La violencia del fútbol 1: los Medios

Buenos Aires, mediados de uno de cada cuatro años. Estamos aquí reunidos ante el torneo deportivo del mundo mundial, el circo nacionalista por antonomasia.

En este contexto los Medios Formadores de Masas discurren en un relajo de especulaciones y se dan al gusto de la palabra estúpida. No existe informe, propaganda, anuncio o publicidad que no tenga una pelota dibujada o alguna referencia forzada y forzosa al deporte de los millones. Y entonces aparecen los manipuladores que mienten seriedad y profundizan en el fútbol como fenómeno social, y nos investigan a los socios de la sociedad con ese bisturí.

Los homicidios y las diversas agresiones que se observan en los momentos álgidos del fútbol parecen dar materia prima para hacer de la violencia en el fútbol un asunto a investigar. Se observa pronto una adhesión mecánica a la masa embanderada y aparece la pregunta de los dispositivos sociales de la aglutinación, de la identificación colectiva, y entonces aparece también la pregunta sobre la identidad individual y colectiva. Y en tiempos mundialistas, como es lógico, inmediatamente ocurre la pregunta sobre los nacionalismos.

Todas estas preguntas, todos estos ejes de investigación, son usados por los Mediadores, vestidos con el delantal de la Investigación, para soltar un vacío argumental increíble. En estas fechas se escucha tal sarta de idioteces que abruma. Y ocurre indefectiblemente cada cuatro años.

Aparecen los que odian el fútbol y se sienten discriminados cuando todo se convierte en fútbol. Los bares proyectan los partidos en los supertelevisores, los comercios cierran a la hora del partido o traducen toda la moda al color de la bandera. La gente no habla de otra cosa y se suspenden lanzamientos de discos, libros o películas, las reuniones se suspenden y los Medios no hablan casi de otra cosa.

Aparecen los amantes del fútbol que lo proponen como la superación cultural del hombre, que le encuentran un sentido de alta intelectualidad a la redondez de la pelota y no dudan en elogiar las artes de la habilidad y encuentro entre las naciones al mismo tiempo que destacan con nobleza de espíritu la unión de todos los connacionales sin atender las diferencias internas. Ya no importan la religión ni la clase social, no importan los apellidos ni las funciones sociales cotidianas. Ni siquiera importan los cuadros de fútbol. Sólo importa nuestra Identidad Nacional.

¿Y la violencia? Para unos es culpa del fútbol mismo que es un deporte violento ligado a los peores intereses de las mafias internacionales. Para otros es reflejo de una sociedad violenta por culpa del Terrorismo y de los Comunistas (bueno, ya no está de moda lo de los Comunistas, pero ahora se usa lo de los agitadores y esas cosas que son más o menos lo mismo). Para otros la causa de la violencia social es el hambre y la exclusión.

En cualquier caso se sigue hablando de algo como causa de la violencia y se busca ese algo en todos los bolsillos. Los que no quieren al fútbol lo acusan a él. Los que lo defienden acusan a otra cosa y lo reivindican como fiel exponente de la realidad social, casi como universo estadístico del cual tomar el entendimiento de por qué la sociedad es cómo es.

Personalmente, prefiero pensar al revés. Entiendo mejor a la violencia como causa de la sociedad que a la sociedad como causa de la violencia. Y me parece que aquella mayoritaria perspectiva es la que nos lleva por el camino equivocado. Venimos intentando eliminar a la violencia y venimos fracasando rotundamente en ello.

Pero es útil hablar estupideces. De algún modo hay una idiotización profesional que los Mediatizadores profesan increíblemente bien. Habitualmente se dejan caer verborragias como argumentos para enseñar desde atrás del escritorio lo que debe pensarse de las cosas. Una adecuada etimología, alguna fecha, un número tal vez, avalan cualquier cosa. Los presentadores de los noticieros gesticulan, modulan y sentencian. Desenvuelven toda su escolarización de locutores para dar un soporte estético y gestual a la línea político-editorial del noticiero (del canal o de la radio) sin tener que argumentar y sin dar explicaciones a cerca de su moral y de sus juicios. Antes lo que no aparecía en la televisión no existía. Ahora lo que la televisión no dice que existe no existe. Son momentos diferentes.

Decir que el fútbol puede ser considerado como “alta cultura” porque “cuando uno lo ve de lejos parece un ballet” es casi como arremeter a las patadas contra la idea misma de argumentación. Esto lo dijo Mariano Grondona, el prócer de la Teledicción, de la Teletimología y de la Telepolítica, en su programa de canal 9 del domingo 11 de junio de 2006. Rápidamente fue confrontado por Alejandro Rozitchner, su obsecuente lateral izquierdo, que lo corrigió diciéndole que con ese criterio un árbol mecido por el viento podía ser llamado a formar parte de la alta cultura. La conversación negó el episodio y siguió sin dar cuenta de él, sin penas y sin gloria. Episodios de estos hay miles y la velocidad mediática los esconde muy bien. No son graves si hablan del Mundial Fútbol, pero sí lo son las otras veces en las que se legitima la violencia institucional promovida por Blumberg (o su alter ego Marcelo Bragagnolo), o cuando se manipula todo lo pensado, discurseado y defendido para retomar el rumbo de la editorial hacia quién sabe qué nueva promoción de ideas y negocios. El grado de hipocresía con el que se mediatiza la información es tan alto que da cuenta de la impunidad a la vez que la sostiene. Ya la ha demostrado Menem en su gobierno obsceno: desde el Poder se puede hacer todo siempre y cuando se vocifere de tal modo que la intimación del espectador lo asombre al punto de aquietarlo por completo y convertirlo en puro receptor de ideas de doble fondo encumbradas en la montaña de falacias que en la Tele se llama argumentación.

Y entonces si miramos canal 9 el nacionalismo alegre y jovial del fútbol mundialista es el nacionalismo de la unidad nacional, del olvido y del perdón, el nacionalismo del desarrollo económico y de la exportación de vacas y de soja, y no el Nacionalismo Peronista de los Montoneros Asesinos. Si miramos canal 13 la bandera albiceleste que pisa la pelota en mediachancha, expresa la voluntad general del pueblo argentino de nacionalizar los trenes y enmendar los golpes recibidos por los luchadores reprimidos por los enemigos de Perón, y no el Nacionalismo Vendepatria de la oligarquía agropecuaria. Si miramos canal siete, nacionalismo se escribe con K.

Todos usan al fútbol como recurso simbólico eficaz para cooptar integrantes en la corporación a la que deben obediencia, pero todos niegan que el fútbol deba ir más allá del entretenimiento. El gol a los ingleses que Maradona hizo en 1986 fue la Revancha Nacional cuatro años después de la guerra. La mística del fútbol argentino es la compensación al complejo de inferioridad que padecemos históricamente. Gritamos los goles como si se tratara de la conquista de nuestro propio paraíso. ¿Por qué el juego no es cosa seria?