¿y qué mierda me importa tu renuncia?

La policía bonaerense asesinó a un pibe de 17 años que estaba indefenso por haber sido detenido sin resistencia, luego de un supuesto robo domiciliario, en la madrugada del 10 de enero, según página 12. Lo golpearon y le volaron la cabeza con (al menos) un disparo de 9 mm. La bonaerense, en un gesto de autocontrol democrático, considera prescindibles a tres policías, detiene a otros tres, e interviene la comisaría (la 3ª de La Plata). El interventor Héctor Martínez, según se difundió, dijo “Si estos padres no reciben justicia, yo renuncio”.

¿Justicia? Ya no hay. La venganza no es justicia. La injusticia ya está hecha y eso no se deshace. Ese pìbe, Damián Barzábal, ya se murió. Ya está. ¿Qué pretenden? ¿Satisfacer a la familia para que no pueda quejarse? ¿Preservar la institucionalidad para que no se violente el barrio? Más allá de la suerte que pueda tener cada uno y todos los policías que se ensuciaron las manos de sangre con los sesos de un menor, que espero que sea la peor (y esto no es justicia sino venganza), me invade con asco la convicción de que esto no se arregla así. Es tal el universo de verdades que depositamos en la institucionalidad y es tal el peso simbólico de esa delegación, que no sólo un funcionario se atreve a montar en la balanza una muerte estructuralmente injusta, de un lado, y su renuncia, del otro, como si pudieran tener el mismo peso, sino que cierta prensa celebra semejante psicopateada como si fuera un gesto de compromiso militante por parte de un funcionario policial.

¿Qué mierda me importa tu renuncia? No sirve de nada, salvo de registro fiel de que la institucionalidad es más importante que la vida misma, aplastada por cargar el peso de sus discursos legitimadores y del plomo de sus balas.