Identidades

Lo múltiple no es una multiplicidad. Lo múltiple, definitivamente, no es la multitud. Una multitud es una diversidad aparente, puesto que lo que la multitud establece es la identidad de todos sus miembros. Esta identidad radica una igualdad necesariamente intolerante. No puede ser admitida la otredad radical en la multitud: sólo se admiten diferencias menores.

Me acuerdo cuando en matemáticas, no sé si en la escuela primaria o en la secundaria, me enseñaron la diferencia entre la equivalencia y la igualdad. Recuerdo que me quedé pensando y supuse entonces que lo único que podía ser igual era lo mismo, es decir, que no podía haber dos cosas iguales. La mismidad es el soporte de la identidad. Lo idéntico es lo sí mismo, lo que no tiene rasgos de otredad, lo indiferenciable.

Ante la psicología difícilmente podamos dar lugar a la identidad en estos términos. No hay tal cosa como un sujeto cuya integridad no contenga escisiones y diferenciaciones internas, una otredad que desde dentro mella toda ilusión de identidad. El sujeto está compuesto y expuesto, siempre, y es ese sujeto compuesto (o escindido) el que solemos identificar como individuo, paradójicamente. El sujeto es el individuo atravesado (y roto) por el lenguaje.

El lugar de la identidad es el lugar del otro porque solamente es visible la identidad del otro. Nuestra identidad es siempre y únicamente visible en el otro como reflejo. Nuestra identidad es siempre parcial y relativa. Esto no significa que no pueda verse al otro como sujeto escindido. Para eso media una operación de equivalencia, nunca de igualdad. Pero incluso la equivalencia no alcanza: es necesario establecer una equidad.

La otredad es condición de una diferencia y en sí misma de una equidad sin la cual la diferencia no podría establecerse nunca. La identidad de las diferencias es siempre una hegemonía, nos guste o no. Es la operación que determina una totalización: establece una multitud donde estaba lo múltiple.

La misión de una totalización es completar lo que falta en el sujeto escindido. La inconsistencia de toda estructura es atacada por el uno. El uno no es el individuo en rebelión: el uno es el Otro como estructura, es la condición de identidad que infiltra toda subjetividad como lenguaje. Para ser activos y asumir independencia nos reivindicamos sujetados por la estructura que determina las condiciones de posibilidad y las mecánicas operativas. Son los discursos de la efectividad en tanto pragmatismo los que están siendo determinados con la sujeción. Cuando el individuo es considerado sujeto y asume como tal una identidad es cuando la mismidad totalizante triunfa por sobre la otredad de lo múltiple y ahí está, en las reivindicaciones identitarias, la consumación de las hegemonías.

No es lo mismo identidad que integridad. Lo íntegro es lo consistente y por eso no puede ser estructural. Lo íntegro es compuesto, expuesto, dispuesto y dinámico. Es la disposición de lo individual consistente hacia lo múltiple. Lo íntegro es consistente en la medida en que funda la otredad, no como estructura, sino como vínculo dinámico.

La integridad es una capacidad de ser entero. Desde el punto de vista de la estructura en lo íntegro habrá siempre una carencia, una falta, falla o irresolución. Lo íntegro no es una estabilidad sino una contundencia. Es entero en la medida en que es dinámico y abierto y se basta de por sí para la constitución de un hacer en lo múltiple y de un decidir en lo múltiple. Es en lo íntegro donde pueden producirse la invención y la voluntad. No establece una definición sino una función siempre coyuntural y relativa al vínculo existencial con lo múltiple. Lo íntegro no dura porque no es una expresión del tiempo. No prevalece. Lo íntegro no es una existencia sino una disposición de la existencia. Lo íntegro no es una construcción tanto como una actitud.

La deconstrucción de los discursos identitarios no es la deconstrucción de la identidad (esto no es una pipa). La identidad es consecuencia de la fricción de lo individual con lo estructural: es consecuencia de la proyección de la estructura como demanda. En términos políticos, “una identidad es lo que necesita el Estado para que un grupo pueda ser representado políticamente” [1]. Aún desde las rebeliones políticas contra la exclusión y la opresión, los discursos identitarios siempre son funcionales a la estructura política dominante en la medida en que la preservan como territorio de la emancipación. Esto no niega las condiciones efectivas de dominación ni aísla las identidades sometidas. Tampoco las diluye. Es que el conflicto no está alojado en la identidad como problema sino en la libertad como propósito y en la discontinuidad efectiva producto de la decisión respecto a las condiciones vigentes como motivo y como práctica.

Una decisión colectiva no implica, necesariamente, la decisión de una multitud. De hecho, y a pesar de que parece ser muy poco viable por ahora, lo deseable, desde el punto de vista de la producción política libertaria y del pensamiento anárquico, es que tal decisión colectiva sea producida por lo múltiple social activo, es decir que lo colectivo aparece como condición particular y única de la decisión y no como presupuesto identitario ni como institución futura de una identidad. Lo único que se radica en la decisión política libertaria es la ruptura. Lo demás (propósitos) será lo que se construya o manifieste luego desde la diversidad, desde las multiplicidades a lo sumo.

Podemos establecer, entonces, una decisión radical: una cosa es la identidad como manifestación de una fricción establecida, y otra cosa es el discurso identitario como recurso para el establecimiento de totalizaciones hegemónicas. En el primer caso no hay nada que nos sirva demasiado porque no hay nada que sea dinámico: una identidad es una reacción conservadora de lo dado. En el segundo caso existe una tendencia intrínseca y efectiva hacia la anulación de lo múltiple en la constitución de una multitud. Esto es, la promoción de las dinámicas políticas hegemónicas.

Una política libertaria no puede estar fundada en un discurso identitario ni como afirmación ni como negación. No importan las identidades en juego ni para negarlas ni para afirmarlas. Importa simplemente la promoción activa de rupturas políticas (decisión) cuya vocación radique novedades en relación al bienestar común.

Nota

1 Raúl Cerdeiras en Revista Acontecimiento, número 29-30, página 25, octubre 2005.