lo que hace a la invención actual de una política emancipativa, frente al análisis coyuntural. Las limitaciones que encontramos en las formas organizativas propias de la modernidad se deben a que el sustrato ideológico del cual florecieron ha sido clausurado con el siglo, y nos apremia una forma nueva de pensar la subjetivación y la corporeidad.

La idea de Cuerpo sin Órganos en Deleuze-Guattari está relacionada con el pensamiento “geográfico” de una superficie sin profundidad, en relación a la proposición del rizoma como la forma del ser en virtud de una conjunción disyuntiva de lo Uno y lo múltiple. No es posible, en ese contexto, dar cuenta de ninguna organicidad que pueda soportar materialmente a un sujeto. Esta noción, a cuya descripción en profundidad decididamente huyo, da una clave política que puede seguirse por fuera de la biopolítica y del vitalismo, es decir, por fuera de las consecuencias políticas que hasta ahora viene teniendo la proposición deleuziana, y más allá de cualquier fidelidad exhaustiva al pensamiento de Deleuze-Guattari. En todo caso esta idea nos lanza una pregunta: ¿cómo puede pensarse en política la coexistencia formal de la unidad material de un cuerpo y un sujeto y, al mismo tiempo, de lo múltiple distribuido en la situación, es decir, una forma corporal que se sustraiga a los requisitos de la totalización dialéctica y unificante de la modernidad?. En virtud de relevar de la idea de Cuerpo sin Órganos esta condición que se sustrae a la organicidad unitaria, pero, a la vez, en virtud de tomar distancia de otras consecuencias filosófico-políticas [12] que pudieran prestarse a confusión, llamaré a este cuerpo no totalizado cuerpo no-Uno.

Si consideramos la subjetividad en términos de la proposición que del sujeto hace Badiou como estructura que adviene en situación a partir del acontecimiento, intuyo que, más que pensar la corporeidad del sujeto, conviene pensar la subjetivación de un cuerpo no-Uno que se disponga, a su vez, emancipativo, esto es, promotor de la interrupción de la normalidad que legisla la situación. El cuerpo, así, puede ser pensado anterior al acontecimiento que lo subjetive, ya como sujeto fiel, reactivo u oscuro. Un cuerpo de ideas, en el orden político, o un cuerpo de personas que piensan, en el orden social, se da a la ruptura en virtud de sustraerse a las hegemonías políticas que refuerzan el lazo social y las dinámicas decisionales vigentes en la situación. Interviene como forzamiento situándose a partir de la falla que denuncia la inconsistencia. Ante la polarización no asume una tercera posición, sino que invalida la lógica del Dos en virtud de una multiplicidad no numeraria que adviene ante la novedad desplegando su potencia y no afirmando su Poder. Un cuerpo emancipativo, en lo estrictamente social o en lo estrictamente político, dispone su potencia a la afirmación de la ruptura. Esto significa que el cuerpo no-Uno aparece en su despliegue y desaparece inmediatamente después.

La constitución de un cuerpo social, en estos términos, depende de la constitución de un cuerpo político, entendido como un cuerpo de ideas (esto es, una ideología) que se dispone a cualquiera. No es necesaria ni posible ninguna afiliación específica, ninguna pertenencia anterior ni posterior a su despliegue. Un cuerpo social emancipativo adviene ante la novedad soportado en una ideología política.

Al mismo tiempo, la decisión que nombra el acontecimiento, siempre a posteriori y en virtud de sus huellas, configura las condiciones subjetivas que sirven de fondo a la formación de los cuerpos. Se trata entonces de la decisión de una multiplicidad capaz de afirmar su potencia en la situación a partir de la nominación retroactiva del acontecimiento y en virtud de una apuesta por los principios que declara como propios, principios de cuya verificación depende su condición activa en relación al acontecimiento, esto es, su potencia en relación a la emancipación política.

Esto nos lleva a pensar la corporeidad como una multiplicidad zurcida por apuestas y nominaciones cuya organicidad desaparece. A diferencia de la tradicional corporeidad social y política que se proclamaba en virtud de los organismos y de los mecanismos internos de su organización, podemos decir que un cuerpo político que se declare emancipativo no se define estrictamente por su organización sino por los principios que declara y los acontecimientos que nombra. Esto no hace de la organización un aspecto de importancia menor. Las formas hacen a la potencia del cuerpo. Pero un cuerpo capaz de subjetivarse de forma fiel no puede identificarse ya con una organización, sino con una multiplicidad cuyas diferencias no pueden oponerse a las nominaciones ni a las apuestas.

Aquí aparece una distinción fundamental que se afirma en relación a la autonomía de la política: un cuerpo político no es lo mismo que un cuerpo social. Se trata, en ambos casos, de la organización de elementos de cada situación. En el primer caso, se trata de un cuerpo de ideas producidas por un pensamiento político, mientras que en el segundo caso, se trata de un cuerpo de personas en vínculo social, esto es, atravesada por lo político. Así, la idea de cuerpo social dice algo acerca de la forma en que las personas se relacionan entre sí en un sentido amplio, mientras que una organización política dice algo acerca de cómo esas personas deciden acerca de sus asuntos. Por eso es que la estrecha relación entre una lucha social y una lucha política admite una diferencia abismal entre ambas. Puede afirmarse, por ejemplo, la igualad social afirmando la emancipación del trabajo, mientras que puede afirmarse la igualad política, más allá de esa condición, en la idea del simpoder. Esto no implica una negación recíproca sino, por el contrario, el atravesamiento de lo social producido por lo político, o, para decirlo de otro modo: lo político interviene en lo social ante la posibilidad de la ruptura, interrumpiendo, renovando o consolidando los lazos sociales establecidos en virtud de las decisiones colectivas. Es condición y potencia de una política emancipativa la interrupción de esos lazos.

Las funciones simbólicas de toda mística disponen de nombramientos y de postulados. Se nombran figuras y acontecimientos, y se afirman principios aunque su potencia no sea necesariamente la ruptura. Aquí es donde los nombres Peronismo Revolucionario, o Revolución Santa, o Partido Revolucionario, o La Idea, etc., van ahora en contra de toda subjetivación fiel, por más respeto que se pueda tener por las militancias que con esos nombres se han identificado históricamente, por más fieles que hayan sido o no a otros acontecimientos. No se trata de juzgar militantes, sino de evaluar las condiciones en las que el nombre de aquellas militancias afectan la posibilidad actual de la composición de un cuerpo político capaz de promover una subjetivación fiel. Lo mismo ocurre con las calificaciones identitarias como nueva izquierda, o nueva derecha, que implican alguna presunción de novedad sobre una figura reactiva que se dispone en la lógica opositiva del Dos, en la confrontación dialéctica que arruina el pensamiento de lo múltiple.

Uno de los aspectos positivos, en este sentido, que ha tenido el cambio de siglo reciente es precisamente la herida que ha dejado en la representación política y en la subjetivación identitaria. Claro que, se ve y se nota, no ha sido una herida de muerte, sino un rasguño que puede sernos útil en la medida en que inventemos algo a partir de él. Esa invención no tiene dueño, sino que depende del desmontaje de las funciones simbólicas que en ocasiones dejamos pasar alegremente para discutir la izquierdosidad o la derechosidad de los representantes.

6: La gestión: entre oscurecer y reaccionar

Es posible aventurar un análisis coyuntural del conflicto «Campo-Gobierno», en atención a dos rutas principales: 1- el despliegue de las condiciones económicas y sociales en las que aparece el conflicto, y 2- la forma en que lo político interviene, sea consolidando, renovando o interrumpiendo la estructura vigente.

Desde una perspectiva económica se trata de una confrontación entre dos sectores de la burguesía nacional que miran hacia el comercio internacional con el prisma del MERCOSUR y de los nuevos esquemas de negocios del mercado mundial. Es difícil discernir con precisión los intereses contrapuestos en virtud de una recomposición de los esquemas político-gestores. Los Estados ya no responden a los intereses de clase mediatizados por los partidos políticos sino que una compleja red de funcionarios empresariales tomó la posta de la representación política y son sus intereses, como miembros de una clase pero no en representación de ella, los que intervienen en la decisión. El gobierno nacional, montado sobre los negocios petroleros y mineros persigue el fortalecimiento del Estado Nacional mediante la acumulación de reservas y el debilitamiento de los Estados provinciales sustrayendo de sus arcas altos márgenes de ganancias coparticipables. Esto lo lleva a limitar el descomunal negocio de los pooles de siembra que son, básicamente, negocios financieros volcados sobre la inversión en la producción y exportación de materias primas. Ante esto, las distintas asociaciones agropecuarias reaccionan en defensa del esquema que, desde la «Revolución Productiva» neoliberal de los años noventa trasladaron su actividad a un monocultivo sojero caracterizado por un altísimo rinde, altos precios internacionales y facilidades productivas. Este esquema tiene diversos orígenes. Por un lado los negocios de empresas trasnacionales de producción y venta de agroquímicos y variedades transgénicas. Por otro la banca internacional que viabiliza las inversiones y los créditos. Por otro la demanda de materias primas para la producción de agrocombustibles como contrapeso del aumento del precio internacional del petróleo, y, posiblemente, para el abastecimiento de comestibles en sociedades que han crecido en su consumo.

Internamente, Argentina se debate en el interior de un modelo desarrollista, promovido desde el año 1999 por el Grupo Productivo, y desde el 2000 por el Movimiento Productivo Argentino (MPA), que se orienta al abastecimiento interno y externo, básicamente en función del MERCOSUR, con un delicado equilibrio entre la activación del mercado nacional, el mantenimiento bajo de los costos industriales (incluyendo, claro está, el salario) y una política cambiaria capaz de balancear ventajas para la exportación, para la inversión de capitales extranjeros y para la producción local. El desafío es quién se queda con la manija. Aquí es donde se enfrenta el Gobierno Nacional con los Gobiernos provinciales, y la pulseada por las retenciones en el senado no fue sino la definición de una ubicación estratégica para la confrontación, más o menos destituyente [13] que, a instancias de las elecciones legislativas, es esperable para el año próximo. En el interior de ese modelo desarrollista se debaten, entonces, dispersos en las distintas estructuras político-gestoras, el Kirchnerismo y el MPA como subjetividades estrictamente vinculadas con la especificidad de cada conflicto.

Es importante resaltar que no se trata de patrias ni de imperios. En este punto, solamente es asunto de billeteras y de concentración de Poder. Los discursos patrióticos aparecen en el orden de la manipulación ideológica y de la masificación legitimante, acopiando militancias y voluntades con los sentidos comunes de un progresismo que no se había portado bien en las últimas elecciones presidenciales. La estrategia del gobierno es doble. Por un lado fortalecer su poder en base a la acumulación de reservas en las arcas del Estado Nacional, donde las retenciones ocupan un lugar importante en su dual función de reducir los fondos coparticipables y aumentar la recaudación. Por otro lado garantizar el control de esas arcas (y la discrecionalidad en las asignaciones presupuestarias), para lo cual necesita contar con la manipulación ideológica del imaginario colectivo, avanzando en el control de la famosa clase media, humilde sierva de la centralización económica.

Así es como llegamos a la hiperabundancia de expresiones relativas a la dignidad, a la normalidad, a la patria, al pluralismo, al entre todos, a los humildes, etc., etc. Y así es como entramos en la manipulación del imaginario colectivo. El punto es: ¿hay algo para decir ante todo esto desde una otra política, o, al menos, desde algún intento de inventarla?

Ahí donde aparece una salida de la extorsión bipolar aparece un primer nutriente para otra política. Lo que falta, claro está, son los principios. No es lo mismo pedir a gritos la restauración de la normalidad en nombre de la pacificación nacional o de los pobres, los humildes, los que menos tienen, en nombre del orden en la casa y la conciliación democrática de todos los intereses, por ejemplo, que hacerse a un lado de la gestión y aventurarse a no pedirle nada a nadie. Si repasamos la experiencia de las Asambleas Populares que se instituyeron inmediatamente después del acontecimiento decembrino de 2001, podremos recordar que este imaginario navegaba por todas las esquinas. Recordemos también que dos socios del MPA fueron especiales protagonistas durante la operación golpista y en la definición de la gobernabilidad posterior: Raúl Alfonsín (en ese entonces senador) y Eduardo Duhalde. Junto a ellos, en la lista de miembros fundadores de ese movimiento nos encontramos con Felipe Solá, Eduardo Buzzi, Mario Llambías y otros destacables, entre los que figuran también miembros de la Unión Industrial Argentina, de la Sociedad Rural, de la Confederación Rural Argentina, de CARBAP y de SANCOR, es decir, todos los deuteragonistas de la escena de las retenciones. El coro, como cuenta por uno de todo lo que sobra, apareció en estructuras como el Partido Obrero y el Frente Popular Darío Santillán, estructuras reactivas que se ubicaron en la tercera posición.

En términos políticos, y desde una política que pueda pretenderse emancipativa, cabe entonces afirmar que la decisión de lo que ocurre no es asunto de los representantes. Políticamente hablando, lo que ocurre no es el cuchareo a mano alzada del plato sopero de la recaudación, sino la delegación compulsiva de la decisión motorizada por las figuras imaginarias de la independencia de la patria, la patria socialista, la libertad de empresa, la transparencia cívica de la gestión social y la prosperidad de todos en la unidad nacional. También aparecen la distribución de la riqueza, el heroísmo estatal en defensa de los que menos tienen, la dignidad de quienes se enfrentan al régimen, etc. etc.

Cuando una persona, una organización, un grupo, un barrio o lo que sea se afirma a distancia de la extorsión bipolar y de la tercera posición nombrando principios igualitarios que afectan a cualquiera; cuando se afirma el simpoder; cuando se niega la centralización y se dispone el encuentro de iguales al tratamiento creativo de los asuntos sociales, sin ninguna representación y en equivalencia de atribuciones entre los presentes, se puede, en mi opinión, hablar de política emancipativa o, al menos, de las condiciones básicas para un intento hacia ella. Difícil es saber si esto ocurre o no, y, en todo caso, está en cada colectivo de comunes decidir esta ocurrencia.

De esta forma, utilizando criterios ajenos a la política de gestión, podemos decir que el conflicto en torno a la resolución ministerial 125 dispuso una conformación política donde aparecen los distintos sujetos que nacen del acontecimiento de diciembre de 2001:

1.    El Kirchnerismo, negando la existencia de ese acontecimiento, dice que la única vía para la decisión colectiva es la que pase por su representación, constituyéndose así como sujeto oscuro. Su enemigo declarado es la oligarquía de principios del siglo XX, y se declara fiel a la participación del pueblo en la esfera política, nombrando los episodios del 17 de Octubre de 1945, del 21 de Septiembre de 1955 y del 24 de Marzo de 1976, en virtud de alguna clase de interrupción de las condiciones establecidas (en el ‘45 se detiene la opresión económica de la oligarquía en beneficio del “pueblo”, en el ‘55 se interrumpe la transformación de la Argentina, en el ‘76 se detiene el ascenso del Movimiento Social Revolucionario).

2.    El Movimiento Productivo Argentino, como cuerpo político para la configuración de un cuerpo social que se nombra El Campo, sí da cuenta del acontecimiento decembrino, pero en virtud de la crisis política y en función de la Restauración del Modelo Productivo Nacional. Este segundo sujeto, en este caso reactivo, intenta asimilar las huellas de un acontecimiento que reconoce, en la continuidad estructural que aquel acontecimiento vino a interrumpir. Utiliza el piquete y la cacerola como mecanismos de protesta en el seno de un esquema netamente representativo, pero nombrándolos como recurso de la Gente Común que dice Basta a los abusos del Poder. Reclama la renovación de la institucionalidad en virtud del Pluralismo Democrático según el cual todos los sectores, todas las partes de la sociedad, intervendrían a través de los representantes.

3.    Junto a El Campo, pero declarándose a distancia de los dos bloques, aparecen los grupos y partidos que nombran al Pobre y al Excluido para decir que hay una Tercera Posición, y que ellos la representan. Acusan al Kirchnerismo de autoritarismo y a El Campo de ser Oligarcas y Burgueses. En su discurso, ellos son la Nueva Política que trae “transparencia en la gestión”, “valores solidarios” e “intereses populares” en la representación de los sectores “más postergados”. Es otro sujeto que adviene reactivo en relación al acontecimiento decembrino.

4.    Por último aparece el territorio incierto de la subjetividad fiel: la multiplicidad de formas sociales que, a distancia del conflicto interesado de la política de gestión, activamente buscan dar forma a las huellas del acontecimiento en un sentido fiel a la ruptura del orden representativo. Más que una multiplicidad es algo de lo múltiple, así de indeterminado. No se ve, no se cuenta, no es numerable. Decir que está es una apuesta cuya verificación depende de nuestra acción consecuente. Somos lo que decimos que hay en la medida en que sostenemos que hay un cuerpo de ideas que da soporte a un indeterminado cuerpo no-Uno de lo social que en su despliegue agota su potencia. El cuerpo de ideas se lanza hacia cualquiera, y en cada novedad habrá, quizás, otro despliegue.

Es importante considerar que la estructura política tradicional está siendo clausurada no por la decisión de algún sujeto fiel, sino precisamente por la acción de un sujeto reactivo que viene a conformarse en una multiplicidad transversal a las estructuras completas del imaginario modernista. Se observa que la decisión política, aún dentro de la política de gestión, es soportada en una multiplicidad de funcionarios que no responden a los mandatos de ningún bloque, sino a la transa particular ante un conflicto particular. Esta particularidad de la tramoya habla de un cuerpo que también ha roto el mandato de completitud. Se despliega ante cada coyuntura desapareciendo después. La lista de miembros del MPA es una lista de individuos cuya pertenencia a las organizaciones no implica ninguna representación. A lo sumo dice algo de lo presumible o no que puedan ser sus intereses. En el MPA no está la UCR, está Alfonsín. No está el PJ, está Duhalde. No está la Federación Agraria, o el PCR, está Buzzi. A la usanza de las logias, pero en la superficie de la gestión política, el MPA aparece como el adelanto de aquello que, entrevistada por Fontevecchia en el diario Perfil, dijera Carrió en su campaña: «en pleno auge del sistema yo dije: “Antes de 2001 estaremos en el final del sistema de partidos”».

Esto es importante para analizar la coyuntura y contribuir, desde la aparición de nuevos criterios para el análisis político, a la construcción de un dispositivo ideológico políticamente emancipativo. Pensar lo político a distancia del Estado implica, entre otras cosas, no disponerse de forma especular a las estructuras que ya están siendo desmanteladas por las lógicas dominantes en virtud de aquella mutación estructural que señalaban Deleuze y Foucault cuando nombraron el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control. Una coyuntura analizada según bloques y partidos, según intereses económicos hegemónicamente distribuidos en la lógica confrontativa del Dos y dispuestos como cancelación de toda autonomía de la política respecto de lo social y de lo económico, una coyuntura decidida según valores patrióticos, nacionalistas o antiimperialistas, opera como una trampa para cualquier invención política.

7: Uno, Dos y Tres

Del imaginario revolucionario del siglo XX quedan las huellas de la lucha antifascista. Cuando se piensa en un sujeto oscuro, en virtud de su disposición a la eliminación de toda huella acontecimental, se piensa casi automáticamente en el fascismo. No obstante, es importante señalar que la constitución de un sujeto, sea activo, reactivo u oscuro, no está ligado a una forma específica del pensamiento político más allá de su relación específica con un acontecimiento, esto es, en virtud de una situación particular por  fuera de la cual no puede decirse nada. No obstante, las dictaduras latinoamericanas no fueron fascistas. No fue necesario que lo sean para oscurecer las situaciones políticas afectadas por los acontecimientos locales. Si bien tuvieron en común con los fascismos la disposición de un aparato represor descomunal, ese mismo aparato tampoco es condición, en mi opinión, para la constitución de un sujeto oscuro en política. Lo que sí es condición necesaria para esa constitución es la disposición a negar la existencia de un acontecimiento que haya producido una interrupción en la continuidad política, más allá de los medios de los que deba valerse.

El análisis político del modernismo no es válido para interpretar la situación actual. No porque el capitalismo ya no sea un problema, o porque haya cambiado la estructura social en lo que hace a su conformación clasista, ni mucho menos porque haya desaparecido la representación, sino porque las formas políticas han cambiado y porque, desde la afirmación de la autonomía de la política, podemos pensar lo político de otra manera. Y, una vez más, este cambio no tiene nada de eterno, sino que está estrictamente relacionado con la situación actual. La mismidad que se nombra entre Dictadura y Democracia no se refiere a una virtual indiferencia entre la represión indiscriminada e ilimitada de la primera, y la represión discriminada y contenida de la segunda. Se refiere principalmente a la oposición entre dos dispositivos políticos que, en virtud de la emancipación, operan igualmente en defensa de la estructura vigente. El punto es que tanto la Dictadura (donde se embolsan peligrosamente un montón de ambigüedades) como la Democracia se disponen en virtud de la representación política, esto es, se instalan en el lugar de la metaestructura contando partes, totalizando inconsistencias, neutralizando las potencias disruptivas. No se trata de la representación de intereses, sino de la representación de todas las voces.

Ante la voz de mando de los representantes, la desobediencia es un fantasma o es consecuencia de una decisión. Cuando es un fantasma toma la forma de una bestia voraz que devora a los desobedientes, los arrastra hacia el espanto de su destrucción física, de su horror y sufrimiento, de su desaparición. Cuando es consecuencia de una decisión se niega a someterse a tales amenazas.

El gobierno kirchnerista amenaza con el «Golpe de Estado» y con el retorno a «La Dictadura» (como si sólo hubiera habido una). Sugestiona, se asocia al terrorismo de Estado no sólo en la evidencia de su gestión sino en la invocación de las consecuencias si es que no se apaña uno bajo su protección en la obsecuencia. Decir que todo Estado es terrorista implica decir que no hay forma de mantener una población bajo dominio si no es a través de la amenaza de una violencia fatal, de un aniquilamiento del sentido, de una destrucción física o simbólica de todas aquellas cosas que dan a las personas el sentido de su existencia. Todo Estado se instituye ubicándose en la posición de Poder que garantiza en sí las condiciones de posibilidad. Por fuera el caos, por fuera el doble homicidio de la muerte biológica y la muerte del nombre.

El Kirchnerismo se afirma como el Restaurador de las Leyes y como el Conquistador de la Dignidad en la lucha por los Derechos Humanos. En esta afirmación propagandea la masacre genocida de los años setenta y saca de eso un doble beneficio: se legitima en la identificación con los mártires y mantiene activo el horror que ha dejado, en el imaginario social, la práctica todavía reciente de aquél terrorismo emblemático. Usa de la víctima la legitimación de una lucha que declara en su nombre.

El enquistamiento de aquel horror que en el imaginario social dejó la campaña de exterminio del Proceso de Reorganización Nacional fue, precisamente, una de las funciones más importantes que ha tenido esa campaña, y está siendo claramente utilizado por quienes pretenden haber sido los protagonistas de la resistencia. Se asocia la destitución de un gobierno con la idea de la masacre, asociación, por otra parte, que no es en absoluto arbitraria cuando se piensa esa destitución únicamente como efecto de la institución de un nuevo gobierno. Lo que sí es arbitrario es la identificación de la democracia con la libertad y con el bienestar de la población, su falaz oposición estructural a la dictadura y su identificación con el Kirchnerismo.

El Poder se sostiene a fuerza de mitos que cuentan el cuento del padre tan bueno que no usa la parte que tiene de malo. En política, cuando queman las papas del sentido la mística adviene como recurso reactivo. «Un mito es una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene» [14]. Opera en defensa de la estructura. En lo político es un recurso de altísima efectividad que tiene la metaestructura para asignar viejos sentidos a nuevos significantes, es decir, para preservar la normalidad de la situación resguardando su ley ante la posibilidad de la interrupción, posibilidad sin la cual lo político no existe. La Dictadura, La Oligarquía, El Fascismo: la desobediencia significa la muerte.

Actualmente no es necesario (al menos todavía) el exterminio de lo múltiple. Bastan los discursos manipuladores para negar las huellas del acontecimiento. El tratamiento de diciembre 2001 como si fuera simplemente una crisis política más dentro del esquema ininterrumpido de la política de gestión es una forma de negar que hubo ahí algo del orden de la interrupción, esto es, un acontecimiento. Cuando la constitución de un sujeto fiel es suficientemente débil, la negación de las huellas es más fácil. Aquí cabe, entonces, señalar tres cosas: 1- al menos una huella del acontecimiento político diciembre 2001 que sea suficiente para nombrarlo como tal, 2- los mecanismos de negación de aquellas huellas, 3- los mecanismos de apropiación de aquellas huellas en virtud de la continuidad política. No pretendo agotar este análisis en este artículo, pero sí presentarlo someramente.

En mi opinión, la huella más importante que ha dejado diciembre 2001 en tanto acontecimiento político es una herida en la dinámica representativa. El contexto en el que se produjo fue perpetrado por los funcionarios más o menos visibles de la estructura de gestión. Pero hubo en esa estrategia algo que la excedió. Ese exceso estuvo en manos de una multiplicidad indecidible que solamente pudo ser contada con la conformación de las asambleas y la institución de un «Movimiento Asambleario»    que pronto soportó el adjetivo «Nacional». Lo mismo ocurrió con el «Movimiento Piquetero». Pero esa multiplicidad circuló por las grietas de la situación política de forma más o menos activa al menos hasta 2003. Ahora, casi a siete años de distancia de su irrupción, esa multiplicidad se ha vuelto invisible desde las alturas. Solamente queda una serie de significantes que nombran su aparición, y es precisamente en esa serie donde operan las producciones discursivas reactivas y oscuras.

Decir, por ejemplo, que no se gobierna un país con cacerolas y cortes de ruta [15] es negar que cacerolazos y piquetes fueron un recurso que sirvió para desplegar una subjetividad disruptiva y no una afirmación identitaria. De hecho, cuando la Presidenta hace mención a los piquetes  de fines de los ’90 los nombra como «piquetes sociales» para decir nada de la autonomía de la política, sino para darle contenido moral a la resistencia social, ubicarla exclusivamente en contra de La Oligarquía y autoproclamarse su representante. En ese nombre se niega la potencia disruptiva, es decir, se niega lo que hubo de acontecimental en aquella irrupción y se la reduce a un episodio de lucha social donde lo político, ahora sí en términos emancipativos, desaparece. Insisto en que no fue necesario exterminar a las personas que protagonizaron aquella todavía fugaz interrupción: bastó, hasta ahora, con manipular los nombres. Son los nombres de las víctimas lo que se recoge de 2001 [16], y nada de la desvictimización de las voces presentes.

Quienes evocan la presentación, pero para reencausarla en la lógica representativa y en la gestión de intereses económicos como sinónimo de política, son precisamente quienes se ubican en oposición al gobierno y en oposición a la oposición. Cito un fragmento elocuente del proto-funcionario Joaquín Morales Solá [17]:

«Habían olvidado el miedo. Ese miedo que las cacerolas habían instalado en los gobernantes desde fines de 2001 hasta bien entrado el gobierno de Néstor Kirchner, cuando ya transcurría el 2004. Las cacerolas volvieron anteanoche, sorpresivas y autónomas, y, seguramente, también volvió el miedo en la cima que alberga a los que gobiernan. Las cacerolas son temibles en la Casa de Gobierno, pero lo son más aún cuando golpean las puertas de Olivos. Ocurrieron ambas cosas.

Sólo ese miedo probable y la soledad política pueden explicar, al mismo tiempo, que el Gobierno le haya ordenado a Luís D’Elía salir con su fuerza de choque para enfrentar la rebelión de las cacerolas. D’Elía no haría nunca lo que hizo –ir de la provocación de las palabras a la violencia de los hechos– sin una indicación precisa del vértice mismo del poder. Pero la imagen del líder piquetero que daba puñetazos de ciego, con el pecho descubierto, fue también una imagen patética de la soledad política del Gobierno. La administración carecerá siempre de aliados posibles, políticos o sociales, si sus defensores son D’Elía y el jefe cegetista, Hugo Moyano. Y los dos han rodeado al Gobierno en los últimos días para protegerlo de la mayor sublevación social que haya vivido el poder desde la Navidad de 2001.».

Y luego sigue: «¿Qué llevó a la gente común a salir a la calle? […] El Gobierno cometería un error político imperdonable si buscara líderes o guías del fenómeno de las cacerolas en la calle». En síntesis: se afirma que hubo una sublevación protagonizada por gente común, sin líderes, es decir, sin representación, para decir que esa misma forma de la sublevación fue la que ocurrió en medio del conflicto entre El Gobierno y El Campo. Del 2001 no se nombran las víctimas, sino la mella que la presentación dejó en el sistema político. Se acusa al Gobierno de un anacronismo que le impide ver los cambios que se han dado en la forma de gobierno, reclamados desde la sociedad civil, no desde la Sociedad Rural.

Por otra parte podemos leer algo de la tercer posición en el discurso del Partido Obrero [18]: «El punto central sigue siendo que ambos bandos en pugna son explotadores y no presentan ningún carácter progresivo para el desarrollo histórico. La crisis de conjunto que expresa esta pugna plantea entonces la irrupción de la izquierda como alternativa estratégica, que deberá capitalizar en las fases siguientes de este proceso de descomposición de la política económica y del régimen político.» Estos bandos son señalados como falsos y se los explica en el contexto de desintegración política cuya fecha de nacimiento es 2001 [19]: «Las conspiraciones en curso demuestran que los “demócratas” han sido incapaces de reconstruir su régimen político desde 2001. Pero mientras la crisis se encuentre encerrada entre dos variantes capitalistas (son muchas más de dos), los trabajadores pagarán la factura de los estragos.»

Otra declaración, también en nombre de la tercera posición, es lanzada por la renovada versión de los frentes populares [20]: «Desde el Frente Popular Darío Santillán proponemos una amplia unidad de todos los sectores populares que son víctimas de este modelo económico que incluye la política de agronegocios y que es continuidad del neoliberalismo». Y así la lista podría continuar.

Que las definiciones políticas de estos sujetos ante este conflicto particular y en relación al acontecimiento de 2001 se hayan dado de esta manera no habla de una conformación tradicional de bloques y partidos. Hablar de funcionarios, en el contexto de la política de gestión, no es lo mismo que hablar de cuadros. Se trata de la clausura del esquema tradicional a la que están llegando tarde algunos sectores, como el Gobierno, y muy tarde otros, como las organizaciones y los partidos de (nueva) izquierda.

Lo que queda no es un número. Lo que excede estas posiciones no es un bloque, ni un partido, ni un frente ni un movimiento. Queda por fuera algo del orden de lo múltiple cuyo carácter emancipativo siempre está por verse en virtud de la potencia de su despliegue ante cada conflicto, en función de la particularidad de cada situación, en relación a cada acontecimiento. En lo social, es la forma de un cuerpo no-Uno cuya efectividad depende de la capacidad de articular movimientos consistentes cada vez. El movimiento, en este caso, es únicamente el efecto producido por él. En lo político, se trata de una composición ideológica capaz de operar en lo social en virtud de la subjetivación fiel de ese cuerpo, es decir, en virtud de la interrupción de la ley de la situación, ley que aparece sintomáticamente en la aparición del Poder y de la representación.

Julio 2008

Notas


[2] Editorial de la revista El Federal, número 220, 24 de julio 2008.

[3] Gustavo Hierro, Alfredo De Angeli, El rebede, entrevista publicada en el mismo número de El Federal.

[4] Ver Izquierdas y derechas: una categorización de los representantes. http://entornoalaanarquia.com.ar/blog/2006/12/31/izquierdas-y-derechas-una-categorizacion-de-los-representantes/

[5] “Para un militar no debe haber nada mejor que otro militar”, Nuevas bases para el GOU, citado en Horacio Casal, La revolución del 43, Centro Editor de América latina.

[6] «De acuerdo con la experiencia ninguna dominación se contenta voluntariamente con tener como probabilidades de su persistencia motivos puramente materiales, afectivos o racionales con arreglo a valores. Antes bien, todas procuran despertar y fomentar la creencia en su “legitimidad”. Según sea la clase de legitimidad pretendida es fundamentalmente diferente tanto el tipo de la obediencia, como el del cuadro administrativo destinado a garantizarla, como el carácter que toma el ejercicio de la dominación.» Max Weber, Economía y Sociedad.

[7] Quien se detenga a estudiar las entonaciones de los discursos de Cristina Fernández (de Kirchner) habrá de notar la diferencia entre su actitud en los discursos para funcionarios (por ejemplo en el seno del MERCOSUR), sus discursos para la prensa (por ejemplo en la casa de gobierno) y sus discursos de tablón. Seguramente de allí podrán sacarse interesantes conclusiones.

[8] “[…] y cuando digo en mis discursos y en mis conversaciones que la causa de Perón es la causa del pueblo, y que Perón es la Patria y es el pueblo, no hago sino dar la prueba de que todo, en mi vida, está sellado por un solo amor”, Eva Duarte de Perón, la razón de mi vida.

[9] No logro menguar mi indignación ante el vallado de la Plaza. Desde la represión de los días 20 y 21 de Diciembre de 2001, la plaza quedó vallada de forma permanente y el uso público reducido a la mitad. Lo mismo ocurrió con los accesos a la Capital Federal, custodiados por Policía Federal y, en ocasiones, por Gendarmería. Esta avanzada sobre el espacio público tiene a las claras una función intimidante y ostentosa de Poder, y el Kirchnerismo no hizo sino amurar al asfalto de la calle Balcarce un primer vallado antes provisorio, y mantener el murillo que divide la plaza en una parte pública y otra peronista.

[10] Fragmentos tomados de Perón, Conducción política, editorial Megafón, Buenos Aires, 1982. Pág. 8. La itálica es del original.

[11] Ídem, pág. 229.

[12] «A ese signo que se significa a sí mismo y en consecuencia transgredí la prohibición Russelliana de la autorreferencia, Deleuze y Guattari lo llamarán “significante despótico o paranoico” (relacionado, luego, con el “aparato de Estado”). A ese elemento rebelde, indecidibe, que se resiste a ser significado por alguno de los significantes del sistema, lo denominarán “objeto nómade o esquizo” (más tarde, incluso, “máquina de guerra”). “Nomadología”, pues, sería el nombre de una ciencia paradójica ya que, desde esta perspectiva, no podría haber logos de ese objeto llamado nómade: éste era, como vimos, lo innombrable. Nomadología, podría decirse, es el nombre de un pensamiento deleuziano de la política». Dardo Schavino, Gilles Deleuze o la filosofía en los tiempos del acontecimiento, revista Acontecimiento número 6, 1993.

[13] Después de la transa parlamentaria, una vez definido el posicionamiento de los funcionarios ante el nuevo tablero, se abren las condiciones para que el conflicto de intereses avance por la negociación o por la confrontación. El recambio de piezas en los ministerios apunta, en mi opinión, a una negociación que se muestra todavía endeble. Habrá que ver cómo sigue la historia. Opino que el mensaje lanzado al Kirchnerismo es claro: se negocia la estructura de poder o se destituye al gobierno. Esta es la parte de la extorsión kirchnerista que, hablando de golpismo y nombrando a Duhalde, tiene algún asidero.

[14] Rollo May, La necesidad del mito.

[15] «Y yo digo, argentinos: nos merecemos una democracia donde los que gobiernen sean los que han sido elegidos para estar aquí en la Casa Rosada o en el Parlamento, con las leyes de la Constitución, con las normas de la Constitución. No quiero un país, una democracia corporativa donde se crea que se puede manejar desde la Sociedad Rural, con cacerolas, cortes de ruta y bocinas. Así no se gobierna un país. (Aplausos)». Trascripción del discurso de Cristina Fernández (de Kirchner) del 16 de Junio de 2008.

[16] «Siempre fueron los jóvenes los que pusieron la sangre en nuestro país. (Aplausos) En el `55 fueron jóvenes; en el `76 fueron jóvenes; en Malvinas fueron jóvenes; y fueron jóvenes también en los días de diciembre del 2001 los que murieron. Siempre son los jóvenes. (Aplausos)». Ídem.

[17] Del artículo titulado El verdadero mensaje de las cacerolas, publicado en La Nación el 27 de marzo de 2008.

[18] Miguel Briante, La izquierda y la crisis política

[19] Jorge Altamira, Los golpes de la democracia

[20] http://argentina.indymedia.org/news/2008/03/589705_comment.php