Refracción

Fue cuando aprendía fotografía en el taller de mi viejo que di con la óptica geométrica y el fenómeno llamado refracción. Es un fenómeno interesante. Actualmente es de uso habitual el término “refractario/a” en el análisis político con expresiones tales como “el gobierno propone una política refractaria a la protesta social” o cosas por el estilo. En este sentido, el término indica una especie de rechazo que sería más correcto mencionar, aún metafóricamente, como “reflejo”, y merecería también ser observado como devolución de parte de un interlocutor específico, en función de una específica interpelación.

En cualquier caso, más allá de interpretar livianamente esta metáfora política habitual, me propongo en este artículo considerar otros aspectos de la refracción que sirven para reconsiderar a su vez un fenómeno que consiste en la concurrencia de sectores sociales diferentes, casi antagónicos, en busca de opciones solidarias, asistenciales o caritativas, o a partir de la inevitable y tantas veces involuntaria coexistencia que muestra la irrenunciable participación en esta sociedad de todos sus miembros, sean o no las voluntades tendientes a ello.

Comedores populares, talleres de alfabetización, encuentros educativos, y demás prácticas políticas de base, más o menos espontáneas o institucionalizadas, la coincidencia circunstancial en tiempo y espacio, las búsquedas de contacto con miras a alguna clase de superación de clase, y todas las alternativas de yuxtaposición que se nos ocurran, redundan en esta producción de superficie refractaria.

En su mayoría, estas búsquedas se corresponden con la urgente necesidad de vencer las determinaciones reactivas de una sociedad fragmentada. No se trata simplemente de un cuerpo social contenedor de disensos y otredades. Se trata de una sociedad que hegemoniza destinos y confronta sus partes en un antagonismo anciano cada vez más pronunciado, cada vez más acuciante, cada vez más irreversible. La inducción ideológica del pensamiento único promueve una imagen interna del sometido, del explotado y del excluido que lo lleva a afianzar las categorías diferenciales que lo perjudican, al mismo tiempo que determina una diferenciación del incluido que lo abstrae de toda solidaridad real.

Las estructuras culturales que instituyen los mandatos y establecen y administran las diferentes densidades del pacto social están aisladas unas de otras de modo que no haya transferencia posible y se mantengan operativas las confrontaciones y los miedos. Un sector se asume violentamente diferente al otro y se cargan las tintas de lo dado en lo dado, sin antecedentes ni consecuentes, sin contexto y, por lo tanto, sin nada para hacer. Es la eternidad de la miseria, la resignación policíaca, la evasión neoliberal de todas las partes.

reflexión y refracción

Reflexión: según la óptica geométrica un rayo de luz que impacta en un espejo es reflejado con un ángulo resultante igual al ángulo de incidencia (siempre respecto a una normal, entendida ésta como una línea perpendicular a la superficie del espejo).

Un espejo reflejará así la mayor parte de la luz recibida, transformándose una mínima porción de la energía lumínica en calor (el espejo se calienta levemente). Luego, una superficie más absorbente, devolverá menos luz, es decir, se calentará más. Una superficie completamente absorbente no devolverá nada de luz. Tal superficie es negra.

Los distintos colores de las cosas que vemos resultan de la reflexión de la luz en superficies de absorción parcial que reflejan ciertos espectros de la luz blanca. Físicamente, esos espectros son los colores.

Refracción: según la óptica geométrica una superficie que divida (o junte) dos medios con distintas densidades y en la que incida un rayo de luz se comportará en parte como una superficie traslúcida (que se deja atravesar por la luz) u opaca (que no se deja atravesar por la luz). De esta forma, una parte del rayo incidente pasará del otro lado con una cierta modificación en su dirección, y otra parte será reflejada.

El ejemplo emblemático y tradicional es el que aparece en la foto (tomada de wikipedia). En este ejemplo, visto de costado, el lápiz sumergido en el agua se ve “quebrado”, es decir, la línea de su longitud está visualmente alterada, partida en dos segmentos con direcciones diferentes divididos por la línea de superficie, aquella que separa (o junta) el agua y el aire, dos medios con distintos índices de refracción.

Esto se debe a que la velocidad de la luz es diferente en cada uno de los medios en cuestión. Así, al pasar de un medio al otro, la luz avanza con mayor o menor velocidad, según el caso. El ángulo de incidencia de la luz en relación al cociente de los índices de refracción involucrados determinará un ángulo de refracción.

refraccionSi miramos sobre la superficie, seguramente podremos ver la reflexión del lápiz en el agua, con mayor o menor distorsión en función de las condiciones de iluminación y del estado de la superficie. Por eso las aguas calmas son espejos de agua.

las dos imágenes

La refracción produce, entonces, dos imágenes, una a cada lado de la superficie refractaria. Esta superficie se caracteriza por ser el resultado de un contacto entre dos medios tales que uno delimita al otro de forma recíproca. Cualquiera sea el medio en el que se origine el haz de luz como mensaje o como interrogación, éste será alterado indefectiblemente al atravesar tal superficie, provocando una aberración particular cuya dimensión será directamente proporcional a la diferencia que haya entre ambos medios. Cualquier interrogación, cualquier mirada, cualquier mensaje, estará alterado indefectiblemente.

De la misma forma, según el ángulo de incidencia, la proyección de un medio a otro producirá un reflejo también parcial. La superficie también es un espejo y, de algún modo, todo espejo es refractario. Aquello que se da es siempre diferente a aquello que se recibe y, verdad de Perogrullo, lo que se recibe es siempre diferente de lo que se da. De modo que un reflejo es un discurso del tránsito. Ya no es el haz de luz lo que se observa en el reflejo, sino las particularidades del medio en el que se ha emitido y reflejado, y las condiciones de las superficies que tocó. Así es como se averiguan los planetas y los astros, sus materias y sus constituciones, esos mundos fuera de este mundo, esa otredad del universo.

De modo que estamos siempre inmersos en las condiciones del lenguaje como aberraciones de un mensaje interrogador. Eso es lo que llamamos conocimiento. Darnos a conocer es una aventura y no un turismo. Interactuar es casi una fantasía. De lo que ofrecemos nunca vemos lo que el otro ve. Vernos reflejados en un otro siempre refractario es ver las aberraciones discursivas del sistema.

la incidencia del ángulo

Ante la superficie refractaria que se produce por el contacto entre dos medios sociales tan distintos como, por ejemplo, el dueño de la olla y el dueño del hambre, toda imagen es una aberración en la que los modos de incidencia operan como diferenciadores urgentes. No será la misma opacidad la resultante de un ángulo u otro de incidencia, no serán las mismas trasparencias las que ocurran.

Ni siquiera en física la refracción es solamente un asunto óptico. El ángulo de incidencia puede hacer, por ejemplo, que una nave espacial se estrelle contra la atmósfera terrestre como si esta fuera tan sólida como una roca, o que la atraviese sin inconvenientes, de la misma forma en la que el ángulo de incidencia de un rayo luminoso modificará la opacidad relativa de una superficie. El éxito de tal empresa radica, pues, en un planteo de incidencias relativas.

Un emprendimiento como los que mencioné al comienzo se enfrenta a exigencias análogas. Un desajuste en el modo puede producir una incidencia inadecuada y convertir la superficie de contacto en una superficie de choque. Esta clase de confrontación puede terminar con toda la voluntad de encuentro que haya movido a cualquiera de las partes. Aún en los casos de mayor honestidad, aquellos en los que manda una sensibilidad social y un registro vital de una otra existencia, las tensiones activas de la confrontación superficial de ambientes con índices de refracción social tan diferentes promueve más opacidades y aberraciones que claridades luminosas y traslúcidas. Operan en la dinámica de voluntades y añoranzas distorsiones y reflejos alterados que desconciertan al más avispado.

Todo lo que tiene un sujeto, individual o colectivo, entre sus manos, ante esta condición, es la reflexión profunda, es el mirarse rebotado y devuelto a medias para dar cuenta de las condiciones en que está, en las que es, en definitiva, los modos que es ante el otro, tomar un muestreo de consecutivas experiencias que puedan servirle como diagrama genérico, casi como planilla en la que establecer el cálculo de los índices de refracción tomados en base a un vacío que nunca está presente.

¿dónde está el vacío?

El índice de refracción es el cociente de la velocidad de la luz en el vacío sobre la velocidad de la luz en el medio en cuestión. Así se llega a índices como 1,00029 para el aire (en condiciones normales), o 1,333 para el agua a 20 grados centígrados, etc. Estos valores indicarán la magnitud de la distorsión. ¿Dónde está el vacío social que nos sirva de referencia? ¿cuál es el tope de nuestra analogía?

Lo que me interesa de esta linealidad analógica en la que me permito insistir hoy es la composición de una visión formal de un asunto demasiado cargado de principios y doctrinas. Si hay algo que no me interesa es fundar una sociología de la refracción, y esto es claramente un tope para nuestra analogía. Estamos hablando entonces de una metáfora (quién sabe una metonimia) que merece lo que en otro contexto sería tal vez una exageración analógica.

La deconstrucción del discurso naturalizado es el comienzo del vacío. El tremendo desafío para la especulación intelectual es alcanzar un cierto grado de comprensión que más bien se me antoja como una elaboración simbólica consistente, cuya consistencia sea el resultado de una confrontación práctica y activa en el sentido de los supuestos fundacionales de los que parta. Yo, particularmente, intento dar con propuestas activas al problema del bien estar, siendo el estar asunto compartido. Existe pues la urgencia de la que hablaba, la urgencia de revertir la separación, de superar el abismo que me impide afectar lo que me afecta y que me impide modificar las construcciones sociales de las que dependo y participo, y que son por ahora metódicamente enajenadas como todo espacio de producción de sociedad.

¿Dónde está el vacío? Tal vez el vacío no esté. Tal vez la referencia que buscamos para la composición de un índice, de un indicador que refiera la magnitud de la diferencia relativa, sea un sitio inexistente o la inexistencia de ese sitio. Tal vez sólo nos quede el ensayo permanente y la fuerza del desgaste, la brutalidad persistente y la ruina, el entusiasmo y el abandono. Tal vez se funde alguna radicalidad en la fricción que no se pueda ver en refracciones. Tal vez haya un discurso de la materialidad, un discurso del contacto, despojado de toda corrección política que acabe por enseñarnos los ángulos necesarios para la producción del encuentro.

la superficie

Lo que limita con ser es tensión óntica. La maravilla de los bordes y de las fronteras es que no son tan fáciles en la realidad como en los mapas. Hay un salto cualitativo quizás imponderable que lleva de la tierra al agua, del agua al aire, del aire al fuego. La superficie de contacto entre dos medios sociales violentamente reales es una confrontación de lenguajes que operan como límite exterior en cada caso. Allí las palabras que atraviesan no rebotan y las que rebotan no atraviesan. Allí las palabras que atraviesan se tuercen y resuenan siempre en magnitudes ajenas, en los modos de un otro irreducible a la generalidad, nunca representable.

Hablar con otro no es hablar con la otredad. Hablar con otro no es ni siquiera un hablar infinitivo: el otro es siempre conjugado, el otro es conjugación. La ilusión del mirador contemplativo, la ilusión científica del laboratorio social, nos ha mentido con la idea de que el contacto es transparente, cuando lo que deberíamos entender, de alguna manera, es que la relativa, circunstancial y siempre parcial transparencia es resultado del modo. El ángulo incidente, la manera, la forma, la inflexión, el cómo, el cuándo, el para qué: todos los adverbios. No existe transparencia tal que nos admita en otro más allá de lo que aprendamos a hacer con los errores. Es la radicalidad de lo irregular lo que nos muestra que no hay más realidad que una ficción compartida, y esa ficción solamente puede compartirse de dos maneras: con hegemonías totalizantes o con la administración de las aberraciones.

cacerola sin piqueteLa superficie refractaria ocurre entonces en el puro contacto de dos medios diferentes. Un ejemplo colectivo, sin mayor profundidad, lo hemos visto en los cacerolazos de 2001 y en algunas asambleas posteriores. Una de las cosas que se cantaban era piquete y cacerola, la lucha es una sola. Más allá de que esa frase fue aún más mentirosa que aquel impactante que se vayan todos, lo que se intentaba forzar con la palabra y la canción era una unidad entre distintos sectores sociales que constituyera un sujeto político capaz de accionar desde la base hacia algún objetivo común. Cacerolas de aluminio gastadas por el fuego de hornallas que queman mal se juntaban con cacerolas Essen de 200 pesos. En las asambleas, ahorristas estafados estacionaban sus camionetas 4 x 4 cortando la avenida para reunirse con piqueteros de las CCC o del PO, sindicalistas de los ferrocarriles, vecinos de las mil condiciones, concejales, etc. Estoy hablando de lo que vi en la asamblea de mi barrio.

La territorialidad de la convocatoria, sumada a la extensión y transversalidad de la crisis social, estableció una diversidad irreducible a un género o especie, y produjo tantas superficies refractarias y tantas aberraciones como se pueda imaginar. Ese momento emblemático persistió y fue, seguramente, en lo relativo a la acción directa de la población en general, la ruptura más clara que produjo aquel acontecimiento. Ambientes socialmente muy diferentes e históricamente diferenciados, se encimaron unos a otros tomando contacto entre sí, y ensayando una indiferenciación que duró lo que duró y que ha dejado huella. Durante un rato se aflojaron las tensiones y se miró el rostro del otro buscando legitimaciones de ida y vuelta.

Actualmente, la presencia de cartoneros en las calles de los barrios más acomodados y acomodaticios de Buenos Aires establece una superficie de contacto diferente a la tradicional inclusión del empleado. Ya no se trata de un jardinero, un albañil o un sirviente, contratado de forma puntual, decidida y conciente por un aventajado burgués. Se trata de un caído del mapa que se cruza de forma ocasional, sin premeditación ni alevosía, y generalmente sin registro, con un vecino en la puerta de su casa, la del vecino, en el barrio en el que viven los que todavía están presentes en el mapa. Aquí, el contacto es un contacto casi inevitable, y a veces surgen mutualidades espontáneas capaces de producir algún intento de comunicación y, en los mejores casos, alguna remota voluntad de solidaridad.

el homenaje a los caídos

El proletariado del siglo XIX se ha transformado. De hecho, ni siquiera es lo mismo pensar la estructuración clasista de la sociedad en Latinoamérica que en Europa. Actualmente, la fuerza política más activa en el flanco izquierdo del ring, al menos en Buenos Aires, está compuesta por organizaciones de trabajadores desocupados. No son en sí estructuras puramente sindicales, ni partidarias desde el punto de vista institucional, sino movimientos de estructuración esquiva, siempre conflictiva y dinámica. Más allá de lo que se pueda articular como especulación en torno a estos movimientos, expresan en sí las prácticas políticas surgidas de un segmento de la población que ni siquiera es explotado en términos tradicionales. Despojados del trabajo, despojados del consumo, despojados del abastecimiento, han tenido que forzar una asistencia que pueda ser administrada para poder sobrevivir, y su función dentro del sistema productivo es la regulación de las condiciones del trabajo a través de la presión sobre el empleo.

Este fragmento de sociedad no es nuevo. Su avance sobre el mundo visible, su manifestación, tuvo más de estallido o de rebalse que de construcción, planificación o intencionalidad alguna, y el desmoronamiento de las vallas de contención sociocultural, junto a la caída del fantasma neoliberal que aumentó su volumen terroríficamente, dio lugar a una legitimidad que antes no tenía. Este medio social ya posee una identidad y una tradición cultural, tiene una historia y varias generaciones de pobreza y exclusión. Son. Están. Han logrado formar parte de las tensiones políticas de la política oficial.

En el interior de esa vastedad surgen prácticas políticas y antipolíticas que nunca serán comprendidas desde la tradición política o antipolítica de los abastecidos, porque existe una realidad incomprensible. No hay tal homogeneidad como la que se supone desde el otro lado de la superficie, desde ese lado del mapa que inventa discursos en su nombre como homenaje a los caídos. Porque, en la también diversa realidad de los que están del otro lado existe cada tanto una política de asignación moral, de validación del pobre, de inclusión forzada de una realidad en otra que presume ser capaz de asignarle los sentidos que, según supone, le faltan al excluido. Ese segmento del otro segmento cree poder interpretar las ausencias políticas, cree poder analizar las humanidades marginadas, cree que lo que ve es lo que es y que la operación consiste en educar al pobre.

fricción

La carga simbólica de cada sector respecto del otro es abismal en la medida en que instituye abismos. Como simétrica ignorancia de la asimetría consistente, funda la gran diferencia y la gran similitud. Separa lo que une y une lo que separa. Esa es la tan intratable función de los abismos. No basta con trazar algunos puentes; a quienes intentamos inventar alternativas reales de producción social no puede nunca resultarnos suficiente con eso.

En el sitio donde coman los de abajo de la olla que les llega desde arriba, los de arriba no serán jamás nosotros. Los de abajo serán los otros. No hay manera de quitar esa frontera. Hay una superficie refractaria inevitable que nos muestra que el sentido de esa acción no puede nunca ser el encuentro. Habrá que dedicar esfuerzo en observar las aberraciones, tratar de construir un mapa de la mirada del otro, pero, fundamentalmente, construir un mapa de la forma en que la forma de mirarnos nos lleve a un sitio o a otro.

Siendo, pues, la producción de la imagen doble una consecuencia de las voluntades relativas de un medio hacia a otro, lo que se puede hacer en primera instancia, creo yo, es comprometer nuestra atención en la otredad a la resignificación de nosotros mismos, abriendo los ojos al reflejo y confrontándolo permanentemente con la voluntad que nos movilizó. No suprimir al otro ubicándolo en la contraparte de lo uno, ni negándolo abstrayéndonos de él, sino reflexionarnos adverbiando la subjetividad con la que hacemos y con la que miramos el otro hacer.

Todas las aberraciones del caso describen el sistema en lo que penetra más a fondo en nuestra forma cultural en la medida en que es la huella del cristal con que miramos. La promoción de las tensiones transgresoras en la metabolización del vínculo es ese exceso que al obrar sobre el lenguaje lo fuerce al error deliberado buscando las fisuras que nos muestren los límites internos del sistema cultural del que emergen, como comportamiento instituido, las prácticas políticas vigentes. Por eso la fricción nos dará más utilidad que los intentos quijotescos del encuentro humanizante.

Las proyecciones refractarias de la fricción como chispazo hacen imaginable una cartografía de los vínculos entre sujetos individuales o colectivos. Esa cartografía es la que necesitamos para poder componer una realidad sobre la cual, a instancias del acontecimiento, podamos operar nuevas nuestras voluntades políticas.