Anotaciones en el revés de la imagen

La constitución especular del deseo nos viene condenando a la peor parte del eterno retorno. La reproducción de aquello que fuera combatido en la revolución, se nos vuelve eternamente ejercicio de la nueva represión, motivo de futuras torpes batallas para deshacer lo hecho. Lo que espanta es descubrir siempre el mismo mecanismo que señala una ceguera estructural, o una falta en la mirada.

La observación cada vez más sutil del individuo, de su condición de sujeto y del universo de incidencias estructurales en su comportamiento, nos llevaron a lo largo del tiempo hasta un siglo veinte repetido de vértigo y contradicción. Es en la psicología, en su feroz y drástica individualidad, donde encontramos los datos más rotundos de nuestra sociedad, y es en la estructura social de la antropología, donde encontramos los datos más esclarecedores de nuestra individualidad psíquica.

La constitución, entonces, especular del deseo: salvo que nos decidamos a abandonar el patriarcado y el arkhé (y aquí aparece una contraparte interesante del eterno retorno), estamos condenados a repetirnos con el único atenuante moral del crecimiento y la sofisticación.

Nuestro pensamiento es producto de nuestro pensamiento, lo que supone una continuidad cíclica, una cadena de saberes sin fin ni principio. Nuestro pensamiento, el de ahora, es producto de nuestro pensamiento, el de antes. Aquello que nuestro pensamiento dio como contribución al comportamiento fue observado por nuestro pensamiento y vuelto a ser volcado en acto hasta traernos hasta aquí, un aquí que observa mirando para atrás y viendo aquel atrás distorsionado. Nuestro pensamiento, el de antes, es producto de nuestro pensamiento, el de ahora. Mirar es un asunto ideológico, con su ética y su estética sin ordenamiento, sin coherencia alguna más que la que resulta a martillazos y a fuerza de resignación.

La psicología y la educación, el hábito y la supervivencia, todos los espejos, nos han ido enseñando a ser espejo, nos hemos ido enseñando a imponer o ceder, vencedores y vencidos, a “bailar a los soldados” cuando cabos, igualito como los cabos nos “bailaron” a nosotros cuando éramos soldados.

Pero esta particular mecánica de los reflejos no supone en absoluto el agotamiento de la reflexión. Aún suponiendo, como supongo, que no hay forma cultural concebible que pueda realizarse sin la reflexión, sin la proyección y el atributo diferenciador de las aberraciones y las distorsiones, esto no nos obliga, al menos filosóficamente, a la reproducción. Por el contrario, a la luz de las angustias presentes, una forma antiheroica de intentar un cambio profundo, un intento de fueguito prometeico, es anotarnos la memoria para lanzarnos un mapa, dejarnos una bitácora de náufragos para que la eventualidad de la futura condición no logre convertirnos en patriarcas, matriarcas, jerarcas.

¿Cómo serían las bitácoras esas?¿tatuajes en la piel, instantáneas con anotaciones en el revés de la imagen, como lo hacía el personaje de memento?¿un acuérdate sencillo y puro, sin objeto directo o indirecto?¿o es tal vez la maldición de la memoria el elogio del recuerdo?

A gritos recordar es como una condena, tan cruel y tan cruda como la condena del olvido. “El olvido está lleno de memoria”, dice Mario Benedetti; “Mis sueños son como la vigilia de ustedes”, dijo Ireneo Funes. Un recuerdo es un sueño soñado al revés: esta es la doble longitud de la memoria. En su redimensión, en la innecesidad de su confinamiento a lo pasado, el despliegue hiper transgresor tal vez pueda arrastrarla hacia el sinsentido, hacia la radicalidad de la referencia syncrónica. Acuérdate, el mandato de la memoria, es un mandato de pasado, lo cual junta en una misma sentencia los tres atributos lógicos del tiempo formal: el pasado, referido en la acción de recordar, el futuro, establecido en el mandato como tal, y el presente en el tiempo verbal y la gestión real de la sentencia.

Llegamos entonces a la paradoja temporal de la anarkhía: Acuérdate: el mandato de la memoria es un mandato de pasado.

Si logramos significar con la memoria la transversalidad de un tiempo no determinante, la noción de ese tiempo, la ubicación de nuestro estar haciendo en un contexto siendo, ocurriendo, activo y vital, contexto de “presente inflado” y no futurista o genealógico, entonces tendremos la posibilidad de separar a la memoria del sentido, despojarla, paradójicamente, del mandato que le habíamos impuesto: Acuérdate: la memoria existe y el pasado no (aunque, para ser más precisos, deberíamos decir con la memoria lo que dijo Deleuze con los incorporales, es decir, la memoria no existe, sino que insiste o subsiste).

Y es que la memoria se nos vuelve imprescindible porque es el atributo de conciencia que tenemos para saber de un nosotros colocado en el tiempo, atributo necesario para la superación evolutiva de obstrucciones sociales como la verticalidad y las dependencias del arkhé, inseparables una de las otras.

La insistencia de la memoria, entonces, es el recurso que tenemos actualmente a mano para enfrentarnos a la reproducción robótica de lo imaginario. No para evadir lo imaginario, sino, al contrario, para asumirlo como condición de identidad y referir a lo simbólico la capacidad de transformación de nuestros recursos reflexivos, evolucionar en la mirada conciente para ver lo que actualmente se nos muestra invisible.

Una vez visto lo visto se vuelve evidente, como las formas en las nubes, como las dimensiones en el plano. Y antes de visible lo visible fue invisible, cruda fatalidad en la que radican los destiempos.

El fenómeno creativo es necesariamente anacrónico. “No se puede decir cualquier cosa en cualquier tiempo y lugar, porque existe un conjunto de condiciones de posibilidad pero también de imposibilidad para la producción discursiva[1]. Lo creativo opera en lo social, entonces, como el conjunto de tensores capaz de promover la mutación epistemológica que altere la realidad social, que la promueva otra, diciendo de algún modo lo que no puede decirse, apelando a lo radicalmente simbólico para decir aquello que ni siquiera el artista puede decir, sino que es dicho en él. Esta es la función y el padecimiento de los artistas.

Si algo puede proponerse el pensador en tanto artista es recrear los rudimentos de la mirada reflexiva, aportar las nuevas tensiones de la reflexión que motiven la transformación epistemológica que se requiere para el bienestar (siendo que, en todo caso, el bienestar es el asunto que me ocupa).

Ante la discontinuidad epistemológica, el salto de una episteme a otra se ampara evolutivamente en la memoria como solución de continuidad. Por eso la paradoja temporal de la anarkhía: necesita la memoria para no enlodarse en el sentido.

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Notas

1 Oscar Terán, Michel Foucault, discurso, poder y subjetividad, ediciones El cielo por asalto, Buenos Aires 1995, pág. 16.