El sinsentido de la anarkhía: una ruta o hipótesis y una paradoja irresoluta

Existe una diferencia entre la libertad y la independencia. Desde el punto de vista de la existencia vincular, la libertad puede implicar condiciones relativas a la dependencia, mientras que la independencia, en términos absolutos, puede conducir o generar condiciones liberticidas o, al menos, profundamente antilibertarias.

Ante la libertad como expresión colectiva de capacidades comunes e individuales existe la dependencia del compromiso, la dependencia del consenso o del acuerdo, del propósito, del registro, del pasado, del futuro y del presente, etc. Pero, ante la libertad como sinónimo de independencia, existe la necesidad de que estas dependencias no existan.

Actualmente, y desde que el tiempo es tal, lo concebimos lineal, absoluto en su extensión y estable en su transcurso, y es en función de él que a su vez nos concebimos. Esta concepción, ligada a la independencia y a la individualidad y sociabilidad mecánicas, nos impone trascendencia en la medida en que todo límite nos aquieta, nos detiene y obstruye, y establece dependencias con una forma referida y determinada por un entorno existencial inconcebible al que rendimos referencia como un superyo grandote, como una ley supra ley, la ley del sentido, la de todos los sentidos. Estas dependencias, estas formas del sujeto y de la identidad, se convierten en obstáculo y exigen una simbolización, un desplazamiento que permita librarnos para liberarnos, quitarnos el freno, salirnos de nos. Ocurre entonces la violencia para radicar diferencias específicas y particulares y poder salirnos de la indiferenciación que destruye toda identidad en la amalgama, y aparece el sacrificio al rescate, aparece la moral, aparecen la ley y la descripción nuestra que explique lo inexplicable: la aceptación de la dependencia del sentido como dato de identidad. Esta descripción nos establece, nos define y nos identifica, y nos constituye en el orden de las nuevas dependencias, las que tienen sentido más allá de nosotros mismos y por eso todavía no son concebidas como tales, y a las que nos ajustamos en función de razones absolutas y determinantes, razones que nos explican y que aceptamos gracias a la sacralización mítica y a la pérdida de la libertad. Aparecen la autoridad en tanto delegación, el dogma y el tabú.

A medida que van cayendo como fichas de dominó todas las razones anteriores y las nuevas, y la complejidad de nuestra intelección de las dependencias y de los mecanismos implicados crece, cambian los dioses, cambia lo sagrado y aparecen nuevas dependencias. Éstas son las dependencias del sentido.

El sentido, aquella necesidad ineludible de la razón y de la vida occidental, es ahora responsable de un límite existencial dado por una realidad cultural estructurada en torno a él. Nos dimensiona como función social, pero ante la muerte de dios nos abandona. Somos desde y hacia, por y para, más preposición que sustantivo. Faltan entonces las condiciones gramaticales suficientes para el sentido indispensable.

La pulsión de destrucción de lo dado, entonces, es una producción indirecta de absurdo a partir de la destrucción del sentido. No es en sí una destrucción positiva en tanto no hay producción directa, no hay voluntad de sinsentido, sino la urgencia de la independencia. Desde este punto de vista, el absurdo es ante nuestra mirada una falta de sentido que desestructura y angustia, es la forma espontánea de nuestra angustia existencial y se nos vuelve como dato pesimista y fatal de un escepticismo fanático, de un nihilismo antonómico y estructural. La angustia existencial del hombre no está aquí ligada al miedo al absurdo de la muerte, con toda su intrascendencia, sino al miedo a la dependencia impuesta por el sentido de la vida.

El siglo XX fue el siglo de la falta de sentido. La neo escolástica del siglo XIX, positivista y enamorada del progreso, fue el último esfuerzo positivo de la cultura del sentido, y desembocó en un siglo absurdo que ha forjado relaciones adolescentes de su ausencia, y no productoras de sinsentido. Todas las sombras de la caverna, todas las urgentes retaguardias de dios, convocan a la reivindicación del arkhé.

Una cultura es una región epistemológica, una dimensión de saberes resultante de coordenadas específicas inevitablemente oculta a la sociedad que la constituye. No obstante, creo que podemos ver, al menos, que nuestra cultura del sentido ha sufrido su golpe criminal y grita desesperadamente pidiendo auxilio ante el siglo oscuro, antiiluminista y autodestructor, y en medio de la nube torrencial, en medio de la tormenta, no podemos ver más lejos que nosotros mismos en una mismidad radicalmente voraz.

Nuestro sinsentido adolescente, entonces, es aislamiento, negación de la otredad, búsqueda incesante de una autoafirmación individual que se nos impone como nación, estado, cuadro, bandera, tótem, religión, persona o máscara cualquiera. Ya no se trata de deconstruir los discursos unificadores sino los delirios totalizantes. Somos generaciones psicóticas o criminales, destructoras del sentido desde lo estrictamente individual o colectivo, hacia adentro o hacia afuera, destructoras de la moral como rebelión casi instintiva, la rebelión del deseo genital y primigenio, la farmacosis como experiencia amoral, las antinomias todas: la independencia radical del absurdo.

Sin embargo, esta rabiosa evocación de una idea de libertad inseparable de la independencia, no es, ni podría ser, ni siquiera remotamente, lúcida. Por el contrario, lleva en sí la oscuridad de toda episteme ante sí misma, y vuelve a ser minoritariamente anunciada por los artistas, habitualmente muy a pesar de ellos mismos.

La anarkhía, entonces, es susceptible a la otra evocación, a la que sigue, a la próxima voluntad cultural del sinsentido. Esto que somos sin ver, es lo que verán cuando se mire lo que ha sido, y en la misma forma en la que hemos heredado las tecnologías del saber de una anterioridad en busca de sentido, habremos de dejar la puerta abierta, si es que lo intentamos, a la futura construcción de lo que hoy sólo es angustiante adolescencia y puede llegar ser, remotamente, aquella nueva concepción de libertad forjada en la noción de la existencia vincular, de una nueva gramática de preposiciones suficientes necesariamente ajena a las tramposas bondades del sentido de ser, de cualquier moral, de la necesidad de trascendencia. La positivación del sinsentido propone una libertad con dependencias necesarias relativas a la consistencia colectiva de la experiencia vital, a la irrevocable condición social del hombre luego del árbol prohibido y de los frutos, y a la vez a la ineludible y fabulosa individualidad de la experiencia, esa otra dimensión irrevocable de la humanidad.

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notas
1 Tal vez sirva casi como intento de respuesta a La Boetie y su pregunta acerca de por qué obedecemos.

2 Intuyo aquí una proposición en torno a la mutación epistemlógica.