Valor, verdad y trascendencia del sinsentido

No hay tal cosa como el presente, a no ser que transcurriendo. Por eso el presente es un gerundio: estar presente es estar haciendo. El sentido es un estado de la significación referido a un tiempo siempre pasado o futuro, y que, por lo tanto, jamás puede afectar al presente: el sentido asigna valor, el valor construye moral, la moral otorga sentido.

Si el comportamiento es entendido como la sucesión de los actos, y si un acto nunca es presente, la trascendencia no puede ser sino expansión del sentido. La trascendencia expande el sentido que la transgresión rompe. No puede haber, entonces, otro valor en la trascendencia que el valor positivo de la moral a la que pertenece.

Cierto es aquello que puede asirse, cuyo sentido es corroborable en el marco epistemológico de la razón activa, de la razón que opera en el contexto en el que radica la certeza. La verdad construye un relato de certezas a partir de la moral, que se da por determinado y estable en función del sentido, se constituye como regente del comportamiento y se yergue como dios. Cuando se evidencia el mecanismo, cuando las certezas pierden rigor y la verdad se torna relativa, el comportamiento se vuelve ingobernable, ocurre la crisis y se reconstituyen sentidos. Aquí el sinsentido opera como tensión desestructurante.

Pero si el comportamiento es entendido como la organicidad del decurso vital en lo relativo a la acción (y no al acto), ya no como sucesión de actos sino como discurso de la intervención, la dependencia del sentido es susceptible de ser transformada en complicidad, en coexistencia de sentido y sinsentido, en evocación de una verdad paradojal arremetida contra las razones, transgresora, creativa y radical, en definitiva una rebelión contra la verdad, el sentido y la trascendencia, paradójicamente enraizada en, y portadora de, múltiples verdades, múltiples sentidos (¿sinsentido?) y una dispersión de transgresiones.

Aquí aparece la oportunidad de pensar un sinsentido del comportamiento, tomando el sinsentido ya no como tensión desestructurante sino como una otra tensión capaz de producir valoración en acto-transcurso, en el presente estar haciendo, con incidencia de la dirección pasado-futuro, pero portadora de una transversalidad a toda dirección, una suerte de hiper transversalidad. Esta redimensión del comportamiento, despojado de sentido, da lugar a una existencialidad desprovista de origen. Los sentidos desde y hacia ya dejan de tener utilidad. No nos mueve ya un motivo-sentido o un para qué-sentido, sino un para qué-voluntad que evoca e intenta presentes posibles y no futuros probables.

El borde entre el sentido y el sinsentido del para qué-voluntad, más que borde es una frontera, es una intersección interna de la categoría sentido/no sentido. El sinsentido no trata de la total independencia del comportamiento ni de la dependencia moral del sentido. No busca la aceptación fatal de una ausencia del sentido de la vida, ni evoca aquel sentido de todos los sentidos, condición última y necesaria de todo sentido. No pretende llenar vacíos existenciales ni tampoco crearlos, sino recomponer los atributos de realidad, reconsiderar aquello que consideramos cierto, evocar la multiplicidad relativa de valoraciones autónomas y vinculantes, en contradicción con una epistemología de la verdad, absoluta y totalizante. El sinsentido co-incide en la reconsideración de lo esencial en favor de lo vincular.