La violencia del fútbol 2: los fines

Para que un símbolo sea símbolo es necesario que no sea lo que dice ser. Éste es otro caso en el que la etimología es contundente. Símbolo es una palabra que heredamos de la antigua Grecia y que en su origen fue formada por la unión de dos palabras: Syn y Bollein. La idea que resulta de esta unión es una de las ideas que más me enamoraron. Símbolo implica el lanzamiento de algo (bollein) junto a otra cosa (syn). Este lanzamiento implica un sentido común: en el símbolo dos o más cosas son lanzadas juntas contra una otra cosa. Esto es lo que hace que dos cosas sin conexión aparente se relacionen entre sí a causa de esa tercera cosa que las recibirá como sentido. Así es cómo funciona el lenguaje. Lo que da sentido es la referencia y no el significado.

Volviendo al fútbol, si se redujera el fenómeno a 22 personas corriendo detrás de una pelota se cometería el mismo error que si se pensara en una bandera como un trozo de tela, o en un vaso como un trozo de vidrio. Todo eso es perfectamente cierto, pero desprovisto de todo sentido simbólico.
El juego no es cosa seria: es juego. Si observamos y pretendemos analizar un juego como si no lo fuera estaríamos desechando lo más importante del asunto. ¿Hasta dónde puede pensarse un chiste sin que pierda la gracia? Tanto el juego como la espontaneidad graciosa son formas simbólicas y, como tales, intrínsecamente sintéticas. Lo que les da sentido es la significación que alcanzan vinculando sentidos analógicos. Si se le despoja de tal vinculación a causa del análisis el juego pierde sentido y el chiste pierda la gracia.

En el mismo plano del pensamiento simbólico, la institución sacrificial que alguna vez, allá lejos y hace tiempo, le costaba la vida a las vírgenes y los corderos, reaparece como el dispositivo de preservación social que siempre fue y que nunca dejó de estar. Los torneos deportivos en los que compiten designaciones totémicas como las naciones, las empresas, las regiones, etc., no son sino la eterna ritualización del sacrificio recompuesta a causa de la evolución y la consecuente caducidad de los antiguos ritos.

En este sentido la violencia es la causa primitiva y fundacional de los juegos de competencia y entre ellos, hoy por hoy quizás emblemáticamente, del fútbol. El sentido del sacrificio es preservar la comunidad del desencadenamiento de la violencia recíproca. En esta preservación radica el por qué del sacrificio y su razón de ser, es decir, lo que de hecho el sacrificio es, de modo que nos importa para su entendimiento más su función de reemplazo que su mecánica de pérdida, entrega y redención. El sacrificio reemplaza una víctima por otra y en ese reemplazo sacraliza la violencia y la deposita en un exterior inerme. Y es precisamente el torneo del mundo mundial un ámbito festivo que permite tal depósito en los nuevos tiempos, uno particularmente útil y extensible. Los conflictos nacionales que promueven la destrucción de otros a través de las guerras sirven para unanimizar la violencia de unos contra unos transformándola en violencia de unos contra otros. Por eso Mariano Grondona decía, minutos antes en ese mismo programa, que “donde hay fútbol no hay guerra”, aunque probablemente no supiera del todo lo que decía y aunque seguramente nosotros no terminemos de entender por qué lo dijo. Por eso sirvió el gol de Maradona para vengar la Guerra de las Islas. Es así de contundente: odiamos en el fútbol para que el odio no nos mate. Cuando el símbolo no ocurre, cuando se nos desconfunde el odio, la crisis sacrificial comienza y con ella la violencia intestina. Sólo nos queda, aunque sea por un rato, fabricarnos un ellos y nosotros de bandidos y civilizados.

Entonces ya no es lo mismo preguntarnos por la violencia en el fútbol o por la violencia del fútbol. El primer caso es el momento de la pérdida del sentido, cuando el símbolo deja de servir como tal y la violencia sale a la comunidad sin dejarse eludir por la cintura del sacrificio: la crisis sacrificial. El segundo caso es la utilidad del fútbol como juego y deporte, la función simbólica del fútbol en su momento de funcionalidad: el sacrificio.

En la crisis sacrificial la colocación de una víctima propiciatoria en el lugar de una víctima real y la unanimidad del acto violento en la representación de la comunidad pierden efecto. El impulso violento lleva a unos contra unos en un sin fin de venganzas y desquites. El miembro de una mitad agrede violentamente al miembro de la otra mitad y se desencadena el círculo violento capaz de poner en riesgo a la comunidad.

La sociedad y la violencia son como un barco y el mar. El barco se sirve del mar y lo transita, pero no puede permitir verse invadido por él. El mar envuelve al barco y marejadas salpican sobre la superficie, pero no logra vencer los mecanismos que el barco tiene para protegerse, o por fin lo logra y entonces el barco se hunde. Puede desaparecer el barco, pero nunca desaparecerá el mar: el barco existe para navegar y no ahogarse.

El sacrificio entonces mantiene a la violencia en la superficie. La sacralización del verdugo es al primitivo sacrificio lo que la institución legal es a la nueva sociedad. El juego sirve cunado las reglas son cumplidas por todos, cuando se delega la decisión de los jugadores en una objetividad ajena y sacra: el reglamento. A partir de ahí se delega la autoridad a una referencia unánime y vertical, capaz de imponerse sobre el resto como gendarme de la paz en el juego: el árbitro. La autoridad arbitral reglamentada sacraliza la escena y la convierte en sacrificio, da lugar a que la violencia se desplace de su cauce real para ser cintureada en un simbólico enfrentamiento entre unos y otros.

La violencia en el fútbol es la violencia social. No tanto porque expresa las tensiones ajenas a la cancha como porque es la ruptura del sacrificio. El mar entró en el barco. Ya no hay reglas ni ritual sino una liberación sacrílega y fulminante del impulso violento.

El nacionalismo es necesario para la estructuración del Poder en las sociedades sin socios, en las comunidades actuales en las que los pactos fundadores son mitos fundacionales de las mecánicas de opresión. Una nación no es sino una construcción política cuya función es la de legitimar los Gobiernos. Intenta cohesionar a la población a través de la más primitiva función simbólica: el tótem. Usar un animal para decir “somos el buey” o usar un origen antropológico para decir “somos los quechuas” (o los germanos, o los eslavos, o los latinos, etc.) es básicamente lo mismo. Las diferencias entre una u otra cultura, una u otra civilización desaparece, paradójicamente, con el nacionalismo. Ya no hay unos y otros, sino nacionalistas todos, una mismidad abanderada de la necesidad de autoafirmación en función de la destrucción del otro. Esa es la pretendida diferenciación que oculta en realidad la mimesis y que estallará violentamente usando a los muertos como chivo expiatorio.

La evocación y el elogio de la nacionalidad en los juegos fortalece la manipulación de las naciones. Da firmeza a una función simbólica que seguirá legitimando la autoridad delegada. El peligro inminente de la violencia intestina fortalece la imagen del Rey y, particularmente, la del Monje. Más allá de las voluntades concientes que puedan o no manipular esta mecánica y por el hecho de ser hijos de la sustitución simbólica, los hombres y mujeres de todas las naciones y de todos los sectores de cada sociedad operamos, en favor o en contra, referidos siempre a las mismas funciones simbólicas. El mar existirá siempre y con él la necesidad de evitar que se nos hunda el barco. El desafío consiste entonces no en evitar el mar, sino en saber dialogar con él. Entender ciertos mecanismos de la sustitución sacrificial y, sobre todo, de la sacralización nos permitirán buscar mecanismos cada vez más efectivos para canalizar a la violencia de forma creativa o, por lo menos, de manera que no nos destruya. Ante la mismidad violenta es urgente el registro y el goce de la otredad. Mirar al otro como sujeto diferente, sea individual o social, nos da lugar a un juego de espejos que nos devuelva una imagen de lo que somos, de lo que cada uno es, a partir de observar lo que no somos, lo que cada uno no es, sin tener que destruir aquella usurpación aterradora de nuestra diferenciación. Dejar las olas salpicando la cubierta, divertirnos en los juegos y en los chistes, saborear el símbolo y el arte sin buscar la muerte del rival ni el aniquilamiento de las demás naciones.

La idea de la desinstitucionalización, de la ruptura con la lógica del Poder, implica una maduración del pensamiento simbólico capaz de ayudarnos a dar tal paso, el paso de una relación más eficaz con la violencia.