Mirarnos los ojos: las formas de todos los romances.

El hábito de sustantivizar infinitivos existe desde quién sabe cuándo. Existen el decir y el hacer, el comer y el fumar, el amar, el temer, el partir, casi como el tango. Esta práctica de sustantivizar infinitivos circunscribe el infinito del infinitivo y lo congela como una foto, designa una generalidad de posibilidades afectadas por las condiciones de posibilidad de una lógica particular, es decir por el universo de las posibilidades que se saben, que se corresponden a su vez con las acciones universalizadas en un verbo que no es conjugado. Este nuevo sustantivo designa entonces el dispositivo vigente que se corresponde con ese universo de posibilidades. Esto significa que cuando decimos decir, tomando este decir como sustantivo, designamos el dispositivo de decir, es decir, las tecnologías, instituciones, mecanismos, ocurrencias, éticas, etc. relativas a decir dentro de la lógica vigente.

Es precisamente por esto que, ante la dualidad generada por la sustantivación del verbo poder, me inclino por reservar el sustantivo a la mayúscula valorativa de la lógica vigente. Si hablamos de asumir el poder yo prefiero hablar de asumir el Poder, y que esto signifique hacerse con el dispositivo de las potencias dentro la lógica actual.


De aquí surgen inmediatamente dos preguntas que son casi la misma: ¿cuál es la lógica actual? y ¿cómo se puede? Las dos preguntas son casi imposibles de responder. La primera es absurda porque su sentido es trasgresor, va más allá de lo concebible porque pretende dar cuenta de las referencias que usamos para dar cuenta. Es como intentar mirarnos los ojos.

La segunda pregunta es la que, en este contexto, más se acerca a responder la primera. Pero para esbozar una respuesta necesitaremos develar la significación de un verbo primitivo. Quiero referirme con esto a que poder es uno de aquellos verbos, como ser, comer, hacer, etc., cuyo registro se remonta a los orígenes del lenguaje, lo que equivale a decir que son verbos cuyos antecedentes se pierden en el tiempo.

La Real Academia Española (RAE) define la palabra poder en sus dos acepciones, es decir como verbo y como sustantivo. En esa definición elaborada, podemos encontrar una primera lectura en la primera acepción: Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo. Es decir, el poder es un infinito que engloba las capacidades concretas, listas para usar, aunque supone una variedad de poderes en la medida en que haya más de un algo. Sufre con esto la misma suerte que la palabra libertad: ya no hay una idea general como categoría autónoma, sino una puntualización contingente de asignaciones particulares.

Pero más allá de eso, podemos ver que la definición contiene al definido. En este sentido, decir que poder equivale a tener expedita potencia es una redundancia. Y este es un primer punto interesante: existiendo la palabra potencia, ¿por qué sustantivizar el infinitivo del verbo poder? ¿o no es la potencia una expedita facultad?

La RAE define potencia como Capacidad para ejecutar algo o producir un efecto. No hace ninguna mención acerca de lo expeditiva o no que deba ser la producción. Quiero decir que, como en la física, lo potencial es aquello que puede ocurrir, que está dispuesto a la ocurrencia, pero que no ocurre. La energía potencial es aquella que, de algún modo, no está desplegada y espera: el consumo de esa energía (la puesta en acto de esa potencia) es una posibilidad. Según RAE, la posibilidad es la aptitud, potencia u ocasión para ser o existir algo.

Por lo que vemos, según la RAE, en el orden de las primeras acepciones, es imposible definir las palabras poder, potencia o posibilidad sin recurrir en las definiciones de cada una a la utilización de las otras. ¿Por qué? Porque son palabras que están ligadas al origen del lenguaje. Las tres palabras son la misma: potis.

Potis es la palabra indoeuropea que, según la etimología, dio lugar a la palabra latina posse, que significa poder. Esta palabra era utilizada para mencionar al jefe.

Según el diccionario etimológico Corominas, la palabra castellana poder proviene del latín vulgar potere y éste, a su vez, del latín clásico posse. Es interesante el artículo de Corominas correspondiente a la entrada poder, de donde tomo el fragmento siguiente:

En latín clásico la conjugación del verbo posse resultaba de una complicada combinación de relaciones analógicas entre las formas de un antiguo verbo simple potere, […] y la combinación potis esse “ser capaz” contraída en posse. Del antiguo verbo simple se conserva el participio activo potens y el tema perfecto potui, partiendo de los cuales la lengua vulgar recreó una conjugación regular en su mayor parte, con un nuevo infinitivo potere: de este proceden las formas de todos los romances.

Esto da cuenta, en la medida en que nos dejemos aconsejar por Corominas, de una relación vinculante entre potis y poder, y también potencia y posible cuando los señala como cultismos: posible, de possibilis íd; posibilidad.

Pasando, entonces, esta información en limpio, podemos decir que hay una relación semántica entre las palabras poder, potencia y posibilidad que las vincula entre sí y, a su vez, con la condición del jefe, a través de la palabra indoeuropea potis.

Esto nos lleva a pensar una primera tentativa de respuesta a nuestra segunda pregunta: se puede mediante la potencia, y esta es la característica de la condición del jefe.

A partir de la fundamentación anterior, esta primera tentativa de respuesta se sostiene en la combinación potis esse que Corominas traduce como ser capaz. Veamos qué nos dice la RAE respecto del significado de la palabra capaz: Que tiene ámbito o espacio suficiente para recibir o contener en sí otra cosa. Y ¿en qué se toca esto con potis? En dos cosas. La primera reúne la capacidad y la potencia a través de la energía potencial: lo que es capaz de ser llenado tiene la posibilidad de verter. Existe una potencia en la condición de la capacidad, sea por el hecho de que el recipiente puede contener aquello que se le da, o sea por el hecho de que el recipiente es capaz porque está vacío, es decir, existe la posibilidad de ser llenado. Esto da lugar a la segunda relación entre la capacidad y el jefe, que es un tanto más rebuscada pero igualmente interesante: el jefe es capaz de recibir un mandato. El jefe entonces es una vasija en la que se vuelca una carga simbólica que le da razón de ser dándole potencia.

Aquí hay una inversión lógica. Quiero decir que asignarle al jefe (potis) la significación que a la capacidad le damos a través de la palabra potencia es invertir el curso lógico de asignación de significados que la etimología ayuda a pensar. Lo que es interesante aquí es ver cómo la intimidad de las concurrencias semánticas entre este conjunto de palabras nos ofrece una claridad en medio de tanto embrollo: por ahora, la forma de lo posible es un lenguaje constituido a partir de la lógica verticalizada por la institución del jefe.

Retomando entonces, y a partir de acá, la sustantivación que discuto, me remito a Corominas nuevamente para dar cuenta de que la sustantivación de la palabra poder aparece ya en el poema del Mío Cid. En ese poema fundacional, aparecen el verbo poder y el sustantivo poder. También el plural poderes. Es decir que no hay sino una forma de entender el sustantivo poder en nuestra lengua, ya desde sus orígenes remotos, y es en su acepción relativa a las capacidades y potencias del jefe, esto es, en designación de los dispositivos de sujeción y control que dan capacidad y potencia. Esto se llama dominación.

El dominio del jefe es el conjunto del reino. El poder, cuando designa función (sustantivo) establece un dominio sobre el cual esa función se aplica. Esta es la estructuración fundacional de la idea de gobierno. El gobierno, en su sentido de dominio para la conducción, es decir, en lo que lo acerca al timonel, necesita lógicamente de un dominador y un dominado, aunque sean incluso dos aspectos resultantes de la fragmentación del sujeto. En todo caso, para no irme demasiado por las ramas, hay algo troncal en el sustantivo poder y es la designación de los dispositivos de control y sujeción, es decir, de dominación, y no una evocación a las potencias sociales del sujeto colectivo.

Si el poder es infinitivo, si es incorporal, las funciones relativas a él se sustantivizan de mejor manera, creo yo, y de forma genérica, con la palabra potencia. Esta palabra nos deja un resquicio para que las prácticas efectivas del simpoder alguna vez ocurran dando a la palabra potencia su condición de fuerza agente, generadora, creativa de acto.

Adclusión

¿Cómo se puede? Pues me veo obligado a responder que actualmente sólo se puede dominando. Esto mantiene la polisemia fatal en la palabra poder. Pero a esta altura, y para que todo esto no sea al pedo, podríamos preguntar: ¿puede existir otra forma de potencia? Y ahí, jeje, se complica más la cosa. Seguramente no se puede poner en acto sino parcialmente, como intento radical, como tensión. Y seguramente podamos esforzarnos en su concepción. Esto es lo que me lleva a toda esta elucubración tan abstracta, a escribirla y a publicarla, a defender la mayúscula del Poder y la minúscula de lo posible aún en circunstancias en las que pesan más otras carencias inmediatas. Porque es quizás a través de esta diferenciación radical (entre, por supuesto, muchísimas otras cosas, muchas de ellas más urgentes y concretas) que podamos empezar a forzar nuestro lenguaje hacia una concepción otrera.

Después de todo, más allá de las revoluciones, toda subversión honesta y genuina merece una alteración radical. Y entonces, para no irme por las ramas, vuelvo a las raíces de nuestra condición humana. Del polvo venimos y al polvo vamos. En el medio, somos lenguaje.

—————-

Notas

1 Cualquier similitud con el apellido de la familia que concentra históricamente el poder político en San Isidro es pura coincidencia.

2 Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Joan Corominas – José A. Pascual – Ed. Gredos, Madrid – Primera edición 1930, tercera reimpresión 1991 – en la Biblioteca Nacional de Maestros, ciudad autónoma de Buenos Aires, Argentina.

3 Es decir, ídem, para indicar que tiene el mismo significado. Nótese que la ausencia de acentuación en las palabras latinas es responsabilidad mía (a causa de mis limitaciones informáticas) y no, evidentemente, del original.