la marcha de la oruga

La oruga es un colectivo que se aboca a la práctica de la pedagogía popular en la plaza de México y Jujuy, en la frontera capitalina de Balvanera y San Cristóbal. Sus miembros la definen como un “colectivo autónomo de educación y recreación popular“. Lo que sigue es una crónica reflexiva de lo que observé de su actividad y de lo que hablé con ellos.

En el año 2003 una asamblea de San Cristóbal puso en marcha una experiencia asamblearia con alumnos de sexto grado de la escuela No 15. “A principios del 2004 […] decide hacer una convocatoria para ampliar lo que ya venía haciendo […]. La idea inicial era hacer una asamblea en los sextos grados de la escuela.

La experiencia se extiende durante 2004, pero hacia mediados de ese año se produce una ruptura. Por motivos tan sencillos como la incompatibilidad de horarios de los participantes, se abre un espacio extraescolar, los días sábado, en la plaza más cercana. Desde ese momento, el uso de la plaza se mantuvo semana a semana, y se fue convirtiendo en el marco barrial más adecuado para la propuesta que nacía. Cuando la participación de los miembros de la asamblea se redujo drásticamente, la articulación con ella perdió operatividad, dificultando la autonomía en la toma de decisiones. Entonces se produjo la escisión: así nació La Oruga. El relato publicado en la web sugiere que “las diferencias” entre el grupo y la asamblea pudieron haber sido mayores o más complejas. Lo cierto, y lo más importante, es que desde ese momento La Oruga sostiene una propuesta activa, concreta y movilizante en la plaza del barrio.

El nombre no anuncia mariposas. Surgió de una actividad recreativa que desde 2005 usan para marchar en ocasiones como las marchas del 24 de marzo y que “consiste en una franja de tela de cincuenta centímetros de ancho y varios metros de largo que se cose en los extremos, formando un círculo. Las personas pisan la tela metiéndose adentro del círculo y cuando todos caminan la oruga (se llama así en referencia a las ruedas de los tanques) va girando y avanza. La oruga más grande lleva escrito: “seguimos caminando” lo cual se va leyendo a medida que gira.

Es recomendable leer las crónicas y la información general que han publicado en internet en http://www.laorugaweb.com.ar, de donde copié los fragmentos citados aquí y destacados en itálica. En ese website se da a conocer una serie de reflexiones y relatos que ayudan a dar forma a la búsqueda particular que están realizando, y dan cuenta del modo en que lo hacen.

Educación popular en la plaza del barrio

Actualmente el colectivo ha instalado en la plaza una propuesta de encuentro que va creciendo y acomodándose según la experiencia práctica lo mande. Centrado en actividades educativas para chicos basadas en la recreación, la propuesta creció hacia la puesta en marcha de talleres diversos para niños y adultos, y de una biblioteca popular.

Los talleres que dan actualmente son: juegos para chicos y chicas de 8 a 11 años, encuentros de lectura, dibujo y pintura, escritura, y expresión plástica. Por su parte, la biblioteca, alimentada a base de donaciones particulares (fundamentalmente de vecinos) presta libros semana a semana de forma gratuita.

La búsqueda es concreta, centrada en la práctica activa y en la reflexión, ambas colectivas. Si bien los miembros actuales de La Oruga son en su mayoría estudiantes movilizados por cuestiones educativas, no hay más aglutinante que el interés por la experiencia en el marco de ciertos valores comunes que regulan el trabajo del grupo.

Lo que pude ver al acercarme se corresponde, en lo actitudinal, con la forma en la que ellos mismos describen su organización interna, caracterizada por la horizontalidad y la apertura. Trabajan con un esquema básico de reuniones particulares y generales sin atribuciones jerárquicas, atentos a una dinámica basada en el consenso. Todos los miembros tienen voz y voto sin ninguna distinción, y los visitantes la puerta abierta para participar opinando. No hay tal cosa como “comisión directiva”, “coordinadores generales” ni delegaciones de ningún tipo. Esta voluntad de consenso, apertura e integración, se deja ver en la práctica por el modo en que se proponen las relaciones internas en las actividades del colectivo. Esto hace que exista una coherencia de hecho entre las proposiciones generales que los mueven, el ejercicio de su actividad y la dinámica de su organización interna.

No hay más aglutinante que una serie de valoraciones generales como punto de partida y como aspiración general. No se escuchan opiniones hegemónicas, y a la hora de entregarse a las conversaciones más abstractas en las que se comparten ideas, entusiasmos y utopías, cada uno se encarga de hablar por su cuenta para no comprometer a los demás en las opiniones propias, y para no postergar las opiniones propias. Esta serie de valoraciones generales tiene resonancias claras en el campo de la militancia socialista que nace de las experiencias tradicionales como intento de superación. Sin embargo no hay una voluntad partidista ni susceptible a la cooptación partidaria, probablemente por tratarse de una genuina experiencia de superación.

Desde el punto de vista de mi investigación, completamente teórica, detrás de la idea del taller vincular, la experiencia práctica de La Oruga y las reflexiones de sus miembros a partir de ella es muy enriquecedora. No se les pasa por alto la dificultad concreta a la que se enfrenta cualquier proyecto formativo que ponga en cuestión las bases sobre las que se monta la educación formal tradicional, y no evaden las reflexiones al respecto. Esto coloca a la experiencia en el terreno de la genuina búsqueda de transformación social en tanto los prejuicios o preconceptos están reducidos a un mínimo indispensable. Lo práctico y lo especulativo, en el sentido filosófico, no parecen ser mundos en oposición sino que se articulan entre sí como necesarias consecuencias uno del otro. Lo práctico da materia de reflexión y la reflexión da nuevos encuadres para lo práctico. Este mecanismo básico suele ser difícil de encontrar en la medida en que las experiencias educativas suelen estar en función de encuadres teóricos previos en tanto pedagogías o didácticas particulares dispuestas al ensayo. En este caso la importancia del juego como ruptura de una polarización tradicional de la vida escolar (aula/ley-recreo/desorden) y como dinámica capaz de promover valores formativos coherentes con la propuesta del grupo parece ser el único punto de partida, o al menos parece haber sido el primero. Lo demás es puro aprendizaje colectivo.

Los asuntos del barrio forman parte del material pedagógico más preciado de La Oruga. Pintar los bloques cementicios que obran de asientos junto a las mesas de mate o ajedrez es una de las actividades que proponen a los chicos del barrio. Todo aquello que promueva la identificación de los niños particularmente (de todos en general) con el lugar en donde viven, desde una visión social de política autónoma, es utilizado con miras a recomponer una imagen interna de los vecinos en tanto sujetos sociales, agentes políticos autónomos capaces de actuar en su realidad social inmediata y responsables de ello. Para eso se trabaja y se atiende a las relaciones internas de los chicos que participan en los juegos. Queda pendiente para mí una observación atenta de las prácticas “docentes” que en ese sentido se ponen en juego en los talleres.

“te dicen seño”

Una de las bases más complejas y significativas de la educación formal tradicional que conflictúan los emprendimientos de educación popular, es la relación de poder entre docentes y alumnos. Más allá de las palabras implicadas, los miembros de La Oruga tienen claro que “no se trata de iluminar a nadie”. La actitud es la de promover experiencias colectivas intentando diluir en todo lo posible la impronta docente en tanto condicione la subjetividad y la autonomía de las personas, niños o adultos, que participen en los talleres.

Sin embargo, conversando en torno a esto, uno de los miembros del grupo dice “nosotros cuestionamos algunas cosas”. Se refiere a que los aspectos cuestionables de la práctica educativa tradicional seguramente sean más de los que de hecho ellos pueden poner en cuestión. En esto, en realidad, hay implícita una resultante de fuerzas entre lo deseable en función de una sociedad mejor, y la contingencia de lo posible mientras tanto. No se trata de una resignación tanto como de una circunscripción a lo practicable. Y es que, justamente, La Oruga es una experiencia práctica.

La escolarización, con todas sus características, es una función cultural arraigada en lo individual y en lo colectivo de esta sociedad. Adquiere probablemente una categoría sacra casi eclesiástica, al punto de que forma parte de la estructuración moral de una mayoría fatal, que incluye dolorosamente a los no escolarizados. De esta forma, el cuestionamiento de los roles de liderazgo, como el rol docente, desde el punto de vista del poderoso (líder-docente), se choca con una demanda del sometido o dependiente (del seguidor, del alumno) que acepta y asume esa condición en una sociedad estratificada. Esto es lo que yo encuentro detrás del comentario de una de las chicas: “te deicen seño”, o “las madres les dicen a los chicos ‘andá a mostrarle a la maestra'”.

No hay presunción de “maestría” por parte de los miembros de La Oruga, pero en ocasiones sí existe esa demanda. Esto obliga a asumir, a veces, roles de dominación que serían por ellos tal vez indeseables. El ejemplo en sus palabras es elocuente: “no venimos a iluminar a nadie, pero si hay dos chicos peleándose intervengo con autoridad”, dice uno de los miembros. Es decir, no se puede dar lugar a que la práctica genere situaciones opuestas o contraproducentes a los valores que con ella se intenta promover. Éste es un punto conflictivo en los ámbitos activos de la educación popular, porque el discurso estructural de la dominación constituye dependencias de forma tal que no es posible simplemente no ejercerlas, sino que es necesario que no sean ejercidas, mediante la demanda, tampoco desde abajo. Y es que existe un abajo y un arriba en la educación cuyo cuestionamiento no puede reducirse a una “burocracia moral” donde los intentos de preservación de una cierta “pureza ideológica” dé lugar al fortalecimiento de aquello que supuestamente se cuestiona.

Esta lectura va más allá del planteo que me convidaron los miembros de La Oruga, pero está implícito, desde mi punto de vista, en su relato. En diálogo con ellos observo una línea de reflexión con una grado de compromiso más que respetable que indaga en la propia experiencia con honestidad. En este marco, los ejes de análisis son tan diversos que agregan valor a la experiencia en tanto fuente de reflexión colectiva. La Oruga ejerce un cuestionamiento práctico que deja sobre la mesa, y al alcance de todos, la posibilidad de tomar la posta y promover actividades similares en cada barrio, pero también la posibilidad de lanzar múltiples lecturas diversas sobre lo que están haciendo, sobre lo que podemos hacer y sobre lo que hacemos. En esto radica la fuerza de una práctica que pone en cuestión mucho más de lo que alcanza a cuestionar, empezando sin excusas a cuestionar lo que está a su alcance.

“algunos no tenemos internet”

El sábado pasado participé del taller de lectura colectiva que cada quince días se pone en práctica en el ámbito de las actividades de La Oruga. Un círculo recortado en papel, apoyado en el piso como si fuera una alfombra, constituía la demarcación del espacio de encuentro. En torno a él nos agrupamos y sobre él pronto aparecieron algunos libros. Los coordinadores llevaron propuestas: Galeano, Guillén, Cortázar, Montoya y una canción de Horacio Salinas. A diferencia de otros encuentros, el de hoy era de “tema libre”.

La composición del grupo era diversa: vecinos que se acercaron a encontrase con la literatura como vehículo. En verdad no sólo literatura; se lee lo que aparezca: periodismo, ensayo, canción, lo que sea (en todo caso, desde el punto de vista de uno de los coordinadores, de algún modo todo es literatura, en la medida, entendí, en que la literatura es más una forma de leer que una forma de escribir). Éramos dos los nuevos, en un grupo que no tardó en tener al menos diez integrantes.

No anoté los nombres y tengo una facilidad particular para olvidarlos, así que Roberto muy probablemente se llamara distinto. Se trata de uno de los participantes recurrentes de los talleres de lectura y escritura. Su aspecto, inevitablemente, denota su indigencia. Al comienzo de la reunión, comentó que en otras ocasiones el grupo se había abocado a conversar acerca de las cosas que habían pasado a cada uno en la semana, lo que me dejó entender que deseaba un momento de encuentro y de contención mutua colocado en el habla más que en la lectura, y en el relato íntimo y expresivo más que en la recreación colectiva de la expresión de un otro. o, en otras palabras, en hablar de sus asuntos en vez de leer.

Nadie respondió a eso. Simplemente se siguió con el plan de la convocatoria sin darle respuesta. Los coordinadores no supieron qué hacer, pero los participantes no asumieron ninguna responsabilidad al respecto (yo gocé de inmunidad diplomática: estaba ahí por primera vez y en la mezquina condición de privilegio de observador-participante).

El taller siguió su curso con sucesivas lecturas y comentarios. Ya hacia el final, uno de los coordinadores me preguntó acerca de la publicación de enta. Le contesté que estaba publicado en internet, y esto detonó la reacción de Roberto. Ofendido, se levantó para irse y se detuvo a protestar: “Algunos no tenemos internet”, dijo. “Es algo que tenemos acá arriba”, dijo después, haciendo un ademán con su mano sobre su cabeza, arriba de la coronilla, es decir, arriba de ese lugar presuntamente dispuesto para una corona que jamás tendrá. Dos coordinadoras fueron a buscarlo cuando se fue. Ellas suelen invitarlo a participar y le insisten cuando se niega.

La reacción de Roberto afectó al grupo que luego charló sobre el tema. Se hicieron planteos acerca de la función del taller, acerca de cómo contener afectivamente a quienes necesitan eso, acerca de la discriminación, de las culpas, de la condición de Roberto. De esto último se habló más que de la condición de cada uno de los que estábamos allí. Se dudó de su sanía mental, de los motivos que pueden llevar a alguien a no aceptar la ayuda institucional que ofrece el Estado (parece que es el caso de Roberto) y seguir viviendo en la calle, pero nada se dijo en ese orden acerca de la sanía de nosotros los otros.

Yo me atreví a mencionar el rencor, ese rencor estructural de quien, siendo discriminado sistemáticamente, asume esa discriminación y acaba por ejercerla en su contra. Fue la forma que encontré de hablar del simpoder. Observé que la actitud que mueve emprendimientos como éste está ligada a una valoración positiva de la vivencia de quienes están marginados de una soociedad patológica que discrimina, somete, aísla, condena, margina, de una sociedad que se intenta cambiar en favor de quienes más la están sufriendo. Y observé lo difícil que resulta poner esto en práctica, situación que obliga a lidiar con las dos mitades de este mundo refractario, esas que están en contacto a través de una interfaz de refracción que produce aberraciones ópticas, y que devuelve parte de la luz como un reflejo, esa interfaz a veces traslúcida y a veces espejo. De alguna manera nunca vemos lo que el otro muestra, y a veces nos vemos obligados a ver un descarnado reflejo de nosotros que nos aturde con la elocuencia de una maldita realidad.

Éstas son algunas de las condiciones de realidad con las que lidian quienes intentan lo que intenta La Oruga, y que agregan valor, en mi opinión, a estas prácticas concretas, reales, efectivas, de las ideas que circulan por las calles de una sociedad en busca de sí, intentando recrearse, intentando modificar esta miseria colectiva en la que vivimos, algunos acostumbrados y otros no, otros siempre incómodos, activos, rebeldes.